Capitulo Veintiséis
Lorne caminó apresuradamente por el pasillo hacia la oficina del jefe. El paso rápido, aunque no fue lejos, la ayudó a llegar en segundos. Decidió mantenerse en calma. A esta hora de la madrugada, no estaba la secretaria para impedir su paso. Golpeó la puerta con los nudillos y entró.
El color de la cara de Roberts desapareció de golpe. El movimiento de su cabeza de lado a lado denotaba su desacuerdo.
No, señor, no fue así. Mire, usted será la primera persona en saberlo.
Lorne dudó, sin estar segura si debía ingresar o no, pero Roberts le hizo señas para que tomara asiento.
—Sí, la verdad señor está lidiando con la situación demasiado bien, mucho mejor que si yo estuviera en su lugar. Sí, señor.
Al terminar de hablar, tiró el teléfono en su lugar.
—¿Tan mal, eh?
—Disculpa lo que estoy por decir, pero ese tipo puede ser tan hijo de puta por momentos.
—Vamos, sorpréndeme, ¿Qué ha dicho nuestro líder ahora?
—Aparentemente, para decirlo de buena manera, nosotros lo arruinamos. Me preguntó si por casualidad no habríamos cometido algún error. Incluso sugirió que quizá el Unicornio nos podría haber dicho que su blanco era el edificio al lado del palacio, y no el palacio en sí, como dijimos nosotros.
—Es un imbécil. ¿Qué dijo de la lista de invitados?
Roberts se puso en la pose de la escultura “el Pensador” de Rondín.
—Le dijiste, ¿verdad?
—¿Sabes qué? Con todo el asunto de las bombas, me olvidé.
—¡Qué vergüenza! Eres un hipócrita. Por Dios, me harías pasar por un infierno si yo ocultara algo así, Sean Roberts.
—Así es, así que nunca ni siquiera se te ocurra. Pero en este caso, creo que estoy haciendo lo correcto. Prefiero darle un parte más completo. Este es uno de esos caso de “haz lo que digo y no lo que hago”, ¿Está claro, inspectora?
—Según lo que yo sé, le has contado todo al comisario.
—Bien. ¿Y que tenía que decir Warner?
—Nada, en realidad. Estaba tan sorprendido como nosotros por el bombardeo. Le dije cuáles eran nuestras intenciones y se ofreció a ayudarnos con cualquier inconveniente que tengamos, o con la información “confidencial” que encontremos. No puedo dejar de pensar lo afortunados que somos al tenerlo de nuestro lado.
—Sí, la verdad que fue todo un acierto. Todavía me pregunto por qué nos ayuda.
—Supongo que nos enteraremos tarde o temprano. Bueno, ¿Y ahora qué? ¿Vamos a ir hacia el lugar del bombardeo?
—A decir verdad, en este momento estamos entre la espada y la pared. Podríamos ir hacia allá, pero hay algo más. Es probable que no te sorprendas, pero los pedidos del Unicornio no se están ni siquiera considerando. Esperamos encontrarlo antes del horario que nos dio.
—¿Y cómo esperan que hagamos eso? Ni siquiera sabemos quién es este tipo, por el amor de Dios.
—Lo sé, lo sé. Tiene que haber algo que no vimos.
—¿Cómo qué?
—No lo sé, Lorne, pero tiene que haber algo. Tiremos más ideas.
¿Tirar más ideas de las que tiramos?
Ella pidió un par de cafés mientras comenzaban a revisar hasta el más pequeño detalle del caso.
—¿Qué pasó con el cirujano plástico, Lorne? ¿Crees que se nos pasó algo en su archivo?
—No lo creo, pero podemos pedirle a uno de los oficiales que lo revise de nuevo. Está todo archivado. Aunque no hemos hablado con su familia ni sus compañeros de trabajo. Espera un minuto, ¿Qué hay de Laura Crane? ¿Alguien la interrogó? ¿Hay alguna novedad?
Roberts frunció el ceño.
—No que yo sepa. Todo ha ocurrido tan rápido. Le ordené al oficial Fox que la interrogara, pero quizá no lo tuvo como prioridad.
El jefe levantó el teléfono y llamó a la sala del equipo.
—Está bien, déjamelo a mí. No, salvo que haya algo relevante, esperemos hasta el próximo turno. Bien —Roberts terminó la llamada.
—Parece que intentaron, pero ella se niega a cooperar. Dijo que no quería al abogado de turno, y su propio abogado no está libre hasta la mañana. Fox se guardaba la información hasta la próxima reunión. Le dije que estaba bien. No hay necesidad de que nos moleste con cada detalle.
—Está bien. ¿Y qué tal si le ofrecemos algún tipo de negociación? Ella es nuestra única oportunidad, señor. Ella lo conoce. Seguramente inclusive tengan alguna relación íntima. Si logramos hacerla hablar…
—¿Te refieres a ofrecerle el programa de testigos?
Lorne asintió. —Sí, recordarle lo peligrosa que es su situación.
—Tienes razón, Lorne. Hasta casi podemos sentir lastima por la pobre idiota. Perdió su trabajo, el respeto de sus colegas y toda amistad que haya hecho aquí. Sin embargo, eso ni se compara con lo que el Unicornio tiene pensado para ella cuando salga. Es una mujer muerta. Eso nos da mucha ventaja. Hagámoslo.