Capítulo 3

Tristán

Los sajones esperan, tanto como nosotros, los cornualleses, y los dumnonianos. Me muevo de un pie al otro, para que mejore el fluido de mi sangre. El escudo me aprieta el brazo, un poco. La niebla de la madrugada ha empezado a dispersarse y el sol desvelado proyecta un brillo amarillo. Cuatrocientas yardas adelante, desplegadas en una línea profunda, el enemigo aúlla un llanto y grito de guerra en su lengua extranjera.

Nuestra propia línea permanece calma. Podríamos igualar sus alaridos. De hecho, ya algunos están murmurando nerviosos. Yo prefiero quietud, aunque ésta inyecta un miedo más grande en los hombres. Puedo sentir ese miedo, pero el acero que tengo en mi mano me da un bienestar que no puedo describir. Es pesado y tiene una punta dura y confiable.

A mi derecha, Rufus se está rascando el pecho. 

-¿Renunciarás? -le digo.

-Estar en Dumnonia me hace tener picazón.

-No puedes sostener una espada y un escudo mientras te estás viendo las ronchas, ¡mocoso! -Se detiene y recoge su espada del pasto. Seca la empuñadura con su capa.

-Esta va a ser la última vez que rasque tu espalda -dice.

-Yo tengo una espada con la que puedo rascármela.

-¡Ja! Te cortarías todos los pelos que tienes.

Siguen nuestras bromas mientras que el rey Geraint se acerca. Las pieles que usa agrandan su figura. Entonces me acerco a su lado. Una cojera dificulta sus pasos y en sus hombros se puede ver el peso de la incertidumbre. El hombre de la cicatriz no lo acompaña. Se queda al frente esperando el comienzo de la matanza.

El rey hace una señal con su mano para que nos acerquemos.

-Rufus, Tristán, venid -dice nuestros nombres enfatizándolos con firmeza.

Lo seguimos. Atrás, más allá de la línea, un paso angosto de una profundidad de dos hombres es la distancia entre los sajones y Dumnonia. Dumnonia y Cornualles.

Hacemos quinientos pasos y nos sumergimos en un gran grupo de guerreros. Geraint deja caer su abrigo de sus hombros. Se ve desplegarse una armadura a través de un vientre circular y los aros de guerrero que oprimen esos brazos anchos. Esos aros deben ser viejos, ya que últimamente no ha ganado muchos. Alguien le pasa una espada. Se ajusta firme su cinturón y toma su escudo.

-¿Estamos listos?

Se escucha un alarido y los chasquidos provocados por chocar las espadas contra los escudos en aprobación.

Mientras, analizo los rostros serios. Dumnonianos. Tienen los ojos medio serrados por la fatiga, les tiemblan las costillas por el frío, y tienen los músculos agotados debido a la cosecha. Noto que la esperanza disminuye. Sé que dudan sobre nuestro triunfo. Mark los hubiera alimentado antes que a nadie en nuestro reino. Son nuestros protectores, que sostienen su moral para hacer un grupo de guerreros optimistas. Marcos hubiera hecho muchas cosas diferentes, pero Geraint deja que sus nobles tomen el primer tributo, y quedan pocas provisiones en las tierras de los límites que pueda aumentar la comida que nos deben dar.

Nuestra pequeña fuerza se mueve al sur, dejando dos líneas delgadas atrás. Con cada paso mis pies arrastran el lodo. Algunos charlan nerviosos, pero los viejos, guerreros con años de batalla, piden silencio. Se escucha el cuero crujir con nuestros pasos. Mis dedos están entumecidos. Tenso las manos que sostienen mi espada y mi escudo, las suelto y las vuelvo a tensar tratando de volverlas a la vida. 

Geraint tiene conocimiento sobre mi parecer. El sabe que otra confrontación en combate sería un final para Dumnonia. Los guerreros bretones están mejor entrenados, disciplinados al estilo romano y lo que es todavía peor, nuestro número disminuye cada año mientras que los sajones se hacen más fuertes. La posición de nuestro pueblo se debilita mientras Geraint llama a todos los señores.

Yo pensé que el rey se quedaría oculto, pero no. Él está adelante. Su figura enorme con forma de oso junto con su ejército le da fuerza para que permanezca al frente.

Él es el que nos lidera.

Llegamos a un arroyo. Es pequeño pero muy ancho para saltar. Me acerco al agua helada, jadeo mientras deslizo los pies bien a la orilla, y me lanzo hasta alcanzar el otro lado. Volteo para ver el rostro de Rufus. Éste está tenso debido al frío. Arroja su espada y escudo a mis pies y trata de abalanzarse hacia mí. Sus manos están demasiado frías para tomar las mías con firmeza y se patina y cae al agua. Tomo su mano y lo levanto.

A lo largo del arroyo hay otros haciendo lo mismo, ayudando a sus hermanos cruzar la tierra resbaladiza, las hierbas y los escombros.

La mandíbula de Rufus tiembla por el frío.

-¿Cuanto falta?

Estamos haciendo una curva antes de rodear a los sajones. Dudo de que nos puedan escuchar. De todas formas él habla en susurros. Parece un poco asustado, como lo estaba cuando enfrentó un pequeño ejército en el norte hace dos meses atrás. Casi lo matan. Rompió nuestro muro de escudos y por eso muchos guerreros están temerosos de unir los suyos con los de él. Tú proteges a la persona que está a tu lado con tu escudo, y esa persona te protege con el suyo. Una fractura del muro arriesga a tus hermanos, los dejas caer.

Me convenzo de que no fue cobardía. Él es joven. Necesita aprender, eso es todo. Aprender a que no te quiebras por nada o nadie. Te mantienes, te mantienes fuerte.

Después de todo, lo vencí como su padre lo hubiera hecho, por ser un bobalicón, porque él es más mi hermano que mi primo. 

-No mucho. Ya estamos a medio camino -le contesto.

Escucho como respira con pesadez junto a mí, más por el movimiento apresurado debido a la anticipación que por el esfuerzo, mientras nos movemos con dificultad. Mi respirar es lento y está controlado.

-¿Piensas que ellos saben?  -pregunta.

-¿Qué golpearemos su trasero mientras que gritan insultos hacia unos guerreros viejos que mueven sus espadas? -Rufus sonríe mientras nos apuramos.

-¿Y si lo saben?

-Lo dudo -le contesto-. Son sajones. Estarán borrachos.