Capítulo Cuarenta

—¿Qué sucede?

Para la sorpresa del Unicornio, Abromovski asomaba la cabeza desde el auto. El Unicornio estaba parado en la entrada de la casa del ruso. Abromovski lo miró y luego miró a sus guardaespaldas, quienes tenían unas risas sarcásticas en sus rostros, solo como los traidores pueden hacerlo.

—Una fiesta de bienvenida, amigo. ¿Esperabas algo menos? —preguntó el Unicornio.

Él puso su brazo alrededor del hombro de Abromovski y lo llevó dentro de la casa, por el pasillo hacia la cocina. De estilo victoriano, el lugar ofrecía ambientes espaciosos que brindaban muchísima comodidad para las actividades que llevaban a cabo. Además contaba con un lujoso departamento en el piso de arriba, exclusivo para el uso del ruso.

—Los empleados me dejaron pasar. Tengo intriga en saber cómo te fue en la entrevista con la policía —él dirigió al ruso tembloroso hacia el sótano que era a prueba de sonido. El Unicornio destrabó la puerta e hizo un paso atrás, mientras que el ex guardia leal de Sergei abría la puerta de par en par.

—Creo que sería más prudente alejar nuestra conversación de los oídos de los empleados, ¿no crees?

Sergei no protestó. Su agitación y las miradas de suplicio hacia los guardaespaldas producían extremo placer en el Unicornio, más aún cuando veía que su protección se alejaba.

La promesa de un mejor pago, sumado al hecho de que ninguno realmente respetaba al ruso, significaba que habían aceptado el cambio de bando tan pronto como se presentó la oportunidad. Ya habían planeado todo mientras esperaban el llamado de la policía para ir a retirar a su jefe.

Una vez que habían bajado las escaleras, los escoltas tomaron a Abromovski y lo guiaron en dirección opuesta a la oficina y la bóveda y lo llevaron hacia el dormitorio donde encerraban a las chicas. Pasaron por una cocina mugrienta y luego doblaron a la izquierda por el pasillo.

Totalmente consiente de lo que le esperaba, Abromovski comenzó a quejarse y protestar.

—¡No he dicho nada! Ninguno de nosotros lo ha hecho… Lo prometo. No hay necesidad de cambiar las cosas. Deberían concentrarse en matar a Reynolds. El idiota pensó que podía despistarlos quedándose en la estación luego de matar a Crane. Lo arrestaron por su asesinato. De él se tienen que cuidar. Nos delatará en el momento que se dé cuenta que nos liberaron a todos. Es obvio que sucederá eso.

—Cierra la boca. Ya nos estamos encargando de eso —el Unicornio abrió la puerta de uno de los cuartos de placer de una patada y los guardias tiraron a Abromovski dentro.

—No… Esto no es necesario… Ellos no saben nada —los ojos de Sergei sobresalían del miedo.

Lleno de terror, Sergei dirigió su mirada hacia donde él mismo mantenía sus instrumentos para la tortura: esposas, pinzas para apretar pezones, látigos y cuchillos, los cuales él usaba, sin piedad, con las chicas previamente a violarlas. Además divisó que se habían agregado algunos objetos más macabros a la colección. Sus piernas le temblaban.

Los guardias sentaron a Abromovski en una silla. El Unicornio le dio un par de golpes.

—Ahora dime, ¿Cómo se enteraron los policías de la fiesta?

Sergei levantó los patas de la silla en el aire al intentar alejarse, pero inmediatamente un par de manos lo apretaron de los hombros e hizo que la silla vuelva a pegarse el suelo. El ruso tragó con fuerza. Un poco de saliva le chorreaba por un costado de la boca.

—No, mira, no sé nada —suplicó. Su voz era cada vez más alta y aguda.

—¿Así que no sabes nada eh? —sin advertencia previa, el Unicornio estiró el brazo derecho y apretó las bolas de Abromovski, girándolas ciento ochenta grados.

Sergei soltó un grito agudo, se retorció y por último, vomitó. Lágrimas de dolor caían de sus ojos irritados. No podía respirar.

—Uggh. Traigan algo para limpiar eso.

El guardaespaldas de Sergei salió de la habitación y volvió con un trapo y un balde. Gary giró la silla hacia la derecha así el Unicornio evitaba el charco de vómito, y Abromovski enfrentaba la laptop. Hasta ahora él la había visto de reojo, pero ignoraba cuál era su propósito.

Todavía sosteniéndose las pelotas y retorciéndose de dolor, Sergei fue capaz de hablar entre dientes y rogar:

— Por favor, no sé nada. Todos tenemos un pacto de silencio. Quizá si no hubieses tomado mi auto y no lo hubieses guiado hasta mí, nada de esto habría pasado.

—No intentes echarme la culpa. Tú eres el que se acercó a mí. Tú me arrastraste en esta estúpida aventura tuya. Pero ahora, me lo compensarás.

El Unicornio movió el mouse de la laptop y la pantalla se encendió.

—A ver, ¿Qué tenemos aquí? Oh, mira, Sergei, es tu cuenta en la isla Caimán.

—¿Qué? ¿Cómo?

—Y tengo los medios y sé cómo quedarme con todo esto. Ahora tú cumplirás mi último deseo y me harás rico. Harás la trasferencia de todo tu dinero a mi cuenta con una transacción inmediata. —él no podía dejar de sonreír, mientras le indicaba a Gary que hiciera la llamada y le entregue el celular a Abromovski.

—Incluso preparé toda la transacción. ¿No es amable de mi parte? Lo único que tienes que hacer es apretar en el teléfono verde.

—¿Y si me niego?

—No lo harás, al menos, no por mucho tiempo. ¿Para qué crees que tenemos esto? —señaló con la mano las armas para torturar —no son para tu placer, te lo aseguro.

En la sala retumbó esa risa que lo conectaba con un tipo loco. De donde venía, ni él sabía, pero disfrutaba tenerla y como surgía en momentos como este. Plantaba terror en otros.

Su risa se terminó y miró a Sergei. La nuez de Adán subió hasta lo más alto del cuello y bajó de golpe.

Sergei tomó el teléfono.

—¿Y si hago esto me dejarás ir?

El Unicornio asintió.

—Tienes mi palabra.

El alivio se notó en el rostro del ruso. Él apretó el botón para contactar a su banco, y luego de varias preguntas de seguridad, vio como desaparecían los dos billones de dólares de su cuenta.

Una vez finalizada la transacción, el Unicornio tomó el celular, marcó unos números más y se lo volvió a entregar.

—Bien, ahora la de la cuenta Suiza.

—No. ¿Por qué? ¿Acaso no tienes suficiente? Déjame algo, por favor.

El Unicornio se rio, tipió algo en la computadora, y entró en otra cuenta bancaria.

—Estoy seguro de que tienes más, pero con este billón de aquí, más lo que tengo, está bien. Solo hazlo.

Una vez más, Sergei realizó todos los pasos. Una vez que había finalizado, se quiso parar, pero ambos guardaespaldas lo volvieron a empujar al asiento.

—Pero… he hecho todo lo que me pediste…

El Unicornio apagó la computadora y se dirigió hacia el otro lado de la mesa. Pasó la mano por todos los objetos. Entonando la canción, dijo:

—Tín, marín de do pingué, cúcara, mácara títere fue… Esto estará bien para empezar.

El placer del Unicornio creció en enormes cantidades cuando escuchó el eco de los gritos del ruso.

El Unicornio sacó un gancho de metal y lo incrustó con mucha satisfacción en la carne suave de Abromovski, retirándolo de golpe, arrancando un pedazo y dejando un hueco allí. Los intestinos apestosos se desplomaron como un manojo de serpientes y colgaron hasta la rodilla. La sangre salía a chorros, gruesa y brillante, pintó todo de rojo. El Unicornio metió el gancho de nuevo, arrancando los últimos órganos vitales y tirándolos al piso. Su terrible risa rozaba la histeria. Pisó firmemente con su pie lo que parecía ser el hígado. El ruido al pisarlo dejó la sala muda.

De repente, el Unicornio se sintió decepcionado. La muerte había sido demasiado rápida; había perdido el control. Miró a los hombres. Ellos estaban en estado de shock. El hombre que trabajaba con Sergei estaba así porque nunca había presenciado algo como eso, pero Gary nunca había visto a su jefe actuar de manera tan desordenada y sin pensarlo.

Buscando sacar ventaja una vez más, y tratando de obtener más credibilidad, les gritó:

—Si alguno de ustedes siquiera piensa en traicionarme, terminará así. ¿Me escucharon? —él le habló a ambos hombres, pero sus palabras iban dirigidas especialmente a Gary, el hombre a quien había confiado como su mano derecha, pero últimamente no sabía por cuánto tiempo más.

—Sí, señor —dijeron ambos al mismo tiempo. Gary mantuvo la mirada fija, pero para diversión del Unicornio, no logró mantenerla por mucho tiempo.

Al salir el Unicornio de la habitación, tres guardias entraban.

Ramón, quien trabajaba a menudo con Gary y había visto lo que sucedía entre los dos, puso una mano sobre su hombro.

—Está detrás de ti, Gary. Sea lo que sea que estés planeando hacer, sé sabio y piénsalo dos veces.

—No planeo hacer nada, no sé por qué cree que es así. Siempre sigo sus órdenes al pie de la letra…

Sí, pensó el Unicornio, quien detenido en la puerta escuchó el intercambio de palabras. Haces todo lo que te pido, pero hay algo… y es algo peligroso, ya que está atado a tus sentimientos por la perra de Sasha.