Ser amigos era un asco.
En total, la gira constaba de treinta y cinco conciertos: una primera tanda de diecisiete, antes de irse a Europa, y luego retorno a casa para terminar en los estados del norte. Prácticamente cambiábamos de ciudad cada dos noches. Ben había tenido razón en lo que dijo, solo tenía que preocuparme por el embarazo y por subir y bajar de los aviones; del resto se encargaban los diferentes servicios de habitaciones, dispuestos a satisfacer todos mis deseos.
La rutina era la siguiente: llegábamos a una nueva ciudad y nos dirigíamos al hotel mientras los admiradores gritaban y se desmayaban. A veces, los chicos tenían el resto del día libre, que solían dedicar a sus parejas. O, en el caso de Ben, a tocar con los teloneros, Down Fourth, con una o dos cajas de cerveza.
No es que los miembros del grupo no pasaran tiempo juntos, pero parecía que lo que más hacían las parejas durante su primer año de relación era follar. Y armando mucho escándalo. Jim y Ben solían ir al gimnasio y en alguna que otra ocasión todos se juntaban para cenar, aunque como Mal seguía negándose a tener una relación con Ben fuera de lo estrictamente profesional, esas cenas eran, por decirlo de una manera suave, un poco incómodas.
La mayor parte del tiempo lo dedicaban a promoción. Programas de televisión, emisoras de radio, periodistas… nombrad uno cualquiera, y sí, también habían hablado con él. Por no hablar de los ensayos, pruebas de sonido y reuniones varias. Puede que Stage Dive se hubiera recorrido el país entero una o dos veces, pero os aseguro que apenas habían hecho turismo. Cuando los chicos no estaban practicando sexo, estaban liados con asuntos del grupo. Lo que me dejaba un montón de tiempo para ponerme al día con mis estudios de cara al curso siguiente, si no estaba con Ben viendo cómo podíamos hacer que nuestra amistad funcionara. Y el que mis hormonas cachondas se pusieran en pie de guerra con solo mirarlo, no me ayudaba mucho, la verdad. Pasé muchas horas divirtiéndome con la mano después de sus visitas. Qué triste. El embarazo era una locura.
En Albuquerque pudimos tomar algo juntos por la mañana. Una infusión para mí y casi cuatro litros de café solo para él. La conversación no fue muy fluida, sobre todo porque Ben solo había dormido tres horas la noche anterior.
¿Por qué? No quise saberlo.
En Oklahoma intentamos comer juntos en su habitación. El problema fue que un fan demasiado entusiasta logró burlar los controles de seguridad, accedió a la planta y se esposó a la palanca de la puerta que llevaba a las escaleras de emergencia que había enfrente de la suite de Ben. Entre los gritos que daba y que consiguió hacer saltar la alarma de incendios, al final evacuaron el hotel y tuvimos que cancelar el almuerzo.
En Wichita tratamos de dar un paseo, pero apenas habíamos salido cuando tuvimos que regresar corriendo al hotel. Puede que a Ben no le reconocieran en Portland, pero en otras ciudades, y con la previsión de un concierto de Stage Dive, no hubo tanta suerte.
Detesto admitirlo, pero cuando llegamos a Atlanta creo que ambos empezamos a darnos por vencidos. No hicimos planes. Además, yo tenía un buen resfriado.
En Charlotte el resfriado decidió ponerse en plan serio y tuvimos que llamar a un médico que, no me cabía la menor duda, debió de costar un montón. Para lo que hizo… Yo misma podría haberme recetado reposo y continuar tomando las vitaminas prenatales por mucho menos dinero. Tenía la nariz completamente roja y moqueaba igual que un río. Estaba preciosa. A Anne fue a la única a la que dejaron hacerme compañía. El resto no podía permitirse el lujo de contagiarse con mis gérmenes. Que Mal le metiera la lengua a mi hermana siempre que podía no pareció importarle a nadie. Adrian, el representante del grupo, me puso en cuarentena de inmediato. Me prohibieron incluso asomar la cabeza por la puerta de mi habitación.
Menudo gilipollas, como si me quedaran fuerzas para hacerlo.
BEN: ¿Estás bien? Lena dice que no puedes recibir visitas.
YO: Sí. Solo es un resfriado.
BEN: Vaya un asco. ¿Es muy grave? ¿Te ha visto algún médico?
YO: Sí. La lentejita y las náuseas matutinas han hecho que esté un poco más débil de lo normal. Tengo que beber más zumos y todo ese rollo y seguir con las vitaminas prenatales. Por lo visto mi sistema inmunológico la está protegiendo más a ella que a mí.
BEN: De acuerdo. ¿Necesitas algo?
YO: No, gracias. He vuelto a oír su corazón. Late con mucha fuerza.
BEN: ¿Ya se le puede oír el corazón? Joder, es alucinante.
YO: ¿A que sí?
BEN: Podría ser un niño.
YO: No te metas con la intuición de una madre.
BEN: Ni se me ocurriría.
YO: No sabía que hubiera tantos tipos de zumos distintos. Gracias.
BEN: Cualquier cosa que necesites solo tienes que decírmelo.
YO: Lo haré. Gracias.
YO: Gracias por las flores.
BEN: De nada. ¿Te encuentras mejor?
YO: No. Soy la Reina de las Flemas. Me han recetado un antibiótico. Debería ponerme mejor pronto.
BEN: Bien. ¿Necesitas algo?
YO: No, gracias. Que se te dé bien el concierto. Mucha mierda o lo que sea que os decís los músicos.
BEN: Tómatelo con calma. Y descansa.
YO: ¿Te ha dicho Mal que me tengo que quedar aquí?
BEN: ¿No vienes a Nashville?
YO: No. No quieren que vuele. ¿No te lo ha contado Mal?
BEN: No.
YO: Vaya. Lo siento.
BEN: No importa. ¿Sigues mal? ¿Cómo de mal?
YO: Nada serio. Solo quieren asegurarse. Además, no podéis contagiaros.
BEN: Te llamo.
Yo: Estoy afónica. Me duele al hablar.
BEN: Mierda. ¿Seguro?
BEN: ¿Qué te dijo exactamente el médico?
YO: Que es un resfriado común. Dolor de cabeza y congestión. Que mientras que no me suba la fiebre no hay que preocuparse. Todo normal.
BEN: Tal vez deberíamos pedir una segunda opinión.
YO: No te preocupes. Anne se queda conmigo. Estaré perfecta en unos días. Nos vemos en Memphis.
BEN: Mantenme al tanto. ¿Necesitas algo?
YO: Lo haré. Solo dormir. Hasta luego.
BEN: ¿Cómo te encuentras hoy?
YO: Los mocos son menos verdes.
BEN: Bien. Me tienes preocupado.
YO: Estoy mejor. Me paso el día durmiendo y viendo la tele.
BEN: Estupendo. Tómatelo con calma.
YO: Con Anne haciendo de enfermera de Alguien voló sobre el nido del cuco no me queda otra.
BEN: Jaja. La familia.
YO: Exacto.
BEN: ¿Necesitas algo?
YO: Nada.
BEN: Siento no haber visto tu llamada. ¿Pasa algo?
YO: Solo quería desearte suerte para el concierto. ¿Cómo es Memphis? ¿Has podido ver al Rey?
BEN: Todavía no. Pero seguro que está por aquí en algún sitio. ¿Y tú qué tal?
YO: Mucho mejor. Aburrida. Estoy deseando salir de la cama. El médico me ha dicho que todavía me quedan un día o dos. Tenía la presión sanguínea un poco baja y me mareé un poco, pero nada grave.
BEN: ¿Te has desmayado? Dime lo que está pasando.
YO: No, solo me he mareado. No pasa nada. Tengo que tomar más hierro.
BEN: Dios, ¿seguro?
YO: Sí. Por favor, no te preocupes. Todo va bien.
BEN: Joder. De acuerdo. Me gustaría verte.
YO: A mí también. Estoy harta de estar enferma. ¿Nos vemos en San Luis?
BEN: Hecho.
YO: Anne me ha dicho que la has llamado. Eres todo un valiente.
BEN: Quería asegurarme de que estabas bien.
YO: Lo sé. Pero te lo estoy contando todo.
BEN: Sí. Solo estaba preocupado.
YO: El médico dice que todo va bien. Si hay alguna novedad te aviso. Te veo pronto.
YO: Ahora mismo soy la orgullosa propietaria de una extensa colección de pijamas súper cómodos y la mayor colección de películas de zombis.
BEN:
YO: Eres el mejor.
BEN: Los pijamas son idea de Lena. Los zombis, mía.
YO: Pues los dos me habéis alegrado el día. Gracias.
BEN: ¿Qué película estás viendo?
YO: El amanecer de los muertos.
BEN: ¿La antigua o la nueva?
YO: La nueva. Me encantan los actores que salen.
BEN: Bien. Nunca la he visto.
YO: No es Romero, pero está bien.
BEN: Tienes que ponérmela algún día.
YO: Hecho.
YO: Ya he llegado. Me voy a dormir.
BEN: ¿Todo bien?
YO: Sí. Solo estoy cansada. Suerte con el concierto.
BEN: Gracias. Te veo por la mañana.
Sí, la triste realidad era que Ben y yo nos comunicábamos mejor por medio de mensajes de texto que cara a cara. Excepto la noche en Las Vegas. Ah, y el rato que pasamos en su camioneta. Y en la bañera de su suite cuando discutió con Jimmy, aunque ahí había bebido un poco.
El caso es que el vuelo me dejó muy cansada y cuando Anne y yo llegamos al hotel de San Luis, me fui directamente a la cama. Aunque no logré dormir mucho.
—¡Qué te den, hombre! —Me despertó una voz—. No vas a entrar ahí y punto.
—Aparta de mi camino —dijo otra voz más grave y enfadada.
—Tranquilos. —Otra voz de un hombre diferente.
—Ben, sé razonable. Todavía está durmiendo. —Esa era Anne, intentando apaciguar los ánimos.
—Es la una de la tarde. Dijo que se encontraba mejor, ¿por qué cojones sigue durmiendo?
No, ahora ya no dormía.
—Anne, Ben tiene su parte de razón. ¿Alguien ha entrado a ver cómo estaba en las últimas horas? —Esa debía de ser Lena, aunque no tenía ni idea de por qué estaba allí.
—Algo va mal. Quiero que venga un médico ahora mismo —exigió Ben.
—Dejadle que entre aunque solo sea un momento. Estamos preocupados por ella. —¿Sería Ev?
Mierda, parecía que estaban todos ahí fuera.
—Te lo dije, mierda —espetó Mal—. No te quiero en mi habitación. Puede que no me quede más remedio que trabajar contigo, pero aparte de eso no quiero saber nada de ti.
—Por el amor de Dios.
—Traicionaste mi confianza.
—Lo sé. —Ben soltó un suspiro—. Y lo siento. Pero ahora mismo necesito comprobar si se encuentra bien.
—Lo estoy —dije, saliendo de la habitación—. Hola a todos.
Y cuando dije «todos» me refería exactamente a eso. Allí estaban David y Ev, Lena y Jimmy y, por supuesto, mi hermana y Mal, con los que seguía compartiendo la suite. Por suerte llevaba puestos unos cómodos pantalones azules de pijama a juego con una camiseta de tirantes a rayas entre los que asomaba mi incipiente barriguita.
—¡Liz! —Ben se acercó corriendo y me envolvió entre sus fuertes brazos.
—Hola —murmuré contra su enorme pecho, cubierto por la típica camiseta. Sí, prácticamente me había quedado congelada porque normalmente no nos saludábamos así, pero oye, me gustaba bastante. Hasta mi pobre y debilitado cuerpo se estremeció de la mejor manera. Estar desesperada no era nada agradable.
—¿Te encuentras bien? —preguntó, estudiando mi rostro.
—Sí. Solo me he quedado dormida. Siento haberos preocupado a todos.
Frunció el ceño. Sus manos me enmarcaron el rostro y lo giró con dulzura a uno y otro lado para inspeccionarme.
—No tienes buen aspecto. Pareces cansada.
—Anoche no pude dormir mucho, pero estoy bastante mejor del resfriado. Ya no soy la Reina de las Flemas.
—¿Seguro? —Me miró no muy convencido.
—Eh, amigo, dame un respiro. ¿No ves que estoy resplandeciente?
El muy capullo me miró avergonzado.
—Lo siento. Me tenías preocupado.
—Por lo visto tenía el hierro un poco bajo. Me han mandado unas pastillas para compensarlo y estoy comiendo más. Volveré a estar en plena forma en unos días. De verdad, estoy bien. ¡Me siento estupendamente! Por fin puedo salir de la cama y moverme un poco.
—¿Por qué no pudiste dormir anoche?
No tenía ningún problema en la boca, pero al estar recién levantada todavía tenía el cerebro embotado como para inventarme una excusa plausible. Y lo que era aún peor, me empezó a arder la cara. Mierda. De todas las preguntas del mundo, esa era la que menos me apetecía responder en ese momento.
—¿Por qué? —insistió.
—No lo sé. No podía.
—Liz.
—Ben.
—Dime por qué —bramó.
—Porque las paredes son muy finas, ¿de acuerdo? Se oía mucho ruido. Basta de preguntas. Tengo mucha hambre.
—¡Ja! —gritó Mal con cara de triunfo y las manos en las caderas—. Tus putas juergas nocturnas no dejaron que pegara ojo.
—Estoy en el otro lado de la planta —sentenció Ben—. ¿Cómo cojones va a oír algo desde aquí?
—Pero entonces, si no fuiste tú… —Anne alzó las cejas despacio y se tapó la boca con la mano—. Oh, Dios mío. Lo siento, Liz.
Hice un gesto de asentimiento, incapaz de mirarla a la cara.
—¿Qué? —preguntó Mal confundido—. ¿Qué pasa?
Jimmy soltó un resoplido. Segundos después, su hermano hizo lo mismo. Por lo menos Ev y Lena se guardaron su reacción para ellas. Qué chicas más majas.
Nunca tendría que haberme enterado de que a mi hermana le gustaba gritar. Jamás. Que Mal también lo hiciera me dejó un tanto traumatizada. Ojalá se pudieran borrar de la memoria determinados recuerdos con solo pulsar un interruptor. Me hubiera venido de perlas.
—¿Calabaza? Cuéntamelo.
Anne se acercó a Mal y le susurró algo al oído. Entonces él empezó a reírse.
—No tiene gracia —dijo Anne.
—Un poco sí.
Mi hermana hizo un gesto de negación y se cruzó de brazos.
—¡El Dios del sexo ataca de nuevo!
—¡Cállate!
Con una sonrisa de oreja a oreja, Mal le dio un beso en los labios.
—¿Entonces has podido dormir esta mañana? —preguntó Ben, haciendo caso omiso de la discusión que mantenía la pareja.
—Sí, gracias.
—Será mejor que te consigamos algo para desayunar ¿Qué te apetece?
—Mmm. —Mi estómago rugió sonoramente, aunque me dio igual—. Me apetece la tortilla más grande del mundo.
—Hecho.
Bajó la mirada hasta mi cintura y después posó la mano en mi vientre. La lentejita todavía estaba en una fase muy temprana de gestación. La protuberancia podía deberse al embarazo o a una mala postura. Pero sabía que ella estaba allí, creciendo y moviéndose en mi interior. Era pura magia.
—¿Te importa si…? —preguntó él.
—Adelante.
Noté el calor de su palma en la piel. Los callosos dedos me acariciaron suavemente (excitándome, ¡cómo no!) El lateral de su pulgar frotó la zona con delicadeza, haciendo que se me pusiera la carne de gallina. De hecho, toda yo me estremecí. Daba igual donde pusiera las manos. Y ahí fue cuando tuve la desagradable sospecha de que le había echado de menos la última semana. A su voz, a su presencia, a él en general. Alcé la vista fascinada para mirarle a la cara. Sentir algo por Ben me resultaba tan natural como respirar. En ese momento no me preocupaba en absoluto lo que hubiera podido hacer en mi ausencia. ¿Era posible que tuviera un corazón tan estúpido?
El que se mantuviera callado empezó a ponerme nerviosa.
—Quince semanas —terminé diciendo yo.
—Vaya. —Sonrió. Hice otro tanto y me quedé perdida en su mirada, como siempre.
—Supongo que debería vestirme.
—No hace falta. No te preocupes. Ven conmigo a mi habitación y pediremos tu tortilla. Así me pones al día mientras desayunas, aunque sea a estas horas.
—De acuerdo. Me gusta la idea.
Nos dimos la vuelta, dispuestos a marcharnos, pero entonces nos percatamos de que todos nos estaban mirando. Por lo visto los habíamos mantenido muy atentos con nuestra conversación. Había estado tan ensimismada con Ben, que se me olvidó que teníamos público.
—Venga, hombre —dijo David, dando una palmada a Mal en el hombro.
—¿Qué? —Mi cuñado frunció el ceño.
—Tenéis que terminar con este mal rollo —anunció Jimmy—. Ya. Hora de darse un besito y hacer las paces, idiotas.
—Que te den, Jimbo.
Ben me soltó la mano y dio un paso al frente.
—Tienes razón. ¿Qué tengo que hacer?
Con aire dolido, Mal se volvió hacia Anne. Mi hermana esbozó una sonrisa y asintió.
—Lo que hice estuvo fatal. Te di mi palabra y debería haberla cumplido. —Ben se acercó a Mal con las manos a los costados—. Somos amigos desde niños. Nunca debí darte una razón para que dudaras de mí. Lo siento.
—Y la dejaste embarazada —escupió Mal.
—Sí, pero no voy a pedir disculpas por eso. No quiero que mi hijo crea que no es querido.
Mal entrecerró los ojos y miró detenidamente a Ben.
—Esto no es bueno para Liz —continuó Ben—. Estar en medio de un conflicto entre nosotros dos. No le viene bien todo este estrés. —Soltó un profundo suspiró y alzó la barbilla—. ¿Cuántos?
—Tres —dijo Mal.
—No en la cara —pidió David mientras se acercaba a los dos—. ¿De acuerdo?
—Tiene que estar guapo para las fotos —bromeó Jimmy.
—Muy bien. —Mal estiró las muñecas y cerró la mano derecha en un puño—. Tampoco quiero fastidiarme estas preciosas manos.
—¡Esperad! —En cuanto comprendí lo que iba a pasar corrí hacia ellos—. No estáis hablando de pegarle, ¿verdad? Sobre mi cadáver.
Las otras mujeres contemplaban el espectáculo con una mezcla de resignación y preocupación. Pero vi en sus ojos que ninguna intervendría. Que les dieran a todos ellos.
Ben se volvió, me agarró del brazo y me empujó hacia atrás.
—Quédate aquí, no vayas a llevarte ningún golpe.
—Ben. No.
—Es necesario.
—No vas a dejar que te peguen.
—Liz…
—¡Lo digo en serio!
—No pasa nada, preciosa —dijo suavemente pero con expresión determinada—. Tranquila. Somos amigos desde hace mucho tiempo. Tienes que dejar que solucionemos las cosas a nuestro modo.
Y una mierda.
—¡Anne, ayúdame!
Mi hermana se limitó a hacer una mueca.
—Puede que tenga razón. Deberíamos mantenernos al margen.
—Si se tratara de Mal, ¿te quedarías de brazos cruzados? —La idea de que le hicieran daño y que fuera precisamente Mal el que se lo hiciera me puso enferma. Me entraron ganas de vomitar—. Mal, ponle un solo dedo encima y te juro que no volveré a hablarte en la vida.
El imbécil solo puso los ojos en blanco.
—Por favor. He visto la cara de felicidad que pones cuando le miras. Ya se encargará él de que cambies de opinión.
Entonces, antes de que Ben pudiera prepararse para el golpe, Mal hundió el puño en su estómago. Cuando oí el sonoro jadeo que soltó, me estremecí por dentro. Se inclinó hacia delante; un gesto instintivo de protección, pero Mal no esperó y le asestó un segundo golpe en el costado. Ben gruñó y se tambaleó hacia atrás y Mal aprovechó el movimiento para propinarle un tercer puñetazo en el vientre. Mi propio vientre se contrajo en solidaridad con él. Lo había hecho. Mal lo había hecho de verdad.
El silencio que siguió a continuación fue ensordecedor. Los resuellos de Ben inundaron la estancia mientras Mal le tendía la mano. Se había terminado.
En lo que llevaba de vida, había sido testigo de dos peleas. Una especialmente virulenta en un barrio durante mi etapa más rebelde y la otra, por supuesto, la noche en que anuncié mi embarazo. Por lo menos esta vez no se había derramado sangre alguna. La violencia nunca era la solución. Mal no había esperado a que Ben estuviera listo. Le había pegado antes de que le diera tiempo a prepararse para el golpe. Había hecho daño al hombre que me importaba (mucho)… La emoción se apoderó de mí y tomó el control. No sabía si ponerme a llorar o empezar a dar golpes a diestro y siniestro.
Putas hormonas y putos chicos.
—¿Todo bien? —preguntó Mal.
—Sí. Has empezado con un buen golpe. —Ben se incorporó despacio, con cara de dolor. Después, estrechó la mano de su compañero de banda.
Cuando vi cómo los cuatro empezaban a darse palmadas en la espalda y las mujeres sonreían aliviadas decidí que estaban todos como una puta cabra.
—Floto como una mariposa y pico como una abeja —dijo Mal con los puños en alto y saltando como un boxeador—. Venga, Lizzy, pequeña. Son cosas de hombres. No lo entenderías, hermanita. Solo tienes que asumirlo y listo.
—Tú… —Busqué en mi mente, pero no encontré una palabra lo suficientemente dura, un insulto lo bastante contundente. Estaba poseída por la violencia. Le iba a borrar esa sonrisa de la cara. Con el labio superior torcido en una mueca, me abalancé sobre él con la mano abierta, preparada para atacar.
Por desgracia, Ben también estaba preparado.
—De ninguna manera. —Me alzó en brazos, acunándome contra él—. Se acabó.
—Bájame.
—Tienes que desayunar, ¿recuerdas? Vámonos.
Empecé a soltar una retahíla de tacos; olvidándome por completo de la regla de no decir palabrotas. ¿Qué puedo decir? Estaba en uno de esos momentos álgidos.
—Vaya —dijo Mal con los ojos como platos—. Es una auténtica fiera.
En el otro extremo de la habitación, Ev abrió la puerta y fuimos directos a ella (yo de forma involuntaria, todo sea dicho).
—No. Ben…
—¿Qué quieres en la tortilla?
—Bájame.
—¿Y qué me dices de un zumo? ¿Te apetece también un zumo?
—No seas tan condescendiente. No soy una niña.
—Créeme, preciosa, lo sé. A pesar de la rabieta que acabas de tener.
—¡No es ninguna rabieta! Es la forma que tengo de demostrar lo indignada que estoy porque Mal te haya hecho daño.
La puerta se cerró a nuestra espalda y salimos al largo pasillo tan típico de los hoteles. En esta ocasión la alfombra era roja, con las paredes llenas de espejos estilo art déco. Las largas piernas de Ben nos alejaron de la suite de Mal y Anne tan rápido como les fue posible. Instantes después, se detuvo frente a una puerta y me bajó al suelo con cuidado, pero sujetándome en todo momento la cintura para, no me cabía duda, evitar cualquier intento de escape por mi parte. Deslizó una tarjeta por el lector y abrió la puerta antes de darme un ligero empujón para que entrara en la dirección adecuada.
Una vez dentro, cerró la puerta, se apoyó contra ella y me miró detenidamente.
—¿Qué? —refunfuñé, cruzándome de brazos.
Esbozó un atisbo de sonrisa.
—No me hace gracia. No me puedo creer que dejaras que te hiciera daño.
Soltó un profundo suspiro y, sin dejar de mirarme, levantó los brazos y entrelazó los dedos por encima de su cabeza.
—Esto no debería haber pasado —continué—. Y ha sido por mi culpa. Uno de tus amigos de toda la vida te ha hecho daño por mi culpa.
Parpadeó y se puso serio.
—No. Dejé que Mal me diera un par de puñetazos porque es uno de mis mejores amigos. Joder, es más que eso. Es mi hermano. Cuando el año pasado las cosas se pusieron tensas entre Dave y yo, él fue el que se encargó de hablar con Dave para que se calmara. Yo le di mi palabra de que no te tocaría y no la cumplí. Me merecía que se cabreara y lo hemos solucionado entre nosotros. Punto.
—No estoy conforme.
—No tienes por qué estarlo. Es algo entre Mal y yo.
—¿Entonces mi opinión no cuenta?
—No, en este caso no —dijo, mirándome directamente a los ojos.
Capullo. Le di la espalda; necesitaba un momento para recobrar la compostura. Mi interior era un puro caos.
—Ninguna mujer me ha protegido nunca de esa forma —murmuró—. Mal tenía razón, eres toda una fiera.
Alcé la barbilla y me volví para enfrentarme a él.
—Y también terca. Y leal.
Me encogí de hombros.
—Y tengo mucha hambre.
Se rio, se alejó de la puerta y vino hacia mí. A continuación me dio un beso en la coronilla. Me apoyé en él sin pensarlo. De algún modo, Ben representaba el calor, la seguridad. Una especie de hogar para mí y la lentejita, a pesar de todos mis esfuerzos por mantener una cierta distancia entre nosotros. Tal vez el hogar no se limitaba a una cuestión del corazón, sino a algo mucho más profundo. Habíamos concebido un hijo juntos; era normal que me sintiera unida a él. Eso no significaba que me dejara llevar.
No tenía nada claro.
Lo que sentía por él no me había convertido en la mujer más inteligente del mundo. Me presionaba constantemente, y me inducía a tomar una dirección distinta cada vez, confundiéndome. Lo que sí sabía era que lo que sentía por él y por la lentejita era extraordinariamente grande. Nunca pensé que en mi corazón hubiera espacio suficiente para albergar tanta emoción. Hubiera sido feliz si simplemente pudiera pegarme a él. Tal vez le gustara tener una lapa como animal de compañía. ¡Ja! Seguro que aquello no era más que otro de esos impulsos hormonales que desaparecería en cinco minutos. La esperanza era lo último que se perdía, ¿no?
—¿Estás bien? —preguntó con una sonrisa.
—Sí.
—¿Me haces un favor?
—¿Cuál?
—Mantente alejada de las peleas. Cuida de nuestro bebé.
—Sí, no te preocupes.
—Soy un tipo grande, Liz. Confía en mí, puedo cuidar de mí mismo, ¿entendido? No soy de los que dejan que nadie les pegue. Voy a diario al gimnasio con Jim. No soy una flor delicada que tengas que proteger.
—De acuerdo.
Me puso las manos en los hombros y me miró.
—Y te entiendo. Yo también lo haría. Lo de hoy era complicado, pero si alguien te pusiera un dedo encima, también me pondría hecho una furia. Pero vas a tener que superarlo y perdonar a Mal. Antes hablaba en serio. Esto no es bueno. No más peleas en nuestra familia. Quiero que esto termine.
Asentí con la cabeza.
—Haré un esfuerzo. Pero no voy a volver a vivir con ellos. Por un montón de razones. Es hora de tener mi propia habitación.
—Liz, has estado lo suficientemente enferma como para estar metida en la cama toda una semana. Anne dijo que la tensión podría darte problemas durante una temporada. No creo que sea el momento más apropiado para quedarte sola. ¿Y si te pasa algo?
—¿Qué otra opción tengo? Jimmy y Lena también necesitan estar solos. No quiero ser ninguna molestia.
Otro suspiro profundo.
—Sí, tienes razón. Será mejor que te vengas conmigo.
—¿Contigo? —pregunté sorprendida.
—Sí, bueno. —Abrió los brazos—. Tengo una suite con dos habitaciones porque me gusta tener mi espacio. Hay sitio de sobra para ti.
—¿Y tus juergas nocturnas? No quiero ser ninguna aguafiestas, pero…
—Que se vayan a otro sitio. Joder, Vaughan y Down Fourth pueden organizarlas en sus propias habitaciones. No es ningún problema.
Dejé caer los hombros aliviada, aunque también fui capaz de ocultar lo entusiasmada que estaba. Ben y yo viviendo juntos. ¡Madre mía!
—Me parece estupendo.
—Estupendo. —Dio una palmada y se frotó las manos—. Esto va a ir de maravilla. Vamos a estar juntos, esforzándonos en eso de ser amigos… y además, no tendré que preocuparme porque estés sola.
—Sí amigos. Qué bien.
Tenía que tomarme esa palabra con más alegría. Asimilarla como algo bueno. Ben y yo seríamos amigos. «Amigos, amigos, amigos.»
—¡Choca esos cinco, amiga! —exclamó, levantando su inmensa mano.
Obedecí, golpeando con entusiasmo la mano sobre la de él. Y no veáis cómo dolió.