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A mula de Jacinto no tenía celos, pero era terca. Nada más empezar nosotros a llamarla:
—¡«Josefina»! ¡«Josefinaaaa»! -porque se llama Josefina, apretó a correr alejándose de nosotros. Fuimos tras ella cruzando entre las lechugas de Constancio y los gladiolos de Ramonita. Gracias que no nos podían ver, aunque los dos estaban en la puerta, porque se enfadan si pisamos sus cosas. Y no es que nosotros quisiéramos pisarlas, es que no nos quedaba más remedio, a ver qué hubieran hecho ellos en nuestro caso. No creo que les gustara quedarse de fantasmas para toda la eternidad. Y con la mula de Jacinto se liberaban nuestras almas. José Ignacio, que estaba en todo, decía que la cosa era muy seria y que no era cosa de andar pensando en lechugas y gladiolos.
Más de una hora estuvimos corriendo. Parecía mentira con lo dócil que estaba por la mañana, que le decías «arre» y andaba, y le decías «so» y paraba.
Tenía que ser ya muy tarde, porque la campana de la iglesia empezó a tocar para que la gente fuera a rezar el rosario. Nosotros todavía andábamos entre los «bojes» del monte, porque la mula se escondía nada más vernos.
Me parece que nos había cogido manía. Aunque no me sorprende, porque si yo tenía todo el cuerpo lleno de chichones por la caída, tampoco ella debía de estar muy sana. Al fin y al cabo ella tiraba de la tartana y llevaba el peso de todos. Creo que tampoco era para tomarlo así, que lo único que queríamos ahora era llevarla a su casa. Pero «Josefina» demostraba ser muy desagradecida.
Nos alejamos del pueblo. Llegamos hasta una casa vieja, que dicen que era de brujas. José Ignacio propuso que nos quedáramos a pasar la noche allí. Ya estaba anocheciendo y habíamos perdido de vista la mula. No podíamos pensar en alcanzarla hasta la mañana siguiente.
A mí me daba mucho miedo entrar en la casa. Mi abuelo dice que era de una prima de Mari-Zozaya, que debía de ser la bruja más mala de todas. Y era tan amiga de su prima, que solía ir a vivir con ella cuando había fiestas en el pueblo. Pero Rodríguez dijo que no había nada que temer, porque las brujas nada pueden contra los espíritus fantasmales, así que entramos. Olía mal, y yo no hacía más que mirar a los lados, porque todo estaba en sombras y no me sentía muy seguro.
En la cocina no encontramos nada para comer. Nos quedamos sin cenar y nos tumbamos en el suelo a dormir, aunque ninguno teníamos sueño.
Para no aburrirnos, empezamos a contar historias de ladrones y de aparecidos y de si las brujas serían brujas de verdad, o si la gente lo decía para dar miedo.
Cuando ya no sabíamos qué más contar, nos quedamos callados. Me fijé en que ya se había hecho de noche, porque no entraba luz por la ventana y apenas se notaba el contorno de mis amigos.
Cerré los ojos muy fuerte con ganas de dormirme. Después de oír tantas cosas de fantasmas y brujas tenía mucho miedo. Hubiera dado cualquier cosa, hasta la bicicleta que a lo mejor me iba a regalar el abuelo, por estar vivo otra vez y volver a casa con mi madre. Seguro que ya me había perdonado el haber recortado las flores bordadas de las sábanas, porque mi madre es muy buena.
Empecé a pensar en ella y en lo triste que estaría porque me había muerto y ya tenía un hijo menos. Al fin y al cabo yo era uno de sus únicos cuatro hijos...
Y vi mi casa y a mamá rodeada de las vecinas que habían ido a consolarla. Cuando vi también a mi padre paseando muy serio por la entrada, porque también estaría muy apenado, se me puso un nudo muy duro en la garganta.
Oí sollozos y pensé que era yo quien lloraba, que a lo mejor al ser espíritu lloraba sin sentirlo. Pero lo último que hubiera pensado es que fuera Seve, que todos lo respetamos tanto, porque es fuerte como un toro y se atreve a todo.
—¡Quiero irme a casa! -gritó angustiado-. ¡Me da miedo dormir rodeado de muertos!
José Ignacio también se echó a llorar. Dijo que la mula podía irse al cuerno, que estaba harto de ella y que no dormiría en aquella casa aunque le dieran una bici de carreras con cambio de marchas.
Rodríguez todavía no lloraba, pero temblaba tanto que se oía cómo le castañeteaban los dientes. Como resultó que todos estábamos muertos de miedo, sin decir palabra y sin ponernos siquiera de acuerdo, echamos a correr hacia la puerta. Nos empujamos unos a otros para escapar de allí lo antes posible.
Pero estaba demasiado oscuro, tan oscuro que nos perdimos dentro de la casa. Además nos parecía que estaba llena de ruidos y crujidos espeluznantes. Las maderas del suelo se movían al andar. Cuando ya creíamos haber llegado a la puerta de salida y la abrimos, Rodríguez, que era el que menos miedo tenía, lanzó un chillido aterrador. Dijo que allí estaban Mari-Zozaya y las otras brujas, seguramente celebrando un aquelarre. Todos echamos a correr hacia atrás, dándonos contra las paredes, porque aquella casa tenía paredes por todas partes.
Tuvimos que quedarnos acurrucados en el suelo, y bien callados, que casi ni nos atrevíamos a respirar. Había que ver al pobre Seve, llorando sin parar, y sin poder sorberse las narices, por si salían las brujas con el ruido que habíamos organizado.
Yo me había tapado la cara con las manos, pero las retiré cuando vi la luz.
Era la luna que había salido y alumbraba por la ventana.
Poco a poco me fui acostumbrando y empecé a ver. Miré hacia aquel cuarto que tanto había asustado a Rodríguez y vi que Mari-Zozaya no era Mari-Zozaya, sino una estatua de la Virgen. Lo sé porque tenía una coronita de estrellas en la cabeza y el niño sentado sobre sus rodillas. Y aunque la cara no la tenía muy bonita, miraba con una sonrisa que daba confianza. Lo mismo el Niño, aunque su cara pareciera un poco vieja para ser un niño.
También había otra gente, pero tampoco eran brujas. Aunque no los conocía, parecían más bien santos, porque estaban subidos en pedazos de altares.
Cuando me aseguré de lo que veía, se lo dije a los otros para que respiraran tranquilos. Después nos fuimos al pueblo.
Nos costó llegar, porque la luna alumbra poco y casi no veíamos el camino. Menos mal que las luces de las casas nos guiaban, que si no, nos perdemos otra vez.
Cuando llegamos a la carretera no podíamos más de cansancio, y eso que José Ignacio decía que nuestros cuerpos no pesaban. Pero yo le contesté que precisamente un cuerpo muerto pesa más. El decía que no, y yo que sí. Y como estábamos agotados, no teníamos ganas ni de pegarnos.
Además no hubiéramos podido hacerlo porque, cuando estábamos discutiendo sobre el peso de los cuerpos muertos, Rodríguez levantó la mano y señaló el puente.
Allí estaban su padre, el de José Ignacio, el de Seve y el mío con mucha gente a la que no distinguíamos bien. Hablaban fuerte y miraban por todas partes.
—Nos están buscando -dijo Seve.
—¿No habrán encontrado nuestros cadáveres todavía? -se preguntó José Ignacio muy extrañado.
—¿Cómo van a encontrarlos si los llevamos con nosotros? ¿No decías que no nos íbamos a liberar de nuestros cuerpos hasta haber purgado nuestros delitos? Y mira que no ha sido por falta de interés, pero la mula no quería saber nada con nosotros... -dijo Rodríguez.
Yo me asusté. Nuestros padres no tenían cara de estar preocupados, sino más bien enfadados, que por lo menos yo al mío lo conozco muy bien, y no me equivocaba. Cuando estuvimos cerca y pudimos oír lo que decían, me alegré de estar muerto y de que no pudieran vernos.
Lo que más rabia nos dio fue lo de Jacinto, que es un hombre al que todos apreciamos porque parecía una buena persona. Pero por lo visto de buena persona nada, porque era el que más gritaba. Todo el rato hablando de su mula, y de que a él quién se la devolvía ahora. Que se la habían quitado el chico del veterinario y otros tres más. Y que más de cuatro nos habían visto con ella por la mañana, tirando de la tartana.
Como el chico del veterinario soy yo y los otros tres Seve, José Ignacio y Rodríguez, nos echamos a temblar. Parecía que nuestros padres no pensaban en defendernos como tienen que hacer siempre los padres, sino que le daban la razón al lechero. Le decían que tuviera paciencia, que esperara a encontrarnos, porque en cuanto nos vieran se sabría el paradero de «Josefina».
La madre de José Ignacio estaba muy triste. Parecía que se iba a poner a llorar, hablando con Jesusa, que es la madre de los de casa de don Domingo. Decían que no podían explicarse nuestra conducta porque, aunque siempre hemos sido chicos traviesos, nunca mal educados. Jesusa insistía en que tampoco ella lo habría creído si no lo hubiera visto porque eso de que entráramos por la puerta y saliéramos por la ventana sin saludar siquiera, después de coger con los dedos lechuga del plato de su marido...
—Créeme, Ana Mari, que nos hemos quedado sin habla.
Otras mujeres empezaron a rodearlas y a acusarnos. Salomé la primera, claro. Contó a todo el mundo que, además de meter el dedo en su mermelada, nos habíamos reído de ella en su propia cara. María Luisa, la mujer de Bernabé, que tiene mejor carácter, se moría de risa contando el efecto que había causado en su casa, paseando alrededor de la mesa, en silencio, con escobas y layas. Pero que creía que estaríamos jugando a las prendas. Por el contrario, Vicenta no se cansaba de decir lo mal que nos habían educado nuestros padres y el susto tan aterrador que le habíamos dado.
También estaba don Genaro, que fue el único que nos defendió. Dijo que eran cosas de niños y que como tal debían tomarse. Bromas de chicos, insistía, aunque sabemos que la sopa de su plato estaba muy caliente y se había quemado un poco cuando le salpicó la manzana. Pero don Genaro es otra cosa, no hace montañas de cosas pequeñas, como lo estaba haciendo Jacinto, que no paraba de suspirar:
—¿Y mi mula? ¿Qué hago yo sin la mula?
Y mi padre volvía a decirle que no se preocupara, que su mula aparecería, que lo único que quería era coger a su hijo por su cuenta.
Y como su hijo era yo, empecé a ponerme nervioso. Mi padre se enfada pocas veces, pero cuando se enfada no lo hace en broma. También estaba allí Ramonita hablando de sus gladiolos con Victorina. Todavía no se había recuperado de la impresión de ver a José Ignacio tapando con el dedo gordo el pitorro del porrón, justo cuando su padre bebía vino. El pobre se había llevado tal sorpresa, que se había atragantado con lo que ya tenía en la boca y casi se ahoga.
—Cosas de chicos, cosas de chicos... -seguía diciendo don Genaro, pero nadie le hacía caso. ¿Cómo iban a hacerle caso si estaban todos mirando a Angelines, la hermana de Rodríguez, que cada día es más tonta?
Estaba chillando como una loca. No me extraña que Rodríguez diga que no hay quien la aguante y que es imposible vivir con ella.
Señalaba la pared de la farmacia. Se puso otra vez a llorar, diciendo que a ver quién decía que ella quería meterse monja. Que era una calumnia, que todos la hacen sufrir, que nadie la quiere y que se quería morir.
En la puerta de la farmacia estaba Víctor, el boticario, y no me extraña nada que se pusiera a reír, porque Angelines no decía más que tonterías. Pero ella, al ver que se reía, aunque lo hacía con discreción, se fue hacia él y le dijo en voz baja que si se quería meter monja era por él, y eso que era un completo imbécil.
Me extrañó que Víctor no se pegara con ella. Ni siquiera se enfadó. Puso cara de tonto y le dijo que se alegraba de que no se metiera monja, porque también él tenía una foto suya en la mesilla, aunque a lo que aspiraba era al original. Ella le contestó que qué cosas tenía.
Como me pareció una conversación de idiotas, empecé a pensar que tenía que estar soñando, que al fin me había dormido en la iglesia del monte y que todo lo que ahora veía formaba parte del sueño. Pero no era así porque, de pronto, alguien gritó:
—¡Miradlos! ¡Ahí están!