Acerca de la vejez

 

 

 

 

 

I

[PRÓLOGO: DEDICATORIA A TITO POMPONIO ÁTICO]

 

(§ 1)

Si en algo te ayudare yo, Tito,

y aliviare la cuita que ahora te consume y que se agita clavada en tu pecho,

¿qué recompensa, por ventura, habrá para mí?[3]

 

En verdad, Ático, me es lícito dirigirme a ti con los mismos versos con los que se dirige a Flaminino, «aquel varón de no gran hacienda, mas lleno de lealtad», aunque bien sé que, no como Flaminino, «tú, Tito, te preocupas así noche y día»[4].

En efecto, ya sé de la temperancia y equidad de tu ánimo, y comprendo que tú no solo traes de Atenas el cognomen, sino también tu humanidad y tu prudencia. Mas, con todo, sospecho que tú, de cuando en cuando, te preocupas con cierta pesadumbre por las mismas cosas que yo[5]. En cualquier caso, el remedio de las mismas no solo es algo bien grave, sino que ha de diferirse a otro momento. Por ahora, me ha parecido oportuno escribirte algo sobre la ancianidad.

(§ 2)

En efecto, de esta carga que me es común contigo, de una ancianidad que ya es inminente o que se apresura en llegar, no solo quiero que te alivies tú, sino también yo incluido. Y digo esto aun cuando sé con seguridad que tú la llevas y la has de llevar con templanza y sabiduría, como todas las cosas. El caso es que, al darse la circunstancia de querer escribir algo acerca de la ancianidad, eras tú quien me salías al paso como digno de este oficio, de modo que a cada uno de nosotros pudiera servir igualmente. En tal circunstancia, hasta tal punto me fue gozosa la producción de este libro, que no solo pude depurar todas las molestias de la ancianidad, sino que incluso pude llegar a ofrecer la imagen de una ancianidad suave y gozosa. Así pues, nunca podrá la filosofía ser alabada con suficiente dignidad en el caso de que, obedeciéndola, nos enseñe cómo pasar sin molestia todo el tiempo de su existencia.

(§ 3)

De otros temas ya hemos hablado mucho y volveremos a hablar con frecuencia: por ahora, te envío este libro sobre la ancianidad. Por otro lado, todo el discurso se lo atribuimos no a Titono, como Aristón de Ceos —poco habría, en efecto, de autoridad en el relato—, sino a Marco Catón «el Mayor», para que pudiera tener el discurso mayor autoridad. Y, junto a este, situamos a Lelio y a Escipión, haciendo que se admiren de que él lleve la ancianidad tan fácilmente, como hacemos que él les responda. Y si te pareciere que él disputa de modo más erudito que lo que él mismo acostumbró en sus libros, lo has de atribuir a la literatura griega, de la cual se sabe que él fue muy afanado estudioso en la ancianidad. ¿Pero a qué más cosas? Pues ya nos va a explicar el discurso de Catón todo nuestro parecer acerca de la ancianidad.

 

 

II

[INTRODUCCIÓN: DIÁLOGO ENTRE CATÓN, ESCIPIÓN Y LELIO]

 

(§ 4)

ESCIPIÓN: A menudo me admiro, con este Lelio que nos acompaña, no solo de tu excelente y perfecta sabiduría sobre otras cosas, sino también, incluso como lo más elevado, del hecho de que nunca hayas sentido que la ancianidad sea para ti algo grave, precisamente, cuando ella es tan odiosa para la mayoría de los ancianos que llegan a decir que, en esta edad, se hallan soportando una carga más gravosa que el Etna.

CATÓN: Escipión y Lelio, parece que os admiráis de una cosa no muy compleja. En efecto, a quienes se hallan desprovistos de recursos propios para el arte de vivir bien y dichosamente, a estos, toda edad les resulta gravosa; quienes, por el contrario, solicitan todos los bienes de sí mismos, a estos nada malo les puede parecer lo que la necesidad natural les acarree. Y, de esto, la ancianidad es lo primero: todos desean llegar a alcanzarla, pero, una vez alcanzada, la reprueban. ¡Así de grande es la inquietud y también la perversidad de la estupidez! Dicen que se les acerca subrepticiamente antes de que la hubieran podido considerar. En primer lugar, ¿quién los obligó a considerar en falso? ¿Cómo es, pues, que la ancianidad sucede más de improviso a la adolescencia que la adolescencia a la niñez? Por último, ¿en qué les sería menos gravosa la ancianidad si se hallaran con ochocientos años cumplidos que con ochenta? En verdad, la vida pasada, por larga que hubiera sido, no puede ser lenitivo de una ancianidad estúpida.

(§ 5)

Así que, si tenéis la costumbre de admiraros de mi sabiduría —¡ojalá que esta sea digna de vuestra opinión y de nuestro sobrenombre!—, somos «sabios» en el hecho de que seguimos a la naturaleza, la mejor como guía, y en que la obedecemos como a un dios. Y no es propio de ella, cuando las demás partes de la vida han sido bien definidas, que el último acto quede descuidado, como si se tratara de la obra de un poeta inepto. Mas, con todo, fue necesario que hubiera un fin determinado y, como sucede con las bayas de los árboles y con los frutos de la tierra, arrugado y destinado a caer. Y todo esto tiene que ser llevado por el sabio suavemente. Pues el enfrentarse a la naturaleza, ¿qué otra cosa es sino guerrear contra los dioses y seguir en ello la costumbre de los gigantes?

(§ 6)

LELIO: Entonces, bien, Catón, sería muy grato para nosotros —lo diré también por Escipión— que intentaras —puesto que esperamos envejecer, e incluso lo queremos de verdad— que llegáramos a aprender, mucho más de ti, con qué pautas podríamos soportar del modo más fácil el gravoso avance de la edad.

CATÓN: Lo intentaré de verdad, Lelio, precisamente, si, como dices, os ha de ser grato a cada uno de los dos.

LELIO: Tenemos mucho interés por ver de qué clase es ese punto al que has llegado. Tal vez vayas a mostrárnoslo en calidad de cierta senda larga en la que también a nosotros tenemos que ingresar.

 

 

III

 

(§ 7)

CATÓN: Lo haré como pueda, Lelio. Pues, por cierto, estuve presente en las disputas de mis coetáneos —efectivamente, según el antiguo proverbio, «los iguales se juntan con sus iguales del modo más fácil»—. En ellas, Cayo Salinador, Espurio Albino, hombres casi de nuestra edad que habían alcanzado el consulado, solían deplorar el hecho de verse privados de placeres sin los cuales en nada estimaran la vida; o el hecho de verse despreciados por quienes solían adularlos. Y a mí no me parecía que estos acusaran lo que se debería acusar. Ya que, si aquello les sucediera por culpa de la ancianidad, deberíamos tener la misma experiencia yo y todos los otros entrados en años, cuando, en realidad, vi a muchos entre ellos viviendo con una ancianidad sin quejas, de modo que llevaban sin molestia el verse liberados de las cadenas del placer, sin que, por otra parte, se vieran necesariamente despreciados por los suyos. Más bien, lo que sucede es que la culpa de todas las quejas de esta clase reside en la moral, no en la edad. Los ancianos moderados, no los ariscos ni los inhumanos, pasan una ancianidad llevadera, mientras que la inoportunidad y la inhumanidad han de resultar, por fuerza, incómodas en toda edad.

(§ 8)

LELIO: Es como dices, Catón, pero tal vez podría decirte alguien a ti que la ancianidad te resulta más llevadera a causa de los recursos, riquezas y la propia dignidad que posees, pero que esto no puede sucederle a la mayoría.

CATÓN: Algo hay aquí de cierto, Lelio, pero en vano podría decirse que todo se reduce a esto. Como se cuenta, Temístocles respondió lo siguiente en una discusión con uno de Serifo que le había dicho que él había adquirido renombre no por su gloria, sino por la de su patria:

 

¡Por Hércules, no habría sido yo famoso, si hubiera sido de Serifo; ni lo habrías sido tú! —dice—, aun cuando hubieras sido ateniense.

 

E, igualmente, puede decirse lo mismo de la ancianidad. En efecto, ni siquiera para el sabio puede ser liviana la ancianidad sino en una circunstancia de gran pobreza, como no puede sino ser gravosa para el necio, incluso en una circunstancia de máxima abundancia.

(§ 9)

Las más útiles armas de la ancianidad, Escipión y Lelio, son las artes y las ejercitaciones en la virtud, que, cultivadas durante toda una vida, en el caso de haber vivido mucho y largo tiempo, producen admirables frutos, no solo porque nunca nos abandonan —ni siquiera en el postremo momento de la vida, por más que constituya una cima—, sino también porque la consciencia de una vida bien llevada y de muchas obras bien hechas es el recuerdo más gozoso.

 

 

IV

 

(§ 10)

Yo, de adolescente, estimé como a un igual, aun siendo anciano, a Quinto Máximo, aquel que reconquistara Tarento. Había en aquel varón una gravedad sazonada de afabilidad y no había conseguido la ancianidad cambiar su inveterado carácter. Aunque comencé a tratarlo cuando aún no era mayor, sin embargo, ya se hallaba en edad avanzada. En efecto, había sido cónsul un año antes de haber nacido yo, y, cuando él se hallaba en su cuarto año de consulado, partí como soldado, siendo un adolescente, a Capua, y, todavía cinco años después, a Tarento. Me hicieron cuestor luego, cuatro años después, magistratura que llevé a cabo bajo el consulado de Tuditano y Cetego, precisamente cuando él, ya muy anciano, abogó por la Ley Cincia sobre los dones y subvenciones. Aunque fuese mucho mayor, también se ocupaba de la guerra como si fuera adolescente, logrando apaciguar con su paciencia la vehemencia de Aníbal, que por entonces era joven. Acerca de esto, nuestro Enio habla ilustremente:

 

Un solo hombre, adoptando la estrategia de la disuasión, nos restableció el Estado; no anteponía los rumores a la salud patria:

en consecuencia, cada vez más clarea ahora la gloria del hombre[6].

 

(§ 11)

¡Con qué perspicacia, con qué sensatez reconquistó, por cierto, Tarento! Fue entonces que, mientras yo le escuchaba, le dijo riéndose a Salinador, después de que este, tras perder la ciudadela, hubiera huido a la atalaya vanagloriándose con estas palabras:

 

—Con mi esfuerzo, Quinto Fabio, reconquistaste Tarento.

—Ciertamente —le contesta riéndose—, ya que, si tú no la hubieras perdido, nunca la habría reconquistado yo.

 

Y, con todo, no fue en las armas más importante que en el uso de la toga civil. Él, en su segundo consulado, en contraste con la dejadez de su colega Espurio Carvilio, hizo frente, en la medida en que pudo, al tribuno de la plebe Cayo Flaminio, que, en contra de la autoridad del Senado, repartía entonces a título individual los territorios del Piceno y de la Galia. Y, al ser augur, osó decir que lo que se hiciera por la salud patria, eso, se hacía con los mejores auspicios, mientras que lo que se llevara y trajera en contra del Estado, eso, se llevaba y se traía en contra de los auspicios.

(§ 12)

Muchas cosas ilustres conocí en aquel varón, pero nada más admirable que la forma en la que aguantó él la muerte de su hijo[7], varón ilustre que había llegado al consulado. Es conocido de todos su elogio fúnebre, que, cuando leemos, ¿qué filósofo no se hace digno de desprecio? Y, con todo, no fue él solamente grande a la luz pública ni ante los ojos de sus ciudadanos, sino, aún más importante, en privado y en casa. ¡Qué discurso, qué preceptos, qué gran conocimiento de la Antigüedad, qué ciencia del derecho augural! Muy grande era también, para ser romano, su conocimiento de la literatura. Tenía en su memoria no solo las guerras que llevamos a cabo en nuestra casa patria, sino también en el extranjero. Tan ardientemente disfrutaba yo entonces de su discurso, que ya casi adivinaba lo que vino a suceder: que, muerto él, no habría de encontrarme nadie de quien pudiera seguir aprendiendo.

 

 

V

 

(§ 13)

¿En atención a qué, pues, digo todo esto de Máximo? Porque, con seguridad, veis que es nefando decir que una ancianidad de este tipo fuera desgraciada. Y, sin embargo, no todos pueden ser Escipiones o Máximos, de modo que puedan recordar sus conquistas de ciudades, sus luchas de infantería o navales, sus hazañas, sus triunfos: también se da la ancianidad plácida y suave de una vida llevada tranquila, pura y elegantemente, cual la conocemos por Platón, que murió dedicado a la escritura con ochenta y un años. Fue de la misma clase que Isócrates, que nos informa de que él mismo escribió con noventa y cuatro años el libro que lleva por título Panatenaico, tras lo cual llegó a vivir cinco años más. Su maestro, Gorgias de Leontino, cumplió ciento siete años y nunca cesó de trabajar en el estudio y en su obra. Este, al preguntársele por qué quería perseverar tanto en la vida, dijo:

 

Nada tengo de qué acusar a la ancianidad.

 

(§ 14)

¡Preclara respuesta y digna de un hombre instruido! Pues son los necios, en efecto, quienes trasladan sus vicios y su propia culpa a la ancianidad, algo que no hacía este Enio, de quien ha poco que hice mención:

 

Como fuerte caballo que, en Olimpia, con frecuencia venció en el último tramo, ahora, consumido por la senilidad, descansa[8].

 

Compara él su ancianidad a la de un caballo fuerte y victorioso. A él, pues, podéis recordarlo con probidad, pues, dieciocho años después de su muerte, fueron nombrados los actuales cónsules, Tito Flaminino y Manio Acilio. Por lo demás, murió él siendo cónsules por segunda vez Cepión y Filipo, cuando, contando yo con sesenta y cinco años cumplidos, me había estado ocupando en defender, con la alta voz y los buenos pulmones de orador, la Ley Voconia. Con setenta años —tanto, en efecto, vivió Enio—, llevaba las dos cargas que se consideran más pesadas, la pobreza y la ancianidad, de tal modo que casi parecía complacerse en ellas.

 

[DIVISIÓN DE LA PARTE PRINCIPAL EN CUATRO ARTÍCULOS]

 

(§ 15)

En definitiva, si me pongo a comprender con el ánimo, hallo cuatro causas por las que podría parecer desgraciada la ancianidad: una, porque nos apartaría de la realización de las cosas; otra, porque traería como consecuencia un cuerpo más débil; la tercera, porque nos privaría casi de todos los placeres; la cuarta, porque no se hallara muy lejos de la muerte. Veamos, si os place, una por una, en qué medida y cuál de las causas es justa.

 

 

VI

[REFUTACIÓN DE LA PRIMERA CAUSA: FALTA DE ACTIVIDAD]

 

Se dice que la ancianidad aparta de la realización de las cosas. ¿De cuáles? ¿Acaso de las que se llevan a cabo en una juventud plena de fuerzas? ¿Es que hay que pensar que no hay cosas propias de la senilidad que, aun con el cuerpo débil, pueden, sin embargo, gestionarse con el ánimo? En ese caso, ¿no hacía nada Quinto Máximo? ¿Nada Lucio Pablo, tu padre, suegro del buen varón que fue mi hijo? Y el resto de los ancianos —los Fabricios, los Curios, los Coruncanios—, ¿no hacían nada cuando, con juicio y autoridad, defendían el Estado?

(§ 16)

A la ancianidad de Apio Claudio se le añadía, además, el ser ciego. Sin embargo, él, cuando el sentir del Senado se inclinaba a la paz con Pirro y al compromiso de tener que sellar un pacto, no duda en decir lo que, con sus versos, persiguió Enio:

 

¿Hacia qué vía de insania se os volvieron las mientes que antes solían hallarse alzadas en pie?[9].

 

Y lo demás, todavía, con la mayor gravedad. Os es conocido, en efecto, el poema. Y, con independencia de ello, queda en pie el discurso del propio Apio. Y esto lo hizo él después de diecisiete años a partir de su segundo consulado. Al haber un espacio de diez años entre los dos consulados y al haber sido censor antes del primero, se deduce de ello que ya era muy mayor en la guerra contra Pirro; y, con todo, así lo aceptamos de la tradición patria.

(§ 17)

Nada, en verdad, aportan quienes niegan que la ancianidad pueda tener su lugar en la administración de las cosas, pues se comportan del mismo modo que alguien que dijera algo así como que un timonel nada hace a la hora de navegar, fijándose en que, mientras tanto, los unos trepan por los mástiles, los otros andan corriendo por la cubierta y otros achican la sentina, mientras que él se queda quieto, sentado en la popa, sosteniendo el timón. Y, sin embargo, hace algo mucho más grande y mejor. Las cosas de importancia se llevan a cabo no con la fuerza, la velocidad o la celeridad del cuerpo, sino con el juicio, la autoridad y el pensamiento. Y estas cosas son aquellas de las que la ancianidad no solo no se ve privada, sino en las que suele incluso abundar.

(§ 18)

¿O es que, por ventura, os parezco andar vacante ahora, yo, que me las he batido como soldado, como tribuno y como legado y cónsul en todo tipo de guerras, por el mero hecho de que ahora no las llevo a cabo? Muy por el contrario, me dedico a prescribir al Senado lo que se ha de hacer —¡y de qué modo!—. Vengo declarando la guerra a Cartago desde mucho antes que empezara a malquerernos con asechanzas durante todo este largo tiempo, asunto del que no voy a dejar de preocuparme antes de saber que esa ciudad ha sido arrasada.

(§ 19)

¡Ojalá que los dioses inmortales, Escipión, te reserven una merecida palma, para que puedas continuar hasta el final lo que le quedó por hacer a tu abuelo! Este es el trigésimo tercer año tras su muerte, y, con todo, todos los años venideros harán memoria de este varón. Murió un año antes de ser hecho yo censor, nueve años después de mi consulado, cuando se le nombraba cónsul por segunda vez, durante mi propio consulado. ¿Pero es que, si, en su caso, hubiera vivido hasta los cien años se habría arrepentido de su ancianidad? En efecto, no se podría valer de la carrera ni del salto ni del lanzamiento a lo lejos de astas, como, tampoco, de luchar cuerpo a cuerpo con la espada. Pero sí, con el juicio, la razón, el pensamiento —cosas estas que, a no ser que se hallaran en los «senes», no habrían llamado nuestros mayores «Senado» al Consejo Supremo—.

(§ 20)

Por cierto, entre los lacedemonios, aquellos que dirigen la mayor magistratura, dado que son mayores, por eso mismo se los llama «ancianos»[10]. Pero, si queréis leer o escuchar algo relativo al extranjero, encontraréis que los más grandes estados se quebraron por culpa de adolescentes, mientras que fueron los ancianos quienes los sostuvieron y restituyeron.

 

Os concedo la palabra. ¿Qué hicisteis vosotros que tan rápidamente perdisteis vuestro tan magno Estado?[11].

 

Así, por cierto, preguntan en el Ludo del poeta Nevio. A lo que, entre las muchas cosas que se responden, estas hallamos en primer lugar:

 

Iban llegando nuevos oradores, estúpidos adolescentes[12].

 

La temeridad es, a lo que parece, algo propio de una edad floreciente, mientras que la prudencia lo es de quien se va haciendo anciano.

 

 

VII

 

(§ 21)

Pero —me diréis— la memoria se va perdiendo. Sí, lo creo, a no ser que la ejercites, o también en caso de que seas lo suficientemente torpe de naturaleza. Temístocles tenía aprendidos los nombres de todos sus ciudadanos. Y, ¿creéis que, tras haber avanzado en edad, acostumbraba a saludar como «Lisímaco» a quien fuera Arístides? Yo, por mi parte, no solo conozco a los que viven, sino también a sus padres y a sus tíos, y, cuando leo sus epitafios, no temo, en contra de lo que dicen, que vaya a perder su recuerdo: es, precisamente, al leer los mismos, que me transporto a la memoria de los muertos. Ni, por otra parte, escuché jamás que un anciano se hubiera olvidado del lugar en el que había enterrado un tesoro. Más bien, recuerdan todo lo que es objeto de su cuidado: los compromisos de comparecencia para caución o fianza, y quién se la debe y a quién se la deben ellos mismos.

(§ 22)

Y, ¿qué decir del jurisconsulto? ¿Qué de los pontífices? ¿Qué de los augures? ¿Qué de los filósofos mayores, de cuantas cosas se acuerdan? Permanece el ingenio en los ancianos a condición de que permanezca el estudio y el esfuerzo, y esto no solo en lo que, en los hombres, es preclaro y honorable, sino también en el reducto de su tranquila vida privada. Sófocles, arrumbado a la más alta ancianidad, siguió componiendo tragedias y, sin embargo, como diera la impresión de descuidar las cosas de familia a causa de este afán, fue llevado a juicio por sus hijos, para que los jueces lo inhabilitaran por no saber hacerse cargo del patrimonio familiar, del mismo modo que el que, entre nosotros, no gestiona bien su hacienda suele ser objeto de interdicción por parte de nuestros buenos jueces. Se dice que, en esa circunstancia, el anciano leyó ante los jueces aquella obra en la que se ocupaba entonces, y que recientemente había terminado de escribir, Edipo en Colono, preguntándoles luego si por un acaso podrían parecer propios de un mentecato aquellos versos, con cuya recitación fue absuelto según el propio veredicto de los jueces[13].

(§ 23)

¿Es que la ancianidad obligó a enmudecer en sus estudios a un Homero, a un Hesíodo, a un Simónides, a un Estesícoro? ¿Acaso lo hizo con los que mencioné hace un rato, con Isócrates o con Gorgias? ¿Tal vez con los más eminentes filósofos, con Pitágoras, Demócrito o bien con Platón, Jenócrates, después con Zenón, con Cleantes o con quien también vosotros visteis en Roma, Diógenes el Estoico? ¿No fue en todos ellos la pasión por el estudio la misma que por su vida?

(§ 24)

Bueno, para dejar ya la divinidad de estos estudios, puedo hacer mención de los rústicos romanos de la región sabina, vecinos y familiares míos, que, al no ausentarse nunca del campo, consiguen hacer los mayores trabajos, sembrando, recolectando y almacenando. Es cierto que esto es menos de admirar en ellos, ya que nadie de ellos es tan anciano que considere que no pueda vivir un año más. Sin embargo, trabajan con el mismo afán en labores que saben que nada les han de reportar, como quien:

 

Planta árboles que han de fructificar para la generación siguiente[14].

 

(§ 25)

Ciertamente, no duda el agricultor, por muy anciano que sea, en responder a quien le pregunta para quién siembra:

 

Para los dioses inmortales, que no solo quisieron que tomara yo esto de mis antecesores, sino que también lo transmita a la posteridad.

 

 

VIII

 

Por otro lado, Cecilio escribió con más acierto acerca del anciano que tenía la vista puesta en la generación siguiente que en este pasaje en el que dice:

 

¡Por Pólux, ancianidad, si cuando vienes no trajeras más flaqueza que una —que ya vale—, porque, al mucho vivir, mucho se ve que no se quiere![15].

 

Y también se ven, acaso, muchas de las cosas que uno quiere ver. Además, en esas que no se quieren ver también incurre con frecuencia la adolescencia. Con todo, el mismo Cecilio llega a afirmar aún algo más insustancial:

 

Finalmente, esto es lo que pienso yo que es más penoso en la edad anciana: sentir que, en esa misma edad, puede todavía uno, en persona, ser odioso a otro[16].

 

(§ 26)

Más bien habría que decir «dichoso» que «odioso». Como los ancianos sabios aprecian más a los adolescentes dotados de buen genio, así como resulta más ligera la ancianidad de quienes reciben de la juventud estima y discreción, en correspondencia, encuentran los adolescentes alegría en los preceptos de los ancianos que elevan el estudio a la virtud. Y no creo que yo, siendo anciano, sea más feliz por vosotros, jóvenes, que lo que vosotros podáis serlo por mí.

Pero, entonces, ya veis que la ancianidad no solo no es un inerte estado de languidez, sino una nueva etapa de trabajo que siempre está ocupada en hacer y en emprender algo, por lo que, como es lógico, ya hubo afán en lo que de vida le precedió.

Y, ¿qué decir de quienes todavía en esta edad aprenden algo? Así lo vemos en Solón, que, conforme lo celebra en sus versos, dice que se iba haciendo anciano toda vez que, de día en día, continuaba aprendiendo algo. Del mismo modo que lo hice yo en mi caso, al aprender griego en mi ancianidad, literatura esta que, a la verdad, arramplé tan ávidamente, como deseando calmar una sempiterna sed, que llegué a apropiarme de lo que ahora veis que os aporto con mis ejemplos.

Y, al escuchar yo que Sócrates había logrado hacer esto mismo en su vejez a las cuerdas del harpa —pues los antiguos aprendían Música a las cuerdas—, por más que a mí me hubiera gustado hacerlo así, me esforcé con determinación para aplicarlo al caso de las letras.

 

 

IX

[REFUTACIÓN DE LA SEGUNDA CAUSA: LA FALTA DE FUERZA CORPORAL]

 

(§ 27)

Ni siquiera ahora, con mi edad, echo de menos las fuerzas de un adolescente —esta era, pues, la segunda causa de las acusaciones a la vejez—, con mayor intensidad que, de adolescente, sentía la carencia de las de un toro o las de un elefante. Lo que es propio es servirse de lo que uno tiene a disposición en cada edad y, cualquier cosa de que se trate, actuar en consideración a las fuerzas de que se dispone.

¿Qué palabra puede ser más despreciable que la de Milón de Crotona? Se dice que él, cuando ya era anciano, al ver a unos atletas ejércitándose en la carrera, miró sus propios brazos y que, lloriqueando, se dijo: «Sí, estos ya están muertos». ¡No tanto esos como tú mismo, charlatán! Pues a buen seguro que nunca conseguiste ennoblecerte por ti mismo, con independencia de tus buenos pulmones y brazos. Nada de esto dijo Sexto Elio. Nada de eso, Tiberio Coruncanio. Nada dijo, hace poco, de eso Publio Craso… Ellos, que prescribían leyes a sus ciudadanos con una prudencia que supieron extender hasta los últimos instantes de su espíritu.

(§ 28)

Me temo que un orador no se achica por la ancianidad. Su tarea, en verdad, no es solo cosa de ingenio, sino también de pulmón y fuerza. Aquella cualidad de la voz resplandece íntegramente, no sé cómo, también en la ancianidad —lo que yo, por cierto, no he perdido aún, y ya veis qué años tengo… Con todo, es el discurso sereno y holgado un decoro que engalana al anciano, y un discurso arreglado y suave logra, por sí mismo, una audiencia fiel cuando lo pronuncia un anciano elocuente. Y, aun cuando no puedas conseguirlo tú mismo, podrías, sin embargo, aconsejar a Escipión y a Lelio. ¿Qué, pues, es más dichoso que una vejez acompañada por los estudios de la juventud?

(§ 29)

¿No reservaremos, pues, esas fuerzas a la vejez, para que enseñe, edifique e instruya a los adolescentes en todo cargo de oficio? ¿Qué puede ser, en verdad, más noble que esta obra? De cierto, me parecían afortunados por la comitiva de nobles jóvenes Gneo y Publio, Escipiones, así como tus dos abuelos, Lucio Emilio y Pablo Africano. No se han de considerar infelices ninguno de los maestros de las artes liberales, aunque se les hayan envejecido, hasta deshacerse, sus fuerzas. Y, aún, esta misma pérdida de fuerzas se produce con más frecuencia por los vicios de la adolescencia que por los de la ancianidad. Pues la adolescencia, libidinosa e intemperante, es la que transmite a la vejez un cuerpo agotado.

(§ 30)

Mira que Ciro, en el discurso que, según Jenofonte[17], mantuvo en el momento de morir, cuando ya era muy mayor, niega que alguna vez le resultara su vejez más débil de lo que lo fue su adolescencia. Recuerdo yo, siendo niño, que Lucio Metelo, tras haber sido nombrado pontífice máximo cuatro años después de su segundo consulado, estuvo al frente de este sacerdocio durante veintidós años, y recuerdo que, al final de su vida, tenía tan sólidas fuerzas que ya no echara en falta la adolescencia.

Nada me es preciso decir sobre mí mismo, aun cuando hacerlo es algo propio de la ancianidad y que se le concede a nuestra edad.

 

 

X

 

(§ 31)

¿Veis cómo en Homero proclama Néstor, con mucha frecuencia, sus propias virtudes? El hombre asistía ya, ciertamente, a su tercera edad y no tenía que temer que, por decir verdades, pudiera parecer ni insolente ni hablador. En efecto, como dice Homero, «de su lengua fluía un discurso más dulce que la miel»[18], y que, en cuanto a suavidad, no adolecía de ninguna carencia corporal. Y, sin embargo, aquel general de Grecia que fue Agamenón en ningún momento desea tener diez como Ayante, sino uno como Néstor. Lo cual, de haberle ocurrido, no duda de que Troya habría de sucumbir en poco tiempo.

(§ 32)

Pero ya vuelvo a mí. Me hallo viviendo mi octogésimo cuarto año y bien quisiera, por lo que a mí hace, poder hablar de mí como hacía Ciro, ufanándose. En cualquier caso, lo que puedo decir es, sin embargo, esto: que ya no estoy revestido de las fuerzas que tuve como soldado en la Guerra Púnica; ni, como cuestor, en esa misma guerra; ni cuando luché sin descanso como tribuno militar en las Termópilas, bajo el consulado de Manio Acilio Glabrión. Y, sin embargo, como vosotros veis a las claras, no me extenuó la ancianidad; no, no me afligió. La curia senatorial no siente que me falten fuerzas. No lo hacen los púlpitos de la asamblea popular. Tampoco mis amigos, mis clientes o mis huéspedes. Así pues, nunca he dado asentimiento a aquel antiguo y celebrado proverbio que aconseja «apresurarse a ser anciano, si es que quieres ser anciano por mucho tiempo»[19]. Yo, más bien preferiría ser anciano durante menos tiempo que convertirme en anciano antes de que, de hecho, llegue a serlo. Así pues, a nadie que hasta ahora quiso reunirse conmigo lo rechacé diciendo que estaba ocupado.

(§ 33)

Pero, tal vez, me diréis que tengo menos fuerza que cualquiera de vosotros dos. Pero tampoco vosotros tenéis las fuerzas del centurión Tito Poncio. ¿Realmente es él, por eso, de mayor prestancia? Únicamente se requiere que a cada uno le asistan, módicamente, sus fuerzas y que se esfuerce tanto cuanto con ellas pueda, para que no quede preso en el deseo de tener aún más.

Se cuenta que Milón recorrió el estadio de Olimpia portando un buey en sus hombros. ¿Qué preferirías, entonces, que se te diera, esta fuerza corporal o la del ingenio de un Pitágoras? En definitiva, te has de servir de esta buena facultad mientras la tengas presente; mas, cuando la veas ausente, no la demandes, a no ser que por acaso debieran hacerlo con la infancia los adolescentes o, con la misma adolescencia, quienes han avanzado un poco más en edad. El curso de la vida está determinado y es una la senda de la naturaleza. Ella misma es simple. A cada edad le está dada su cualidad del tiempo correspondiente, de modo que hay algo de natural en la debilidad de los niños, en la ferocidad de los jóvenes y en la gravedad de la edad media, así como en la madurez de la ancianidad. Esto sucede de forma que, en cada momento, se debe cosechar un fruto.

(§ 34)

Pienso que tú, Escipión, ya sabes lo que hace al día de hoy Masinisa, el huésped de tu abuelo, que ya lo vemos con noventa años: una vez que se ha puesto a hacer camino a pie, ya no se monta para nada a caballo, y, una vez que va a caballo, ya no baja. No hay lluvia ni frío que le lleve a cubrirse la cabeza. Sabes, pues, que tanta es la dureza de su cuerpo, que sigue todos los deberes y cargos propios de un rey hasta el final. Por tanto, como se ve, el ejercicio y la temperancia pueden conservar algo de su prístino vigor también en la ancianidad.

 

 

XI

 

Que no hay fuerzas en la ancianidad —se argumenta—. Pero es que ni siquiera se le piden a la ancianidad estas fuerzas. Por ello, nuestra edad se halla dispensada, tanto por ley como por instituciones, de aquellas tareas que no pueden tolerarse sin la correspondiente fuerza corporal. Así pues, no solo no estamos obligados a hacer lo que no podemos, sino que, incluso, tampoco estamos obligados a hacer cuanto podemos.

(§ 35)

También es cierto —se arguye— que hay muchos ancianos débiles, que no pueden llevar a término ningún cargo o tarea. Pero esto, por cierto, no es un vicio propio de la ancianidad, sino una dolencia general de la salud humana. ¡Qué débil fue el hijo de Publio Africano, quien te adoptó, de qué lábil o, más bien, nula salud! Lo que, de no haber sido así, habría llegado a ser la segunda gloria de la ciudad. Pues, a la magnanimidad de su padre, habría añadido, entonces, una cultura más rica. ¿Qué hay de más admirable, pues, en los ancianos, caso de que sean débiles en algún momento, cuando se da el caso de que ni siquiera los adolescentes pueden evitar esto? Lelio y Escipión, hay que hacer frente a la ancianidad y hay que esforzarse por compensar con diligencia sus flaquezas.

(§ 36)

Igualmente, hay que luchar contra la ancianidad como contra una enfermedad, se ha de llevar cuenta de la salud, hay que recurrir a los ejercicios adecuados y hay que incluir tanta comida y bebida como para que se restituyan las fuerzas, sin obligarles. Sin embargo, no solo se ha de mirar por el cuerpo, sino también por la mente y el ánimo, pues estos se extinguen con la ancianidad, a no ser que los instiles como óleo en la llama.

Además, sucede que el cuerpo se agrava con la fatiga que viene a consecuencia de los ejercicios, mientras que lo que sucede con el ánimo es que, al ejercitarse, se eleva y fortalece. Pues Cecilio nos los presenta crédulos, olvidadizos y disolutos a los «estúpidos ancianos de comedia» que menciona, cargándolos así con unos vicios que no son de la ancianidad, sino de una ancianidad inerte, innoble y somnolienta[20]. Así como la petulancia y la lujuria son más propias de adolescentes que de ancianos —y, con todo, no de todos los adolescentes, sino de los ímprobos—, así, esta estupidez senil que suele denominarse «chochez» es propia de los ancianos volubles, no de todos.

(§ 37)

Apio, aun ciego y anciano, mantenía con su gobierno cuatro robustos hijos, cinco hijas, tamaña casa y tan importantes clientelas, pues disponía de un ánimo intenso, con el que apuntaba como con un arco, y no languidecía permitiéndose sucumbir a causa de la vejez. No solo tenía autoridad, sino también facultad de mando sobre los suyos: lo temían sus siervos, lo respetaban sus hijos, todos lo tenían por querido: en aquella casa era ley la costumbre patria y la disciplina.

(§ 38)

Así pues, la vejez es honorable, si se defiende a sí misma, si se conserva en su derecho, si no concede a nadie la dependencia de un antiguo tutelaje, si domina sobre los suyos hasta el último aliento. Del mismo modo que, en verdad, doy mi aprobación a un adolescente en el que hay algo de anciano, así se la doy a un anciano en el que hay algo de adolescente. Pues el que se conduce de este modo podrá ser anciano de cuerpo, más nunca de ánimo. Tengo ahora entre manos el libro séptimo de mis Orígenes[21]. Reúno allí todos los monumentos de la Antigüedad. Sobre todo, redacto ahora los discursos de las ilustres causas que defendí: me ocupo del derecho augural, pontifical y civil. También recurro mucho a la literatura griega y, por el gusto de ejercitar la memoria conforme al uso de los pitagóricos, al atardecer, hago memoria de lo que dije, escuché e hice cada día. Estos son los ejercicios del ingenio; estas, las carreras de la mente: trabajando en ellas con el sudor de mi frente, no echo demasiado de menos las fuerzas corporales. Estoy a disposición de mis amigos, voy al Senado con frecuencia y, por iniciativa propia, propongo temas a tratar, una vez los he considerado por mucho tiempo, y los observo no con la fuerza del cuerpo, sino con la del ánimo. Cosas que, aun cuando no pudiera realizar, podría tenerme retumbado mi lecho mientras me recreo con el pensamiento en aquellas cosas que no pudiera hacer. Pero el hecho de que pueda hacerlas lo permite la vida que he llevado antes. En verdad, siempre que uno se ocupa en estos estudios, no siente, mientras vive, cuándo se acerca furtivamente la ancianidad. Así de gradualmente envejece la vida, sin sentirlo uno; ni se quiebra de improviso, sino que se va extinguiendo paulatinamente en un proceso caracterizado por el fenómeno de la duración.

 

 

XII

[REFUTACIÓN DE LA TERCERA CAUSA: LA FALTA DE PLACERES]

 

(§ 39)

Sigue el tercer reproche con que se vitupera la ancianidad: el hecho de que, según dicen, carezca ella de placeres. ¡Oh, preclaro oficio de la edad, si es que nos quita lo que, en la adolescencia, resulta ser más vicioso! Aceptad, de verdad, vosotros, los mejores de entre los adolescentes, el antiguo discurso de Arquitas de Tarento —magno varón y preclaro, muy por encima de los demás—, que me transmitieron cuando estaba yo, siendo joven, en Tarento, junto a Quinto Máximo. Decía él que, de parte de la naturaleza, no se le ha dado al hombre ninguna otra peste más capital que el placer corporal, pues el ávido deseo del mismo crece, oscura y desenfrenadamente, hasta apoderarse, cumplido, de nosotros.

(§ 40)

De aquí —decía— nacen las traiciones a la patria; de aquí, las revoluciones del Estado; de aquí, los clandestinos contubernios con el enemigo. Por último, no hay crimen, no hay tetra fechoría a cuya consecución no empujara el deseo de placer. Sin duda, el estupro, el adulterio y todo reclamo de tal clase no se excita con otras seducciones distintas del placer. Y, como al hombre, sea por parte de la naturaleza, sea de parte de algún dios, nada le ha dado más excelente que la mente, nada es tan enemigo para este divino cargo que se nos dona como el placer.

(§ 41)

Decía, pues, que, cuando domina el placer, no queda espacio a la temperancia y que de ninguna manera puede consistir la virtud en el imperio del placer. Y, para que esto se pudiera entender mejor, ordenaba representarse con la imaginación a alguien preso de un placer tan grande como se pudiera concebir y, entonces, pensaba que a nadie le quedaría duda de que, por tanto tiempo como así se regocijara, no podría hacer nada mental, racional o reflexivamente. En consecuencia —advertía—, no hay nada tan detestable ni tan pestífero como el placer, dado que, cuanto más intenso y más extenso sea, más se extingue con él toda la luz de la inteligencia.

Nearco de Tarento, huésped mío, que se había mantenido en amistad con el pueblo romano, decía que había escuchado de otros mayores que él que Arquitas había hablado de esto con Cayo Poncio el Samnita, su padre, por quien fueron vencidos en la batalla de las Horcas Caudinas los cónsules Espurio Postumio y Tito Veturio. Igualmente, dijo que en esta conversación estuvo presente Platón, el Ateniense, que, según mi indagación, había llegado a Tarento bajo el consulado de Lucio Camilo y Apio Claudio.

(§ 42)

¿A dónde va todo esto? Al objeto de que entendáis que, aun cuando no pudiéramos despreciar el placer con la razón y la sabiduría, se había de agradecer mucho a la ancianidad que hiciera que no apeteciese lo que no conviene. En verdad, el placer impide el juicio; es enemigo de la razón. Como por así decir, angustia los ojos de la mente y no tiene ninguna relación con la virtud. Procedí en contra de mi voluntad cuando, siete años después de mi consulado, expulsé del Senado a Lucio Flaminino, el hermano del valerosísimo varón que fue Tito Flaminino. Más, con todo, consideré que su lujuria tenía que evidenciarse a la luz pública. Pues él, siendo cónsul en la Galia, tras habérselo suplicado una prostituta, accedió a herir con un hacha a uno de los que, como reos de pena capital, estaban encadenados en prisión. Este Lucio, siendo censor su hermano Tito, que había sido mi inmediato predecesor en el cargo, terminó por escaparse. Sin embargo, no pudo lograr, ni de mí ni de Flaco, que en modo alguno se aprobara la tan infamante y perdida lujuria que al oprobio privado venía entonces a unir la deshonra al Estado.

 

 

XIII

 

(§ 43)

Con frecuencia escuché de mis mayores —que, a su vez, decían haberlo escuchado siendo niños de parte de los que les eran sus mayores— que solía admirarse Cayo Fabricio de que, tras haber sido enviado como legado junto al rey Pirro, escuchó decir al tesalo Cineas que, en Atenas, había uno que se tenía a sí mismo por sabio y que decía él que todo lo que pudiéramos hacer debía reportarse al placer[22]. Me decían que, al escuchar esto a este hombre, Marco Curio y Tiberio Coruncanio albergaron el deseo de que se les persuadiera de esto a los samnitas y al mismo Pirro, de forma que pudieran ser vencidos de modo más fácil, puesto que se hallaban entregados a los placeres. Había vivido Marco Curio con Publio Decio, quien, cinco años antes de que el primero llegara a ser cónsul, se había consagrado, en su cuarto consulado, al servicio en pro del Estado. Fabricio lo conocía, como lo conocía Coruncanio. Ellos, tanto por su vida como por la hazaña de quien hablo —de Decio, digo—, juzgaban que, con seguridad, hay algo hermoso e ilustre por naturaleza, tal, que se persiga por sí mismo y, tal, que, despreciado y desdeñado el placer, lo persiguiera todo aquel que fuera del grupo de los más excelentes.

(§ 44)

¿A qué, pues, tanto sermón sobre el placer? Porque no hay, en modo alguno, ningún vituperio contra la ancianidad en el hecho de que ella no eche demasiado de menos los placeres, sino que, más bien, es esa incluso su mayor gloria. Porque carece de festines, de mesas dispuestas y del barullo de las copas. Por tanto, también carece de embriagueces, de indigestiones y de noches en vela.

Pero si algo hay que conceder al placer, puesto que no fácilmente hacemos frente a sus encantos —divinamente llama, por cierto, Platón «pasto de males» al placer, por el hecho de que los hombres, vale decir, son capturados por él como peces—,[23] es que, aunque la ancianidad carece de excesos en los banquetes, puede, sin embargo, procurar un deleite en banquetes moderados. Con frecuencia, vi, siendo un niño, volver de cenar a Cayo Duelio, un anciano por entonces, hijo de Mario, que había vencido por primera vez a los fenicios con su flota naval. Se complacía con una antorcha, embadurnada de cera y con el sonido de un flautista, cosa que, sin privarse de nada, había cogido para sí, en la medida en que tamaña licencia se la podía permitir su gloria.

(§ 45)

Pero, ¿para qué me refiero yo a otros? Ya me vuelvo a mí mismo. Lo primero que tengo que decir es que siempre tuve mi comitiva. Las comitivas, por su parte, se formaron siendo yo cónsul, una vez se aceptaron los sacros cultos de la Gran Madre del Ida. Entonces, me banqueteaba yo moderadamente con mis cómites, aun cuando es verdad que nos veíamos acompañados de cierto fervor característico de la edad, con cuyo progreso todo resulta más llevadero. Y, sin embargo, no valoraba el goce de aquellos banquetes más por el placer del cuerpo que por el humano encuentro con los amigos y las divinas conversaciones. En este sentido, nuestros mayores denominaron bien «convivio» a esa reposada concurrencia de amigos que se reúnen para banquetear, por la razón de que trae implicado un vínculo vital. Con ello, hicieron mejor que los griegos, que a esto mismo lo llaman «bebendurria» o «convite», de modo que parece que se dedican a lo que con menor propiedad ocurre en ello.

 

 

XIV

 

(§ 46)

Yo, verdaderamente, a causa de mi gusto por la conversación, también disfruto en los banquetes tempraneros y no solo con los de mi edad, de los que ya pocos quedan, sino también con los de vuestra generación, y con vosotros. Y tengo en gracia a la ancianidad, pues ella me acrecentó el deseo de las palabras, a la vez que me quitó el de la bebida y la comida. Porque, si también es cierto que estas cosas le deleitan a uno —no vaya a parecer que he declarado la guerra al placer, del que, tal vez, existe una regulación natural—, no pienso que la ancianidad esté privada de sensibilidad, ni siquiera en relación a estos mismos placeres. Sinceramente, a mí me encanta ocupar la presidencia del festín, que fue establecida por nuestros mayores. Igualmente, me agrada este discurso que, también de acuerdo con la costumbre de los mayores, acompaña a quien sostiene la copa desde el lecho presidencial. Y me deleitan las propias copas, como en el Simposio de Jenofonte,[24] pequeñas y escanciadas, frías en verano o caldeadas al sol o a la lumbre de invierno.

Son estas cosas que también persigo en mi tierra de Sabina, donde, a diario, enriquezco con mi presencia el convivio de mis vecinos, que prolongamos cuanto podemos con variada conversación hasta muy entrada la noche.

(§ 47)

Me objetaréis que no es tan grande la epicúrea «titiliación»[25] de placeres entre los ancianos. Lo admito. Pero ni siquiera lo es su deseo. Y, además, nada resulta molesto cuando no se desea. Bien respondió Sófocles cuando, al preguntarle alguien si, aun entrado en años, tenía comercio con lo de Venus, dijo:

 

¡Que los dioses nos libren! En verdad que he huido de eso a gusto, como quien huye de una dueña salvaje y furiosa[26].

 

A quien desea tales cosas, tal vez, le es odioso —y, por cierto, molesto— carecer de ello. Por el contrario, a quienes ya se han saciado y llenado les es más feliz carecer que disfrutar de ellas. En cualquier caso, no carece aquel que no desea. Por tanto, digo que lo más feliz es no desearlo.

(§ 48)

Lo cual se echa de ver en que, si bien es cierto que una buena juventud disfruta más a gusto de estos mismos placeres, antes goza de las pequeñas cosas —como dijimos— y de aquellas de las que la ancianidad, aun cuando no las posee en abundancia, no carece del todo. Un espectador se deleita más en primera fila, por ejemplo, con la actuación de Ambivio Turpio; sin embargo, también se deleita quien lo observa desde la última. Así sucede con la adolescencia, que ve los placeres de más cerca y, tal vez, se alegra más; pero también se deleita en ello la vejez, solo que en la medida en que, observándolos de lejos, le son suficiente.

(§ 49)

Así las cosas, ¡de cuánta importancia es que un ánimo emérito en la soldada de la lujuria, de la ambición, de la lucha, de las enemistades y de todos los deseos, sepa estar consigo mismo y que, como se dice, consigo viva! Y si, además, tiene un poco su sustento en el estudio y en el saber, resulta que nada hay más dichoso que una vejez con tiempo libre. Solía ver yo, Escipión, al íntimo amigo de tu padre, Cayo Galo, en la ocupación estudiosa de medir con toda la exactitud posible el cielo y la tierra. ¡Cuántas veces no le sorprendió la luz del alba con las descripciones cartográficas que había comenzado de noche! ¡Cuántas lo cubrió la oscuridad nocturna tras haber comenzado a trabajar desde el amanecer! ¡Cómo disfrutaba prediciéndonos con gran antelación los eclipses de sol y luna!

(§ 50)

Por otra parte, ¿qué es lo que ocurre con estudios más livianos, que, sin embargo, requieren mayor agudeza? ¡Cómo se regocijaba Nevio con su Guerra Púnica! ¡Cómo Plauto, con su Truculento, con su Pseudolo! Vi también a Livio de mayor, quien, tras haber dado al público una de sus obras en el consulado de Centón y Tuditano seis años antes de que naciera yo, siguió avanzando en edad hasta mi adolescencia. ¿Qué diré del afán de Publio Licino Craso en su estudio del derecho pontifical y civil? O, ¿qué del de Publio Escipión, aquí presente, que solo hace unos días ha sido nombrado pontífice máximo? Y, además, hemos visto a todos los que he mencionado ardorosamente entregados a sus estudios en su ancianidad. Por otro lado, a Marco Cetego, a quien con razón llamó Enio «médula de la Persuasión»,[27] ¡con qué grande afán no lo veíamos, también de anciano, ejercitándose con retórica en la dicción! ¿Qué placeres, pues, son los de los banquetes, los juegos o las prostitutas si se han de comparar con estos otros? Pues estos son los estudios doctrinales que, verdaderamente, crecen con la edad en los prudentes y bien cultivados.

 

 

XV

 

(§ 51)

Me encamino, ahora, a los placeres de los agricultores, con los que disfruto increíblemente. Son placeres que no encuentran impedimento alguno en la vejez y que parecen aproximarse de muy cerca a la vida del sabio. Tienen, en efecto, trato con la tierra, la cual nunca escatima poderío y nunca devuelve sin interés lo que recibe. Unas veces, retribuye con menor interés, pero, la mayoría de las veces, con un interés todavía mayor. Con todo, no solo me deleito yo con los frutos, sino también con la potencia creatriz y la naturaleza de la propia tierra. Ella, una vez que recibe la semilla sembrada en su tierno y layado regazo, tras haberla cegado en un primer momento, la contiene —de lo que, por hacer esto, se denominó la «labor de rastrillaje»[28]—. Después, tras haberla entibiado con su vapor y su peso, la propaga y hace brotar, a partir de ella, la herbosa verdura que, apoyada en las fibras de los renuevos, se desarrolla gradualmente hasta que, levantada sobre su nudoso tallo, se encierra en sus vainas como un ser pubescente, y, tras haber salido de ellas, prodiga el fruto dispuesto en forma de espiga, fortificándose contra los mordiscos de las aves menores gracias a una barrera de barbas espigadas.

(§ 52)

¿Qué podría traer al recuerdo del nacimiento, plantaje y crecimiento de las vides? No quepo en mi gozo porque sepáis del descanso y diversión que, en mi ancianidad, obtengo de ello. Por cierto que pasaré por alto la alabanza de la potencia germinal de todo lo que se genera en la tierra, procreando tamaños troncos y ramas a partir del tan diminuto grano de la higuera o del granillo de la uva de baya o de las pequeñísimas semillas del resto de frutos o plantas. ¿Es que no deleitan a cualquiera los mayuelos, las plantas, los sarmientos, los plantones o los mugrones?

Pasemos a la vid, que, en efecto, es de naturaleza caediza y que, a no ser que esté apuntalada, cae a tierra ella misma, y que, para erguirse, abraza con sus zarcillos, a modo de manos, cualquier cosa que encuentra. Es a esta sierpe de reptil sinuosidad a la que, podándola, domeña el arte de los agricultores, para que no forme una selva de sarmientos y no se propague en exceso por doquier.

(§ 53)

Así pues, cuando va entrando la primavera, en aquellas ramas que se han dejado, sale, como junto a los nudos de los sarmientos, la denominada «yema apical», de la que se muestra la uva naciente. Esta, al crecer con el jugo de la tierra así como con el calor del sol, es, primero, muy amarga de gusto. Después, una vez madura, se endulza y consigue disfrutar de una moderada temperatura gracias al revestimiento de los pámpanos que le permiten defenderse de los ardores del sol. ¿Qué puede ser más gozoso que su fruto y más hermoso que su aspecto? Por cierto que no solo me deleita —como dije antes— su utilidad, sino también su cultura y su propia naturaleza. Así, lo hace el arte de disponer ordenadamente los rodrigones, de fijar las puntas al emparrado, la producción de ligaduras y la misma propagación de las vides, que, aplicada la poda —a la que me referí—, cercena unos sarmientos y conserva otros.

¿Y para qué habría de mentar yo el riego, las labores de desfonde y el mantornar de los campos con el que la tierra se hace mucho más fértil?

(§ 54)

¿Qué diré de la utilidad de abonar con estiércol? Ya lo dejé dicho en el libro que escribí acerca de lo concerniente al campo[29]. De este tema, el docto Hesíodo[30], al escribir sobre la agricultura, ni siquiera dejó dicha una palabra. Sin embargo, Homero, que, según me parece, vivió muchos siglos antes, presenta a Laertes apaciguando el deseo de ver a su hijo ausente con el cultivo del campo y su estercuelo[31]. Y, ciertamente, no solo germina lo del campo con mieses, prados, viñas y arbustos, sino también con huertas, vergeles, con el pasto del ganado, con enjambres de abejas y la misma diversidad de todas las flores. Por lo mismo, no solo nos deleitan plantajes, sino también injertos, que nada más artero que ellos encontramos entre los inventos de la agricultura.

 

 

XVI

 

(§ 55)

Os podría seguir contando muchísimas más diversiones del campo, pero pienso que ya me extendí suficientemente con estas que os dije. Vosotros, disculpadme, que me he dejado llevar en mi afán por las cosas del campo —y, además, es la ancianidad muy dada a hablar por naturaleza—. Pero que no parezca que la quiero librar de todos los vicios que tiene.

Lo cierto es que Manio Curio pasó el trayecto final de su edad con este género de vida, una vez que había triunfado de los samnitas, los sabinos y Pirro. Y yo, en verdad, al contemplar su villa —pues no está muy lejos de la mía—, no basto a admirar suficientemente la continencia de este mismo hombre así como la disciplina que había en su tiempo. Los samnitas se vieron repudiados cuando le entregaron a Curio, en el momento en que se hallaba sentado al fuego, una gran cantidad de oro. Entonces dijo que lo que le parecía digno de honor no era tener oro, sino gobernar a quienes lo tuvieran.

(§ 56)

¿Realmente creéis que puede pensarse que no puede ser gozosa la ancianidad teniendo ante la vista semejante ánimo? Mejor me vuelvo a ocupar de los agricultores, no vaya a ser que me desvíe de mí mismo. En aquellos tiempos, había senadores en los campos, es decir, «senes», como lo demuestra el hecho de que se le anunciara a Lucio Quincio Cincinato, mientras araba, que había sido nombrado dictador. Fue, además, por orden de este dictador que el maestro de caballería Cayo Servilio Ahala quitó de en medio a Espurio Melio, por pretender un poder regio que ya tenía nombre. Entonces, era costumbre, como en el caso de Curio y en del resto de senadores, que se les llamara al Senado desde su casa de campo. Y de aquí que quienes tenían el encargo de hacerlo venir fueran denominados «viadores».

Por tanto, ¿realmente fue desgraciada la vejez de estos que se divertían con el cultivo del campo? En verdad, de acuerdo con mi forma de ver, que no sé si pueda haber ninguna otra más dichosa y, no solo por la ocupación en sí, puesto que la cultura de cultivar los campos es saludable para todo el género de la humanidad, sino también por el deleite a que me referí. Motivos adicionales para ello son la saciedad y la abundancia de todo lo que tiene que ver con el sustento de los hombres así como con el culto de los dioses. De este modo, puesto que hay quienes lo desean, en efecto, reconciliémonos ahora con el placer.

Por lo mismo, siempre encontramos la despensa de un señor noble y diligente llena de vino, aceite, así como de víveres, y toda su casa de campo está a rebosar: abunda en cerdo cabrito, cordero, gallina, leche, queso y miel. Incluso los propios agricultores denominan a su huerto «el otro pernil». Todo esto lo hace más gustoso la caza de aves y de venados, considerada como actividad de ocio.

(§ 57)

¿Para qué habría de añadir más cosas sobre el verdor de los prados o las disposiciones en orden de árboles y viñas o el aspecto de los olivares? Lo zanjaré en breve. Nada puede haber de uso más fecundo ni de aspecto más elegante que un campo bien cultivado, a cuyo disfrute la ancianidad no solo no estorba, sino que, incluso, invita y seduce. ¿Quién se calienta, con el sol o con el fuego, mejor que esta edad? ¿Quién se refresca, a la sombra o en el agua, con mayor provecho para la salud que el anciano?

(§ 58)

Que quienes quieran se queden con sus armas, con sus caballos, astas, mazas o su pelota. Que se queden con sus nataciones y sus carreras, con tal de que nos dejen a nosotros, los ancianos, apartados todos ellos con los juegos de las tabas y los dados. Y, esto, según el gusto de cada uno, ya que la ancianidad puede ser dichosa sin ellos.

 

 

XVII

 

(§ 59)

Los libros de Jenofonte son utilísimos para muchas cosas. Los habéis de leer —¡Por favor os lo pido!— con estudio, como acostumbráis. ¡Con cuánta prolijidad alaba él la agricultura en el libro que se titula Económico y que versa sobre la protección de la hacienda familiar! Y, para que veáis que nada le parece tan real como el estudio de cultivar el campo, en este libro[32], Sócrates, dialogando con Critóbulo, dice que Ciro el Joven, rey de los persas, eminente por su ingenio y gloria imperial, cuando Lisandro el Lacedemonio, hombre de máxima virtud, fue a verle a Sardes y le entregó regalos de parte de sus aliados, trató con humanidad a Lisandro —por lo demás, como a un camarada— y le mostró un recinto diligentemente sembrado. Y que, al maravillarse Lisandro tanto de la elevada estatura de los árboles como de verlos alzados en hileras plantadas al tresbolillo; también al admirar, pues, el humus roturado y puro, así como la suavidad de los olores que emanaban de las flores, entonces, dijo él que se maravillaba no solo de la diligencia, sino también del ingenio de aquel que hubiera concebido y proporcionado las dimensiones, y trazado su plan. Cuenta que Ciro respondió:

 

Atiende, yo soy el que ha concebido las proporciones de todo esto; mías son las disposiciones ordenadas en hileras; mío el trazado del plan, y muchos de estos árboles están, incluso, plantados por mi mano.

 

Y que, entonces, Lisandro, observando su púrpura, el esplendor de su cuerpo y el adorno pérsico de oro en cantidad y multitud de perlas, le dijo:

 

Con Razón, Ciro, te celebran, en verdad, como dichoso, pues que tu fortuna está unida a tu virtud.

 

(§ 60)

Así pues, a los ancianos nos es lícito disfrutar de esta fortuna, y no es la edad la que impide que mantengamos, hasta el último lapso de la ancianidad, los afanes de estudiar las otras cosas y, en primer lugar, el cultivo del campo. A este efecto, aceptamos la noticia de que Marco Valerio Corvino prosiguió, hecha ya la vida, hasta el año centésimo, como quiera que estuviera en los campos y los cultivara; cuarenta y seis años hubo entre su primer y sexto consulado. De este modo, nuestros mayores tuvieron una trayectoria honorífica de cargos tan grande como la voluntad que tuvieron para relegar un trecho de su vida al inicio de la ancianidad. Y esta última edad les fue más dichosa que la intermedia, por el hecho de que tenía más autoridad y menos trabajo. Es, en lo que le corresponde, la autoridad la yema apical de la ancianidad.

(§ 61)

¡Cuánta fue esta en Lucio Cecilio Metelo! ¡Cuánta en Aulo Atilio Calatino, para quien se escribió el siguiente elogio fúnebre!

 

Convienen las gentes en su mayoría

que este particular fue varón de principalía.

 

Conocemos el poema gracias a que está cincelado en el sepulcro. Con derecho, pues, se le considera de talla, al ser estimación de todos la que consiente en sus alabanzas. ¡Y qué varón vimos hace poco en Publio Craso, el pontífice máximo! ¡Qué otro en Marco Lépido, entregado como sucesor al mismo sacerdocio! ¿Qué diré de Paulo o de Africano o, como ya hice antes, de Máximo? La autoridad de estos no solo residía en su sentencia, sino también en su ademán. Tiene la ancianidad, especialmente cuando se le tributan honras, tanta autoridad como para que resulte de más valor que todos los placeres de la adolescencia.

 

 

XVIII

 

(§ 62)

Ahora bien, tenéis que recordar que, en todo mi discurso, estoy alabando la ancianidad que se sustenta sobre los fundamentos de una buena adolescencia. De ello que se confirma lo que, en una ocasión, dije con la firme aprobación de todos: que es desgraciada la ancianidad que tenga necesidad de defenderse con palabras. Ni el cabello cano ni las arrugas pueden sustraer repentinamente la autoridad, pero la edad superior que recoge los más altos frutos de autoridad es aquella que, previamente, se ha conducido con honestidad.

(§ 63)

En efecto, son honorables, precisamente, estas mismas cosas que parecen ligerezas comunes a todos: el que se le salude a uno, que se le solicite, que se le ceda el paso, que se le acompañe de vuelta, que se le pida consejo. Costumbres, todas, observadas entre nosotros así como en otras civilizaciones, dado que se han establecido con mayor eticidad. Cuentan que Lisandro el Lacedemonio —de quien ha poco que hice mención— solía decir que su Lacedemonia era un muy honesto domicilio para la vejez: como que, en ningún otro lugar, es la ancianidad más honrada.

¡Vamos! Se ha llegado a tener como digna de memoria la historia de uno de entrada edad, que, habiéndose llegado al teatro en Atenas en las fiestas de la ciudad, no se le concedió espacio en ningún lugar, con el común acuerdo de los ciudadanos de allí. Entonces, tras haberse acercado él hasta los lacedemonios —que, por ser embajadores, se habían sentado en lugar reservado—, todos ellos se levantaron a la vez e hicieron hueco al anciano para que se sentara con ellos.

(§ 64)

Cuenta la historia que, una vez que todos los allí congregados les hubieron aplaudido sonadamente, uno de entre ellos dijo que los atenienses sabían qué es lo correcto, pero que no querían llevarlo a término.

Muchas cosas son ilustres en nuestra corporación de augures, pero, sobre todo, esto de lo que hablamos, a saber, el hecho de que la opinión de uno tenga la prerrogativa atendiendo a que tiene más edad. No solo los augures de mayor edad se sitúan por encima de aquellos que los superan en honores públicos, sino, incluso, de aquellos que se hallan en el ejercicio del poder. Por tanto, ¿qué placeres del cuerpo se pueden comparar con los que, en cada caso, da la autoridad?

Y quienes se han servido de ellos con lustre, estos, me parecen haber desempeñado hasta el final su papel en el drama de las edades y que no se han desplomado en el postrer acto, como si fueran histriones inexperimentados.

(§ 65)

Me reargüiréis diciendo que los ancianos son morosos, ansiosos, iracundos y ariscos. Pero si nos da por buscar, llegaremos a decir que, incluso, avaros. Sin embargo, todos estos vicios son consecuencia del carácter moral, no de la ancianidad. Con todo, la demora y esos vicios que mencioné tienen cierta excusa: no esa justa que se esperaría, sino aquella que, verosímilmente, puede pasarse. Pues ellos sienten que se los desprecia, que se los desdeña, que se les hace burla. Además, en un cuerpo débil, cualquier ofensa es odiosa.

Y, sin embargo, todo esto se hace más dulce con el cuidado de las costumbres y de las artes, lo cual puede comprenderse tanto en la vida real como en la que se representa en escena, con esos hermanos que aparecen en Adelphi[33]. ¡Qué gran crueldad en el uno y qué gran dulzura en el otro! Así están las cosas, de modo que, en efecto, del mismo modo que no todos los vinos se agrían con la antigüedad, igualmente, no todas las naturalezas se avinagran con la edad. En la ancianidad, yo puedo pasar por alto la severidad, pero —como en lo demás— la que es moderada; de ningún modo, la acerbidad.

(§ 66)

No entiendo, de verdad, qué es lo que pueda querer para sí un anciano avaro. ¿Puede, realmente, ser algo más absurdo que el buscar más viático allí donde justamente queda menos vía?

 

 

XIX

[REFUTACIÓN DE LA CUARTA CAUSA: LA PROXIMIDAD DE LA MUERTE]

 

Queda la cuarta causa, la que más parece angustiar y tener solícita a nuestra edad: la aproximación de la muerte, que, por cierto, no puede hallarse muy lejos de la ancianidad. ¡Ay, desgraciado el anciano que, en edad tan afligida, no haya comprendido que hay que despreciar la muerte! Pues hay aquí un disyuntiva: o bien no hay que tenerla en cuenta en absoluto, en el caso de que implique la extinción total del ánimo, si es que extingue totalmente el espíritu, o bien, incluso, hay que desearla, en el caso de que nos lleve en retiro a algún lugar en el que vayamos a vivir eternamente.

(§ 67)

Y, ciertamente, no se da aquí término medio alguno. ¿Qué, pues, habría de temer yo, si sucede que o no voy a ser desgraciado después de la muerte o voy a ser, incluso, dichoso? Aunque, ¿quién es tan estúpido, por muy adolescente que sea, que tenga por totalmente averiguado que él está destinado a superar el crepúsculo de la vida? Más aún, en la misma adolescencia ocurre la muerte con una proporción mucho mayor que en la nuestra: más fácilmente caen enfermos los adolescentes, enferman con mayor gravedad y se curan con mayores penalidades. Así pues, pocos llegan a la ancianidad. Lo cual, de no ocurrir así, permitiría que se viviera mejor y más prudentemente. Por ello, la mente y la razón, así como el consejo, está en los ancianos, que, de no ser por ellos, no habría habido en absoluto constitución civil alguna.

Pero ya vuelvo a la cuestión de la amenaza de la muerte. ¿Qué crimen de la ancianidad es ese, puesto que veis que le es común a la adolescencia?

(§ 68)

Sentí yo con la muerte de mis hijos —como tú, Escipión, en tus hermanos, que estaban llamados a alcanzar una grandísima dignidad— que es algo común a toda edad.

Me diréis que el adolescente espera que él va a vivir mucho, que un anciano ya no puede esperar lo mismo. Pues ese lo espera en vano. ¿Qué, pues, es más vano que tener lo incierto por cierto y lo falso por verdadero?

Me diréis que el viejo ni siquiera tiene qué esperar. Pero está en mejor condición que el adolescente, por el hecho de que ha conseguido lo que aquel aún espera: aquel quiere vivir mucho tiempo; este ya lo ha vivido.

(§ 69)

Aunque, ¡oh dioses buenos! ¿Qué es en la naturaleza humana «mucho tiempo»? Aun cuando se nos conceda el máximo tiempo, aun cuando esperemos alcanzar la era del rey de los tartesios —que fue, por cierto, como hallo escrito, un tal Argantonio de Cádiz, que reinó durante ochenta años y vivió ciento veinte—; en todo caso, a mí no me parece que podamos decir que ni siquiera es duradero aquello en lo que hay algo que llega a su final. Pues, una vez que este ha llegado, entonces se desvanece lo que había tenido lugar y solamente permanece lo que con virtud y rectitud hayas alcanzado en tus obras[34]. En efecto, se van retirando las horas y los días, y los meses y los años, y nunca regresa el tiempo pasado y no se puede saber qué va a seguir: con lo que a cada uno se le da de tiempo para vivir, con ello, debe estar uno contento.

(§ 70)

Ni, en efecto, tiene el comediante que representar su drama hasta el final para obtener el pláceme de su público —basta que se le dé por bueno en aquellos actos en los que estuvo—. Ni, del mismo modo, tienen los sabios que llegar hasta el «aplaudid»[35].

En verdad, el breve tiempo de una vida es suficiente para vivir bien y honestamente[36]. Pero, en caso de llegar más lejos, no hay que dolerse más que lo que se duelen los agricultores por el hecho de que, pasada la suavidad del tiempo primaveral, hayan llegado el verano y el otoño. La primavera, en efecto, significa algo así como la adolescencia y muestra los frutos que se han de dar, mientras que las otras estaciones están hechas para recoger y recolectar esos frutos.

(§ 71)

Por su parte, el fruto de la ancianidad es —como he dicho con frecuencia— la memoria que abunda en bienes previamente fructificados[37]. Así, todo lo que es conforme a la naturaleza se ha de considerar bueno. Y, ¿qué es más conforme a la naturaleza que el que a los ancianos les termine por sobrevenir la muerte? Lo mismo que les sucede a los adolescentes, pero con la contra y oposición de la naturaleza. Así pues, cuando los adolescentes mueren, me parece que lo hacen del mismo modo que una llama, cuya fuerza se aplastara con la incursión de una tromba de agua, mientras que, cuando mueren los ancianos, me parece que lo hacen como cuando se extingue por sí mismo un fuego al que no se le ha hecho violencia alguna. Y, como las frutas que con dificultad se arrancan de los árboles si están verdes, pero que caen solas si están maduras y hechas, así, es la violencia la que suprime la vida a los adolescentes, mientras que, en el caso de los ancianos, es la madurez la que a ellos se la quita. Y esta es para mí tan gozosa que, a medida que más de cerca me voy aproximando a la muerte, casi me parece como que diviso tierra y que, inminentemente, voy a llegar a puerto tras de una larga navegación.

 

 

XX

 

(§ 72)

Además, es la ancianidad una edad en la que no hay término fijo y se vive en ella con rectitud, en la medida en que se puede dar consecución al cargo del oficio de uno y llegar a despreciar la muerte. De lo que resulta que la ancianidad es más animada y fuerte que la adolescencia. Esto es lo que, según la efeméride, le respondió Solón al tirano Pisístrato cuando, al preguntarle este en qué cosa, en definitiva, se había confiado para mantenerse firme en la hora de afrontarla con tanta audacia, según se dice, le respondió: «En la ancianidad».

De hecho, el mejor fin de la vida tiene lugar cuando, íntegra la mente y claros los sentidos, la misma naturaleza que aglutinó su obra llega a disolverla. Como quien destruye del modo más fácil una embarcación, un edificio, es el mismo que los construyó, así sucede que la misma naturaleza que había aglutinado al hombre es quien del mejor modo lo disuelve. Ahora bien, toda obra recientemente aglutinada se deshace provocando dolor y amargura, mientras que, cuando la obra es de inveterado ensamblaje, se deshace con facilidad.

Así resulta que aquella breve reliquia de la vida que es la ancianidad, ni ha de ser ávidamente requerida por los ancianos ni abandonada por ellos sin motivo. A este efecto, Pitágoras prohíbe que uno se retire de la guardia y del puesto de la vida sin la orden del general, es decir, de Dios[38].

(§ 73)

Por cierto, se conserva una cláusula del elogio fúnebre del sabio Solón en la que dice que no quería que su muerte se viera privada del dolor y los lamentos de sus amigos[39]. Lo que demuestra, creo, es que deseaba verse acompañado del afecto de los suyos. No lo sé, acaso se posicionó mejor Enio al decir:

 

Que nadie me adorne con el decoro de sus

lágrimas

ni me rinda funerales con llanto[40].

 

(§ 74)

Piensa que se ha de lamentar una muerte cuyo eco pueda proyectarse a la inmortalidad. Ahora, mientras nos hallamos en vida, puede haber cierto cuidado de la muerte, pero solo por poco tiempo, especialmente si uno es anciano. Ahora bien, después de la muerte, el cuidado se ha de desear o bien se ha de descuidar, en la medida en que no es ninguno. De cualquier manera, hay que ir meditando sobre esto desde la adolescencia para que podamos hacer caso omiso de la muerte, meditación sin la que nadie puede estar tranquilo. En verdad, hay que morir y no sabemos si acaso en este mismo día. Mientras uno tema a una muerte que amenaza en todas y cada una de las horas, ¿quién podrá tener serena quietud de ánimo?

(§ 75)

La muerte es algo acerca de la que no parece que se haya de discutir mucho. Así lo veo si me pongo a pensar, no en Lucio Bruto, que fue asesinado al liberar su patria; no en los dos Decios, que espolearon la carrera de sus caballos a una muerte voluntaria; no en Marco Atilio, que se encaminó al suplicio con el solo objeto de mantener fielmente el pacto hecho con el enemigo; no en los dos Escipiones, que tuvieron la voluntad de obstruir el camino a los fenicios con sus propios cuerpos; no, Escipión, en tu abuelo Lucio Paulo, que, con su muerte, lavó la temeridad de su colega en la ignominia de Canas; no en Mario Marcelo, del que ni siquiera el más cruel enemigo habría soportado que su muerte tuviera que verse privada del honor de tener sepultura; sino que es algo que lo veo cuando me acuerdo de nuestras legiones —como dejé escrito en mis Orígenes—, que repetidamente partieron con ánimo alegre y elevado a aquel lugar de donde sabían que nunca habrían de regresar. Aquello que desprecian los adolescentes —y, por cierto, no solo los incultos, sino también los rústicos—, ¿tendrían que empezarlo a temer los ancianos cultos?

(§ 76)

Como por lo menos a mí me parece, la satisfacción de todos los afanes de la vida acaba produciendo, en general, un sentimiento de saciedad hacia la misma. Hay determinados afanes que son propios de la niñez. ¿Y es que los desean por ello los adolescentes? Los hay, igualmente, propios de la primera adolescencia. ¿Y es que los requiere la firmeza de esa a la que denominamos «edad media»? También hay afanes propios de esta edad. Pues ni siquiera estos se buscan en la ancianidad. Hay, por último, algunos afanes de última hora, propios de la ancianidad. En consecuencia, como los afanes de las edades superiores se hunden en su ocaso, así se hunden también en el suyo los de la ancianidad. Y, cuando esta satisfacción se cumple, la saciedad de la vida trae el tiempo maduro de la muerte.

 

 

XXI

 

(§ 77)

En realidad, no veo por qué no me debería atrever a deciros lo que yo mismo siento sobre la muerte, porque me parece que lo veo con mayor claridad allí donde, por estar más cerca a ella, sucede, en realidad, que ya me voy despidiendo. Yo pienso —Publio Escipión y tú, Cayo Lelio— que vuestros padres, varones ilustrísimos y muy amigos míos, viven y que, además, viven la única vida digna de ser llamada así. Ya que, mientras estamos encerrados en estos ensamblajes del cuerpo, desempeñamos una determinada misión, grave obra de la necesidad. En esta condición, el ánimo celeste se halla rebajado de su altísimo domicilio y como hundido en la tierra, lugar contrario a la divina naturaleza y eternidad que le caracterizan. Lo que creo es que los dioses inmortales sembraron los ánimos en los cuerpos humanos con la finalidad de que hubiera quien pudiera observar las regiones de la Tierra y quien, al contemplar el orden de los cuerpos celestes, lo imitara con el modo y la constancia de su vida. Y no solamente es la razón y la investigación lo que me empujan así, a que crea en este sentido, sino también la nobleza y la autoridad de la categoría de los más eminentes filósofos.

(§ 78)

Escuchaba que Pitágoras y los pitagóricos, a quienes podemos considerar vecinos habitantes de nuestro país y que, en un tiempo, recibieron el nombre de «filósofos itálicos», nunca dudaron de que la circunstancia de hallarnos en posesión de nuestro ánimo era consecuencia de haber descendido aquí desde la universal mente divina. Me iban evidenciando, además, lo que Sócrates había podido disertar acerca de la inmortalidad del ánimo en el último día de su vida. Eso, él, que, según había juzgado el oráculo de Apolo, era el más sabio de todos.

¿Para qué habría yo de redundar en más palabras? Así es como me he convencido, así es como pienso. ¡Tan grande es la celeridad de ánimo, tan grande la memoria de las cosas pasadas, así como la prudencia sobre las futuras! ¡Tantas son las artes, tan magnas las ciencias y tantos los inventos, no puede ser mortal la naturaleza que contenga todas estas cosas! Además, viendo que el ánimo siempre se halla en perpetua agitación y que no tiene principio de movimiento por el hecho de que se mueve a sí mismo, pienso que su movimiento no ha de tener fin, de modo que nunca ha de abandonarse él a sí mismo. Igualmente, considerando que la naturaleza del ánimo es simple y que no podría tener en sí algo mezclado de más, algo dispar y disímil de sí, pienso que no puede ser dividido. Y que, si no pudiera dividirse, que no puede perecer. Pienso también que es de buena argumentación la idea de que los hombres saben muchas cosas antes de nacer, porque ya los niños, al aprender artes de dificultad, asimilan innumerables cosas tan rápidamente que no parecen estar captándolas entonces por primera vez, sino rememorándolas y recordándolas. Así, aproximadamente, pensaba Platón[41].

 

 

XXII

 

En Jenofonte[42], por otro lado, Ciro el Mayor dice esto en el momento de morir:

 

(§ 79)

No penséis, queridísimos hijos míos, que yo, una vez me haya separado de vosotros, quedaré convertido a una nada ni vaya a encontrarme en ninguna parte. En efecto, mientras estaba con vosotros, no veíais mi ánimo, sino que inducíais que él estaba en este cuerpo con el indicio de las cosas que llevaba a cabo. Por tanto, habéis de creer que él mismo existe, aun si no viereis ninguno.

(§ 80)

Pues tampoco permanecerían los honores de los hombres ilustres después de su muerte, si sus propios ánimos no hicieran nada para que nosotros mantuviéramos memoria de ellos por más tiempo.

A mí, de verdad, nunca se me pudo convencer de que los ánimos vivieran mientras estuvieran en los cuerpos mortales. Tampoco de que terminaran por morir tras haber salido de ellos. Tampoco me convencí de que se fuera el ánimo ignorante tras haber salido del cuerpo, que sí es ignorante. De lo que sí me convencí es de que, comenzado el camino de pureza e integridad que nos facilita el librarnos de toda mezcolanza con el cuerpo, entonces, sería sabio.

Y, en adición a esto, cuando la naturaleza del hombre se disuelve por la muerte, también es evidente adónde se va cada una de las otras cosas: pues todas se van allí de donde nacieron y solamente el ánimo, con todo, no aparece ni al estar presente ni, tampoco, al ausentarse.

(§ 81)

Ahora ya entendéis que nada es tan semejante a la muerte como el sueño. Además, el ánimo de quien duerme pone de manifiesto su propia divinidad, pues, al hallarse descansando distendida y libremente, son capaces de prever muchas cosas futuras[43]. De ello se ve cómo han de ser una vez que se hayan desatado totalmente de los vínculos del cuerpo. Razón por la cual, si esto es así, una vez muerto me habréis de rendir culto como a un dios. No obstante, si el ánimo pereciera a la vez que el cuerpo, vosotros, en cualquier caso, me guardaréis una pía e inviolable memoria mientras sigáis a los dioses que observan y rigen toda esta hermosura.

 

(§ 82)

Esto es lo que, por su lado, dijo Ciro en el momento de morir. Ahora, si os place, veamos lo que nos hace a nosotros. Nadie jamás —Escipión— conseguirá convencerme de que tu padre Paulo o tus abuelos Paulo y Africano; ni de que el padre de Africano o su tío paterno; ni de que otros muchos excelentes varones que no es necesario traer a cuenta se hubieran podido esforzar por cosas tan grandes que pasaran a la posteridad, si no hubieran concebido que, con ello, la posteridad se extendía hasta dar con ellos mismos. ¿O es que piensas que yo hubiera asumido trabajos tan grandes, durante noche y día, en las campañas de mi patria y del extranjero, si el término de mi gloria estuviera cortado con los mismos límites de mi vida física? En ese caso, ¿no habría sido mucho mejor pasar una vida ociosa y tranquila, sin trabajo ni contienda alguna?

Desconozco de qué otro modo el ánimo, elevado en sí mismo, hubiera podido tener puesta su vista siempre delante, hacia la posteridad, como si supiera con seguridad que, tras salir de la vida, fuera finalmente a seguir vivo. Estoy seguro de que este ánimo eminente no se esforzaría al máximo hacia la inmortalidad y la gloria a no ser que fuera su condición permanente la de ser inmortal.

(§ 83)

¿Y qué debemos decir del hecho de que todo sabio muere muy sereno de ánimo, mientras que aquel que es necio muere desequilibrado en el mismo grado en que lo es? ¿No os parece que el ánimo que más y con mayor alcance discierne ve que marcha a lo mejor, mientras que no lo ve el de agudeza embotada?

Yo, al menos, tengo la esperanza de ver a vuestros padres, a quienes traté con aprecio, y, sin embargo, no estoy ansioso por ver solamente a mis conocidos, sino también a aquellos de quienes escuché o leí algo de los que yo mismo escribí. Os aseguro que, una vez allí, nadie podría hacerme volver fácilmente ni refundirme como a un nuevo Pelias. Igualmente ahora: si algún dios generoso me concediera volver a ser niño y gimotear en la cuna, muy firmemente rehusaría, del mismo modo que tampoco volvería sobre mis pasos por el camino que me ha permitido escaparme de la cárcel.

(§ 84)

¿Qué comodidad, pues, tiene la vida? ¿Qué, debería decir, no tiene, más bien, de laboriosidad? Concedamos que tiene alguna comodidad. Lo que es seguro, sin embargo, es que ella tiene un tope, con el que nos saciamos, y una medida. No estoy yo por deplorar la vida —cosa que, con frecuencia, han hecho muchos resabidos—. Ni me arrepiento de haber vivido, pues he vivido de tal modo que no se me ocurre pensar que lo haya hecho en vano. Así pues, me marcho de la vida como quien se va de un hospicio, no como quien abandona una casa. Lo que la naturaleza nos ha ofrecido es una posada para demorarnos un poco, mas no para habitarla indefinidamente.

¡Preclaro el día en el que haya de partir a aquel divino consejo, coro de ánimas! ¡Preclaro también el día en el que haya de partir de este turbio lodazal! Me dirigiré, entonces, no solo hacia aquellos varones que antes mencioné, sino también hacia mi hijo Catón, el más noble varón que ha nacido. Nadie fue más primoroso en piedad y fui yo quien tuve que incinerar su cadáver en contra de lo que era lícito, a saber, que el mío fuera incinerado por él. Pero su ánimo se fue, no abandonándome, sino volviéndose a mí, resguardándome con una mirada que mantuvo vuelta a mí; se fue, a buen seguro, hacia aquellas regiones a las que, como sabía, yo mismo habría de ir. A la gente le pareció que yo soportaba mi desgracia valerosamente, pero no era aquello mera serenidad, sino que lo que me consolaba era saber que ya no nos podría separar muy largo trecho.

 

 

XXIII

[CIERRE]

 

(§ 85)

En estas circunstancias, Escipión —de esto, según me dijiste, os admirabais tú y Lelio—, la ancianidad me resulta ligera, y no solo no me molesta, sino que incluso le encuentro su gracia. Porque si me equivoco en creer que las ánimas de los hombres son inmortales, me equivoco a gusto. Y no quiero quitar de mí este error, con el que me deleito mientras vivo. Si fuera cierto que —como ciertos filósofos de minuta estiman—, una vez muerto no he de tener conciencia alguna, entonces ya no tendría motivo para temer que los filósofos, muertos y sin sentido, se fueran a reír de este mi error. Porque, si no estamos llamados a ser inmortales, al menos sería deseable aceptar que el hombre se extinga en su momento oportuno. Pues tiene la naturaleza la norma de regulación para la vida como para el resto de las cosas. La ancianidad es el término de la acción de la vida, como podría serlo en un drama. Debemos, pues, evitar su fatiga, precisamente, si ya hemos sentido cierta satisfacción y saciedad de vida. Esto es lo que me fue preciso deciros acerca de la ancianidad, amigos. ¡Ojalá que lleguéis a ella, para que, con vuestra propia experiencia de la realidad, podáis dar por bueno lo que de mí escuchasteis!

 

 

[3] QUINTO ENIO, Annales, X 337, ed. O. SKUTSCH (1985).

[4] Ibid., X 334.

[5] Alusión a la dictadura de Julio Cayo César (100-44 a. C.), que habría de ser asesinado en los tristemente conocidos Idus de marzo del año 44 a. C, día 15 del mes.

[6] QUINTO ENIO, Annales, XII 370-371.

[7] Alusión velada a la muerte de Tulia, la hija del propio Cicerón, que había fallecido un año antes de la composición de De senectute, en 45 a. C.

[8] QUINTO ENIO, Annales, VI 374.

[9] Ibid., IX 202.

[10] Ancianos (γέροντες) de más de sesenta años constituían el «Consejo de Ancianos» o «Senado» (Γερουσία) en Lacedemonia; también en latín se conserva la referencia del anciano particular (senes) al colectivo de ancianos (Senatus) autorizado para el consejo civil.

[11] GNEO NEVIO, Lupus, 7, ed. O. RIBBEK (1898).

[12] Ibid., 8.

[13] FLAVIO SOSÍPATER CARISIO, Ars grammatica, ed. H. KEIL (1857).

[14] CECILIO ESTACIO, Sinephebi, 210, ed. O. RIBBEK (1898).

[15] IDEM, Plocium, 173-175, ed. O. RIBBEK (1898).

[16] IDEM, Ephesio, 28-29, ed. O. RIBBEK (1898).

[17] JENOFONTE, Cyropaedia, VIII 7, 6, ed. E.C. MARCHANT (1970).

[18] HOMERO, Ilias, I 249, ed. T.W. ALLEN (1931).

[19] Desconocida la fuente antigua, lo reencontramos, sin embargo, en MICHEL DE MONTAIGNE, Essais, II 10.

[20] CECILIO ESTACIO, Epiclerus, 30-32, ed. O. RIBBEK (1898).

[21] MARCO PORCIO CATÓN «el Censor», Origines, ed. H. PETER (1914).

[22] EPICURO (342-270); cfr. infra § 85; cfr. item CICERÓN, De finibus bonorum et malorum II 7, ed. T. SCHICHE (1915).

[23] PLATÓN, Timaeus 69d, ed. J. BURNET (1902): «πρῶτον μὲν ἡδονήν, μέγιστον κακοῦ δέλεαρ» [primeramente, el placer, el más grande pasto del mal].

[24] JENOFONTE, Symposium, VIII 7, 6, ed. E. C. MARCHANT (1921).

[25] En relación al γαργαλισμός o «cosquilleo» del que hablaba Epicuro.

[26] PLATÓN, Respublica 329c, ed. J. BURNET: «Εὐφήμει, ἔφη, ἄνθρωπε· ἁσμενέστατα μέντοι αὐτὸ ἀπέφυγον, ὥσπερ λυττῶντά τινα καὶ ἄγριον δεσπότην ἀποδράς». [¡Calla, hombre! —dijo—; con muchísimo gusto, por cierto, lo rehuí, como si me hubiera escapado de una rabiosa y salvaje señora.]; Cicerón traduce con suficiente exactitud, salvo por el género de la señora, que neutraliza en cosa: «di meliora!, inquit; ego vero istinc sicut a domino agresti ac furioso profugi».

[27] MARCO TULIO CICERÓN, Brutus 58, ed. E. MALCOVATI (1970).

[28] Para «cegar», Cicerón emplea «occaecātum», que, a través de «occaecāre», remite a caecus, «ciego», pero asocia erróneamente este término con la «occātiō», que, a través de «occāre», remite a «occa», «rastrillo», con lo que lo que no hay de etimología se resuelve a nuestros oídos en mero juego fónico de voces.

[29] La obra De agricultura, de Catón, es la primera obra literaria de prosa latina que conservamos; cfr. M. SCHATZ, Geschichte der römischen Litteratur bis zum Gesetzgebungswerk des Kaisers Justinian. Erster Teil: Die römische Litteratur in der Zeit der Republik (Handbuch del klassischen Altertums-wissenschaft in systematischer Darstellung mit besonderer Rücksicht auf Geschichte un Methodik der einzelnen Disziplinen, VIII), C. H. Beck’sche Verlagsbuchhandlung, München, 1890, p. 103.

[30] HESÍODO, Opera et dies, ed. F. SOLMSEN (1970).

[31] HOMERO, Odyssea XXIV 226, ed. P. VON DER MÜHLL (1962).

[32] JENOFONTE, Oeconomicus, IV 20, ed. E. C. MARCHANT (1971).

[33] PUBLIO TERENCIO AFRICANO, Adelphoe 42ss & 863ss, ed. R. KAUER; W. M. LINDSAY; O. SKUTSCH (1958).

[34] Cfr. supra, «Introducción», las referencias a B. GRACIÁN, El criticón, Espasa-Calpe, Madrid, 1968: II 6, p. 196; II 7, p. 198; II 8, p. 208; III 12, p. 410.

[35] Las comedias de Plauto y Terencio se cierran con esta exhortación; item, QUINTO HORACIO FLACO, Ars poetica, 155, ed. F. KLINGNER (1959): «donec cantor ‘vos plaudite’ dicat» [hasta que el cantante os diga «¡Vosotros, aplaudid!»].

[36] PLATÓN, Cratylus 48b, ed. J. BURNET (1900): «ὅτι οὐ τὸ ζῆν περὶ πλείστου ποιητέον ἀλλὰ τὸ εὖ ζῆν» [que no se ha de tratar de vivir por mucho tiempo, sino vivir bien].

[37] G. W. F. HEGEL, «Der Gang der Weltgeschichte», Vorlesungen über die Philosophie der Weltgeschichte. I. Die Vernunft in der Geschichte. Einleitung in die Philosophie der Welgeschichte, Verlag von Felix Meiner, Leipzig, 1944, ed. G. LASSON, p. 37: «Es ist das Eigentümlichkeit des Gresenalters, dass es nur in der Erinnerung, der Vergangenheit, nicht der gegenwart lebt». [Esto es la característica propia de la ancianidad, que ella solo vive en el recuerdo, en el pasado, no en el presente].

[38] PLATÓN, Phaedo 61d, ed. J. BURNET (1900); MARCO TULIO CICERÓN, De republica, VI 15, ed. C. F. W. MUELLER (1890); ÍDEM, Tusculanae disputationes, I 20, ed. M. POHLENZ (1918).

[39] Ibid., I 117; PLUTARCO, Comparatio Solonis et Poplicolae 1,5, Vitae parallelae, ed. K. Ziegler (1969) I 1.

[40] QUINTO ENIO, Epigrammata, 18, ed. J. VAHLEN (1928).

[41] PLATÓN, Phaedo 72e-73b, ed. J. BURNET (1900); ÍDEM, Phaedrus 245c, ed. J. BURNET (1901).

[42] JENOFONTE, Cyropaedia, VIII 7, ed. E. C. MARCHANT (1970).

[43] Lo que aquí concede el autor por fuerza del relato, lo refuta, por fuerza de la razón, en MARCO TULIO CICERÓN, De divinatione II 58, ed. E. MALCOVATI (1970).