No es posible comprender verdaderamente los bosques de noche, con todos sus efectos misteriosos, hasta que no se les compara con los bosques de día. La paz que nos rodea, el suelo de reluciente arena, esos árboles que se alzan como algas monstruosas y oscilan al viento como las praderas de algas en las corrientes submarinas... todo eso lleva a la mente a pensar sobre lo que podemos haber visto desde un promontorio o desde el costado de un bote, y hacernos sentir como buceadores, en las profundidades del agua tranquila, fantasmas bajo la agitada y transitoria superficie del mar. No obstante, como digo, lo extraño de esas soledades nocturnas no se percibe por completo sin la impresión del contraste. Hay que haberse levantado por la mañana y visto los bosques como son de día, animados y teñidos por la luz del sol; hay que haber sentido el olor de incontables árboles al atardecer, el inmisericorde calor en los caminos del bosque y el frescor de las arboledas.
La primera mañana te levantarás temprano. Si no te ha despertado antes la visita de alguna paloma aventurera, lo hará el sol en cuanto llegue a tu ventana —porque no hay persianas ni contraventanas que puedan impedir que entre— y la habitación, con el desnudo suelo de madera y las desnudas paredes blanqueadas, resplandece a tu alrededor como una gloria de luces reflejadas. Puedes dormitar un poco más o permanecer despierto estudiando los hombres, perros y caballos dibujados a carboncillo con que los anteriores ocupantes de la habitación han manchado las paredes; Thiers, con perfil taimado; celebridades locales, pipa en mano; o quizá un paisaje romántico con unas manchas de óleo. Entre tanto, los artistas van desfilando por la salle-à-manger para tomar café y después se echan al hombro el caballete, el parasol, el taburete y la caja de pinturas, todo ello atado en un haz, y se van en busca de lo que denominan su «motivo». Uno tras otro, al salir de la aldea, son acompañados por un pequeño séquito de perros. Pues los perros, que sólo nominalmente pertenecen a un dueño concreto, permanecen todo el día en las proximidades de la entrada del bosque y en cuanto pasa alguien de quien se encaprichan, le acompañan durante una hora o dos mientras se dedican a jugar y cazar. Les gustaría quedarse bajo los árboles todo el día. Pero no pueden ir solos. Necesitan un pretexto. Así que toman al artista que pasa como excusa para ir al bosque como tomarían un bastón como excusa para darse un baño. De orejas tiesas, largos lomos y patas estevadas, o quizá tan altos como galgos y con cabeza de bulldog, este grupo de chuchos te acompañan correteando todo el día y regresan a casa contigo por la noche, enseñando sus blancos dientes y moviendo la raquítica cola. Su buen humor es inagotable. Si quieres, puedes intentar librarte de ellos arrojándoles piedras, pero todo lo que hacen es mantenerse a una distancia mayor. Si han salido contigo, son fieles y regresan contigo, pero si a la mañana siguiente te los encuentras por la calle, muy bien puede ocurrir que te ignoren.
En el bosque apenas hay aves, lo que resulta extraño para un inglés. No es éste un país en el que de cada bosque entre las praderas se eleve el incienso del canto de los pájaros y en el que cada valle por el que discurre un riachuelo resuene y reverbere de lado a lado con una profusión de notas claras. Y la falta de pájaros no es sólo lamentable en sí misma. Los insectos proliferan en su ausencia y se han convertido en una de las plagas de Egipto. En la arena caliente hay enjambres de hormigas; los mosquitos zumban con su nasal zumbido; donde quiera que el sol encuentra un hueco en la bóveda del bosque se ven infinidad de criaturas transparentes moviéndose incansablemente en el haz de luz; e incluso cuando los rayos del sol no hacen una incursión en la sombría arcada del bosque, percibes un movimiento constante de insectos, un flujo y reflujo de seres infinitesimales entre los árboles. Pero no son los insectos las únicas criaturas malignas que habitan en el bosque. Puedes tropezar y caer en una cueva apenas visible entre las rocas y encontrarte cara a cara con un jabalí salvaje, o ver cómo una sinuosa víbora cruza el camino.
Quizá te habías acomodado en la bahía entre dos grandes raíces de haya con un libro en el regazo y un amigo te despierta de improviso y te dice: «Por favor, quédate como estás sin moverte. Eres un motivo perfecto». Y tú respondes: «Bueno, no me importa, si puedo fumar». Y así pasan las horas ociosamente. Tu amigo trabaja laboriosamente en la pintura, un poco apartado, bajo la amplia sombra del árbol; y, más allá, al otro lado de una franja de sol deslumbrante, ves a otro pintor, instalado a la sombra de otro árbol y metido hasta la cintura entre los helechos No puedes ver tu propia efigie surgiendo del blanco tronco ni cómo el tronco empieza a distinguirse del resto del mundo y la pintura va salpicándose de motas de sol que se cuelan entre las hojas y que, cuando la brisa sopla y hace hablar a los árboles, aletean de un lado a otro como mariposas de luz. Pero sabes que avanza y, emulando al pintor, aprestas tu paleta y preparas el color para una escena del bosque con palabras.
Tu árbol se encuentra en una hondonada cubierta de helechos y brezos, en una depresión entre colinas bajas, donde se ven rocas y enebros dispersos. Todo ese espacio abierto está bañado por un sol inmisericorde. Cada cosa sobresale como si estuviera recortada en cartón, cada color llevado a su clave más alta. Algunos peñascos están derechos e inertes como monolíticos castillos, mientras que otros están tumbados como ganado dormido. El enebro —que en su sucio y gastado luto parecería un cortejo fúnebre que hubiera ido buscando un lugar de sepultura durante más de trescientos años en el viento y la lluvia— no es más que unas enérgicas pinceladas entre los brillantes helechos y brezos. Cada rama de su follaje está definida con minuciosidad prerrafaelista. ¡Y qué lamentables resultan ahí fuera, al sol, como tejos enanos! Toda la escena está captada en una clave de color tan peculiar e iluminada con una luz solar tan violenta que una persona que viviera cincuenta años en Inglaterra no vería algo así.
Entre tanto, a tu lado, alguien entona una canción, dando un trémulo patetismo a un poema de Ronsard sobre lo enamorado que había estado de su amada y cómo la había apremiado refiriéndose al paso del tiempo y le había descrito a los muertos descansando, blancos e inmóviles, bajo las lápidas, y cómo el bote se balanceó y sumergió más profundamente en el agua cuando las sombras embarcaron hacia la tierra sin pasiones. Antes de que nos demos cuenta, cantaba el poeta, ya no habrá más amor; sólo quedará sentarse y recordar los amores que podrían haber sido. Hay una cadencia en la tonada que permanece en la memoria y vuelve en lugares incongruentes, en el asiento de un cabriolé o en la confortable cama por la noche, con algo del perfume del bosque.
«Ya te puedes levantar», dice el pintor. «Estoy con el fondo».
Así que te levantas, te estiras y te diriges al bosque, y ves que la luz del día es más intensa y dorada, y que las sombras se extienden en el campo abierto. Por los caminos sopla una brisa fresca y las fragancias se despiertan. Los abetos exhalan su aire puro. De matorrales ignorados llega el suave aroma secreto de los bosques, no como un perfume de la dicha sin límite, sino más bien como si unas damas cortesanas que hubieran conocido estos caminos en edades pretéritas aún caminaran por ellos en las tardes de estío y sus brocados dejaran un soplo de almizcle o bergamota en el aire del bosque. Un lado de las largas avenidas aún está encendido por el sol, el otro se ha hundido en una sombra translúcida. Sobre los árboles, poniente empieza a arder como un horno; y los pintores recogen sus pertenencias y bajan, por la avenida o por el sendero, a la llanura.