6
O puedo explicármelo, pero nos veían.
Nos veían todos, y fue inútil intentar hacerles comprender que éramos fantasmas. Nadie lo creía.
Todos nos habían visto entrar en sus casas, y su asombro no se debía a que se abrieran y cerraran las puertas y ventanas, sino a nuestras payasadas.
Nuestra última esperanza era Micaela. Les dijimos que también ella había muerto y lo sabía todo, y Salomé entró en su casa dando gritos:
—¡Madre! ¡Madre! ¿Qué le han hecho a usted estos locos?
Pero al momento salió muy enfadada diciendo algo de que le daba vuelcos el corazón por el susto que le habíamos dado.
Ya sabía yo que acabaría echándonos la culpa de que se había muerto su madre, que ya sabemos cómo es Salomé.
Pero Micaela es estupenda. Enseguida bajó a defendernos con su camisón de franela blanco hasta los pies, una toquilla negra, y el pelo largo hasta la cintura, que parecía de plata de lo bonito que lo tiene cuando no se lo recoge en un moño.
Dijo que estaba muerta, se sentía segura de ello, porque el Señor había enviado ya cuatro ángeles a buscarla. Pero que no tuvo valor para bajar por la parra y que no se movería de su cama mientras los ángeles no le prepararan un camino más fácil. Dijo que había muerto por más que Salomé se empeñara en negarlo, que incluso se obstinaba en no matar un cordero para el día de su funeral.
—Y en nuestra casa siempre se han celebrado los mejores banquetes de funeral del pueblo -añadió muy enfadada.
—Cada día está peor la pobre... ¡Qué cruz! ¡Qué cruz! -se lamentó Salomé.
Jacinto le contestó que peor estaba él sin su mula. Mi padre, que al fin había logrado llegar hasta nosotros, me cogió de un brazo y me dijo que suponía que le iba a dar alguna explicación. No tuve más remedio que contarle lo de la fuga y el accidente de la mula, que nos tiró por el barranco.
—Estoy muerto, papá. Mi corazón ya no late, compruébalo tú mismo -dije poniendo su mano sobre mi pecho.
Me dio vergüenza que todos se rieran de mí, porque resultaba que el corazón está a la izquierda y yo no lo sabía. Y sí que latía, y bien fuerte, cuando me puse la mano. Pim, pom, pim, pom. Y de verdad que no sé si me alegró, aunque ya estuviera harto de estar muerto. Pero las caras que me miraban no eran para desear estar vivo.
Don Genaro, que es tan estupendo, se echó a reír y dijo que hacía tiempo que no se reía tanto porque no había oído algo tan divertido. Ya creíamos que los demás también iban a tomarlo a broma, porque la gente del pueblo suele hacer caso de don Genaro, que es buenísimo. Pero Jacinto, que estaba resultando mucho menos simpático de lo que parecía, volvió a quejarse.
—Todo eso está muy bien -dijo-. Pero ¿me dirá usted, señor cura, cómo reparto yo mañana la leche si no me devuelven mi mula?
—¿Y qué quiere que hagamos si la mula no quiere nada con nosotros? -gritó José Ignacio-. Llevamos todo el día tras ella.
Nos hemos tomado infinidad de molestias para devolvérsela, pero no quiere venir.
—¿Dónde está? -preguntó Jacinto.
¡Qué pesado estaba con la dichosa «Josefina» !
—Allá arriba, en la iglesia de las brujas.
Y volvieron a enfadarse otra vez, creyendo que decíamos tonterías. Estaban empeñados en que en ese monte no hay ninguna iglesia. Nuestros padres decían que ya estaba bien, y nuestras madres querían llevarnos a casa diciendo que allí nos entenderíamos mejor. Yo también quería irme, porque ya estaba cansado de todo. Dijimos que peor para ellos si no lo creían, pero que habíamos visto altares llenos de santos y una Virgen con un Niño en brazos, y que la Virgen sonreía y el Niño tenía una sandía grande en la mano.
Mi padre parecía cada vez más enfadado. No sé por qué no me creía si yo casi nunca digo mentiras. Ya me veía todo el verano sin paga y sin salir de casa y, por si fuera poco, sin la bici del abuelo.
Pero los mayores son extraños. Se olvidaron de nosotros y empezaron a agruparse alrededor de don Genaro, que parecía muy emocionado, y no hacía más que decir: «No nos hagamos ilusiones, es posible que no sea la nuestra... Pero ¿y si lo fuera?».
Y todos querían que lo fuera. Empezaron a hablar de unos ladrones de obras de arte que pasaron hace muchos años por el pueblo, tantos años hacía, que ninguno de los chicos sabíamos nada. Solo lo recordaban los mayores.
Don Genaro, que se ponía más nervioso por momentos, nos llamó a su lado. Quería saber en qué lugar exactamente habíamos visto a la Virgen y si era pequeñita y de plata. Salomé, toda sonriente, decía:
—¡Qué chicos! ¡Qué chicos estos! -como si nos quisiera mucho.
De repente todos habían olvidado nuestras apariciones de la tarde, portándonos como chicos mal educados, que entraban en las casas sin saludar siquiera. Empezaron a tratarnos como si hubiéramos hecho algo muy importante... Yo casi no podía creerlo.
No dijeron que los acompañáramos al monte para enseñarles aquella iglesia. Nuestras madres no confiaban en nosotros y empezaron a decir que era demasiado tarde. Aunque lo que tenían era miedo de que todo resultara como lo de nuestra muerte, que ni mucho menos estábamos muertos como nos había hecho creer Aniceto, por hacerse el despistado cuando lo encontramos robando las nueces del padre de José Ignacio.
Como nosotros estábamos seguros de lo que decíamos, y sobre todo Rodríguez, que comenzaba a sentirse héroe, decidimos subir con los mayores, que ya habían empezado a buscar linternas. Ninguno es capaz de negarse a lo que pida don Genaro por lo estupendo que es, que todo el mundo lo aprecia.
Nos pusimos en marcha hacia la casa vieja, que ya no me aclaraba si era una casa o una iglesia. Todos íbamos tan contentos, aunque no dejara de oírse la voz de Jacinto hablando de su mula, que también son ganas de exagerar, digo yo...
La encontramos justo en la puerta de la casa. En cuanto nos vio, trató de escapar de nuevo. Pero Jacinto se lanzó como una flecha hacia ella, la apaciguó y se bajó hacia el pueblo. No le importaba nada que allá dentro estuviera o no la Virgen de plata.
Vista a la luz de las linternas ya no me parecía fea, aunque sí que tenía la cabeza demasiado grande para un cuerpo tan pequeño. Cuando se lo dije a don Genaro, me contestó que en aquella época las Vírgenes se nacían así.
El Niño tampoco estaba mal, porque me sonrió en cuanto me vio. Lo que tenía en la mano no era una sandía, como yo creía, sino el mundo, con la parte de España mirando hacia nosotros, que en eso notamos que era el mundo.
Don Genaro tenía cara de emoción. Nos cogió a todos bajo sus brazos, porque aunque él es muy viejo, tiene el cuerpo grande y fornido. Nos dijo que aquel era el día más feliz de su vida. Nos contó que hacía ya treinta años que aquella imagen había desaparecido de la iglesia de nuestro pueblo y que, aunque por entonces se detuvo a unos ladrones de obras de arte, ellos negaron haber robado la Virgen. Por eso nunca se supo dónde la habían escondido.
—¡Cómo íbamos a suponer que la teníamos tan cerca! -dijo.
Y Salomé contestó:
—¡Qué chicos éstos! ¡Qué chicos!
Cuando ya todos vimos bien la Virgen, los hombres empezaron a pensar en lo que debían hacer. Esteban, el de casa de don Domingo, decía que lo primero era llamar a la policía, porque además los santos no eran nuestros, sino de otro pueblo. Comentaban que era todo un altar desmontado, que lo llamaban el retablo de Pentecostés porque los santos eran los apóstoles, y que habría que avisarlos, a los del otro pueblo, no a los apóstoles.
Pero Bernabé dijo que no. Que la Virgen volvía al pueblo inmediatamente. Como es tan forzudo, la cogió debajo del brazo y dijo que la llevaría inmediatamente a la iglesia, que es donde debía estar. Todos nos fuimos tras él.
Ya nadie se metía con nosotros. Al contrario, empezaban a querernos mucho, así que yo también comencé a ponerme contento.
Bueno, muy, muy contento no, porque me inquietaba mirar a mamá. No parecía muy satisfecha de tener un hijo tan importante, que había recuperado una Virgen y todo eso.
Mi madre tenía la misma cara de aque lias Navidades cuando desapareció el Niño Jesús del Belén de la iglesia y se organizó un jaleo tan grande. Hasta Salomé y las otras hablaban de hacer no sé qué de desagravio, que debe de ser algo que se reza mucho, porque decían que el Niño lo habían robado y querían llamar a la policía y todo.
Pues bien, una noche mi madre entró en el cuarto de mi hermana María, que es muy pequeña, para darle un beso. La encontró durmiendo tan a gusto con el niño Jesús dentro de su cama.
Y mi madre tenía cara de estar muy apurada cuando al día siguiente fue a llevar el Niño a don Genaro. Decía que estaba tan avergonzada, que él le tuvo que decir que el Niño Jesús nunca tuvo en Nazaret tan buen compañero de juegos como mi hermana.
Mi madre es a veces tan rara, que estoy seguro de que se acordaba más de que su hijo había metido el dedo en la mermelada de Salomé y picado lechuga del plato de Esteban y paseado con una escoba en alto por el comedor de los de Lorea, que de lo bueno que había sido que él y sus amigos encontraran la Virgen de la iglesia y el retablo de los apóstoles del pueblo de al lado.
Pero todo se arreglará. Estoy seguro de que tiene que arreglarse. Bueno, ¡si hasta Salomé había sonreído!
Estaba convencido de que no me negaría una rebanada de pan con mermelada cuando se la pidiera al día siguiente, ni al otro, ni al otro... ¡Y qué buena mermelada hace!
Por otra parte, Aniceto estaba muy nervioso. Teníamos claro que hizo como si no nos viera cuando lo encontramos robando las nueces y que ahora estaba asustado. Aniceto no quería por nada del mundo que en el pueblo se enteraran de que robaba, y todavía menos de que se enterara María Luisa, su hija, que siempre presume mucho porque son tan ricos.
Y Aniceto tenía muchas cosas interesantes que nos podía prestar para jugar. Una especie de trabuco antiguo y dos cencerros gigantescos, que meten un ruido infernal; unos zuecos de madera que es muy divertido ponerse; una buena manguera de regar; una piedra para afilar cuchillos, que funciona dándole a una manivela; una navaja con nueve hojas. Y además sabe hacer flautas.
No sé por qué, pero cada vez que mirábamos a Aniceto, él esquivaba nuestras miradas. Me parecía que no iba a poner ningún inconveniente si le pedíamos alguna de sus cosas durante tiempo y tiempo...
Lo único que me preocupaba era lo de mi madre.
Es curioso, pero a las madres nada les compensa de tener un hijo mal educado.
Y no es que nosotros seamos mal educados. Si pinté algunas manos de sangre, si chupé de la mermelada de Salomé y todo eso no fue con mala intención, sino porque creía que era un fantasma. Después de todo, yo no tengo la culpa de que el corazón no esté en el lado derecho, como sería lógico.
Pero era estupendo estar vivo otra vez. Puede ser divertido ser fantasma de día, pero luego llega la noche y ya no tiene tanta gracia.
Además estaba cansado. La mula Josefina nos había hecho correr mucho, y luego volver otra vez a rescatar a la Virgen. ¡Ya no podía más!
Empecé a pensar con gusto en mi cama, tan blanda y calentita, y en que pronto me metería en ella. Me pregunté si mamá en traría como todas las noches a darme un beso.
Mañana intentaría pegar con pegamento todas las flores bordadas que había recortado de las sábanas. Seguro que me quedarían bien, que el estropicio no se notaría demasiado.
Y mamá me iba a perdonar, estaba seguro, porque mi madre es estupenda.