Capítulo Diecisiete

—Me temo que tengo malas noticias, Lorne —le informó el jefe cuando ella entraba a su oficina momentos después.

No más malas noticias. No creo que pueda soportar una más hoy.

Ella se tiró sobre el asiento libre, frente a él.

—Acabo de enterarme que hicieron una rastreo completo e intenso en el palacio Westminster y no han encontrado absolutamente nada.

Ella soltó un suspiro que había estado conteniendo por demasiado tiempo y dijo —Sí, lo sé.

—Tú sabes. ¿Cómo sabes? —preguntó Roberts levantando una ceja en señal de desconcierto.

—Antes de que me preguntes, no, nadie del equipo me contó. Tú eres el que está a cargo del caso.

—¿Entonces como lo sabes?

—Warner. Recién me llamó. Me lo contó y por eso estoy aquí. Para decirte. Me dijo que están por iniciar una búsqueda más completa. Cree que estamos yendo al lugar equivocado.

—Si él tiene razón, ¿en qué posición nos deja a nosotros? —preguntó él— Lorne, estoy preocupado por ti, te ves agobiada y pálida.

—Me las estoy ingeniando.

—Lorne, estos días han sido muy duros para ti. Quizá deberías-

—No, no voy a tomarme ningún tiempo —Lorne apoyó con fuerza sus codos sobre las rodillas y cubrió su cabeza con las manos.

—Hazme un favor. Olvida por un momento que soy tu jefe y sé sincera.

—Dime —le contestó ella mirándolo con cautela.

—Por como vienen las cosas, no creo que este sea un buen día. ¿Cómo te sientes?

Reaccionando como si la hubiese golpeado un rayo, se sentó rápidamente derecha, sacó pecho y estiró su cuello. —Deja de preocuparte por mí, estoy bien —dijo ofreciéndole una sonrisa falsa.

—No intentes cagar a un mentiroso, Lorne. Nadie va a pensar nada malo de ti si vas a casa por unas horas-

—De ninguna manera. Absolutamente no. Siempre y cuando yo respire, haré todo lo posible para encontrar a mi hija. Por favor, jefe, no insista en que vaya a casa, no me gustaría para nada tener que desacatar sus órdenes

—Por supuesto, porque nunca haces eso, Lorne —contestó Roberts con una sonrisa y un conocido brillo en sus bellos ojos grises.

El oficial Fox golpeó la puerta de la oficina del jefe.

—Adelante, John. ¿Encontraste algo importante? —preguntó el jefe mientras el hombre ingresaba a la sala.

—Bueno, revisamos cada estacionamiento del área, tal como usted dijo. Los chicos estaban a punto de dar el día por terminado, cuando uno de los oficiales vio el auto. Están enviando la cinta hacia aquí en este preciso momento.

—Por fin, ¿podría ser este el dato que necesitábamos? Envía a la gente de escenas criminales para allá de inmediato. Confisquen el vehículo y busquen por coincidencias de ADN en la base de datos.

—Sí, señor, me encargaré de eso ahora mismo —John estaba a punto de dar media vuelta y marcharse cuando Lorne lo detuvo.

—John, en mi escritorio hay una lista de domicilios. El servicio secreto me la dio. Hay una posible conexión con Abromovski. Quiero que pongan vigilancia las veinticuatro horas en cada una de ellas.

Fox dudó por un momento, sin estar seguro de aceptar o no la orden. Cuando Fox miró de reojo al jefe, él asintió.

—Ocúpate de eso Fox, ¿Qué estás esperando?

—¿Yo, señor? No estoy esperando nada, señor…Señora… Estoy en camino, señor.

Cuando John salió de la oficina, Lorne y Sean intercambiaron miradas de confusión.

—Gracias por el apoyo, jefe. No tuve tiempo de contarle toda la información que tenía.

Él se encogió de hombros. —Ni lo menciones. Ahora todo lo que nos queda por hacer es buscar algo con que entretenerte y mantenerte lejos de las travesuras. ¿Alguna idea?

—Yo te diré lo que voy a hacer. Primero iré a comer algo, luego correré unos kilómetros en la cinta del gimnasio y finalmente tomaré una larga y relajante ducha caliente.

—Vaya, inspectora. Esa me parece una excelente idea. Te veré renovada en un par de horas.

—Siempre puedes acompañarme —se sonrojó cuando se dio cuenta de su error. Rápidamente, se corrigió— Em, quiero decir, que puedes acompañarme a ir a comer y al gimnasio, señor, no a lo otro.

—Oh, yo pensé que estabas invitándome a tomar un baño contigo, como en los viejos tiempos —bromeó él, disfrutando la incomodidad de Lorne.

Su risa la siguió por el pasillo mientras se dirigía hacia el bar. Que estúpida, que estúpida eres, Lorne. Estas fuera de control. Veinte minutos después seguía maldiciéndose a sí misma mientras atacaba la lasaña.

Luego de solo haber comido la mitad de la comida que tenía en el plato, ella lo empujó hacia un lado y enseguida tomó un sorbo de su café. Se encontró a si misma concentrada mirando el grafiti de la pared del edificio de en frente. Por un momento, sus ojos se llenaron de lágrimas al ver, de alguna manera, el rostro horrorizado de Charlie en el fondo negro del muro.

Espérame, Charlie, mi bebé. Mamá te va a encontrar pronto. Solo espérame y sé fuerte, corazón.