21

Santo Ildefonso es un diseminado de cortijos humildes, rodeados por grandes fincas agrícolas que se reparten en una ladera escalonada hacia el Guadiana. Una mínima carretera local cruza la zona, en paralelo al cauce, y aquí y allá asoman algunas construcciones ruinosas, barrios de cuatro o cinco casas y los restos de una escuela en la que, imagina Abel, los niños recitaron las glorias del imperio colonial portugués.

En lo alto de la ladera aún pueden ver el puesto de vigilancia de los guardinhas, cerrado a cal y canto, a punto de ser devorado por la maleza y sin más compañía que la de una higuera monumental que impregna el aire de un olor dulzón.

En la ribera, el terreno deja entrever un pasado de arrozales y algunas casitas conservan en su fachada el cartel «Secador de arroz», escrito con una tipografía tosca y sin pretensiones. En una de ellas vive Gonçalo Ferreira, el viejo exiliado, que los espera sentado a la puerta, protegiéndose del sol del mediodía bajo un emparrado y con un inquieto chucho trotando a su alrededor.

En cuanto se acercan, el perro se lanza a lamer las piernas de Catarina, como si reconociera en ellas el regusto que ha dejado el limo del Guadiana. La muchacha parece animarse con la bienvenida, pero Gonçalo se levanta y coge al chucho al tiempo que extiende la mano a los recién llegados.

—No le permita a Dinis que se tome muchas confianzas —le dice a Catarina—, porque no se lo va a quitar de encima.

Gonçalo Ferreira es un hombre enjuto y de mediana estatura, que se mueve enérgicamente pese a su avanzada edad. Sus rasgos más notables son los ojos azules, que trasmiten una desgastada humanidad, y el cabello blanco y muy poblado, que a Abel le recuerda al del dirigente comunista Álvaro Cunhal, a quien entrevistó en Lisboa. Está a punto de decírselo cuando Catarina se le anticipa:

—Supongo que ya le habrán dicho que se parece a Cunhal.

El viejo encoge los hombros resignadamente y se atusa la sien con un leve asomo de coquetería.

—Infinidad de veces, pero solo nos parecíamos en el pelo. ¿Lo conoció usted en persona?

—En una ocasión estuvo en casa de mi padre. Yo solo era una adolescente y él ya era muy mayor, pero me pareció un hombre muy guapo. Igual que usted.

—A pocas voy a conquistar ya, a mis años. Ya solo me queda resolver algún asunto pendiente y esperar el final en compañía de Dinis, que debe ser tan viejo como yo.

Abel hace una carantoña al perro, pero este se dirige de nuevo a lamer las piernas de Catarina. Gonçalo lo aparta pacientemente.

—Si les parece, entramos —dice mostrando la puerta entornada—. Dentro se está más fresco y nos quitamos de encima a Dinis. Creo que se ha enamorado de usted.

—Me parece que solo le interesan mis piernas.

El anfitrión les cede el paso al interior de la vivienda, un cuchitril modesto y muy destartalado. Un par de ventanucos le dan la apariencia de una celda de convento, presidida por una mesa donde quedan restos de comida. Sobre una cocina desconchada hay un cazo con algo de sopa y, en un rincón, una cama estrecha cubierta con una colcha alentejana ofrece la única nota de color en toda la estancia. Gonçalo busca un par de sillas para sus visitantes y Abel repara en la presencia de una escopeta de caza apoyada en una esquina.

—Les puedo ofrecer una copita de un licor de hierbas que preparo yo mismo. Es un buen digestivo. Supongo que ya habrán comido.

Abel se da cuenta de que después de ver a Agostinho, Catarina y él siguen con el estómago vacío, pero ambos aceptan la copa. El viejo va a la nevera, saca una botella y les sirve un par de vasos con hielo. Acto seguido, se sienta en la cama, que apenas se altera bajo su peso.

—Así que Cunhal estuvo en su casa, nada menos, y trató con su padre —le dice a Catarina—. Deduzco que es un hombre importante, ¿cómo se llama?

—Se llamaba Aldo Chagas. Murió hace pocos años. Era catedrático de Historia y conocía a muchos políticos. Tenía familia aquí, en Elvas, en una finca junto a la desembocadura del Caia.

Los ojos de Gonçalo se oscurecen y se vuelven más incisivos.

—¿No sería pariente de Nuno Chagas?

—Era su hermano. ¿Usted conoció a Nuno?

—No personalmente, yo soy de Coimbra y además me exilié bastante joven. Pero en los sesenta, en mi organización se habló bastante de Nuno Chagas.

—¿Qué organización? —pregunta Abel.

—Yo pertenecía al grupo de militares que empezaban a estar hartos de Salazar. Habíamos participado en algunas tentativas para derribarlo, desde luego sin mucho éxito, y nos mantuvimos en contacto con Humberto Delgado cuando el general estuvo en el exilio. A comienzos de los sesenta estuvieron a punto de detenerme, así que tuve que optar por irme a Francia antes de que los perros encontraran mi cuerpo enterrado en cualquier sitio.

Como si hubiera invocado un fantasma, se oyen en la puerta los arañazos de Dinis, que provocan un pequeño sobresalto a Catarina. Gonçalo lanza un grito y los arañazos cesan.

—Me quedé en Burdeos y allí hice una labor de apoyo a los que llegaban de Portugal. La Raya era un punto estratégico por el que salía gente muy valiosa, así que tenía que estar al corriente de todo lo que sucedía a uno y otro lado del río.

—¿Y qué sabía usted de Nuno? —pregunta Catarina.

—¿De su tío? Que hizo un trabajo extraordinario, ayudó a salvar muchas vidas. Lástima que él no corriera la misma suerte. Para mí fue una historia muy dolorosa. Solo lo conocí de oídas, pero le había cogido bastante aprecio y todo lo que le pasó me afectó mucho.

Abel se queda con el vaso de licor de hierbas en la mano, paralizado como una estatua, y Catarina mira a Gonçalo con los ojos abiertos de par en par.

—¿Cómo? —Su voz se ha vuelto un susurro.

El viejo militar exiliado tiene la sorpresa dibujada en la cara.

—¿Qué les han contado a ustedes?

Dinis vuelve a arañar la puerta y lo seguirá haciendo durante un rato largo, sin que nadie lo regañe, mientras Abel y Catarina, atropelladamente, intentan resumir las conclusiones a las que han llegado omitiendo cualquier referencia a la debacle familiar de Catarina. Gonçalo se ha limitado a escucharlos sin pronunciar una palabra, después de servirse una copa de licor, y finalmente ha hecho una mueca de desagrado al oír el nombre del pasador.

—A ese es al que debían haber tirado al Guadiana —dice ya sin atisbo de bondad—. Agostinho siempre fue un canalla.

—Entonces, ¿por qué mataron a Nuno? —pregunta Abel.

—Fue un cúmulo de fatalidades, pero no me lo perdonaré nunca.

Abel y Catarina se miran desconcertados. Gonçalo hace amago de rellenarles los vasos de licor, pero ambos lo rechazan.

—La organización lo reclutó porque tenía muy buenos contactos. Estaba bien relacionado con el jefe de la Policía de Elvas, con el alcalde y con algunos empresarios. Terratenientes que empezaban a tener grandes explotaciones agrícolas en La Raya. En realidad, pasaba por ser un tipo del Régimen, pero cambió de bando cuando conoció a cierta gente.

—¿Los de la Patrulla Negra? —pregunta Abel.

—Esa fue la definitiva —asiente Gonçalo—, sobre todo porque la Patrulla no era solo un grupo de fanáticos que disfrutaban con sus cacerías. En eso Agostinho también les ha mentido, como en todo. No actuaban espontáneamente. Era un equipo de operaciones de castigo.

—Operaciones de castigo, ¿a quién? —vuelve a preguntar Abel.

—A los contrabandistas que no querían pasar por el aro. Con el apoyo de los peces gordos, el contrabando llegó a ser muy lucrativo. Comprando ciertas voluntades, se podía pasar de todo: medicinas, divisas, personas… Pero esto convertía a los contrabandistas en siervos, se llevaban una miseria, y algunos decidían ir por libre. A esos les mandaban la Patrulla Negra.

Abel observa a Catarina, que parece haber entrado en una especie de postración.

—Nuno empezó a pasarnos información sobre el funcionamiento de ese grupo de sádicos —prosigue Gonçalo atento a la expresión sombría de la muchacha—. Nosotros teníamos que ayudar a escapar a mucha gente, opositores amenazados de muerte, gente que se exiliaba como yo…, y nos resultaba muy útil anticipar los movimientos de la Patrulla. Si sabíamos que iban a actuar en Puerto Chico, por ejemplo, usábamos La Barraquera como lugar de paso. Gracias a la ayuda de Nuno, la organización tuvo una información privilegiada durante un par de años. Luego, todo se vino abajo.

Catarina recupera el interés por el relato de Gonçalo.

—¿Qué es lo que falló?

—Alguien detectó que teníamos un informador. No sabían quién era, pero no eran estúpidos y consiguieron descubrirlo. Demostraron ser más listos que nosotros, hicieron correr la voz de que había un soplón que estaba poniendo en peligro la vida de los contrabandistas. Cuando los perros de la Patrulla Negra castraron a un desertor, la gente se indignó mucho y necesitaba un chivo expiatorio, como fuera. Y todo señalaba a Nuno.

—Casualmente —apostilla Abel.

—Cuando supieron que trabajaba para nosotros, decidieron extender el bulo de que era un chivato para ir preparando las represalias. Incluso dijeron que participaba en las cacerías. Imagino que ustedes ya saben cómo funcionan los rumores en las ciudades pequeñas. Solo faltaba encontrar un verdugo sin escrúpulos.

—Agostinho.

—Exacto. Seguramente el confidente que actuaba para la Patrulla Negra era él, así que la operación era perfecta. Mataba a Nuno, le colgaba el sambenito de soplón y a cambio él quedaba fuera de sospecha y mejoraba su puesto en el escalafón, como en las familias de la mafia.

—De algo hay que vivir.

—Nuno me hizo llegar una carta pidiendo ayuda. Todavía la conservo. Estaba angustiado, se encontraba en un atolladero y sabía que corría peligro. En otros momentos podía haber escapado por sus propios medios, pero acababa de desaparecer Humberto Delgado y La Raya estaba muy vigilada. Nuestra organización no podía asomar la cabeza y decidió mantenerse al margen.

Gonçalo echa un trago rehuyendo la mirada de Catarina.

—La carta no sirvió de mucho, por lo que veo… —apunta Abel.

—Me llegó demasiado tarde, a finales de marzo. A Nuno lo asesinaron a primeros de ese mes. Cuando apareció en la orilla española, ya llevaba varias semanas muerto en el río. Me enfurecí conmigo mismo y con toda la organización. Él se había jugado el pellejo y nosotros lo habíamos dejado tirado.

—Sacrificado por una buena causa. —La voz de Catarina se ha vuelto tan helada que apenas se aprecia la ironía.

—¿Y por qué nadie identificó el cadáver? —pregunta Abel.

—El cuerpo estaba muy deteriorado y la Policía española y la portuguesa trabajaban juntas. Además, la PIDE tenía instrucciones muy severas de que se mantuviera el anonimato del muerto, sin revelar su identidad, porque así les servía de peón en el asesinato de Humberto Delgado. Como si hubiera participado en un ajuste de cuentas. Y vaya si lo utilizaron.

—Y ustedes les dejaron hacer —dice Catarina.

Gonçalo renuncia a contestarle.

—La organización se deshizo enseguida. Salazar no se sentía seguro y la PIDE se empleó a conciencia para frenar una insurrección militar. Todo el que representaba un posible riesgo terminó en Caxias, y yo desde Burdeos no podía hacer nada. Luego el asunto cayó en el olvido.

—Así de fácil. —Catarina deja su copa sobre la mesa.

Los arañazos se vuelven a sentir en la puerta y Gonçalo se levanta y la abre. Dinis entra como una exhalación y se dirige a los pies de Catarina, que ahora parece molesta con los lametazos.

—¡Se acabó! ¡Ahora te vas a volver a tu caseta, por maleducado! —Gonçalo pierde los estribos y se lleva al perro.

—Imagino cómo te sientes —dice Abel.

—No te imaginas ni remotamente cómo me siento. En pocas horas he pasado de creer que Nuno era un traidor, a descubrir que unos y otros lo usaron de manera indecente. Y que todo lo que le ha pasado a mi familia se debe a una mentira monumental. Es imposible que sepas cómo me siento.

—Cuando quieras, nos vamos. Ya has aguantado demasiado.

Catarina niega con la cabeza.

Gonçalo vuelve y ocupa su lugar sobre la colcha. Algunos rayos de sol ya entran directamente por los ventanucos y dejan entrever una atmósfera de polvo suspendido.

—Si le sirve de consuelo —dice Gonçalo—, debería estar muy orgullosa de su tío, se merece un monumento.

—No me consuela en absoluto, preferiría que se hubiera sabido la verdad. Hace algunos años, mi padre trató de averiguar qué le había sucedido a su hermano y habló con Agostinho. Imagínese la historia que le contó. Que Nuno era cómplice de Salazar, que había estado al servicio de un hatajo de carniceros y otras barbaridades que usted ignora. Eso le hizo un daño irreparable, a mis padres y a toda mi familia. ¿Cree usted que eso se arregla con un monumento?

Gonçalo se queda mirando fijamente su vaso, con la cara contraída, sopesando algo. Acto seguido, abre un cajón en la mesilla que tiene junto a la cama, saca un sobre y se lo da a Catarina.

—Es la prueba definitiva de la inocencia de Nuno. La carta que me envió a Burdeos pidiéndome que lo ayudáramos. En ella no queda ninguna duda de que sabía quiénes lo iban a matar y por qué. Publíquela. Utilícela como quiera. Yo ya me la sé de memoria.

Catarina abre el sobre con dificultad y lee la carta con los labios muy apretados. Abel ya conoce esa expresión y no le sorprenden los primeros lagrimones que, en un acto reflejo, ella evita que caigan sobre el papel.

El silencio se propaga por la exigua vivienda como si el espíritu de Nuno aleteara sobre sus cabezas, proyectando una sombra diferente en cada una de ellas. Gonçalo sigue abstraído en su pesadumbre. Catarina parece querer controlar el desgarro que está viviendo. Y Abel tiene sentimientos contradictorios, una ternura incontenible hacia la muchacha, el alivio de que la verdad asome por fin y la rabia porque aquel muerto inocente sirviera como una pieza más en un crimen de Estado. Y súbitamente cae en la cuenta de que hay algo a lo que todavía no se han enfrentado.

—Nos dijeron que usted a lo mejor tenía alguna foto del cadáver del Guadiana —le dice a Gonçalo mirando al mismo tiempo a Catarina, como si esperara su permiso.

El viejo exiliado asiente y lanza también una mirada interrogativa a la muchacha, que responde con un imperceptible movimiento de cabeza. Se levanta, se dirige a un aparador y saca una pequeña carpeta de cartón gris. Rebusca en el contenido y elige una fotocopia con varias reproducciones en blanco y negro. Corresponden a las fotos de un cadáver de cuerpo entero y algunos detalles de la cabeza.

—Son fotos que estaban en el sumario español —comenta volviendo a su sitio y dejando la fotocopia en manos de Abel—. Les advierto que no son muy agradables.

Abel las observa con disgusto y se las pasa a Catarina. El cuerpo está abotargado y ennegrecido por las semanas transcurridas en el agua, y la cara es como una máscara hinchada. Ella se estremece y empieza a sollozar calladamente, como si estuviera en el velatorio de alguien muy querido.

—Es Nuno. Ahí está la cicatriz de la ceja partida. —Acaricia la foto del rostro deteniéndose en esa ceja—. Ya lo decía tu hermano. Eras un biruta…

Durante largo rato, Catarina se comporta como si estuviera sola y contempla las fotos de Nuno sin el menor asomo de repugnancia, hasta que le devuelve la fotocopia al viejo exiliado.

—Quédesela también —dice Gonçalo—. Forma parte de la historia de su familia.

Catarina guarda la fotocopia junto a la carta, moja los labios con el vaso de licor y se levanta en dirección a la puerta.

—Si no les importa, quisiera estar un rato a solas. Te espero fuera —le dice a Abel.

Gonçalo la acompaña a la salida mientras Abel oye los ladridos lastimeros de Dinis rebelándose contra la cadena que lo mantiene amarrado.

El viejo exiliado ocupa la silla de Catarina y mira pensativamente la copa de esta, que apenas ha probado.

—¿Puedo hacerle una observación? —le dice Abel.

—Por supuesto.

—No termino de entender por qué alguien que ha nacido en Coimbra y ha pasado la mayor parte de su vida en Francia decide venir a pasar sus últimos días en este lugar, que además no le puede traer muy buenos recuerdos.

—Llevaba demasiado tiempo lejos, escondido en Burdeos, mientras aquí la gente arriesgaba su vida. La historia de Nuno me ha atormentado durante cincuenta años. Tenía una deuda pendiente con él y he venido a saldarla.

—¿Cómo es posible saldar una deuda así?

—Lo llevo preparando mucho tiempo y ya no puedo demorarlo más. —Gonçalo señala el aparador donde guarda los documentos—. Ustedes han venido a recordármelo.

En la puerta, el viejo exiliado estrecha la mano de Abel mientras Catarina espera apoyada en el coche, ajena a la despedida, y Dinis lloriquea encadenado a su caseta. Abel camina hacia la muchacha con la sensación de que las palabras finales de Gonçalo son un aviso premonitorio de que al asesinato de Nuno Chagas todavía le falta el último acto.