Capítulo Cuarenta y Cuatro

Los protestantes comenzaron a gritar al escuchar el disparo. Alguien dijo:

—¡Alguien disparó un arma!

La muchedumbre comenzó a dispersarse, escapando para salvar sus vidas.

—Por Dios, ¿Y ahora qué?

Lorne no se había dirigido a nadie en particular, pero fue Tony quien respondió.

—Seguimos adelante y vemos como resulta. Probablemente no lo escuchaste, pero después del disparo, escuchamos ruidos y unos hombres gritando. Luego de eso, no hemos escuchado nada más. Deberíamos esperar unos segundos más y-

Su oración quedó incompleta cuando vieron que las puertas traseras de la camioneta de abrían de par en par.

A los empujones, cuatro chicas aterrizaron sobre el pavimento. Apuntadas en la espalda por una AK-47, eran obligadas a caminar hacia adelante, entre la multitud, hacia el Palacio de Westminster.

Lorne le quitó los binoculares al jefe, y se sentó en el borde del asiento para ver con más claridad.

—Oh, por Dios, no…

—¿Qué? ¿Qué sucede, Lorne? —preguntó Roberts, intentando sacarla los binoculares.

—Charlie… Lleva puesto un chaleco suicida.

—¡¿Qué?!

—Lorne, jefe, ¿Están allí? —gritó Tony.

El jefe tomó el celular de la falda de Lorne.

—¿Tony?

—Obviamente estamos en una situación límite. Necesito que me asegures que Lorne puede manejarlo. De no ser así, les recomiendo que la separen de esto lo antes posible.

—Está bien, Lorne… ¡Mierda! —al buscar a Lorne con la mirada, vio que su asiento estaba vacío— ¿A dónde mierda crees que vas?

Ella no contestó. Sean se presionó el celular contra la oreja.

—¡Tony, se fue! Tengo que ir tras ella, nos mantenemos comunicados.

Lorne avanzaba a los empujones entre la multitud. El pánico la poseía cada vez más. Entre todo el ruido, ella podía escuchar como Roberts la llamaba y le rogaba que se detuviera, pero no podía. Tenía que encontrar a Charlie. De repente, un par de manos la tomaron por los hombros y la llevaron hacia la dirección opuesta.

—Lorne… Lorne, detente. Vamos, no puedes hacer esto sola… Te ayudaremos.

Ella miró a Tony a los ojos. Frente a ella estaba uno de los oficiales con los que había compartido la noche de vigilancia.

—Vamos, Lorne. Entra en la camioneta.

Sabía que no tenía demasiada opción. Si ella no cooperaba, Tony la arrastraría hasta la camioneta. Una vez dentro, Tony la dejó en uno de los asientos y él se ubicó en frente.

—Lorne, dijiste que podías manejarlo. Oh, mierda.

De pronto se escuchó la voz del jefe a través del celular de Tony.

—¿Tony? ¿Tony?

—Aquí, Tony.

—Por el amor de Dios, dime que fuiste tú quien tomó a Lorne. Estoy fuera de tu camioneta.

—Está con nosotros. Te dejaré pasar.

La puerta se abrió y Roberts ingresó.

—¿A qué carajo estás jugando, Lorne? —preguntó Sean, ya sin aliento y con tono de voz que parecía más al de un amigo preocupado que al de un superior.

—Señor, creo que fue un exabrupto —sugirió Tony.

—Lo fue. Gracias, Tony. Y, lo lamento, señor. Estoy bien ahora, lo prometo. Solo denme un minuto, chicos. —le dijo a los otros oficiales.

Lágrimas de frustración y humillación brotaron de sus ojos, como nunca antes, pero intentó contenerlas. Tragó con fuerza. Los oficiales se dieron vuelta en sus asientos y dejaron de mirarla. Tony le ofreció una taza de café e hizo espacio para que el jefe tomara asiento.

—Señor, por favor llame a mi papá. Pónganlo al tanto de lo que está ocurriendo y pídale que se contacte con Tom y Jade. Dile que esté con Tom, ya sea en la estación o en casa, deberían estar juntos. Con todas las cámaras en la marcha, esto será noticia en segundos.

Al pensar en su esposo y la angustia que sentía, él y toda su familia, su fuerza volvió. Al igual que su determinación y concentración. Mientras, el jefe marcaba el número.

—No me pases con ninguno de ellos. No tengo tiempo para lidiar con ellos. Ellos deben consolarse entre ellos. Y diles que mi teléfono debe permanecer libre- no mejor ordénales que no me llamen… Y será mejor que llames al equipo forense también. Deja un mensaje para Jacques Arnaud —en respuesta a la mirada sorprendida de Roberts, Lorne contestó— él… él es un amigo especial. Su reacción al ver esto en la televisión, será llamarme también.

El jefe no respondió nada. Lorne concentró su atención en los monitores. Los oficiales mantuvieron su concentración en la muchedumbre que ya estaba totalmente consciente de lo que sucedía.

Los hombres del Unicornio habían posicionado a las chicas en intervalos regulares, frente a la entrada del Palacio. La policía luchaba con la gente para mantenerla en control y en orden.

—Nos hemos comunicado con el inspector de seguridad que está a cargo allí afuera. Su nombre es Rudgely y sabe exactamente qué es lo que hacemos aquí. Él seguirá nuestras órdenes. —les dijo Tony— como es de esperarse, su primera preocupación es controlar a la gente, con lo cual nosotros estamos de acuerdo, pero él no hará nada que no le indiquemos.

Lorne se inclinó hacia adelante. Sus ojos se concentraron en las cuatro chicas. Podía notar que lloraban angustiadas.

—Sean, Tony, debemos hacer algo.

El jefe se disculpó con la persona que entablaba conversación, dejándolo en espera. Lorne supuso que era su padre.

—Conozco a Rudgely. Es un buen hombre. Si les parece bien, podemos liderar esto desde ambos lados, e ir comunicándonos. ¿Y qué hay de intentar hablar con el Unicornio? ¿Tienen un megáfono?

—De acuerdo. Aunque no coincido en la negociación.

—Creo que deberíamos negociar —interrumpió Lorne— por un lado, les daría esperanza a las chicas. Sabrán que estamos aquí, y será menos probable que el Unicornio haga algo si sabe que estamos dispuestos a cooperar o al menos tomarlo en serio.

—Entendido.

—Pero tengo que hacerlo yo, jefe.

—No, Lorne —el jefe, quien había dejado que el papá de Lorne escuchara toda la estrategia, se despidió de él y dio la orden de que el celular de la inspectora no debía usarse bajo ninguna circunstancia.

—Jefe, sabes que tengo que ser yo. He sido yo la que habló con él todo este tiempo. No hablará contigo. Lo conozco. Escuchen, sé lo que hay en juego. Lo sé mejor que cualquiera. No lo voy a arruinar.

Observó como él y Tony intercambiaban miradas. El jefe asintió antes de entregarle el celular.