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OS encontramos junto al viejo lavadero cuando aún no había amanecido. Faltaba José Ignacio, que siempre llega tarde a todas partes.
Le esperamos mucho rato y, como no llegaba, empezamos a pensar que habría decidido no escaparse. Faltó poco para que nos fuéramos sin él. Pero de pronto apareció dejándonos con la boca abierta, porque venía montado en un carro, con su mula y todo.
—¡Venga ya, subid! -nos dijo.
Se le veía encantado de la cara de admiración que teníamos todos.
El carro ya lo conocíamos, porque lo tenían en un cobertizo de su casa y hemos jugado mil veces con él, pero la mula era un misterio.
—La mula es de Jacinto, el lechero, ya sabéis -nos explicó-. La he tomado prestada. Cuando nos hayamos alejado un poco del pueblo, la soltamos, le damos una palmada en el anca y vuelve sola a su casa porque conoce el camino. La he visto hacerlo mil veces. He pensado que así nos habremos alejado bastante cuando en casa se den cuenta de nuestra fuga, y les será imposible encontrarnos.
Da gusto José Ignacio. Piensa en todo.
Nos montamos todos en el carro, que él llama tartana, y era una gozada porque tenía capota y todo, y nos fuimos a la carretera.
La mula era buena, porque le decíamos «¡arre!» y empezaba a andar como si tal cosa, y cuando decíamos «¡sooo!» se paraba en seco. Rodríguez dijo que íbamos a volver loco al pobre animal con tanto arre y tanto so, y decidimos dejarlo en paz para que siguiera adelante.
A mí aquello me gustó. Ir al trote por la carretera en la tartana viendo cómo el pueblo se alejaba y cómo, poco a poco, se hacía de día.
Entonces empezaron a pasar coches y camiones que corrían mucho. Me alegré de que no nos viera mi madre, porque me haría bajar rápidamente de la tartana diciendo que era peligroso.
Cuando ya llevábamos mucho rato, decidimos meternos por un camino de monte, que es adonde queríamos ir. Además, Seve tenía miedo de que salieran a buscarnos y estaba seguro de que en la carretera general nos encontrarían enseguida. No estaba dispuesto a volver a su pueblo con el profesor de sociales y de francés.
—Lo único que siento es que voy a quedarme sin saber si mi tía obligaría al profesor a entrar en la sala arrastrando las bayetas con los pies. Lo tendría merecido por querer fastidiar a los demás con sus clases.
Y como ninguno entendimos lo de las bayetas, nos explicó que su tía los obligaba a entrar en la sala sobre unos trapos, como si fueran patines, para no manchar el suelo.
—Es una manía que tiene. No piensa más que en el suelo y lo limpia dándole cera. Tiene las maderas tan brillantes que, si te miras, te ves como en un espejo. Y se pone furiosa si se lo manchan.
—A mí no me importaría entrar en nuestro salón patinando en las bayetas. Debe de ser una gozada -dije.
—Pues mi padre se enfada. Teníais que oír las cosas que dice. Se pone de un genio... Y sé que el profesor también se enfadará, pero mi tía no le dejará entrar sin las bayetas. Y eso es lo único que siento, que no voy a poder ver quién gana, si el profe o ella.
—Ganará tu tía. Mi madre dice que tu tía es una Urrundi, y lo dice porque los que se apellidan Urrundi son cabezones -dijo José Ignacio.
—Pues yo no me creo una palabra de eso, porque también yo me apellido Urrundi y no me parezco nada a mi tía.
—Mi madre dice que te pareces a tu madre; pero como tu madre se murió hace muchos años, no podremos saber nunca si mi madre tiene o no razón.
—Ya.
Seguimos hablando de cosas así y, como íbamos distraídos comentando si los que se apellidan Urrundi son o no cabezones porque Rodríguez decía que su hermana es cabezona como ella sola, no pudimos ver bien lo que nos pasó.
Rodríguez dijo que fue porque un burro venía de frente, y quizá nuestra mula estaba en celo y se quería ir con él. Pero José Ignacio decía que las muías no tienen celos, que ocurrió porque había un pedrusco muy gordo en medio del camino y la tartana tropezó con él.
De todas formas, seguro, seguro no era nada, porque Seve y yo no vimos ni el burro ni la piedra, así que vete a saber si no fueron imaginaciones de los otros.
Lo único que sentí es que la tartana daba vueltas y más vueltas, y que el fondo del barranco iba subiendo, subiendo, hasta que, ¡zas!, chocó contra mi cara. Me parece que oí gritar, y a lo mejor eran mis amigos, que también se habían caído del carro, pero tampoco estoy seguro.
Al fin quedé tumbado en el suelo, y el cielo empezó a alejarse, y yo me dormí tan a gusto.
Después de mucho rato, sentí que alguien me movía; pero, como creía que estaba soñando, no hice caso. Después me colocaron una mano en el lado derecho del pecho, y oí la voz de Rodríguez que gritaba:
—¡Está muerto!
Su voz sonaba diferente a la de todos los días, como si estuviera muy asustado.
—No puede estar muerto. Este barranco no tiene mucha profundidad, al menos no tanta como para matarse..., a nosotros no nos ha pasado nada.
—No le late el corazón. Y cuando el corazón deja de latir, uno se muere.
Me encantó sentir que incluso Seve parecía asustado. Además, me emocioné al ver lo preocupados que estaban con mi muerte.
Era estupendo notar que me querían, como también yo los quería, aunque jamás me había dado cuenta de ello hasta ese momento. Levanté una mano para quitarles la preocupación, porque me daba pena verlos sufrir.
Pues bien, ellos, en lugar de agradecérmelo, dieron un paso atrás y se pusieron a gritar como conejos.
—¡Se ha movido!
—¡Se ha movido!
—¡Se ha movido!
Entonces, para que volvieran a quererme otra vez, volví a quedarme quieto y con los ojos cerrados. Hasta que oí cómo se acercaban de nuevo, primero Seve, luego Rodríguez, y al final José Ignacio.
Me dieron ganas de asustarlos otra vez; pero, como estaban tan callados, empecé a preocuparme, así que decidí dar un golpe de efecto. Me puse de pie de un salto, y grité:
—¡Estoy vivo!
Pero no se lo creyeron. Dijeron que mi corazón no latía y que, cuando el corazón deja de latir, es que uno está muerto. Entonces yo mismo me puse la mano en el pecho y me convencí de que sí, de que estaba muerto, porque si llego a estar vivo me hubiera muerto del susto. Era verdad. Mi corazón no latía.
—Pero no puede ser... -dije.
Y quise ser valiente, no asustarme demasiado, aunque tenía muchas ganas de llorar, porque de repente recordé que faltaban pocos días para mi cumpleaños. Y mi abuelo había dicho que a lo mejor, si me portaba bien, me regalaban una bicicleta de carreras, y es una faena morirse precisamente cuando hay posibilidades de tener una bicicleta, porque yo creo que me estaba portando bien.
—No puede ser -repetí, porque quería convencerme a mí mismo de que morirse no es tan fácil-. Si estuviera muerto de verdad, no podría hablar ni andar, y además os veo.
—Eso no importa. A lo mejor los muertos ven a los otros.
Empecé a sentir mucho miedo, porque ellos me miraban asustados, sin decir nada. Al fin, Seve se llevó la mano al pecho, se puso pálido, y empezó a tartamudear:
—A mí... tamp... tamp... taaampoco me... me... la... la... laaate... -gritó.
Rodríguez y José Ignacio también se palparon el pecho, cada uno el suyo, y los dos se pusieron pálidos. Pero ellos no podían hablar, ni siquiera tartamudeando, como Seve.
—¿Qué? ¿A vosotros tampoco? -pregunté. Y sentí un poco así como de remordimiento, porque me alegraba. En el fondo lo deseaba, porque más vale ser cuatro muertos que uno solo. Si ya es aburrido estar solo cuando se está vivo, cómo será ser un muerto solitario.
Los tres asintieron con la cabeza. Tenían un miedo... Como yo era el muerto más veterano, decidí que tenía que animarlos un poco, por eso, por lo de la experiencia.
—No es tan malo -les dije-. Uno no nota nada, no duele..., yo me siento igual que antes.
Seve se iba animando, porque ya no estaba blanco.
—Entonces... ¿es que nos hemos muerto todos? ¿Los cuatro? -preguntó.
—Seguro.
Pero me fijé que José Ignacio, que siempre piensa en todo, se pellizcaba en una mano, que es lo que suele hacerse para saber si se está dormido o despierto. Pero le dije que la muerte no es lo mismo, que se fijara bien y se convenciera de una vez que, si yo estaba muerto y podía hablar con ellos, era porque también ellos se habían muerto. Pero el muy tonto se resistía, no quería morirse por nada.
—Yo no me imaginaba que se pudieran ver unos a otros.
—Ni yo, pero ya ves que sí. ¿Tú me ves a mí?
—Con toda claridad.
—¿Entonces qué?
José Ignacio es así. Parecía que le había sentado mal eso de morirse. Para disimular, dijo que a ver ahora quién pegaría a la mula en el anca para que volviera con el lechero, que al fin y al cabo era una buena persona y por nosotros iba a quedarse sin mula.
Y nos miró con cara de mucho rencor, como si nosotros, y no él, hubiéramos tomado prestada la mula de Jacinto.
—Yo lo que me pregunto es dónde están los otros -dijo de pronto Rodríguez.
—¿Qué otros?
—Los otros muertos.
Tenía razón. Tenía que haber muertos. Muchos más muertos. Sabíamos de mucha gente que se había muerto antes que nosotros, y en algún sitio tenían que estar, pero por allí no se veía ninguno. El se había empeñado en que le gustaría encontrar a su tío Valentín, porque su padre decía que tuvo que dejar una fortuna escondida en casa, pero no la habían podido encontrar por más que miraron por todas partes.
—Quiero preguntarle dónde la guardó. Mi padre decía que no quería saber nada de guardar su dinero en los bancos y todo lo tenía en casa. Pero solo encontraron ciento setenta pesetas en el bolsillo de sus pantalones.
—No te va a servir de nada -le dijo José Ignacio-. Aunque te lo diga, que no creo que quiera, el dinero ya no te sirve para nada.
—No importa. De todas formas quiero hablar un rato con él. Me gustaría decirle quién soy y preguntarle qué tengo que hacer ahora. Mi madre dice que a cualquier sitio que se vaya viene bien tener conocidos.
—Es verdad -dije-. Creo que alguien debería decirnos qué tenemos que hacer ahora. Supongo que tendríamos que ir al cielo, pero yo no sé por dónde se sube.
Como los otros tampoco tenían ni idea, nos quedamos en silencio, a la espera de no se qué, que no llegaba. Yo imaginé que de un momento a otro aparecería alguna especie de nave y nos llevaría con el resto de la gente. Me preguntaba también si tendríamos que coger pases o entradas para pasar al cielo, o si tal vez darían un carné con foto y todo y así poder entrar y salir cuando nos pareciera.
Pero pasaba el tiempo y nadie venía en nuestra busca. Empezamos a mirarnos unos a otros.
—Yo me aburro -dijo José Ignacio.
—Yo también.
—Oye, ¿y si jugáramos a tres navíos en la mar o al pote-pote, mientras tanto? -preguntó Rodríguez.
Pero Seve les hizo una seña para que se callaran. Se notaba que estaba pensando sin parar. Siempre que piensa arruga el entrecejo, porque pensar le da mucho trabajo. Su tía, la de aquí, que es madre de José Ignacio, dice que como no piensa nunca, cuando lo hace tiene agujetas por la falta de costumbre. Es como cuando uno anda mucho sin haber entrenado, que luego le duele todo; pero bueno, yo creo que lo dirá en broma.
—Podríamos mirar si hay moras o pacharanes por aquí -les dije-. Yo empiezo a tener hambre.
A Rodríguez y a José Ignacio les pareció bien, porque se pusieron enseguida de pie. Seve nos miró con severidad y con extrañeza, y dijo:
—Los muertos no comen.
Yo me encaré con él, porque me dio rabia que me diera lecciones. Al fin y al cabo yo era el muerto más antiguo, o al menos el primero en descubrir que estaba muerto, y venía él a decirme lo que tenía o no tenía que hacer.
—Pues bien -le dije-, yo tengo hambre, esté o no esté muerto, y ahora mismo voy a comer algo.
—No creo que puedas ni masticar siquiera. ¿Dónde has visto tú un cadáver masticando?
Yo no siquiera había visto un cadáver y estoy seguro de que él tampoco. Solo por fastidiarle, empecé a buscar hasta que encontré unas manzanitas de pastor y me puse a comer. Comía bien, tan normal, igual que cuando estaba vivo. Masticaba y tragaba, masticaba y tragaba. Hasta notaba el buen sabor. Para que luego me vinieran a mí diciendo que los muertos no comen...
En cuanto ellos vieron que no me pasaba nada, empezaron a comer manzanitas. Y después comimos moras y avellanas. Aunque las avellanas no sabían a nada, pero no porque no pudiéramos comerlas, sino porque todavía era demasiado pronto y no habían madurado. Algunas sólo tenían una especie de pelusilla blanca dentro.
También encontramos un nogal. Lo pasamos bien cogiendo las nueces y quitándoles la corteza verde para comer el fruto tierno, que es cuando más rico sabe.
—Mirad. Cuando pelamos las nueces se nos ponen los dedos amarillos como a los vivos -les dije.
Y todos se echaron a reír, porque tenía gracia que también los muertos se manchen. Rodríguez dijo entonces que la única diferencia era que los vivos a su comida la llaman “víveres”, y que nosotros tendríamos que llamarla “mórteres”, y que lo que podíamos hacer era coger algunos mórteres para tener en reserva por si tardaban en venir los del cielo a buscarnos.
Pero José Ignacio, que siempre piensa en todo, nos hizo callar, porque había tenido una idea.
—¡Ya lo sé! -gritó-. Sé lo que nos ha pasado. No estamos muertos del todo. Somos espectros.
—¿Qué son espectros?
—Fantasmas.
Nos miramos y nos echamos a reír, porque no teníamos aspecto de fantasmas. No nos habían crecido sábanas por encima, ni arrastrábamos cadenas, ni nada. Pero José Ignacio nos dijo que una vez vio una película de fantasmas, y eran como personas normales y corrientes, no con sábanas.
—Lo que pasa es que no habían sido del todo buenos y tenían que vivir algún tiempo en el mundo, encerrada su alma en el cuerpo hasta reparar sus culpas. Y cuando hicieran muchas cosas buenas, se liberaría su alma, el cuerpo se moriría del todo, lo enterrarían, y en paz. Me parece que ese es nuestro caso.
Rodríguez dijo que él nunca había matado a nadie, ni nada así. Y no estaba seguro de que el disgusto de su hermana Angelines por lo de la foto de Víctor, el boticario, fuera un pecado que tenía que purga, porque su hermana es imbécil y cualquier cosa que él hiciera la molestaba.
También Seve y yo creíamos que nos estábamos portando bastante bien. Aparte de lo de las notas y las flores de las sábanas de mi madre, nadie se quejaba últimamente de nosotros.
Pero José Ignacio nos miró con cara de asombro.
—¿Así que todos os creéis tan buenecitos, eh? -dijo-. Ninguno cree que puede tener algo sobre su conciencia, ¿verdad?
Y los tres dijimos que no.
—Y la mula de Jacinto, ¿qué?
Era verdad.
—Tenemos que buscar la mula. La hemos cogido sin su permiso, le hemos quitado la mula, la hemos robado, y esto pesará sobre nuestras conciencias por toda la eternidad. Y seguro que, cuando hayamos reparado el daño, dejaremos de vagar como fantasmas y alcanzaremos la paz.
Tenía razón. Y es que con José Ignacio da gusto. Piensa en todo.
Nosotros asentimos y comenzamos inmediatamente a buscar la mula. Si ésta era la misión que se nos había encomendado, estábamos dispuestos a cumplirla.