Sameena está al lado de la ventana de su habitación. Cuando sus padres decidieron mudarse a Nottawa, le dejaron escoger la nueva casa. La habitación al extremo del segundo piso, con sus grandes ventanas que dan al bosque que bordea con su jardín, es lo que hizo que se enamorarse del sitio. El bosque es mágico, especialmente en invierno cuando brilla por el hielo y la nieve. Normalmente, apenas mira por la ventana que da al jardín vallado de la señora Markham, donde los beagles ladradores viven. Pero hoy no puede dejar de mirar.
Los gritos la despertaron. Anoche, Sameena dejó que su padre por fin corrigiese sus deberes. A pesar de lo tarde que era, su padre insistió en ayudarla a corregir las respuestas incorrectas. Le llevó horas. Había muchísimas, y no importaba la cantidad de veces que él le explicó cómo hacer los problemas, ella seguía sin entenderlo.
Él dijo que era porque estaba cansada. Y lo estaba. Se lo agradeció y se metió en la cama, pero los perros ladraban.
Y ladraban.
Y ladraban.
Ella solo quería que se callasen. Incluso abrió la ventana cuando vio que la señora Markham salió para ver a sus cachorros para gritarle que los perros tenían parar.
Y lo hicieron.
Vaya si lo hicieron.
Manchas rojas en la nieve. Había muchísimo rojo sobre el blanco donde los perros habían corrido ayer. Sameena se centra en las rayas carmesí. No quiere pensar en los cuerpos destrozados por hachazos que se encuentran cerca de la nieve enrojecida. Cuerpos que no la molestarán con sus ladridos nunca más.
Lo cual es horrible de pensar. Ella es horrible. No quería que esto sucediese. Nunca quiso que pasase esto.
¿O sí? ¿Qué otra cosa pretendía decir cuando escribió su petición y pulsó enter? ¿Qué pretendía recibir al coger el tarro de mermelada lleno de monedas de la mesa de trabajo del señor Nelson y esconderlo en el asiento trasero del coche aparcado al final de la calle?
Ella solo quería que los perros dejasen de ladrar para poder concentrarse .
Pero mientras ve a la señora Markham llorando y señalando a la ventana de Sameena, juraría que todavía escucha a los perros. Ladrando. Quizá nunca paren.