Capítulo Veintitrés

—Oh, Inspectora Simpkins. Usted toma su trabajo en serio. Me alegra encontrarla trabajando en medio de la noche. Ya sabes lo que dicen, no hay descanso para los malvados.

—¿Es por eso que estás despierto a esta hora tú también?

Lorne se mordió el labio. Su cansancio y preocupación estaban interfiriendo con su profesionalismo. Lo último que quería hacer era provocar al Unicornio.

Su risa macabra le retumbó en el oído. —Dígame, inspectora ¿Charlie heredó su lado salvaje de parte tuya o de su padre?

—¿Qué le has hecho, maldito-

—Siempre manteniéndote como policía. Haces pregunta tras pregunta, y luego contestas una pregunta con otra. Tu hija es bastante enérgica, para decirlo de alguna manera. Por lo que nos está llevando más tiempo de lo normal, ¿Cómo podría decirlo? Acomodarla en la cama. Pero quédate tranquila, en algún momento lo lograremos. Eso te lo aseguro.

—¡Hijo de puta! ¿Qué diablos quieres decir con eso? ¿Dónde está? Solo tiene trece años, por el amor de Dios. Déjame tomar su lugar. Yo seré mucho más útil que ella.

—No me tome por idiota, inspectora.

—Ambos sabemos muy bien que el gobierno no negocia con terroristas, si bien no me gusta entrar en esa categoría. Si mantengo a Charlie junto a mí, tengo más chances de lograr mis objetivos, porque tú estarás de mi lado, ¿verdad?

—Yo no contaría con eso. Lo dijiste tú mismo, esta gente no negociará con terroristas. Saben que tienes a Charlie, pero eso les es indiferente. Lo estoy intentando. Tienes que creerme, estoy intentándolo pero no hay nada garantizado.

—Me decepcionas, inspectora. Eso no es exactamente lo que esperaba oír. Más te vale que comiences a reclamar viejos favores si es que quieres volver a ver a tu pequeño ángel.

La ira que disparaba su voz, hizo que Lorne se estremeciera de miedo.

—¿Quiere ver de nuevo a Charlie, inspectora? Quizá estoy malinterpretando la situación. Talvez usted y su esposo ya tuvieron suficiente de esa pequeña mocosa. ¿Es por eso que no está haciendo todo lo posible en recuperarla?

—Estoy haciendo hasta lo imposible —ella decidió que debía darle algún tipo de esperanza para que mantuviera a Charlie con vida— Estoy haciendo todo lo posible para cumplir con lo que pediste. Se están llevando a cabo reuniones y negociaciones…

—Muy bien entonces, siempre y cuando podamos entendernos… Ahora bien, deme su número de celular. Tengo algo interesante para enviarle. Creo que la ayudará a tomar algunas decisiones.

Ella le dio su número. Él colgó el teléfono al segundo que terminó de oír el último dígito. Ella se sentó, con la mirada fija en su dispositivo, esperando la luz que indicaba que había recibido algo.

—¿Está todo en orden, inspectora? —dijo el jefe desde la puerta.

—Ese era él.

El jefe ingresó a la oficina, se sentó junto a ella y le quitó el teléfono de la mano, el cual todavía sostenía con el puño cerrado desde el momento de la conversación.

—Está bien, Lorne. ¿Qué dijo esta vez?

Ella le contó toda la charla. Cuando estaba terminando, su celular vibró, indicando que había llegado un mensaje nuevo. Sus miradas se encontraron, el terror daba vueltas como un campo eléctrico entre sus miradas. Roberts se apresuró a pararse junto a ella. Lorne abrió la tapa del celular temiendo con lo que podía encontrarse.

—Oh, por Dios.

Era Charlie. Golpeada, llena de moretones, perdida…Su amada bebé.

—¡Jesús! ¿Qué la han hecho, Sean? —ella se desplomó en su pecho.

—Ella es fuerte, Lorne. La encontraremos pronto. Te lo prometo. Solo aguanta un poquito más.

Ella sintió como él le acariciaba la nuca, como si fuera una pequeña niña. El celular sonó de nuevo. Sean se apresuró a tomarlo y leyó el mensaje en voz alta. “Si quieres volver a ver a tu hija con vida, quiero cuarenta millones de dólares para esta tarde. Sí, así es. El monto acaba de subir, inspectora.

Su miedo y su corazón roto fueron reemplazados por la furia.

—Está bien, esto es todo. Si ese hijo de puta quiere una pelea, la va a tener una maldita pelea. Cuando encontremos a este malparido, me voy a asegurar de cortarle las pelotas, una por una, y hacérselas tragar por su maldita garganta.

—Esa es mi chica, Lorne. Ese es el ánimo que quiero ver. Mmm… pero, prométeme solo una cosa.

—¿Qué cosa, jefe?

Él estaba parado junto a la puerta de la oficina, con una pierna cruzada sobre la otra.

—Cuando atrapemos al bastardo, solo asegúrate de que yo no esté cerca cuando lo transformes en un unicornio castrado. El solo hecho de pensarlo me hace llorar de la risa.

Ella se rio con él, pero suprimió su risa apenas comenzó. No se atrevía a dejar fluir ninguna emoción, ni siquiera las placenteras. Si lo hacía, temía no poder parar. La risa se volvería lágrimas, las lágrimas gritos y quedaría destruida.