Capítulo Treinta y Dos

—Es asombroso tenerlo a bordo, señor —dijo Roberts sonriendo ampliamente mientras saludaba con un apretón de manos al padre de Lorne.

—Me temo que el nivel bajó en el minuto que me retiré, jefe. Ahora solo soy el viejo Sam.

—Solo le llevará un tiempo acostumbrarse. Deberá disculparme si caigo en alguno de mis viejos hábitos. —Roberts tuvo que ocultar la sorpresa que le causó ver a su ex suegro tan avejentado desde su retiro.

Sam asintió con la cabeza. Su atención estaba desviada de la charla, y de lleno en observar a todos los que llenaban la sala. Esto no se debía a Sean, sino a su hija.

—Ella está en su oficina, Sam. Necesitaba tomarse cinco minutos y despejarse un poco. Quizá no lo admita, pero estoy seguro de que se siente feliz y aliviada de tenerlo aquí.

—¿Cómo está llevando adelante todo esto, jefe?

—Para serle sincero, ella es más valiente que yo. Tiene sus momentos, ¿a quién no le pasaría? Pero últimamente yo diría que el noventa por ciento de su mente está destinada al trabajo. Teniendo en cuenta por lo que ha estado pasando las últimas cuarenta y ocho horas, ese no es un mal porcentaje, ¿verdad?

No hacía falta que Sam dijera nada. Su orgullo se notaba en su mirada.

—Es tan fuerte. No sé qué haría sin ella. Especialmente desde que… de todos modos, ¿Le molestaría si charlo cinco minutos con ella? Solo para asegurarme de que esté bien.

Sean sabía que Sam se refería a la muerte de su esposa, pero siendo tan profesional como siempre lo era, decidió no decir nada al respecto. Lorne ya le había comentado lo perdido que se sentía desde su muerte. De alguna manera, él creía que estar involucrado en el caso, le haría bien.

—Por supuesto que no. Le pediré a alguno de los chicos que les alcance un par de cafés del bar. Recuerdo que no eres un fanático de la porquería de máquinas de café. Y, disculpe que sea repetitivo, se- Sam, pero es un placer tenerlo a bordo.

***

—Papá, eso fue rápido. Pensé que habías dejado atrás tus poderes de Superman cuando te retiraste. Oh, papá…

Sus brazos le dieron todo el cariño que necesitaba.

—Ya, ya. Eres mi valiente. Cuanto antes saques todo fuera del pecho, más rápido podremos concentrarnos en encontrar a Charlie. Deberías haberme llamado antes.

Su mano le sostenía firmemente la nuca, de la misma manera que tantas veces lo había hecho durante su niñez. Ella miró hacia arriba. Él tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Vamos, corazón. Está bien llorar, pero sabes que haría Charlie si te viera así. Se burlaría de ti por semanas. Toma, sécate esas lágrimas. Busquemos una solución.

En el mismo momento que su padre la soltaba de sus reconfortantes brazos, alguien tocó la puerta.

Limpiándose los ojos, retrocedió unos pasos, le sonrió a su padre y se dirigió a la persona del otro lado de la puerta. Julie Saunders ingresó con una bandeja con dos cafés con leche y dos barras de chocolate.

—¡Que sorpresa! Gracias, Julie —miró la bandeja, soltó una corta risa y se quebró en llanto de nuevo.

—¿Te encuentras bien, cariño?

—Soy una tonta, papá. Estos chocolates eran los favoritos de Pete. Son los gorditos, por eso yo lo llamaba así. Por Dios, lo extraño tanto. Me siento perdida sin él.

—Sé que esto sonará como palabras vacías ahora, pero con el tiempo será más fácil, Lorne. Bien, hagamos lo que vine a hacer, antes de que comience a llorisquear contigo.

—Tienes razón, papá. Gracias.

—Supongo que todavía no le contaste nada al jefe de nuestra conversación…

—¿Me estás cargando? Me dijiste que demorarías media hora. Pasaron cinco minutos y estabas parado en mi oficina. ¡No tuve tiempo ni de ir al baño!

Ella sonrió mientras él se encogía de hombros. —Vamos, mi amor. Veamos que piensa el jefe de lo que hablamos.

***

—Por Dios, ni siquiera había considerado algo así. Es definitivamente verosímil.

El jefe le gritó al oficial Fox desde la otra punta de la sala. —John, tráeme una lista con los eventos más importantes que se lleven a cabo hoy en capital.

—¿Cómo qué, jefe?

—No lo sé, un rally, un desfile… Tiene que suceder algo, John. Siempre hay algo en Londres.

—Está bien, señor. Déjemelo a mí.

—Excelente. Oye, disculpa, no quise gritar. Ha sido un día muy largo para todos.

El oficial Fox aceptó la disculpa asintiendo con la cabeza. La charla animada y el retumbar de los teclados que se habían detenido de golpe al escuchar la irritada voz del jefe, habían retomado su rumbo.