Epílogo
La malvada principessa deseaba poseer a su pobre pero honesto mozo de cuadra desde hacía meses, pero esperó hasta una tormentosa noche de febrero antes de arrastrarlo al dormitorio principal de la Villa de los Án-geles. Iba vestida de escarlata, su color favorito. El escandaloso vestido resbaló por sus hombros, dejando a la vista un pequeño tatuaje en la curvatura de su seno. Su rubio cabello despeinado se enredaba en largos rizos dorados, y las iridiscentes uñas de sus pies, pintadas de color morado, sobresalían por debajo del vestido.
Él iba vestido de un modo más sencillo, como correspondía a su clase social, con calzones de trabajo marrones y una camisa blanca de largas mangas.
—¿Mi señora?
Su profunda voz la hizo estremecer, pero en tanto que principessa, sabía disfrazar la debilidad, así que inquirió imperiosamente:
—¿Te has bañado? No me gusta el olor a caballo en mi dormitorio.
—Así lo hice, mi señora.
—Muy bien. Deja que te mire.
Mientras él permanecía inmóvil, ella le rodeó, dándole un golpecito en la mandíbula con el dedo índice tras apreciar la perfección de su cuerpo. A pesar de su baja extracción, evidenciaba cierto aire de orgullo al ser escrutado, lo cual la excitó aún más. Cuando ya no pudo resistirlo más, le tocó el pecho, después apoyó sus manos en las nalgas de aquel semental y apretó.
—Desnúdate para mí —ordenó.
—Soy un hombre virtuoso, mi señora.
—No eres más que un campesino, y yo soy una principessa. Si no te sometes, haré quemar el pueblo.
—¿Quemaríais el pueblo sólo para satisfacer vuestra malvada lujuria?
—Sin pestañear.
—Está bien. Entonces tendré que sacrificarme.
—Sí, maldita sea.
—No obstante... —De pronto, la malvada principessa se vio tumbada en la cama con el vestido recogido.
—Caramba.
—A veces no merece la pena ser malo. —Se colocó entre sus piernas, la rozó, pero no la penetró.
Cuando ella levantó el brazo, un amplio brazalete de oro con la palabra caos grabada en su interior resbaló hasta topar con otro igual en su muñeca, el que le recordaba que tenía que respirar; las dos mitades de su vida se habían unido por fin.
—Por favor, sé cuidadoso —pidió.
—¿Para que luego te quejes? Ni hablar.
Dejaron de hablar y pusieron manos a la obra con lo que sabían hacer mejor. Se amaron entre apasionadas y suaves caricias, pronunciando dulces palabras que les transportaron a un lugar secreto que sólo ellos conocían. Cuando finalmente se dejaron ir, se abrazaron sobre la amplia cama, a buen resguardo de los vientos del invierno que se colaban por toda la casa.
Isabel dejó el pie sobre la pantorrilla de Ren.
—Un día de estos tendremos que empezar a comportarnos como adultos.
—Somos demasiado inmaduros. Especialmente, tú.
Ella sonrió.
Permanecieron tendidos durante un rato. Satisfechos. Él susurró sobre su mejilla:
—¿Tienes idea de lo mucho que te quiero?
—Por supuesto que sí. —Con un sentido de absoluta certidumbre, lo besó en los labios, y luego volvió a apoyar la cabeza en la almohada.
Ren la acarició como si todavía no pudiese creerse que Isabel fuese suya.
—Lo estás haciendo, ¿verdad?
Ella apreció la risa que se ocultaba en su voz, pero siguió rezando. Se había convertido en algo tan esencial como su respiración. Oraciones de agradecimiento.
Cuando acabó, miró hacia la repisa de la chimenea encendida, donde reposaba el Óscar dorado que Ren había recibido por Asesinato en la noche. Ren apenas si había empezado a conocer sus capacidades de actor y, a menos que ella se equivocase mucho, algún día esa estatuilla tendría una compañera idéntica.
Ella también había empezado a conocer sus propias capacidades. Vivir una vida imperfecta se había convertido en todo un best-séller —demasiado para tan escaso esfuerzo— y El matrimonio imperfecto lo sería dentro de pocos meses. Su editor quería disponer lo antes posible de Criar al niño imperfecto, pero ese libro aún estaba en proceso de elaboración, y no pensaba acabarlo hasta dentro de un tiempo.
Gracias a una excelente red de referencias, había logrado mantener un reducido grupo de pacientes. Tal como se había prometido a sí misma, había conseguido destinar parte del día a pensar, rezar y divertirse. Estar casada con Lorenzo Gage era un desastre pero le llenaba. Sin duda, le llenaba por completo.
Él salió de la cama y maldijo en voz baja al pisar un muñeco de plástico. Al día siguiente, acudirían al bautizo del segundo hijo de Giulia y Vittorio, un niño nacido catorce meses después de su hermanito. Agradecieron la excusa para regresar a la Toscana. Adoraban su hogar en California, pero regresar a la Toscana era para ellos como volver a sus raíces. Pasaban allí un mes en verano, junto a Harry, Tracy y los niños, incluida Annabelle, la quinta y última, que había nacido justo el día de la boda de Ren e Isabel, que tuvo lugar en el jardín que se extendía bajo la ventana del dormitorio en que ahora se encontraban.
Ren recogió la ropa que había dejado tirada y la metió en la cesta donde guardaba todo un surtido de interesantes disfraces, así como algunos juguetitos picarones.
Gracias, Dios, por regalarme un actor.
Rebuscó en el armario, sacó el camisón de Isabel y se lo tendió.
—No sabes lo poco que me gusta darte esto...
Ella se lo puso por la cabeza mientras él se enfundaba el pantalón de un pijama de seda gris. Después se acercó a la puerta, dejó escapar un largo y sufrido suspiro, y descorrió el cerrojo.
—¿Has leído el guión? —le preguntó mientras volvía meterse en la cama.
—Sí —contestó ella.
—Ya sabes que voy a hacerlo, ¿verdad?
—Lo sé.
—Caray, Isabel...
—No puedes rechazarlo.
—¿Pero interpretar Jesús?
—Admito que será un cambio. Era célibe y proclamaba la no violencia. Pero los dos amáis a los niños.
—Especialmente a los nuestros.
Ella sonrió.
—Los gemelos son unos diablos. Tenías toda la razón.
—Son diablos pero hacen sus necesidades en el orinal. He cumplido mi parte del trato.
—Eres muy bueno en eso...
La acalló con un beso, su manera favorita de solucionar los conflictos. Se abrazaron. Mientras el viento aullaba en la chimenea y las contraventanas temblaban, se dijeron entre susurros una vez más lo mucho que se amaban.
Estaban empezando a dormirse cuando la puerta se abrió de golpe y dos pares de pequeños pies cruzaron la alfombra, escapando de los monstruos que vivían en la oscuridad. Ren estiró los brazos y metió a los invasores en el cálido lecho. Su madre los atrajo hacia sí. Durante las horas siguientes, la paz reinó en la Villa de los Ángeles.