Capítulo Dos

Tagg estaba casi bizco de mirar tantos números en la pantalla del ordenador. Había pasado casi toda la mañana haciendo un inventario de los bienes del rancho Worth.

La oficina de Tagg, un anexo de su casa, contaba con cinco estancias. Una de ella, en la que trabajaba, la había decorado él mismo; tenía travesaños de madera que cruzaban el techo, paredes recubiertas de estanterías de madera de castaño sobre un mobiliario que recorría el perímetro de la habitación, y un amplio escritorio. Las otras dos habitaciones eran más pequeñas y las paredes estaban pintadas en dorado. Una de ellas era una especie de cuarto de estar con bar, frigorífico y un sofá de cuero color chocolate; en la otra tenía muebles archivadores y equipamiento obsoleto. En la actualidad, y por insistencia de Jackson, contaban con lo más avanzado en cuanto a equipo electrónico se refería.

–Ya está bien –murmuró él apagando el ordenador.

Tagg se frotó los ojos. Con treinta y un años de edad, era demasiado joven para estar tan cansado antes del mediodía.

–Trabajas demasiado –declaró su hermano Jackson entrando en el despacho–. ¿Por qué no contratas a alguien para que te ayude? Una secretaria, por ejemplo. Ya sabes, una persona que se encargue de las llamadas telefónicas, que archive los papeles, que revise los números…

–¿Cuándo demonios has venido? –preguntó Tagg sorprendido. Había estado tan sumido en el trabajo que no había oído llegar a su hermano.

–No cambies de tema. Sabes que tengo razón.

Tagg le lanzó una furiosa mirada. Su hermano era dos años mayor que él y mucho más sofisticado: calzaba botas de piel de serpiente de seiscientos dólares y vestía como un modelo de la revista Cowboys & Indians. Estaba al frente de las oficinas Worth en el centro de Phoenix.

–Sí, yo también lo he pensado –admitió él a pesar suyo.

Sus hermanos no hacían más que insistir en que contratara a alguien. El problema era que a él le gustaba estar solo en el rancho. Le gustaba llevar su horario sin tener que contar con nadie. Le gustaba estar a solas con sus pensamientos. Un empleado sería un estorbo.

Cuando era más joven, solía pasar noches enteras sin dormir y bebiendo whisky en compañía de la gente de los rodeos. Pero los ojos no le picaban como ahora, después de pasar horas delante del monitor del ordenador.

Tagg sonrió al recordar los locos tiempos del rodeo y los amigos que había dejado atrás. Al instante, otros recuerdos, más tenebrosos, le asaltaron y le hicieron pensar en el porqué había dejado el rodeo.

–Bueno, me alegro de que lo estés pensando –comentó Jackson–. Puedo pedirle a Betty Sue que eche un vistazo a los currículum que tenemos en la oficina. Esa mujer es fantástica para contratar personal para la empresa.

–No te lo discuto. Pero todavía no.

Jackson utilizó una sonrisa para insistir.

–Vamos, no hay mejor momento que el presente.

Tagg se levantó del asiento y lanzó una significativa mirada a su hermano.

–He dicho que lo pensaré, no insistas.

Jackson se encogió de hombros.

–Como quieras. Bueno, ¿vas a ir a echar una mano hoy en el proyecto de Clay?

–Sí, iré. Quiere que elija los caballos para los niños que van a venir al rancho. ¿Tú también vas a ir? –preguntó mirando de arriba abajo a su impecablemente vestido su hermano.

–Hoy no. Tengo que volver a Phoenix por una reunión.

–¿Importante?

–Es posible. He pensado que los Worth podíamos meternos en el negocio de los restaurantes.

Tagg sacudió la cabeza.

–¿Qué?

–Podría ser un buen negocio. Al final, podríamos vender la franquicia.

Tagg volvió a sacudir la cabeza. Jackson era el negociante de la familia y había tenido mucho éxito en los negocios que había hecho al margen de Worth Enterprises. Tenía una habilidad especial para ganar dinero.

–Eso no tiene nada que ver con lo que hacemos, ¿no?

–Creo que es hora de que ampliemos nuestro campo de acción.

–Ganado, negocio inmobiliario, y ahora… ¿restaurantes? Me parece que te sobra mucho tiempo, Jack.

–Nada de eso. Estoy más ocupado que nunca.

–En ese caso, puede que necesites otras diversiones al margen del trabajo.

–¡Quién fue a hablar! –exclamó Jackson con una sonrisa traviesa–. Lo dices precisamente tú, que jamás pones un pie fuera de nuestra propiedad.

–Claro que salgo.

La última vez que había salido, había ido a Reno y había pasado una noche de sexo apasionado con una sensual morena.

–Vale, lo que tú digas. ¿Tienes tiempo de darme de comer antes de ir a Penny’s Song?

–Sí, supongo que podré apañar algo para los dos.

Una hora más tarde, Tagg se subió a su Jeep Cherokee y se dirigió a Penny’s Song.

Tenía que reconocer el mérito de su hermano. Clayton Worth, una estrella de la canción country, había dejado su carrera de cantante a los treinta y siete años con el fin de llevar una vida sencilla en el rancho. Se le había ocurrido la idea de Penny’s Song y ahora la estaba haciendo realidad. Los tres hermanos habían invertido trabajo y dinero en el proyecto, pero él tenía sus propios motivos para ello.

Se bajó del vehículo y miró a su alrededor. Había, por lo menos, doce especialistas de la construcción trabajando, aunque ya faltaba poco para terminar. Unos clavaban clavos, otros colgaban puertas de madera y la pintura se secaba en dos nuevos edificios que formaban las calles de un pueblo al estilo del viejo Oeste; uno de ellos era la oficina del sheriff, el otro era la tienda de ultramarinos. El Red Ridge Saloon tenía una cocina en la que se prepararían las comidas. Unos voluntarios vigilarían los barracones en los que dormirían los niños.

–Ya falta menos –dijo Clay acercándosele al tiempo que se echaba el sombrero hacia atrás.

–Está quedando mejor de lo que imaginaba. A los niños les va a encantar.

–Eso es lo que queremos.

–Así que… ¿no estás molesto por lo del otro día? –preguntó Tagg.

–¿Te refieres a los gritos que me pegaste por no haber rechazado la ayuda de la hija de El Halcón? No, claro que no estoy molesto. Yo nunca he culpado a Callie de lo que hace su padre. Además, está más que cualificada para este trabajo.

Tagg no dijo nada y Clay continuó:

–La verdad es que se le ha ocurrido una gran idea para la tienda de ultramarinos. Verás, cada vez que un niño complete una tarea, recibirá un vale que podrá cambiar por algo que quiera en la tienda de ultramarinos. Callie va a donar pequeños objetos, regalos, para la tienda.

–¿Ah, sí? –Tagg tuvo que reconocer que era una buena idea. ¿Qué niño no se sentiría orgulloso por recibir un pequeño premio a cambio de un trabajo bien hecho? Su propio padre les había inculcado a sus hermanos y a él la idea de que trabajar duro tenía sus compensaciones–. Eso se te debería haber ocurrido a ti.

A Clay le brillaron los ojos.

–Puede ser, pero fui lo suficientemente listo como para contratar a una chica bonita que sabe de psicología infantil. Y de eso sí estoy orgulloso.

Antes de que Tagg pudiera responder, oyó unas carcajadas a sus espaldas. Al volverse, vio a Callie Sullivan entre un grupo de trabajadores delante del establo. Los hombres, mirándola, se reían también.

Algo se le agarró al vientre. Verla de nuevo, sonriente y contenta entre los trabajadores, le puso de mal humor. Con pantalones vaqueros viejos, camisa de cuadros y cabello recogido en una cola de caballo estaba guapísima. No necesitaba ropas finas para excitarle. No tenía que soltarse el pelo para hacerle recordar lo suave que era.

Callie volvió la cabeza, le sorprendió mirándola, sonrió ampliamente y agitó una mano a modo de saludo.

–Ahí está –dijo Clay. Al momento, le hizo un gesto para que se acercara a ellos–. Me llevé una sorpresa cuando apareció en mi casa para preguntarme sobre Penny’s Song. Hacía años que no la veía –Clay achinó los ojos y lanzó una mirada a su hermano–. Pero también pasó por tu casa, ¿verdad?

Como Callie se estaba acercando, Tagg no respondió.

–Hola, chicos.

Callie le sonrió y luego miró a Clay. Tenía un trozo de paja enredado en el pelo y Tagg sintió un fuerte deseo de quitárselo, pero se contuvo.

–Estoy orgullosa de formar parte de este proyecto, Clay. Y no lo olvides, también puedo ayudar a conseguir dinero. Se me han ocurrido algunas cosas para hacer que la comunidad se interese en el proyecto.

–Eso es estupendo, Callie –Clay alzó una mano y le quitó el trozo de paja del pelo.

Tagg apretó los dientes al ver a Callie tocarse el pelo y sonreír a Clay como si acabara de solucionar el problema del hambre en el mundo.

–Gracias, Clay.

Clay asintió y continuó:

–De momento, dependemos de la ayuda de voluntarios. Pero si todo marcha bien, necesitaremos más recursos económicos y tendremos que contratar a gente.

–No te olvides de mí.

Clay sonrió.

–Por supuesto que no –entonces, se volvió a su hermano–. La verdad es que me alegro de que ambos estéis aquí. Tengo un trabajo para los dos.

Callie lanzó una rápida mirada a Tagg y luego se dirigió de nuevo a Clay.

–De acuerdo, cuenta conmigo para lo que sea.

–Tenemos que decidir cuáles son los mejores caballos para los niños. Los chicos tienen entre seis y trece años. Necesitamos los caballos más mansos y más pacientes.

Tagg sabía que podía hacer eso él solo y con los ojos cerrados. No había necesidad de involucrar a Callie.

–Estupendo. Me encantan los caballos –declaró Callie inmediatamente.

–Puedo hacerlo yo solo, Clay –dijo Tagg–. Podrías poner a Callie a hacer otra cosa.

Clay sacudió la cabeza.

–Prefiero que lo hagáis los dos juntos. Los dos sabéis de caballos, pero Callie ha trabajado con niños. Y como ni Jackson ni ninguno de los dos hemos tratado mucho con niños, creo que juntos formaríais un buen equipo.

Tagg se encogió de hombros, dándose por vencido. Al fin y al cabo, no se iba a tirar a ella sólo por estar a su lado un rato.

–Está bien. Elegiremos unas cuantas yeguas tranquilas.

Clay se miró el reloj e hizo una mueca.

–Vaya, me he retrasado. Tendrás que encargarte tú de controlar el trabajo hoy, yo tengo una cita en la ciudad. Tagg, por favor, no dejes de vigilar a esos chicos, todos parecen embobados con Callie.

Clay le guiñó un ojo a Callie. Ella lanzó una suave y gutural carcajada y Tagg casi perdió los estribos.

–Me parece que Callie sabe cuidar de sí misma.

Tras unos segundos de silencio, Callie dijo:

–Vamos, no te preocupes por mí. Esos chicos me están tratando muy bien.

–Me alegra oírte decir eso –declaró Clay lanzando una curiosa mirada a ella y a Tagg.

Tagg apretó la mandíbula, a la espera de que su hermano se marchara.

–Bueno, llamaré para ver cómo va todo –dijo Clay por fin, y se marchó.

Tagg se quedó a solas con Callie delante de la tienda de ultramarinos. Se miraron durante unos incómodos segundos, que Callie interrumpió.

–Bueno, me alegro de haberme pasado por tu casa el otro día y haber roto el hielo. De lo contrario, habría sido bastante horrible este encuentro.

Tagg se relajó y sonrió.

–¿Siempre dices lo que piensas?

–La mayor parte del tiempo –respondió ella con otra sonrisa.

–¿Y cuando no lo haces? ¿Qué pasa entonces?

Callie pareció pensativa antes de responder:

–Nada. Cuando me contengo, suele ser por no enfrentarme a mi padre.

–El Halcón –soltó Tagg.

–Mi padre.

–¿Le tienes miedo?

–No, claro que no. Digamos que me resulta más fácil tratarle sin histeria.

–Así que te contienes, ¿eh?

–Le trato a mi manera y, la mayoría de las veces, consigo expresar mi punto de vista. ¿Y tú, Tagg, tienes por costumbre contenerte, no expresar tus… sentimientos?

A Tagg no le gustaba hablar de sentimientos. ¿A qué hombre le gustaba eso?

–¿A qué sentimientos te refieres?

–Al miedo. Como dejar una nota a una chica en un hotel para evitar enfrentarse a ella.

Tagg no estaba dispuesto a hablar de eso. Decidió ignorar el comentario de Callie. Era lo mejor para los dos. Le puso una mano en la espalda y la empujó con suavidad.

–Vamos a echar un ojo a los caballos. Iremos en mi coche.

Cuando llegaron al vehículo, Tagg le abrió la puerta y esperó a que se acomodara para rodear la parte delantera del todoterreno y sentarse al volante. Encendió el motor, pero no metió la marcha. Su mirada se perdió en el horizonte…

Tagg se había dado cuenta de que tenía que dar una explicación. Fundamentalmente, era un tipo directo. Le gustaban las cosas claras.

–Callie, no tenía miedo de nada. Tenía que marcharme y no quise despertarte. Ésa es la verdad.

–¿Toda la verdad? –preguntó ella.

Con un suspiro, Tagg apoyó un brazo en el volante y volvió la cabeza para mirarla a los ojos.

–Escucha, no quiero que te lo tomes a mal, pero los sentimientos no tuvieron nada que ver en lo que pasó aquella noche.

–Eso es mentira.

–Está bien, los sentimientos tuvieron que ver algo, pero no lo que yo sentía por ti.

–Lo sé. Te sentías mal.

–Sí, me sentía mal y tú estabas allí. Fácil. Sin complicaciones. Guapa.

Callie agrandó los ojos con expresión de sorpresa; después, los cerró con fuerza.

–Ah.

Tagg lanzó un quedo juramento.

Callie pareció apretar aún más los párpados, como si así pudiera contener el dolor que él le había causado. Cuando volvió a abrirlos, asintió rápidamente.

–Entendido.

–Creo que no me he expresado bien –dijo Tagg, que odiaba todos y cada uno de los segundos de esa conversación.

–Nada de eso, lo has dejado todo perfectamente claro.

Callie se quedó con la espalda muy rígida en el asiento. Él puso en marcha el todoterreno y empezó a conducir en dirección a los establos. A los cinco minutos de haber iniciado el trayecto, Callie le sorprendió al decir:

–Sabes que estuve cuatro años en la universidad de Boston. Sólo venía de vacaciones y en verano.

–Sí, lo sé.

–¿Lo sabías?

Tagg se encogió de hombros.

–En una ciudad tan pequeña, todo se sabe. Todos pensábamos que la única hija de El Halcón estaba deseando salir corriendo y alejarse lo más posible de él.

–Mi padre no es tan terrible, Tagg. Me quiere mucho. Y yo también a él. Pero me gustaba vivir mi vida sin que nadie se entrometiera en ella.

–No creo que pudiera entrometerse mucho estando a unos tres mil kilómetros de distancia.

–Consiguió meterse algo en mi vida; pero, en general, mi estancia en Boston fue maravillosa. Es una ciudad estupenda.

–En ese caso, ¿por qué has vuelto?

–Echaba de menos Arizona. Echaba de menos el rancho. Resulta que no soy una chica de ciudad. Además, mi padre tuvo un problema de salud y… es la única familia que tengo. Bueno, por parte de madre, tengo una tía y una prima que viven en Reno.

Tagg continuó conduciendo y negándose a admitir lo mucho que le gustaba Callie Sullivan.