—¿Cenaste ya? —le pregunto al tipo de la barba roja, tratando de sonar animado.
—No —me contesta en voz tan baja que casi no puedo oírlo.
—¿Qué te parece si vamos a comer algo a un lugar acá cerca?
—Bueno —me dice, y con el mismo tono de desinterés, se encoge de hombros.
—Algo rapidito —dice—. Porque mañana tengo que trabajar temprano.
En el Cosmo Bar, le invito una copa de ron. Barba roja y yo salimos al patio a conversar bajo la luz de las estrellas, copita en mano. Cuando apenas conozco a alguien me muestro transparente. Y éste no se parece a ningún otro que haya conocido jamás. Sus cabellos de color caramelo están recortados, por delante, en un prolijo flequillo.
Debajo de la cintura, se asemeja a un robusto pony de carga. Lleva una camiseta blanca ajustada, pantalones cortos color caqui y medias que se le adhieren a las pezuñas. Le confío mi dilema esencial, que tengo estremecimientos de egoísmo y servilismo humillante respecto de mis pares, todo derivado de la humillación y la vergüenza que me inculcaron mis padres.
Me parece una persona tímida con un talento extraordinario para hacer que otra gente se haga preguntas. Me miro en un espejo para verme bajo los efectos de la resaca. ¡Agh! Así no puedo irme con nadie. Llorando, me tapo los ojos con las dos manos. Barba roja se acerca y me da una patada en la cola.
—No te me vengas abajo, campeón —me dice.
Me pega un cachetazo que pretende darme ánimo. Pienso en los platos sucios que en mi casa llenan la mitad de la pileta de la cocina, con los pedacitos flotando. Las bandejas de delivery sin tirar. Me va a dar mucho miedo entrar. Mi vida se convirtió en algo espantoso, simplemente por no hacer nada para revertirlo.
No sólo soy incapaz de hacer las cosas cotidianas imprescindibles como lavarme los dientes, ir al médico, dormir, sino que además no resuelvo las más urgentes: tengo que cambiar unas lamparitas, por ejemplo, ¿creen que soy capaz de caminar dos cuadras para conseguirlas y dedicar diez minutos a ponerlas en su sitio?, ¡no, no, no!
Reitero ciclos de acción muy rudimentarios: como cada doce horas, duermo cada veinte, me masturbo cada dieciocho y me limito a mirar hacia delante sin pensar en absolutamente nada trascendente la mayor parte del tiempo. Lo que sí hago es pensar en las cosas que tengo pendientes de resolver, recitándomelas una y otra vez mentalmente: arreglar el coche, arreglarme los dientes, arreglarme los pies, los bronquios, el culo.
Ojalá existiera un pozo en el cual pudiera desaparecerme.