Capítulo Treinta y Ocho

De vuelta en el escuadrón, Lorne ya había dejado a Abromovski con su abogado y a Reynolds en la celda. Había dado la orden a los demás oficiales que profundizaran en el testimonio del jugador de futbol. Tan pronto como el jefe llegócon su padre, quien ya había sido chequeado en cuanto a su presión arterial, Lorne les comentó todo lo sucedido.

—Si nos fijamos que sucede hoy en Londres, hay solo un par de carreras insignificantes, lo de siempre. Además un grupo de jubilados quejándose por sus impuestos altos y un par de estudiantes marchando por el reclamo de un préstamo estudiantil. Sin embargo, hay una muestra de la guerra de Iraq, la cual parece ser importante. En la lista de invitados hay ex miembros superiores del parlamento, científicos y financieros entre el público general. Se dice que esta marcha se hace para sacar al primer ministro de la oficina —Lorne se detuvo para respirar— También nos informaron que la bomba que explotó temprano era un bomba casera, que tranquilamente podría haber hecho un alumno en el laboratorio del colegio. No descartamos que esté conectado con los estudiantes que participaran en el rally hoy. La bomba tenía un cronómetro y fue programada para explotar al llegar a la puerta del edificio. Posiblemente intentando causar muchísimo pánico. En mi opinión esto fue trabajo del Unicornio. Ahora, qué intentaba demostrar o comunicar con esto, eso no lo podemos saber.

—Está bien. ¿Dónde será la demostración de la guerra de Iraq? —preguntó su padre.

—Comienza en un lugar y luego se traslada, pasando por el Palacio de Westminster entre las doce y doce y media.

—Por Dios, ahora que lo mencionas, lo recuerdo. ¡Maldición! Debería haber logrado esa conexión antes —el jefe maldijo y se pegó en la frente con la palma de su mano.

—Bueno, eso pasa cuando eres un nerd detrás del escritorio. En serio, dejando las bromas de lado, no tiene sentido enojarse ahora. Lo importante es que tenemos la información ahora.

—Tienes razón, Sam. Supongo que ya se organizó vigilancia policial, ¿verdad? Generalmente es así, sobre todo si se trata de algo que tiene tanta gente a favor, como en contra.

—Sí, ya se han llamado a muchos oficiales. Es un evento seguro y bien planeado —dijo Lorne.

—Bien. Por lo que recuerdo haber leído, terminará en la calle Diez, donde harán una petición. ¿Qué te dice tu instinto, Sam?

Lorne los sorprendió diciendo:

—Yo sé lo que haría. Mi instinto me dice que deberíamos ir para allá de inmediato. Deberíamos dejar de perder el valioso tiempo que tenemos en escuchar los gustos de Abromovski y su importante clientela y averiguar que sucede allí, en el Palacio de Westminster. Sé que el comisario ya dijo que lo revisaron, pero tengo mis dudas acerca de que tan bien se hizo ese trabajo. Si realmente hubiesen revisado el área como correspondía, ¿No deberían haber encontrado el explosivo del edificio de al lado?

—No necesariamente. Ni siquiera sabemos quién puso esa maldita bomba. De todos modos creo que tienes razón. Solo estamos aquí, golpeándonos la cabeza contra estas cuatro paredes. Le avisaré al comisario que iremos para allá. Quiero ver si me da el visto bueno en que lleves un arma. Dame cinco minutos, ¿está bien? —dijo Roberts.

—No suelo apostar, pero te apuesto todo el salario del mes en que la respuesta será la misma de siempre y punto.

—Y yo estaría de acuerdo con él, Lorne —su padre se entremetió.

—Pero por favor, papá. Esta es una ocasión especial. Luego de lo que pasó con Pete, me sentiría mucho más feliz y tranquila teniendo algún tipo de protección. Supongo que me puedes entender, dadas las circunstancias.

Sean Roberts los dejó solos y se dirigió hacia su oficina. Cobarde, pensó ella al ver como su jefe evadía la discusión.

—Entonces usa un chaleco antibalas. ¿Cuántas veces te dije, que como precaución, deberías usar uno cada vez que sales? Este tipo, el Unicornio, no es el único peligroso que anda suelto. En caso de que no lo hayas notado, Lorne, Londres es un lugar muy peligroso para la policía.

—Justamente ese es mi punto, papá. Lo del chaleco no es suficiente. No hay chaleco que proteja la cabeza.

—Pero no es lo correcto, hija.

—Oh, lo sé. Conozco todos los motivos para estar en contra, y coincido con algunos de ellos, pero recuerda que hace poco perdí a mi compañero. Y eso no hubiera sucedido si yo hubiera estado armada. ¿Con que se supone que nos defenderíamos? ¿Con piedritas?

Olvidando donde estaba, la tomó de los brazos, la acercó a él, la abrazó y le susurró:

—He perdido a tu madre, Lorne. No soportaría tener que llorar tu muerte también. Mi corazón no resistiría perder algo tan preciado por segunda vez.

Ella miró hacia arriba y notó como sus ojos cansados e irritados se llenaban de lágrimas. Era su turno para alivianar el ambiente, antes de que ella también rompiera en llanto.

—No seas tonto, viejito. Tienes muchas cosas por las que vivir. En cualquier momento, Jade te dará otro nieto hermoso y saludable para que arrulles con amor.

Él la alejó y tragó con fuerza al decir:

—Antes de pensar en mi nuevo nieto, voy a hacer todo lo posible para encontrar a Charlie, mi primera nieta y traerla a casa sana y salva.

—Esperemos encontrarla pronto, papá. No sé cuánto tiempo más podré seguir sola.

—Estará bien, cariño. Después de todo, es tu hija.

Lorne volvió a caer en los amorosos brazos de su padre una vez más, y lo abrazó fuertemente, demostrando cuanto significaba para ella, en caso de que hubiera alguna duda.

—Lamento interrumpir, pero nos han dado el visto bueno, Lorne —dijo el jefe.

—¿Para llevar armas? —preguntó sorprendida.

—Sí, el comisionado nos ha dado a ambos una exención especial. Quiere al Unicornio fuera de las calles tanto como nosotros. Parece que finalmente se ha dado cuenta de lo peligroso que es este tipo.

—No trato de ser insolente con este pregunta, señor, pero ¿Acaso usted es capaz de disparar un arma? —preguntó ella.

—Supongo que no me viste practicar en la fila junto a ti en el prado.

—No me mienta.

—Creo que ese es un pequeño misterio que tiene por resolver, inspectora. Tal vez no es la única aquí que tiene secretos —Roberts le sonrió y le guiñó un ojo.

—Yo diría que es una maldita pena que no hayan funcionado las cosas entre ustedes en cuanto a lo personal. No digo que no esté satisfecho con el que elegiste, Lorne, por supuesto.

—Papá —Lorne soltó una risita pero no se atrevió a mirar a Sean.

Por un momento, el ambiente quedó cargado por el comentario que había quedado en el aire.

Sean rompió el hielo.

—¿Qué? Suficiente con tener que controlarla aquí, no quiero ni imaginarme como tendría que hacer con mi vida privada. Ella me despedazaría. La verdad, me siento mal por el pobre Tom.

Lorne intentó darle un golpe jugando, y los tres comenzaron a reír, lo que calmó el mal rato que venían pasando. Pero en el fondo de su corazón, Lorne pensaba: Hasta que Charlie no esté a salvo en mis brazos, no puedo compartir ningún tipo de humor.