Capítulo Uno

Al escuchar a la distancia el sonido de un helicóptero, la inspectora de policía Lorne Simpkins se apoyó en el volante del coche y miró hacia el cielo. No podía observar el helicóptero, pero suponía que estaba rondando cerca del edificio de torres, hacia su izquierda, el cual costeaba el río Támesis. Imaginaba al equipo en posición, con las armas listas y cargadas, esperando a su orden.

Aunque esta jugada saliera bien, valiosos minutos se perderían hasta que Lorne pudiera reunirse con el equipo. Por milésima vez, Lorne lamentaba el hecho de que ni ella ni Pete pudieran llevar armas en este tipo de misiones. Estúpidas reglas.

Pasó por el callejón por segunda vez. Todavía estaba vacío, sin movimientos. Detuvo el coche en la parada.

Junto a ella, Pete se movía incómodo en el asiento.

Ella lo miró y le preguntó: —¿Estás nervioso?

—No. Lo que pasa es que últimamente la tintorería me devuelve los pantalones un talle más chico del que les llevo.

—Sí, claro, Pete. El hecho de que hayas aumentado nueve kilos últimamente no tiene nada que ver con eso, supongo…

—¡Oye! Se necesitan muchas calorías para mantener un cuerpo como el mío. Además como más cuando estoy estresado, y estas misiones no ayudan para nada.

—Esperemos que esta sea la definitiva y atrapemos de una vez por todas a este bastardo.

—Cincuenta libras a que es otra falsa alarma, ¿Qué dices?

—No gracias. Ve al final del callejón, ponte en posición y quédate allí hasta que te dé la orden. ¡Por Dios, Pete! Ajústate el chaleco anti balas y comienza a tomar esto seriamente, ¿quieres? Si llega a ser un fiasco, que lo sea, pero-

—Esta porquería me hace descomponer. Me aprieta más que la mierda. Encargué uno más grande, esos que se ajustan a los costados, pero-

—Mira, ajústalo y cállate. Si esto es en serio, estaremos en la mira antes de salir del coche.

Lorne se puso en posición, se inclinó hacia adelante y examinó el largo y angosto callejón. El olor a orina y el olor a podrido de la basura que venía de los tachos llenos de moscas, penetraron sus fosas nasales.

Volvió a chequear el callejón y, asegurándose de que el lugar esté libre, le indicó a Pete que podía avanzar.

Ambos tomaron distintas direcciones en el callejón, caminando pegados a las paredes llenas de grafitis. Un perro delgado se les acercó en busca de su próxima comida. Les ladró, pero su necesidad por comida fue más fuerte y se conformó con un esqueleto de pollo que encontró en el piso.

Lorne largó el aire que venía conteniendo, y le preguntó a Pete: — ¿Algo?

—Ni una puta mosca. ¿Viste? Si hubieses aceptado mi apuesta, tendría cincuenta-

Un sonido rompió el silencio.

Pete cayó desplomado al suelo. Lorne quedó inmóvil y horrorizada cuando vio que el chaleco volaba hacia todas partes. ¡Oh no, Pete! ¡No! No prendiste el maldito chaleco. Su cuerpo se sacudió al recibir otra bala. Lorne se agachó, haciéndose lo más pequeña que podía. Intentó llegar hasta él, pero un zumbido le rozó el rostro, obligándola a tirarse al suelo.

Intentó dejar a un lado el pánico que sentía e hizo lo mejor para concentrarse en su entrenamiento. Haz todo bajo las reglas, Lorne. Haz el llamado.

Tomó su radio y dijo, —Necesito refuerzos, oficial caído.

El sonido del helicóptero pasó de ser distante a retumbar en el callejón.

Pete gimió. Gracias a Dios, está vivo… Pero él necesitaba su ayuda. Otra lluvia de balas inundó el callejón. Polvo y escombros volaban por todos lados. Lorne miró a su alrededor, necesitaba llegar hasta él.

Detrás de Lorne, en el jardín del local, había un gran tacho de basura de acero. Su contenido rebalsaba, pero las ruedas estaban en buena condición. Ella lo ubicó delante suyo para utilizarlo de escudo y cubrirse del tirador. Las balas pegaban contra las paredes y el suelo. Algunas le dieron al tacho. Le llovían botellas de plástico, latas y residuos, pero logró llegar hasta Pete.

La respiración de Pete producía un sonido ronco. Ella le arrancó su camisa. Lorne temió lo peor cuando vio el hueco irregular que tenía en el estómago y la herida cerca de su corazón.

Mierda…esto es malo.

Luego de quitarse la chaqueta, Lorne se sacó su blusa, la rompió en dos e intentó detener el sangrado. Sus manos temblaban al presionar las heridas.

Otra lluvia de balas. El neumático de una camioneta cercana a ellos explotó de un balazo. Ella sudaba sin parar. ¿Por Dios, donde está el equipo de ayuda?

—Lorne… —la voz ronca de Pete fue interrumpida por su propia tos. Comenzó a salir sangre de su boca. Oh Dios, déjanos salir con vida a los dos. — Es demasiado tarde Lorne… Estoy…

Las lágrimas que estaba conteniendo, cayeron por su nariz y aterrizaron en el pecho de su compañero.

—No intentes hablar. Todo estará bien. El esquipo está en camino…

—No…llegarán…

—Mira, no seas idiota. Yo soy la jefa aquí, y si digo que van a llegar…

—Yo… debo… debo decirte… yo…

El helicóptero apareció encima de ellos y sobrevoló el edificio de dónde venían los disparos. Dos oficiales bajaron por la escalera del helicóptero y aterrizaron en el techo.

—Quédense donde están. No se muevan —les ordenó una voz por el megáfono.

—Como si… planeáramos … ir a algún….lugar —los labios secos y agrietados de Pete, formaron una sonrisa. Lorne le devolvió la sonrisa, admirando su intacto sentido del humor.

—¿Cómo estás? ¿Te duele mucho?

—No es nada… Escucha… —la sirena de la ambulancia se unió al ruido del helicóptero, haciendo imposible escucharse.

El tiroteo había terminado. ¿Habría escapado El Unicornio? ¿O finalmente lo habrían atrapado? Lorne tenía ansias por escuchar buenas noticias.

Ella se sentó sobre sus piernas y miró hacia arriba. Un oficial le dio el visto bueno desde el techo, y el helicóptero se alejó. Por un momento, el caos se había convertido en silencio puro. Luego, detrás de ellos se escuchó un golpe. Lorne giró y vio a dos oficiales pateando basura y quitando los tachos del camino. Detrás de ellos, venían los médicos con los equipos para ayudar a Pete.

Gracias a Dios.

Su sonrisa llena de esperanza se congeló cuando miró a Pete. Su cabeza había caído hacia un costado. Un áspero respiro provenía de sus pulmones. Con los párpados a medio abrir, la miró. Todo lo que había sido Pete, ahora era una máscara sin expresión.

El frío revestimiento de la chaqueta que envolvía sus hombros le daba escalofríos. De repente sintió unas manos que la tomaban y la ayudaban a ponerse de pie. No pudo resistirlo. Haciéndose a un lado, ella observaba como los paramédicos intentaban reanimar a su compañero. Luego, escuchó las palabras que tanto temía oír.

—Muerto al llegar a la escena.

Con la ayuda de dos oficiales, que la sostenían de cada lado, Lorne ingresó a la ambulancia. Se sentó y vio como cargaban el cuerpo cubierto de Pete en otra ambulancia. Comenzaron el camino, sin siquiera molestarse en poner la sirena. Uno de los paramédicos curó la herida que tenía en el rostro, limpió sus manos ensangrentadas y le inyectó una clase de suero en su brazo.

No intentó contener las lágrimas. No podía evitar pensar en las noticias que había recibido. El Unicornio había escapado nuevamente. El maldito había sido una piedra en su camino por demasiado tiempo ya, y encima había tenido el atrevimiento de quitarle la vida a su colega y amigo más querido. Cada parte de su cuerpo emitía odio, sentía la increíble necesidad de vengarse.

Mientras caía en un sueño inducido por las drogas que le había dado el médico, Lorne repetía una y otra vez: Me encargaré de todo Pete, lo atraparé, lo prometo…