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UANDO me morí, no lo entendí muy bien. Quiero decir que no supe cómo había sido. Ni siquiera sabía que estaba muerto, y cuando oí decirlo a los otros me dio rabia no haberme enterado de cómo me había muerto. Por eso empecé a pensar en lo ocurrido el día anterior, desde que me encontré con Seve.
Se veía que estaba de muy mal humor, porque fue todo el camino azotando con un palo los hierbajos. Seve siempre azota los hierbajos cuando está enfadado.
—Y ahora quiere que vuelva para estudiar y me ha buscado un profesor de sociales y francés. Estoy seguro de que será insoportable -dijo de repente.
—¿Quién?
—El profesor, ¿quién va a ser?
—Pues a mí me parece que el profesor no te puede obligar a volver a tu pueblo. Además, el colegio estará cerrado y no creo que lo vayan a abrir solo para ti.
—Dice que me dará las clases en el comedor de mi casa.
—Eso será si tu tía le deja. Tu tía tiene un genio horrible y no creo que quiera que un profesor entre en el comedor solamente porque a él se le pone en las narices.
—No lo entiendes. Al que se le ha puesto en las narices lo de estudiar en verano es a mi padre. Lo que yo digo..., ¿qué importancia tiene lo que hicieran los hombres de hace cientos y cientos de años?
Me pareció que tenía razón, así que se lo dije. Y de momento se puso muy contento, pero enseguida volvió a pensar en lo de los insuficientes y el profesor y se puso muy triste.
—No sé por qué tiene que pensar que mi actitud es negativa. Negativo es aprender las cosas que han pasado, porque ya no sirve de nada. Yo le dije que estudiaría muy a gusto las cosas que van a pasar... Tú figúrate, si en el libro pusiera que el dieciocho de agosto de dentro de cinco años invadirán España los rusos, nosotros podríamos ir ya preparando la contraofensiva y sorprenderlos en los puntos estratégicos.
—Estudiar así, sí tendría sentido. Sería útil.
—Pero ellos nunca escriben los libros antes de que pase la historia... Además, lo tomó a mal..., el profe, quiero decir. Le contó a mi padre que, además de decir tonterías, yo le estaba tomando el pelo por todo lo que puse en el examen de estudiar la historia antes de que pase, y ahora mi padre está enfadado conmigo.
—Sí. Los padres se ponen furiosos por cualquier cosa. ¿También has cateado el francés?
Seve suspiró fuerte.
—También. ¿Y has visto tú mayor tontería que aprender francés?
—Bueno..., sirve cuando vas a Francia. Un día fuimos nosotros con mi madre y, como sabe francés y quería comprarnos pantalones, se entendió con la de la tienda.
—¿Y por qué hay que ir a Francia a comprar pantalones? -gritó Seve-. Cualquiera diría que aquí no hay pantalones-Mira, mira a tu alrededor y los verá a miles... ¡Pantalones! ¡Pero si no se ve otra cosa!
Yo miré a mi alrededor y solo vi dos vacas y algunas ovejas y ninguna tenía pantalones; pero no se lo dije a Seve porque, como estaba tan triste, me daba pena.
—¿Tú no sabes lo que pasó en Babel hace cientos de años?
Yo tenía alguna idea; pero, como a mí tampoco me gusta estudiar la historia de las cosas que ya han pasado, se me olvida todo enseguida.
—¡Bah!, esa es otra clase de historia -me contestó cuando se lo dije-. Es de unos hombres muy orgullosos, que querían hacer una torre que llegara hasta el cielo para ser tan altos como Dios. Y entonces, Dios los castigó y les cambió las lenguas, y como unos hablaban en francés, otros en inglés, otros en catalán, otros en ruso y otros en sudamericano, no se entendían nada y se quedaron sin poder terminar la torre, porque a lo mejor iba el arquitecto y le pedía al aparejador los planos y el aparejador le daba un alicate, y el carpintero le pedía al albañil los clavos y el otro le pasaba el berbiquí.
—¡Ahí va! ¿Y eso qué es?
—¡Yo qué se! ¿Cómo quieres que lo sepa si me obligan a estudiar sociales y francés que no sirven para nada, cuando hay tantas cosas útiles que no me dejan ni mirar?
Y Seve empezó a lamentarse de que acabaría siendo un ignorante por obedecer a su padre, a quien los maestros engañaban con eso del francés. No le dejé continuar, porque me interesaba más saber cómo terminó lo de la torre, y hasta qué piso construyeron, pero no lo sabía.
—Y claro..., lo que yo le dije a la señorita: si lo de los diferentes idiomas es un castigo que Dios nos dio, ¿por qué los hombres seguimos tan orgullosos que todavía no nos hemos dado cuenta de que no debemos derrochar nuestras energías estudiando otras lenguas? ¿Por qué no nos decidimos a hablar todos en la misma?
Le miré con admiración. Jamás me había dado cuenta de lo listo que es.
—Oye, ¿y qué lengua podría ser?
Me miró, sorprendido de que yo fuera tan tonto.
—¿Cuál ha de ser? ¡El español!
—A mí me parece muy bien, pero me da miedo que a lo mejor los franceses prefieren que se hable en francés, y los italianos en italiano, y los ingleses en inglés y, como se pongan cabezones, a lo mejor no quieren colaborar.
—¿Cómo no van a querer? Todo el mundo sabe que el español es el idioma más fácil. Está claro, ¿no?
—No sé...
—¿Cómo que no sabes? El español se aprende sin estudiar, cosa que no ocurre con las otras lenguas. ¿Has estudiado alguna vez español?
—No.
—¿Sabes hablar español? —Sí.
—¿Has estudiado inglés? —No.
—¿Alemán? —Tampoco.
—Pero ¿sabes inglés o alemán? —No.
—Pues ahí lo tienes. Bien claro. Sabes español sin haberlo estudiado y no sabes otros idiomas porque no los has estudiado, porque son idiomas que si no los estudias no se aprenden, y mira el español... ¡Si hasta los niños más pequeños hablan español!
Empecé a pensar, una por una, en todas las personas del pueblo, y resulta que Seve tenía razón. Todos sabían español. Incluso el primo más pequeño de José Ignacio, que todavía duerme con el chupete puesto, y Macario el peluquero, que es tartamudo.
—Sería estupendo -le dije a mi amigo-. Imagínate, todo el mundo hablando español. Podríamos ir a cualquier país y entendernos los unos con los otros, y no tendríamos que estudiar otros idiomas... Porque, además, hay veces que no te entienden en Francia, porque mi madre aquel día también quería comprar unos guantes para regalarle a mi abuela, y eso sí que no lo entendían. Trató de hacerse entender con mímica, y le sacaron una crema para las manos. Y dijo algo así como «¡mitones!» y le enseñaron una caja de botones. Por fin, mi madre le dijo a mi padre: «¿Sabes tú cómo se dice guantes?». Y entonces fue cuando la señora de la tienda la entendió, porque resultaba que sabía español. Las dos se rieron mucho cuando lo averiguaron.
—¿Lo ves? La francesa sabía español, y seguro que no lo había estudiado. No hace falta estudiar español, porque es fácil. En cambio, tu madre no sabía decir guantes en francés, porque el francés es difícil. Pues fíjate, la señorita también se enfadó cuando se lo conté. Habló con mi padre y le dijo que yo, o era un mal educado o deficiente mental. Y mi padre está empeñado en que no soy deficiente mental y la ha tomado conmigo. Sin embargo, yo creo que debería estar contento por tener un hijo fuerte y robusto, y lo primero que se le ha ocurrido es buscar un profesor y decirme que vuelva a casa, cuando mejor lo estaba pasando.
También a mí me pareció una injusticia. Seve viene al pueblo todos los veranos, a casa de José Ignacio, porque son primos, y se pasa bien con él. Y ahora a causa del francés, que es un idioma innecesario, y de la historia, que tampoco sirve para mucho, va y se lo llevan.
—Así que he pensado escaparme -dijo Seve.
Me quedé con la boca abierta.
—¿Adonde piensas ir?
—Me da igual. Seguramente al monte, a vivir como uno que vi en una película, que se alimentaba de la caza y de frutos silvestres y de raíces y cosas así. Yo creo que lo pasaba muy bien. Lo único que necesito es una linterna y algunas herramientas para construir la cabaña, pero José Ignacio me las va a dejar.
Fuimos a casa de José Ignacio y lo encontramos de muy mal humor porque, cuando estaba preparando las herramientas, le pareció que el alicate estaba algo estropeado y, únicamente para ver si funcionaba bien, se había puesto a aflojar y apretar algunas cosas de la moto de su hermano. Estaba seguro de que al final había quedado todo bien ajustado; pero no se explicaba por qué, cuando su hermano iba montado en ella, se le había salido una rueda. Tampoco comprendía la bronca que le echó su padre si, después de todo, a Lorenzo no le había pasado nada. Ni tampoco, que su madre anduviera diciendo a todas las vecinas que se le había erizado el pelo cuando vio desde el balcón cómo la rueda se separaba del resto de la moto y rodaba dos metros por delante.
—Me van a quitar el dinero de la hucha para pagar el arreglo, y yo estaba ahorrando para comprarme una bici. Seve..., ¿sabes una cosa? ¡Que me escapo contigo!
Y los dos se pusieron muy contentos y empezaron a hacer planes olvidándose de mí. Yo me fui a buscar a Rodríguez para ver si quería hacer algo, pero aquel día nada me salía bien.
Rodríguez estaba castigado, y además castigado por una tontería que no lograba entender.
Le había dicho al boticario que su hermana Angelines tiene una foto suya en la mesilla. Me aseguró que era cierto; él la había visto y estaba seguro de que era él, porque un pelo como aquél no se puede confundir con otro. Pues bien, dijo que el boticario se había puesto coloradísimo, y que le dijo con voz entrecortada que no podía ser.
—A mí me ha parecido todo muy raro y, cuando estábamos comiendo, le digo a mi hermana: «Oye, ¿es o no es Víctor ese de la foto de tu cuarto? Porque se lo he dicho y no lo ha creído». Y también ella se ha puesto colorada, ha dicho: «¡Es horrible!», y se ha ido a su cuarto sin parar de llorar. Y mi madre, que va y dice: «¡Este niño es idiota!», y sube detrás de ella. Y todos los demás mirándome, como si hubiera dicho una monstruosidad. Ahora no me habla nadie, y Angelines dice que jamás se atreverá ya a salir de casa por mi culpa. ¿Tú lo entiendes?
Le dije que no. Además, Angelines es horriblemente tonta y muy presumida. A ninguno de nosotros nos gusta.
—He pensado en marcharme de casa, pero me da miedo aburrirme si voy solo. ¿Por qué no vienes conmigo?
—Porque yo no quiero irme. En casa todavía no me han hecho ninguna faena, pero Seve y José Ignacio se van a ir mañana. A lo mejor no les importa que te escapes con ellos.
Se notaba que Rodríguez estaba muy preocupado con todo aquel misterio de su hermana y de Víctor, el de la farmacio, porque no lo pensó más. Dijo que se iba inmediatamente a ver a Seve y José Ignacio para hacer planes, y me quedé solo otra vez.
Así que, como no tenía a nadie con quien estar, me fui a mi casa. Cada vez tenía peor humor, pensando que la culpa de que yo estuviera tan aburrido era de los mayores, que son tan raros y se enfadan por cosas tan tontas como las notas del colegio, las motos y las fotos. Si en vez de preocuparse por bobadas se dedicaran a pensar en que sería mil veces más práctico que todos los terrestres hablaran el español, la vida sería mucho más llevadera.
Y no es que a mí me disguste estudiar. Casi diría que me da igual. O por lo menos, cuando estaba vivo no me atrevía a dejar de estudiar, porque a lo mejor me reñían en casa. Prefería estudiar a que me castigaran; pero, si no me hubiera muerto, si llego a ser mayor y mando, me hubiera ocupado muy seriamente de eso del español, de que lo hablaran en todo el mundo, porque es el único idioma que no se estudia.
Cuando mi madre dio aquel grito, pensé que la estaban matando. Hasta la tijera se me cayó de la mano del susto que me dio.
Pues no, y aunque no me creyeran no lo hice a propósito. Si ni siquiera me daba cuenta de lo que estaba haciendo...
Estaba distraído. Yo no sabía que eran las mejores sábanas de la casa ni que eran bonitos bordados. Ni siquiera sabía lo que eran bordados. Yo creía que eran flores cuando las recorté. Cogí la sábana del cesto de la ropa, mientras mi madre planchaba, y empecé a recortar. He recortado mil veces cosas de las revistas y nunca se han puesto así: que si no pienso en nada, que si soy esto, que si soy lo otro...
Y decidí que yo también me escaparía de casa.