Capítulo Quince
—Estás temblando, chiquita. ¿Tienes frio? —se burló el Unicornio, como él había indicado que lo llame. Sus ojos marrones, oscuros y turbios, deseaban su cuerpo —Bien, estás convirtiéndote en mujer…
Charlie se paró frente a él. La ropa sexy y de zorra que llevaba puesta era totalmente nueva para ella. Los tacos altos de diez centímetros le estaban causando dolor en sus tobillos y la parte trasera de la pierna. Le costaba mantener el equilibrio.
Una enorme mano la dio un empujón por la espalda e hizo que cayera al piso. Ella llevó sus piernas hacia el pecho e intentó quedarse lo más quieta posible, pero no podía dejar de temblar. Las lágrimas llenaron sus ojos nuevamente y cayeron por sus mejillas rosadas. Toda su lucha y agresividad se había ido, producto de la golpiza que le había dado el salvaje seguidor del Unicornio.
—Por favor, solo tengo trece años. Por favor, no me hagas daño.
El Unicornio y sus cuatro matones corpulentos se rieron de ella, pero tan pronto como el sonido había llegado a sus oídos, se detuvo. De repente solo hubo silencio. Confundida, Charlie inclinó su cabeza hacia un costado, atreviéndose a espiar un poco el rostro del Unicornio. Él le devolvió la mirada. Un escalofrío le recorrió su dolorida columna, producto del miedo que causaba esa mirada penetrante. Él se dirigió a los hombres detrás de ella y les asintió con la cabeza. De repente, varias manos la tomaron brutalmente y la levantaron. Intentando comprender, miró a uno por uno.
Ellos rieron. De golpe, le arrancaron su ropa. Un grito de desesperación salió desde lo profundo de su alma. Con él llegó el descubrimiento de lo que harían. La fuerza que la había abandonado anteriormente, volvió en un segundo. Gritó, escupió y pateó como un animal. Ellos solo mostraron diversión. Su lucha terminó agotándola. La maldita risa del Unicornio retumbó en la habitación.
—Me gustas. Tienes coraje. Tal como tu madre. ¿No sería genial tenerla aquí también? Que trio tan dinámico seriamos. ¿Solo tienes trece años? Mmm…La edad perfecta para mí, ¿verdad, chicos?
Él se inclinó, acercándose a ella. Su aliento era dulce. Él pasó la lengua lentamente por sus labios. Se sintió raro. La hizo temblar. Todos se rieron de nuevo. Su corazón parecía pesarle, tanto miedo la hacía sentir que se le salía del cuerpo.
Dios. Por favor, no dejes que me viole.
Se alejó lentamente de ella, pero mantuvo la mirada fija en sus ojos. Le hizo un gesto a los otros, y ellos la tomaron de los brazos. Sus hombros y costillas se estiraron al ser arrastrada a través de la habitación hacia el hogar de mármol. Luego la levantaron y la tiraron despreocupadamente en el lujoso sillón bordo y dorado. Los suaves almohadones la hicieron sentir cómoda, pero solo por un segundo.
Desprendiéndose el cinto, el Unicornio se acercó lentamente hacia ella. Su malvada sonrisa le desfiguraba el rostro, y hacía que fuera imposible adivinar que estaba pensando. Se le llenó el pecho de miedo. No podía respirar, ni soltar la agonía que tenía atorada en sus pulmones.
Vio como caían sus pantalones al suelo. Él los corrió hacia un costado, se quitó la corbata y la camisa y los arrojó hacia el otro lado. Todavía ella no había ni siquiera tomado un respiro. Se detuvo encima de ella. Sus boxers estaban estirados por un bulto al que ella no podía quitarla la vista de encima. Él puso sus manos sobre los boxers y se los bajó.
Charlie había visto hombres desnudos solo en fotos. Y solo en clase había visto un pene erecto. Había sido algo que le había causado risa en ese momento. Pero ahora, sabiendo lo que él quería hacer, no podía reírse. Su grito se convirtió en un chillido. Le rompió la garganta y le bloqueó la luz, mientras se hundía en la oscuridad que prometía seguridad.
***
Sasha se escondió entre las cortinas cuando la puerta se abrió.
Dos de los hombres del Unicornio traían arrastrando por el pasillo, el cuerpo sin fuerzas de la niña. La llevarían a una de las casas.
Sasha había revivido cada doloroso golpe, el llanto y temor que había experimentado en su propia captura, cuando escuchó lo que la niña estaba sufriendo. Pero se preguntaba por qué ella no había tenido el mismo ritual que las demás. El procedimiento que ella y las demás chicas habían padecido. Quizá se trataba de alguien especial.
Por lo general, una vez que el Unicornio acababa, diez o más de los otros pervertidos, aprovecharían a la chica para satisfacerse, antes de llevarla a una de las casas a recuperarse. No tenían el privilegio de ser violadas solo por el Unicornio. Sasha pensó que quizá ella sería reservada para él, así como la mantenían a ella también.
La recuperación significaba ser drogadas hasta no sentir nada. Empezando con marihuana, hasta llegar a la heroína. La golpiza mantenía a las chicas sumisas, hasta que las drogas hicieran efecto.
Era imposible escapar. La muerte era la única manera de liberarse del Unicornio.
El instinto de supervivencia de Sasha la hacía rogar por que la chica tomara su lugar. Invertía todo su tiempo en satisfacer al hombre. Tiempo que, aunque era arriesgado, había servido para planear su escape.
Un fuerte grito de ahogo la sacó de sus pensamientos. Ella espió. La niña había recuperado la conciencia y había vomitado. Uno de los matones la pateó en el estómago. Su llanto no era más fuerte que el de un pequeño bebé, algo que le rompía el corazón a Sasha. Aquella pobre niña no sabía lo que era el verdadero sufrimiento. Todavía no, pero ya lo conocería...