Hicieron Rufino el Mudo y el Pejele lo que les había dicho el Cojo, y en cuanto dejaron tendido en el Prado de Santa Justa a Cebadón, volaron a casa de la daifa del Pejele y de la amiga de ésta, que, advertidas, los esperaban. Encerraron sus caballos en las caballerizas y el oscuro del señor De Mal, por ser tan conocido, se lo llevó un espolique a cierta casa del Alfaraje, donde lo guardaron hasta ver qué se hacía.
A la mañana siguiente no se hablaba en Sevilla de otra cosa que de aquel asalto y las prisiones de dos sospechosos, los nombres de don Quijote y Sancho, y los del bachiller Sansón Carrasco y Antonia y Quiteria estaban en boca de todos, pues muchos en Sevilla, que conocían la historia del Caballero de la Triste Figura y habían gustado del libro, se admiraban de lo ocurrido esa noche en la posada del Carbón, sin que nadie acertase a saber la causa de aquella intrincadísima pendencia. En unas pocas horas corrían por la ciudad cien disparatadas versiones de lo ocurrido, aunque ninguna de las cuales superaba, en honor sea dicho de la verdad, a la del juez Valdivia. En fin, con la mitad de ellas se hubiera podido escribir no un libro, como quería Sancho, sino doscientos. En todas, no obstante, el mayor misterio eran aquellos dos hombres que habían entrado y desaparecido tan misteriosamente, secuaces y matadores, lo más seguro, de Cebadón. Para muchos la culpa de todo la tenía aquella señora Antonia, quien al parecer dejaba amadores en cada esquina, y a todos daba con qué entretener sus esperanzas, si no motivos de muerte. Se había visto en aquel mozo a quien mataron no menos misteriosamente. Murió sin decir gran cosa, según unos, por no saberlo, según la mayoría, porque sabiéndolo, no quiso perjudicar a la persona principalísima que estaba tras el asalto, de quien pensaba obtener un gran pago, no ya él, que moría, pero sí alguno de sus deudos, en cobro por su silencio.
Antonia y Quiteria pasaron lo que quedaba de aquella noche del asalto en pie, solas y desamparadas y con el corazón en un puño, pues no conocían a nadie en aquella ciudad, y tenían a sus hombres en la cárcel.
—¿Es que no habrá sosiego para las gentes honradas? —se preguntaba Quiteria.
Y Antonia, que tanto había deseado tornar a su aldea, determinó no volver a mencionar su mala ventura ni a hurgar en su dolor, y así, con la autoridad que le era propia cuando vivía su tío, dijo:
—Ama, no podemos quedar aquí lamentándonos todo el día, viéndolas venir. Han matado al tarambana de Cebadón, que Dios tenga en su gloria. Esto es lo que haremos: de camino a la Audiencia pasaremos por el hospital de la Misericordia, donde ayer llevaron su cuerpo, le rezaremos un responso, por que no se diga que no recé por el padre del hijo que llevo en mis entrañas, y nos llegaremos luego a la cárcel. Allí nos enterarán de cómo dar a mi esposo y a Sancho la libertad, y olvidaremos cuanto aquí ocurrió ayer. Y volviendo ellos, nos mudaremos de casa, que me da a mí en el hocico que aquí se combinaron cosas harto trazadas.
—No me riñáis, niña Antonia —dijo el ama—. Pero ¿os parece bien ir al entierro de ese mozo mientras vuestro esposo está en la cárcel?
—Será como enterrar allí también el secreto de mi desventura, y no digo más. Su muerte ha traído para mí la vida, y acaso para mi hijo, y no pasa día que no me atribule la idea de que el niño que llevo en las entrañas saque el parecido del padre o sus malas mañas. Dios sea servido de que se parezca a mí en el talle, y en el ánimo a mi esposo, que los hijos son también hechura de los pastos, quiero decir, que criándose con mi Sansón, puede que acabe teniendo más de él que del bellaco de su padre.
Cuando entraron en el hospital de la Misericordia, se dio vado también a los primeros rumores en la taberna del Cojo, adonde acudían todos cuantos precisaban madrugar para hacer sus trabajos, jubeteros, boteros, panaderos, carpinteros de ribera, aguadores, hortelanos del Aljarafe que venían a Sevilla a vender sus hierbas, alarifes y alfayates, alfareros de Triana y oficiales de los orfebres de la calle Sierpes, y cuantos vivían honradamente del sudor de su frente, que quienes lo hacían del de la frente ajena se iban a dormir cuando llegaban éstos, con la excepción del Cojo, que parecía que nunca se iba de allí ni dormía, pues se le podía encontrar en aquel lugar a todas las horas del día y de la noche.
Fue el propio posadero del Carbón quien vino a rendirle cuenta de lo sucedido, lo que le agradeció el Cojo haciendo que se le dieran dos libras de vaca, de las que acababa de traerle uno de los jiferos, y cuarenta reales en grano para el ganado, más los tres ducados prometidos.
Todos hablaban allí de aquel asalto a la posada, lo que le hizo comprender al Cojo con cuánta presteza había de obrar, y en cuanto le fue posible se acercó él mismo a casa de sus pupilas, la Peines y la Angustias.
—Buena la han hecho vuesas mercedes —les dijo al Pejele y al Mudo.
Se habían quedado dormidos en un estrado con las botas puestas, por si tenían que salir de najas, y el Cojo les despertó:
—A estas horas os busca todo Sevilla. Por suerte, nadie pudo veros. Las personas a las que asaltasteis eran, al parecer, si no principales por cuna o hacienda, sí por fama, y con tantos amigos y gentes que los querrán amparar, que van vuesas mercedes a tener que dejar la ciudad un tiempo. Decid, contad, dadme cuenta de todo.
Fue a buscar el Mudo el montón de papeles sustraído del aposento de Antonia, y puso en la mesa el Pejele, con puntualidad y sin haberla sangrado, la bolsa con los cincuenta castellanos. Y si la capa de Cebadón no pudo comparecer, fue porque a esas horas la Peines, dama en verdad muy lidiada, había hecho de ella con tanta diligencia y maña un ferreruelo y un sayo, que ni la madre que parió a la capa hubiese conocido la paternidad de aquellas prendas.
—Esto haréis —dijo el Cojo, mientras contaba el dinero y lo iba poniendo en dos montones—. Estaos aquí diez o doce días, y luego, con la calma y cuando ya se haya olvidado el asalto, me salís para la Mancha. Buscaréis al tal señor De Mal y le daréis estos papeles que mandó tomar al mozo Cebadón. Decidle que éste ha quedado enfermo en Sevilla, y que venís a devolverle el oscuro y a cobrar en su nombre. Pedid lo que prometió a Cebadón, que según él fueron otros cien, si no doscientos ducados. Verá en el llevarle el oscuro, que malamente podríamos vender por ser tan conocido, la buena voluntad, cobrad esos dineros, y volved en buena hora a Sevilla. Para entonces nadie se acordará de Cebadón, que Sevilla tiene bastante cada día con sus muertos tiernos.
Dicho esto, les entregó el Cojo su montón y se guardó el suyo, por ser ese de la justicia, decía, el pilar donde se cimienta la honra incluso de quienes viven para no tenerla.
Les pareció bien al Mudo y al Pejele, y tal y como ordenó el Cojo, salieron de Sevilla pasados ocho días, cambiando el Pejele su caballo por el oscuro, y montando un tordo más que bueno el Mudo, préstamo del Cojo. Y así, con la rienda suelta, llegaron al pueblo de don Quijote en la mitad de las jornadas.
Encontraron el pueblo hecho un avispero. Algunos vecinos, que vieron a aquellos dos hombres, y uno montado en el oscuro, esparcieron la nueva por todos los rincones. Días antes, una mano anónima había enviado al señor Bartolomé Carrasco, padre del bachiller, cierto libro publicado en Cadalso de los Vidrios y firmado por un tal licenciado Medina, para muchos, y sin el menor fundamento, el bachiller Carrasco. Se contaba en él con el mayor detalle lo ocurrido en aquel pueblo al morir don Quijote, el desliz de Antonia con Cebadón, los tejemanes del señor De Mal para quedarse la heredad de los Quijano, las burlas de Sansón a los duques, las desavenencias en casa de los Carrascos... Al señor Bartolomé volvió a apretarle el tósigo y dio otro petardazo, poniéndolo a la muerte. Y como suele ocurrir en estos casos, el pueblo quedó dividido entre quienes ofendían a los quijotes, como empezó a llamárseles, y quienes los defendían y sustentaban.
Los recibió el señor De Mal, sorprendido de ver al oscuro y no a Cebadón.
Le contaron los dos trapisondistas lo trazado por el Cojo, y la alegría de verse dueño de aquellas escrituras que había perseguido con tanto ardor puso en los papos cenicientos del escribano dos orondas amapolas y salpicó sus ojos de maléficos destellos.
Sin embargo, apenas leyó dos líneas en las cartas que le dieron, se dio cuenta. Todas le desengañaron. Ninguno de aquellos pliegos eran los que él quería.
—Pagadnos, señor —dijo el Pejele—, lo que ajustasteis con Juan Cebadón, que fue, según él, el doble de los cincuenta, y aun el doble del doble, doscientos por tanto, y nos iremos.
—Bien está. Sentaos y aguardad aquí.
Antes de irse ordenó el escribano a su ama trajese a aquellos hombres algo de comer y vino, por abreviarles la espera, y se fue.
Quedaron muy a gusto el Mudo y el Pejele previendo el buen término de aquel negocio, y haciendo planes de la vuelta a Sevilla, frente al pan, vino y queso que la Fruncida trajo de mala gana.
De allí a un rato, cuando mejor les estaban sabiendo aquellos peteretes, entró el señor De Mal. Venía con el alcalde, cuatro alguaciles y, por si cabía duda, un capitán de la Santa Hermandad.
—Éstos son los hombres: prendedlos —señaló el escribano.
Cuando el Mudo y el Pejele quisieron echar mano a la espada, ya era tarde.
—Ellos dirán de dónde salieron estas cartas y cómo llegó el oscuro a sus manos, y por qué no está con ellos Cebadón, que lo robó de mis caballerizas, como di cuenta a vuestras mercedes en su día.
Y cuanto dijo el señor De Mal era la pura mentira. Que no había hecho denuncia de aquel supuesto robo el día que partió Cebadón, sino días después, cuando vino a hablarle don Pedro al escribano, para decirle lo que le había dejado encargado Antonia en una carta, traída por uno del pueblo vecino, y que era rescatar del contador de don Quijote cédulas, escrituras y probanzas, incluidas las que interesaban al escribano, y empezar a poner algo de orden en la hacienda que fue de su amigo Alonso Quijano.
Vio entonces el señor De Mal todo su gozo en un pozo, perdidos cincuenta castellanos y acaso el oscuro, y corrió a denunciarlo. Para entonces ya había llegado el libro de marras a manos del padre del bachiller, y en el pueblo empezaron a correr las historias que no por peregrinas dejaban de presentarse como muy fundadas y de buenas fuentes: que en realidad Cebadón y Antonia se habían fugado después de robar al señor De Mal; que el bachiller estaba en la Corte con Sancho; que Quiteria había vuelto a la venta de donde la sacó Sansón, dada a la vida perdularia...
El Mudo y el Pejele, que se vieron tan sorprendidos como burlados, apenas pudieron sostener mucho tiempo su cuento, porque de allí a unos minutos sus mentiras se enmarañaron tanto que todos descubrieron la verdad de la bellaquería, y los llevaron presos a la cárcel del pueblo por más que gritaban que todo aquello estaba urdido por aquel escribano del demonio. Y acaso se hubiera podido probar lo que decían, pero nadie iba a sospechar del escribano, y menos el alcalde, deudor suyo.
Quedó el señor De Mal algo consolado con la vuelta del oscuro, pero no tanto del vuelo de sus castellanos, parte de los cuales vio cómo pasaban de la bolsa de los bravos a la del alcalde. Contó éste entonces lo de la carta de Sansón, recién llegada, pidiendo informaciones para pasar a las Indias, y dijo el escribano:
—Vengan esas informaciones, señor alcalde. He de partir mañana a Sevilla, donde se sigue un pleito mío sobre unas casas que tengo allá. Le entregaré estos pliegos al bachiller, devolveré las cartas a Antonia y prenderemos de paso al mozo Cebadón.
El alcalde le entregó las informaciones, pensando en los quijotes: «Puente de plata». Don Pedro, que supo que el escribano llevaba aquellas informaciones, añadió las suyas y una carta donde decía a Antonia que de dineros, nada por el momento.
De vuelta a su casa, el escribano ordenó a su vieja criada:
—Fruncida, ponme una muda en la maleta. Malo será que no vuelva conmigo, ya que no sus pegujales, que doy por perdidos, la casa de los Quijano, o yo no soy quien soy.