Capítulo Treinta y Cuatro
—¿Qué sucede, jefe? Creo que la situación justifica una explicación. A su oficina, ya mismo.
El comisario se dirigió decididamente hacia la oficina de Roberts. Sean lo siguió, maldiciendo el momento en el que el comisario se presentó sin avisar, justo cuando los invitados de la fiesta comenzaban a llegar para el interrogatorio.
—¿Y bien? Le advierto Roberts, será mejor que tenga un buen motivo que explique por qué no me mantuvo al tanto, cuando le pedí específicamente que lo hiciera. ¿Por qué no me consultó acerca de este interrogatorio masivo que incluye a muchas de las personas más importantes y poderosas de la ciudad? ¿Por qué me tuve que enterar por el comisionado?
Roberts miraba alarmado al comisario, cuya cara ya había pasado a violeta de la furia.
—Lo lamento, señor. Sé que tendría que haberme contactado con usted, es que no tuve el tiempo suficiente.
—¿Qué? ¿No tuvo tiempo de hacer una llamada de treinta segundos? ¿Qué clase de idiota se cree que soy, Roberts?
Pregunta retórica.
—Usted es consciente del límite de tiempo que tenemos, señor.
—Otra vez la maldita fecha límite. Eso es producto de la imaginación de Simpkins, es algo que no ha sido comprobado ni tiene un gramo de evidencia concreta como para justificarlo. ¿Acaso no entendieron cuando les di el permiso para revisar el palacio de Westminster y salió todo limpio? Este personaje, el Unicornio, está haciendo lo que mejor sabe hacer. Hacer quedar como estúpida a la policía metropolitana y a ustedes. No tiene intención alguna de llevar a cabo esta amenaza.
—¿Eso es realmente lo que usted cree, señor?
—A menos que tengan evidencia que compruebe lo contrario.
—Bueno, no nos olvidemos del hecho de que este tipo tiene como rehén y como parte del trato a la hija de la inspectora Simpkins. ¿Qué propone que hagamos respecto a eso?
—Admito que es una verdadera pena, pero usted sabe tan bien como yo que es la política de nuestro gobierno no negociar con terroristas. Nunca.
—Dejemos este claro, señor. Usted sabe que no hay ningún tipo de intención en pagar los cuarenta millones que pide.
—Así es. Por supuesto, esa decisión no depende de mí, pero no, no hay ni ha habido nunca intención de pagar un centavo. Y antes de que me cuestione el hecho de que no se lo dije, le comento que fue algo que me pareció contarlo cuando fuese necesario.
El notable nerviosismo del comisario preocupaba a Roberts. Pero en este momento no era nada fácil controlar su ira para detenerse a pensar en un motivo.
—Y siendo yo la persona frente a la investigación, ¿no consideró que fuera necesario informarme de eso a mí? ¿Quién diablos se cree que es este tipo? Quizá Lorne y su padre tenían razón acerca de él desde un principio.
—No se presentó el momento indicado. Tengo una agenda muy ocupada como deberá saber, Roberts.
—Lo mismo digo. Todos la tenemos. Supongo que se enteró de la explosión de esta mañana del edificio que está junto al palacio de Westminster, ¿verdad? De seguro, eso le da credibilidad a la amenaza del Unicornio, ¿O usted se inclina por que fue una coincidencia, señor?
Los ojos del comisario se abrieron de par en par de repente, y sacó su lengua de golpe, tal como haría una lagartija, para hidratarse los labios secos.
—Una bomba… bueno… posiblemente, sí. ¿Tienen evidencia que compruebe algo? ¿Saben quién fue el que atacó el edificio?
—No, señor —¡Verga de mierda! ¿Qué caso tiene discutir con este tipo?— pero debemos tenerla como opción, quizá esté conectado con nuestra investigación. Es un evento demasiado grande como para ignorar.
—Sí, si lo vemos desde ese punto. Pero concentrémonos en el motivo por el cual estoy aquí. Explíqueme, por favor por qué rayos trajo a esta gente y bajo el consentimiento de quién.
Luego de soltar un suspiro lleno de impaciencia, Roberts le detalló los motivos por los cuales había tomado esa decisión.
—Según lo que sé, jefe superior Roberts, no es ningún crimen asistir a una fiesta.
—Como le dije, señor, si bien fue facturada como una fiesta, terminó siendo una subasta de chicas. Una venta de carne humana. Creemos que hay inmigrantes ilegales involucrados, y estamos investigando si están aquí por voluntad propia o como parte de una red de trata de personas. Sin mencionar la conexión con nuestro caso principal, que involucra a las mismas personas.
—No creerá que estas personas tienen algo que ver con el caso central, ¿Verdad? Sí, fueron erróneamente llevados a ese evento, y-
—¿Erróneamente? Sabían muy bien donde se metían y que era totalmente ilegal. Parece extremadamente preocupado por defenderlos, si no le molesta que le diga mi opinión, señor. ¿Hay algo que usted no me está diciendo?
—¿Cómo por ejemplo? —el comisario cambió la posición de sus pies.
—Oh, no lo sé. ¿Sabía usted de esta fiesta, por ejemplo? ¿Estaba enterado de que este tipo de fiestas se llevaban a cabo?
—¿Me está interrogando, Roberts?
—No, señor. Sólo parece que nada de esto lo sorprende. Por eso me pregunto si ya estaba enterado. Quizá sea muy amigo del famoso comisario, Glen Waverley
—No sé por qué debo contestarle, pero no, no sabía de estas fiestas. ¿Está satisfecho, Roberts?
No lo estaba. Pero por ahora, creía que era mejor dejar la discusión a un lado y calmar las aguas entre el comisario y él.
—Lo lamento, señor. Culpe a la falta de sueño y las horas que invertimos en este maldito caso.
—Disculpa aceptada. Sin embargo, de veras creo que está yendo por el camino equivocado con la investigación. Siga haciendo lo que está haciendo ahora y terminará molestando a unas cuantas personas muy poderosas, ¿Y todo para qué? Información de un tipo que ha estado huyendo los últimos ocho años. ¿Qué le podrán decir estos tipos del Unicornio que usted ya no sepa?
—No puedo contestarle hasta que los interrogue, señor. Pero de una cosa estoy seguro, y es que es de extrema importancia seguir cada una de las pistas del caso, sin importar que tan oscuras sean. Con todo respeto señor, yo tomo mi trabajo con seriedad, y siendo la autoridad aquí, no dejaré nada al azar. Ahora, lo siento, pero debo dar por terminada esta reunión. Sergei Abromovski estará por llegar en cualquier momento.
Sintiéndose completamente desconfiado, Roberts abandonó la oficina.
***
Entraron al escuadrón justo en el momento en el que Lorne y su padre salían de la oficina. La sala quedó muda. El comisario se notó sorprendido.
—Hola, comisario Greenfall, que gusto verlo de nuevo —dijo Sam, extendiendo la mano.
Lorne contuvo la respiración. Se sintió como una eternidad lo que el comisario tardó en encontrar su voz y decir:
—¿Sam? ¿Qué te trae por aquí?
Mientras ambos se concentraban en el otro, Lorne miró a Sean en busca de ayuda.
—Yo lo llamé, señor. Creo que su experiencia nos es de gran ayuda y, por supuesto, es de gran soporte para la inspectora Simpkins, ya que el caso afecta a su hija y a su nieta.
—La inspectora Simpkins no debería estar trabajando en el caso.
—Necesito hacerlo, señor. No estoy a cargo ni estoy siendo un obstáculo. De hecho, estoy siendo capaz de aportar mucho bajo la supervisión del jefe Roberts.
Lorne podía sentir lo tenso que estaba su padre y rezaba para que el comisario aceptara la situación. Ahora él era solo un civil que odiaba a este hombre, pero si le daba un solo motivo para molestarlo, no sabía que haría.
—Espero que sepa lo que hace, jefe Roberts. —ladró el comisario Greenfall.
Sam Collins dio un paso adelante.
—Mira-
Antes de que el padre de Lorne pudiera decir una palabra más, Roberts intervino entre ambos hombres.
—Sam, déjame encargarme de esto.
Lorne arrastró del brazo a su padre hacia la oficina y le dijo:
—Eso no fue de ayuda, papá.
—Lo siento, cariño. Es solo que ese tipo me pone los nervios de punta. No es capaz de resolver ningún tipo de crimen, menos un caso como este. Y para colmo tiene el atrevimiento de decir que yo soy el problema. Dios, esta rata de alcantarilla me hace hervir la sangre.
—Lo que me recuerda, ¿Has estado tomando tu medicación, papá?
La mirada avergonzada que le dio a Lorne confesaba que no lo había hecho.
—¡Papá! No puedes dejar de tomar tus pastillas para la presión cuando se te da la gana. Déjame ver si el doctor está por aquí y le pediré que pase a revisarte. Si dice que necesitas tu medicación, le pediré a alguien que te lleve a casa a buscarla.
—No jodas, Lorne. Tenemos trabajo por hacer.
—¿Quién manda aquí? Regreso enseguida.
Ella salió de la oficina mientras que el comisario y el jefe se retiraban de la sala por las puertas vaivén.
—¿Qué pasó, John? ¿Se calmó la situación?
—Sí. Creo que el comisario finalmente entendió que lo que está haciendo el jefe, es lo correcto.
—¿Hacia dónde se dirigen, lo sabes?
—El jefe está en camino a interrogar a Abromovski. En cuanto al comisario, no lo sé.
—Mierda.
Lo último que Lorne quería era cruzarse con el comisario mientras buscaba al doctor.
Al llegar a la recepción, Lorne soltó un suspiro. Hasta ahora iba bien. El sargento Burt Harris estaba de pie detrás del escritorio. Su rostro desbordaba preocupación. Cuando vio a Lorne, dejó caer el teléfono.
—Oh, aquí está, señora. Estaba a punto de llamarla.
—Quizá podemos ayudarnos mutuamente. Estoy buscando al doc-
—Está con Crane en la sala de interrogación número dos.
—¿En la sala de interrogación?… ¿Con Crane? ¿Por qué? ¿Qué sucedió?
—Le llegó la hora. El doc solo estuvo con ella unos minutos.
—¿Ha muerto? ¡Oh, por Dios! —Lorne giró sobre sus tacones y salió corriendo por el pasillo.
—¡Están en la sala número dos! —Harris la siguió.
La puerta de la sala de interrogación número dos estaba abierta de par en par. El doctor estaba en la entrada. El cuerpo de Laura Crane estaba tirado en el suelo, a sus pies. Sus ojos, a medio abrir, parecían dedicarle una acusación burlona a Lorne.