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UNQUE Rodríguez pesaba lo suyo, yo la estaba gozando pensando en lo bien que lo íbamos a pasar llenando de misteriosas y terroríficas huellas el pueblo entero. Pondríamos manos en todas las casas donde no nos quieren y se portan mal con nosotros. José Ignacio sólo hablaba de Aniceto y de las nueces de su padre; sin embargo, yo iba más lejos. Cuantas más huellas pusiéramos, más divertido sería.
—¿Subes ya? -pregunté impaciente.
—Sí, sí. Cojo un poco de impulso, y en-seg...
Sólo dijo enseg... nada más. Después chilló como una corneja, porque justo en el momento que terminaba de afianzar las manos en la ventana, alguien desde el interior cerró de golpe la persiana, dejándole atrapado.
—Vamos, pensad algo y rápido..., tengo que salir de aquí -dijo Rodríguez. Y aunque hablaba bajo tenía voz de dolerle muchísimo.
A José Ignacio y Seve les había dado por reír, que algunas veces parecen tontos, y yo ya no podía más de tanto tener encima el peso de Rodríguez. Al fin decidieron que podían subirse ellos, uno encima del otro, y hacer palanca con alguna cosa para levantar un poco la persiana y que Rodríguez sacara las manos. Se fueron a buscar alguna herramienta o un palo resistente mientras nosotros, que ya no podíamos más, nos quedábamos esperando bajo la ventana.
Y de pronto, cuando ya iban a trepar uno sobre el otro, se oyeron dentro de la casa los gritos de Angelines, la hermana de Rodríguez, que cada día es más tonta. Decía que en la repisa de la ventana había unas manos humanas, pero unas manos sueltas, sin brazos ni cuerpo.
Su madre también gritó, pero decía que aquello era imposible. Aunque, por si acaso, subió. La madre de Rodríguez siempre acaba haciendo lo que quiere Angelines. Cuando ya se oían sus pasos por la escalera, a Rodríguez le entró tal miedo a que lo encontraran allí con las manos apareciendo bajo la persiana, que dio un tirón fuerte, las sacó, y los dos nos caímos al suelo rodando. Nos levantamos y nos escapamos a todo correr, porque todavía se oían los gritos de Angelines explicando a su madre que eran unas manos vivas, porque había visto cómo movían los dedos, unos dedos con las uñas sucísimas.
Como pensamos que todavía estarían un rato en la habitación buscando las dichosas manos, dimos la vuelta y entramos por la puerta de la cocina para coger la caja de las acuarelas, que era estupenda, de treinta y seis colores. Se ponía un poco de agua en un platillo para mojar el pincel, después se untaba en una especie de pastillita y salía una sangre fenomenal. Además, tres tonos diferentes de rojo.
Disfrutamos muchísimo. Pusimos manos en la puerta de Salomé, que protesta por todo. En la propia casa de Rodríguez, para que se fastidiara su hermana. En la de Vicenta, porque nos tiene tanta manía. En la de Aniceto, por robar las nueces del padre de José Ignacio. Y en la de José Martín, el practicante, porque goza cuando nos tiene que poner inyecciones.
Íbamos a poner otra en casa de doña Manuela, más que nada por terminar la pintura, cuando se abrió la ventana y apareció la cara de Merceditas, su hija. Empezó a alborotar, gritando «¡socorro!, ¡socorro!» como una loca, porque Merceditas siempre ha sido una exagerada. A mí no me parece tan grave que se le grabara la mano roja en la cara. La culpa fue solo suya por asomarse a la ventana justo cuando Seve iba a poner la mano en el cristal, porque nosotros no teníamos intención de asustarla precisamente a ella. Por eso no veo la razón de que empezara a lanzarme platos, vasos y tazas. Menos mal que no podía vernos y no nos dio ni una vez, pero tuvimos que correr y meternos por una ventana de casa de Salomé, que siempre protesta por todo y no nos puede ni ver.
Allí nos ocurrió algo estupendo. Trepamos por la parra y pasamos por la ventana a un dormitorio. Allí nos encontramos con que en la cama estaba Micaela, que nos miró como si nos viera mientras entrábamos a su cuarto, sin causarle asombro que se abriera la ventana. Simplemente nos miró como si fuéramos la cosa más natural del mundo. Nosotros nos quedamos sin saber qué hacer. Además, a los cuatro nos gusta Micaela porque es ideal, no como las demás, y siempre habíamos tenido el deseo de gustarle también a ella. Por eso no queríamos asustarla, sino más bien tranquilizarla. Como no sabíamos de qué forma, permanecimos muy nerviosos alrededor de la cama, sin saber cómo hablarle. Todavía no nos habíamos enterado del lenguaje que emplean los fantasmas cuando se aparecen a la gente, y a nosotros nos gusta hacer las cosas bien.
Cuando me di cuenta de que me miraba a mí, decidí hablarle con la «ti», que es un modo de hablar que tenemos los chicos cuando no queremos que los demás se enteren de lo que decimos.
—Tibuetinas titartides -le dije.
Y los demás me miraron con cara de rabia porque les sentó mal que yo llamara la atención de Micaela. Creo que tenían envidia.
—Tino tite tipretioticutipes, tisotimos tiatimitigos, ¿tisatibes?
—Tisí -contesto Micaela.
Me quedé de una pieza. Yo no esperaba que ella supiera hablar con la «ti», pero resulta que sabía. Micaela es estupenda.
Y los otros, al ver lo fácilmente que podía comunicarme con ella desde ultratumba, pusieron aún más cara de rabia.
—¿Tipuetides tivertinos?
—Tisí -respondió.
Entonces José Ignacio se echó a llorar, porque dijo que si podía vernos, eso quería decir que también ella estaba muerta. Y como también a él le gusta Micaela, no quería que se muriese.
Hasta Seve se sentía preocupado diciendo que a ver cómo le explicábamos ahora que se había muerto. Quería avisar a Salomé para que lo hiciera ella, porque su tía, la que les obliga a entrar con bayetas en el comedor, dice que esas cosas son propias de la familia. Pero ninguno nos atrevíamos a enfrentarnos con Salomé, porque tiene tan mal genio que seguramente nos echaría la culpa a nosotros de que Micaela se hubiera muerto.
Así que decidimos decírselo con suavidad, para que no le impresionara mucho, porque a todos nos gusta Micaela y lo último que quisiéramos es hacerle una faena.
—Te has muerto -le dijo Seve-. Ahora eres un fantasma como nosotros.
No le sorprendió nada. Yo creo que hasta se puso contenta. Se sentó en la cama, nos miró y nos preguntó si el Señor nos enviaba a buscarla.
Como no sabíamos qué contestar, nos encogimos de hombros. Pero no le importó que estuviéramos tan poco enterados de su futuro, porque empezó a preocuparse por las cosas de su funeral. Quería saber si Salomé elegiría el cordero mejor cebado para el banquete y si se acordaría de avisar de su muerte a todos los parientes, porque Salomé era muy descuidada para algunas cosas.
Le dijimos que sí a todo, porque es tan estupenda que no queda más remedio que darle gusto.
Cuando decidimos irnos, quiso salir con nosotros, pero después no se atrevió a bajar por la ventana. Volvió a tumbarse en su cama y nos dijo que de allí no se movería. Que el Señor ya encontraría otro medio para llevársela. No le parecía serio que una mujer de noventa años abandonara el mundo deslizándose por la parra que trepaba hasta su ventana, como si fuera un chiquillo.
Nos dijo adiós con la mano y después cruzó las dos sobre el pecho. Cerró los ojos y dijo que así la encontraría el Señor y que esperaba volver a vernos en el cielo.
Nos fuimos encantados porque, ya que nos habíamos muerto, era genial pensar que estaríamos con Micaela, que es tan estupenda, y que además tiene tantísimos años que hasta ha perdido la cabeza y es una gloria estar con ella.
Nos extrañó oír cantar a Salomé cuando llegamos abajo, porque parece que lo único que sabe es protestar por todo. Pero también sabe cantar, y lo hacía mientras pasaba la fregona por el suelo de la cocina. Decía no sé qué de una chica que se quería meter monja cuando llegara el alba, pero que su padre no la dejaba y a ella no le importaba. Era una suerte, porque en la vida real sí que importa si el padre te deja o no te deja ir a algún sitio, por lo menos el mío, y no digamos el de Seve, que encima quiere que estudie durante el verano.
Estuvimos un buen rato asomando la cabeza por la puerta, porque eso de que Salomé cantara no era cosa de perdérselo. Pero Rodríguez no tiene remedio. Otra vez soltó una carcajada, y ella gritó asustada, y dejó de cantar y miró hacia el lugar de donde procedía la risa, pero ya nos habíamos ido.
Como ya no nos quedaba pintura roja y José Ignacio se había aficionado y además estaba muy impresionado con la canción de Salomé, untó el pincel en el platillo del color azul, y escribió en una pared:
ANGELINES SE QUIERE METER MONJA
A mí al principio me pareció una tontería desperdiciar así la pintura. Pero fue tan emocionante la cara que puso Víctor, el de la farmacia, que estaba enfrente cuando vio aparecer aquellas letras como por arte de magia en la pared, que ya no me pareció ninguna idiotez.
Empecé a sentir envidia de todos los vivos del pueblo que tenían ocasión de ver cosas tan estupendas. Tiene que ser maravilloso ver aparecer letras en una pared sin haber nadie escribiendo. Porque claro, como éramos fantasmas, no podían vernos.
Víctor estaba asombrado, de eso no había duda. Se quedó mirando con una cara de tonto como si se fuera a desmayar. Todavía seguía allí plantado mirando el letrero cuando volvimos la cabeza por la otra esquina.
Cuando vimos el efecto, pensamos que podíamos poner algunos mensajes más. Yo decidí ir a mi casa para escribir en la pared del comedor:
CÓMPRALE A TU HIJO UNA BICICLETA
para ver si mi madre hacía caso. Pero recordé que estaba muerto y que ya nunca montaría en bici.
Estábamos pensando el mensaje que pondríamos en cada casa del pueblo cuando, de repente, José Ignacio gritó:
—¡Mirad!
—¿Qué? -dijimos todos.
—Allí, allí..., en el camino de la fuente. Y cuando la vimos, nos quedamos con la boca abierta.
—Nuestra liberación se acerca -susurró Rodríguez, emocionado.
Y era verdad. Por el camino, y a trote-cilio lento, se acercaba la mula de Jacinto.