–Tu mujer sabe ganarse a la gente –dijo Jackson antes de beber un sorbo de vino. Con un gesto, señaló a Callie, que estaba hablando con dos de los voluntarios de Penny’s Song bajo un árbol decorado con cientos de lucecillas parpadeantes en la terraza de Clay.
Tagg lanzó una furibunda mirada a su hermano.
–¿Qué? No te pongas así, es algo obvio. Callie es la chica más guapa que hay aquí esta noche.
Tagg estaba de acuerdo. No podía apartar los ojos de Callie.
Callie se había hecho un enrevesado moño y unas hebras sueltas le caían por la espalda. Llevaba un vestido rojo cuya falda le caía en pliegues hasta los pies, que calzaban unas sandalias. Esa noche, los ojos de Callie parecían de caramelo líquido y le brillaba la piel.
Tagg nunca la había visto tan guapa.
Clay se les acercó y siguió la mirada de sus hermanos.
–Se la ve muy contenta esta noche, Tagg.
Tagg parpadeó y contuvo la respiración. Sus hermanos no le dejaban en paz. Desde que se habían enterado de lo del bebé, lo veían todo de color de rosa. Cosa que a él no le hacía gracia. Necesitaba más tiempo. Lo que sentía por Callie le asustaba. Sus dudas respecto a ella no se habían disipado. No sabía si algún día llegaría a fiarse de ella.
–¿Por qué no iba a estar contenta?
Clay se rascó la cabeza. Jackson vació su copa de vino. Los dos se lo quedaron mirando con las cejas arqueadas.
Tagg agarró una copa de una bandeja que llevaba un camarero y la vació de un trago. Sabía por qué estaba Callie enfadada con él, pero… ¿cómo lo sabía Jackson?
El único paseo a caballo juntos no había ido bien. Freedom estaba nerviosa y él le había levantado la voz a Callie. Habían discutido sobre la monta de los caballos y Callie había acabado por darse la vuelta y marcharse a cabalgar sola. Él sólo había temido por la seguridad de Callie, y la del niño. No obstante, había tensión entre los dos desde entonces.
–Tienes una buena esposa –dijo Clay–. No lo estropees.
¿Había hablado Callie con sus hermanos?
–No seas tonto, Tagg. Vas a perderla si no tienes cuidado –interpuso Jackson.
Tagg se los quedó mirando.
–¿Qué os ha dicho?
–¿Tenía algo que decirnos? –preguntó Jackson–. Si es así, ¿no deberías hablarlo con ella?
Ni Jackson ni Clay sabían cómo era su relación con Callie. No podía explicárselo porque ni él mismo lo sabía.
La orquesta, que había estado tocando, se tomó un descanso y Clay aprovechó el momento para subir al escenario. Se había superado a sí mismo con aquella fiesta. No sólo había invitado a la familia y a los profesionales y voluntarios que habían trabajado en Penny’s Song, sino que también había invitado al alcalde y al sheriff de Red Ridge, a oficiales del ayuntamiento y a mucha otra gente del pueblo.
Clay pidió al resto de los miembros de la familia que subieran al escenario.
Tagg buscó a Callie y vio que se había distanciado del escenario discretamente. Se acercó a ella.
–Callie, ¿vienes? –Tagg tendió la mano hacia ella.
Callie se quedó mirando su mano y titubeó.
–Clay quiere que subamos al escenario con él.
–Tagg, trae aquí a tu bonita esposa –dijo Clay por el micrófono–. Hasta que no estéis aquí no puedo empezar.
Callie le dio la mano y él se la estrechó. Juntos subieron los peldaños y se colocaron junto a Jackson y Clay, que entonces comenzó su discurso de agradecimiento a todos los que habían participado en el proyecto.
–No has bailado conmigo ni una sola vez –dijo Tagg después de que acabara el discurso, mientras la llevaba cerca del árbol.
Callie le miró a los ojos.
–No me has pedido que baile contigo.
–Estabas muy ocupada.
–Clay me ha pedido que haga de anfitriona.
–Clay podía buscarse una esposa.
Una queda carcajada escapó de la garganta de Callie.
–No estás celoso.
No era una pregunta, sino una afirmación. Callie no sabía lo celoso que él había estado de todos los hombres con los que Callie había hablado, de los hombres a los que había sonreído.
–Sí, estoy celoso –admitió Tagg.
Callie cerró los ojos.
–Tagg, esto no es un juego.
Tagg le acarició los labios con los suyos.
–No, no lo es, Callie. No es un juego.
Estaba apoyada en un árbol mientras observaba a su marido hablando con el alcalde. Jackson le había obligado a participar en la conversación, cosa que a Tagg no debía haberle hecho gracia. Sus miradas se habían cruzado en varias ocasiones mientras él trataba de prestar atención a lo que decía el alcalde.
Cuando la orquesta se puso a tocar otra vez, Tagg pidió disculpas a Jackson y al alcalde y se encaminó hacia ella. Y el corazón comenzó a latirle con fuerza.
La sonrisa que Tagg le dedicó la deshizo.
–¿Bailas conmigo?
–Lo que quieres es una excusa para no tener que escuchar las diatribas del alcalde.
–Lo que quiero es bailar con la mujer más bonita que hay aquí. Y, además, me librarías de las diatribas del alcalde.
Callie le dio la mano.
–En ese caso, no habrá más remedio.
Se movieron al son de la música, en el césped, apartados de la pista de baile, los dos solos. Así era como a él le gustaba. Tagg era una persona solitaria y ella había irrumpido en su vida, poniéndola patas arriba.
–Te compraré otro vestido, cielo –dijo Tagg aquella noche, en la habitación, después de la fiesta.
Tagg la había desnudado con demasiada celeridad. Había desgarrado la hombrera del vestido al quitársela. El ruido de la tela al romperse añadió intensidad al jugueteo sexual.
Tagg nunca decepcionaba, era un hombre que hacía las cosas bien, y lo había hecho bien dos veces esa noche. Ella estaba quieta y satisfecha después de haber hecho el amor. El embriagador olor a hombre y a sexo le invadían los sentidos. Tenía la cabeza en el hombro de Tagg y, perezosamente, le acariciaba el vello del pecho. Tagg hundió los dedos en el cabello y se lo acarició.
Esos eran los momentos que a ella más le gustaban. Era como si nada en el mundo pudiera separarlos después de satisfacerse mutuamente, de compartir cuerpo y alma. Entonces, se atrevía a tener esperanza.
Tagg la hizo colocarse bocarriba y, con cuidado, se colocó encima. Ella le miró a los ojos, unos ojos claros, de un increíble azul grisáceo, los ojos de Tagg. Y cuando creyó que él iba a besarla, Tagg, sorprendiéndola, le acarició el vientre.
–¿Qué crees que es, niño o niña?
–No lo sé –respondió Callie con voz suave–. Me da igual. ¿Y a ti?
–También me da igual –respondió Tagg volviendo a tumbarse en la cama, mirando al techo–. Lo único que quiero es que el bebé esté sano.
Callie sonrió. Estaba claro que Tagg quería ese hijo que iban a tener.
Y, por primera vez en mucho tiempo, Callie pensó que quizá la vida juntos les iría bien.