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LA MORADA DEL TERROR

Burton aguardaba en la medianoche frente a la colina desde la que se distinguía la mansión de sir John; iba vestido como de costumbre, en cambio, Mortimer llevaba distinta indumentaria, un ceñido uniforme caqui de origen alemán con sus distintivos Kragenpatten bordados al cuello y altas botas, unos tirantes de cuero marrón cruzado trazaban su camisa safari con charreteras, era de lana de algodón, con su peculiar toque caqui y cuello Oxford, destacando una insignia británica colonial, una bolsa de lona caía de su cinturón de cuero de 56 pulgadas, con unos pantalones «rosados de oficial» hechos con lana de caballería.

—Ved Tritón, se descuelga del cielo con su espeso celaje, sacudiendo su laxa y leonada cabellera —le describió Burton a Mortimer.

—¿Creéis que acudirá? —le inquirió Mortimer.

—Sin duda, hay poco margen para especulaciones, si no es así habremos de partir.

Mortimer echaba el ojo a través de sus binoculares hacia el sendero que llevaba a la mansión, y tras ellos la fantasmagórica visión de la desolación de Claudius al igual que un enorme y pétreo mar de basalto. Iba ataviado con un viejo casco Wolseley sobre su cabeza. Llevaba botas de fabricación alemana de tres cuartos, de negro cuero, y relucientes bajo la noche, al igual que la hebilla de aluminio de la Kriegsmarine, que destacaba de un peculiar cinturón de rastra, era un R.S.&S. elaborado en Lüdenscheid, junto a una Messkit, una canastilla de plástico destinada a máscara de gas y cantimplora. De su casco portaba unas gafas protectoras de desierto británicas las cuales poseían unas lentes zoom graduales. De sus pantalones destacaban unas rastreras que estaban encajadas a una especie de ligas de cuero, donde destacaban un número infinito de suministros en diminutos receptáculos.

De repente, algo rompió el sosiego de la noche, unos gritos espantosos y desgarradores, y la percusión de varios disparos frente a la ubicación desde donde debían hacer señas de la llegada de la bestia, así como frente a la misma.

—¡Cielo santo que todo lo ves!, ¿qué mundo es este que cuelga al revés? —Mortimer escrutó los márgenes de la mansión de sir John y no se escuchó nada más.

—¡No hay tiempo que perder!, partamos y en seguida —lo urgió Burton, agarrándole de su solapa.

Ambos se introdujeron en la cápsula introduciendo los últimos pertrechos y utensilios en el compartimento de carga, cerrando la esclusa, y en ese instante se oyó un rugido espantoso que los sobrecogió a ambos en su interior.

—Nos ha visto, esa maldita bruja nos ha visto, estamos perdidos, Burton —le expuso Mortimer, tembloroso.

—No aún, buen amigo, no aún —le puso el dedo índice ante su frente Burton.

Hubo un destello en los ojos de Burton, olisqueaba el aíre tibio y asfixiante de Tritón, sumado al hecho de que no mostraba el menor interés hacia el exterior, sino que le preocupaba sobremanera su vida, luchaba por salvar el pellejo, se sentía como un cazador cazado, ¿cómo se puede expresar en un rostro algo así?

El efecto inmediato a esto fue un paroxismo de ira mezclado con un miedo palpable. Su rostro estaba más pálido que un muerto en vida, sin sangre, de un azul ceniciento mezclado con un gris lívido, sentía crepitar las articulaciones de su miembros, como si el engranaje le fallara, tosió y empezó a acumular una tensión tal, que jadeó palabras ininteligibles, igual que un moribundo. El ambiente agitaba la tempestad del odio, el aire crecía lúgubre bajo los cielos nocturnos que derramaban su melancolía y, desde una oscura cueva, daba cobijo a los ojos de la ira, una fiera al acecho les observaba.

El tiempo fue avanzando, ya casi parecía haber olvidado aquel fatídico encuentro y preparaba una salida aleatoria.

Burton a los mandos del cohete lunar encendió las cuatro toberas de propulsión haciendo temblar los cilindros y las abrazaderas, en el panel de control y navegación se iluminaron todas las lucecitas de ignición, señal de que todo marchaba bien. Lo repasó con su vista, bobina de encendido, conductores de alta tensión, nivel de combustible, entrada de combustible, deflagrador de válvulas de control de combustible, bobina de vaporización, todo partes esenciales del módulo ligero, la mayoría de sus sistemas electrónicos y de navegación estaban automatizados. Verificó cada uno de los mandos de la cabina y el mapa estelar, anotando algo en el cuaderno de bitácora del ordenador.

Sus llamaradas escupieron toda su energía en un flujo borboteante y bullente, elevándose sobre la colina. Pronto rebasó la atmósfera de Titania y saltó con un estallido al negro espacio.

En pocos segundos aquella fantasmal desolación de Claudius quedó atrás, desapareciendo de sus retinas como una sombra grotesca y espantadiza, como una mota de tinta o un oscuro manchón en un viejo pergamino, en la increíble textura del lienzo gris, el que envolvía y circunscribía la enorme noche, con un gran impulso de sus cohetes auxiliares de navegación todo quedó atrás, igual que un sueño ingrávido, en dulce silencio. La noche imperecedera dio paso a las estrellas del espacio exterior, una señal profunda de libertad y gozo invadió a Burton, y sintió que su ego particular se elevaba a lo más alto.

En ese mismo momento, el módulo impactó con la barrera atmosférica propinando una explosión, como una puerta dantesca y aterradora que se cerrara para siempre tras él, y las preocupaciones cayeron como sueños lánguidos y deformes; superó la atracción gravitatoria, sus dudas y temores se evaporaron, arrinconando las realidades más íntimas de la vida. El espacio resurgió como un mundo diferente, más frío, menos cálido, limpio y penetrante, de luz más suave, pero con la magia de lo imperecedero y de lo eterno, latente y suscrito a él, con un aura tenue, fue alumbrado por la fuerza de mil soles que desde un remoto abismo, le alcanzaran con su brillo, ensalzando y moldeando las líneas y contornos de su cutis, la barbilla finamente modelada, como un susurro de voz armoniosa y agradable. Casi al mismo tiempo, el movimiento de Titania, esa bola bruna, el más exterior de todos los planetas del espacio conocido, se había vuelto errática. Pero su rastro se fue perdiendo, igual que un globo sólido o una gran masa de incandescencia, y el polvo de planetoides y cometas se disiparon como sedosas cortinas que todo lo envolvían, o una acumulación enfermiza que contagiara de desconcierto y caos toda su periferia, envolviendo los contornos del planeta con una luz de gas y velas fantasmal; avanzaron en una inmensidad vacía que casi derrotaba a la imaginación. Todo había terminado.

Ante ellos se despejó Tritón con sus melancólicos valles, una obra de la naturaleza hecha realidad y, aquel escenario, con la zona paisajística de sus contornos en la lontananza, lo hacían poseer algo de magia. Su corazón se encogió ante el peso de una desesperación y un mefítico remordimiento, que nada podía atemperar. Burton parecía absorto, acosado por el cansancio y el insomnio como un espíritu errante, pues el largo trayecto del viaje espacial había sido extenuante.

Allí se divisaron los enormes torreones de la fortaleza, pudieron aterrizar en una de sus torres vigías.

Sus contornos eran dispersados por las ondas de viento que corrían cortinajes como en una obra melodramática, interfiriendo sus frecuencias de radio, las interferencias en la carlinga eran todo un despropósito, una locura elevada a lo más alto, ya que nada funcionaba correctamente, ni sus sensores, ni su mecanismo de engranaje, aunque sí que podía moverse por entre los aires impuros de aquel lugar paradisiaco.

Su cielo de atezada tonalidad y ligeramente verbenáceo, encajaba en sus dominios y en su peculiar forma paisajística, como un arte del cual cualquier pintor impresionista hubiera retratado con magnificencia; a la vez tenía algo de abstracto, pues nada lograba tener significado y, aquella desolación tan expresiva, daba a entender, que era un mundo fuera de lo común, tratando de mantenerse en el olvido y en la nostalgia. Estaba en medio del ojo del huracán, en los mapas y rutas donde apenas llegaba el tráfico aéreo, en el lugar más recóndito y apartado de la existencia.

Entre toda aquella vorágine enfermiza estaba él, inmerso y navegando contra las olas, contracorriente, contra aquel miedo que todo lo abarcaba, anegándolo y tragándolo igual que un monstruo que abriera sus fauces para embucharlo.

Su retiro no le había cambiado ni un ápice esa conducta moral, a la hora de elegir su papel en aquel melodrama de duro trámite y, tan esquivo, que parecía un juego de al ratón y al gato, un juego al escondite, trataba de buscar la verdad, pero esta se dispersaba por lugares inalcanzables.

Era un mundo tan distinto del que provenía y en el que se había mantenido oculto durante los últimos años. Su vida corría paralela a las vivencias y a los peligros, al menos, en las últimas estaciones se había desvinculado de las peores experiencias, de la propia muerte, y eso era duro de mencionar en su diario personal, se consideraba alguien aún afortunado, aunque guardaba una gran autoestima, sabía que el ayer se cernía sobre el presente con sus perniciosas nubes emborronándolo todo, y había arruinado su vida sentimental, poseía un hogar roto y optaba y anhelaba recomponerlo algún día no muy lejano, porque, en verdad, nadie le perdonaba ser lo que era y lo que fue, un mercenario, un saqueador de tumbas, y con eso sobraban calificativos para describir en gran medida su verdadero significado. No era algo intrascendente, sino algo que distorsionaba la imagen de una persona con solo mencionarlo.

Era un superviviente de los infiernos, los había contemplado muy de cerca, estuvo en ellos, pero alejado de su fuego letal, de sus llamaradas, que le atraían de nuevo a su eje maligno, a su centro neurálgico, trataba de salvaguardar las distancias y no ser tentado de nuevo.

Cualquier anomalía proveniente del exterior le hacían vacilar y vibrar, sus emociones y la adrenalina corrían por sus venas, aquellos sentimientos que habían permanecido aletargados, vacuos de experiencias y peligrosas sensaciones por largo tiempo.