Capítulo Cinco

En el preciso instante que Lorne cruzó la puerta, sus ojos buscaron al oficial Fox.

—John, ¿sacaste algo de las cámaras de seguridad?

—Sí, jefa. Logramos un avance. Tenemos un primer plano que sacamos de la cámara de la calle Market. El equipo forense está analizándolo y comparándolo con tomas previas. Además divisamos una cuatro por cuatro en la entrada del callejón que da a la calle Market. Están intentando localizar el número de patente. Storey, ¿encontraron algo?

—Denos un momento, jefe. Hey, espera un minuto. Sí.

Lorne y John cruzaron la habitación y se colocaron detrás de Storey.

—La patente UNI 123 está a nombre de un empresario ruso, Sergei Abromovski. Vive en el centro de la ciudad. Es dueño de un negocio llamado Trelgo Oil. Revisaré su historial.

—Buen trabajo, Storey. Te invitaré una cerveza en el bar, si es que nuestro homenaje a Pete sigue en pie. ¿Ha decidido que hacer, jefa? Hágalo por nosotros —dijo John.

—Sí, creo que haremos como planearon. Ya se lo comenté al jefe y no tiene problema. Es más, nos acompañará un rato.

—Genial. Y bien, ¿Qué piensas de todo esto?

—La verdad que suena demasiado bueno para ser cierto, si me preguntas a mí. ¿A qué demonios está jugando? Él nunca comete errores como este — contestó Lorne pensante.

John asintió con la cabeza.

—Bueno, esperemos que esta vez se haya equivocado. No puede ganar siempre.

—Brindaré por eso. Ahora vayamos a ver qué tiene para decir el Sr. Abromovski. Llámame cuando tengas más información, Storey.

***

El ascensor llegó al pent-house del edificio en cuestión de segundos.

—Mierda, menos mal que no tomé el desayuno completo.

—Debilucho —se burló Lorne, a pesar de tener el estómago revuelto también.

El lujoso vestíbulo tenía varias puertas. Pudieron ver que una decía ‘Asistente del Sr. Abromovski’. Mostrando sus placas a la rubia de pechos grandes que estaba detrás de un escritorio, Lorne preguntó: —¿Se encuentra?

—Sí, pero… —Lorne asintió con la cabeza y, junto a John, se metieron por la puerta doble que se encontraba detrás del escritorio— ¡Hey! No pueden…. Lo siento, Sr. Abromovski, ellos…

La luz de la oficina deslumbró a Lorne. Todo lo que se encontraba allí dentro brillaba, dando la impresión que la oficina estaba hecha de espejos.

—Sr. Abromovski, soy la inspectora Lorne Simpkins y él es mi… mi compañero, el oficial Fox. Necesitamos hacerle un par de preguntas.

El hombre que estaba sentado detrás del escritorio de vidrio, aparentaba estar en sus casi sesenta años. Ella lo observó por un instante. Sin contar su desconfianza, la vista que dejaba ver el enorme ventanal, por más magnifica y espectacular que era, no lograba distraerla del mal presentimiento que tenía. El amplio resplandor que se reflejaba sobre el escritorio, había formado su primera opinión de la oficina. Pero al mirar alrededor, vio que las otras tres paredes estaban repletas, desde el piso al techo, de estantes con libros. Todos sujetados con tiras de cuero, parecían ser libros del estilo legal y enciclopedias, lo que aliviaban el efecto de mareo y reconfortaban su estómago.

Abromovski se puso de pie y acomodó su lujosa chaqueta. Hablaba con un acento muy marcado.

—¿Policía? ¿Qué puedo hacer por ustedes? ¿Por qué han irrumpido en mi oficina de esta manera? ¿Estoy bajo arresto? Si es así, es solo porque ustedes, los británicos, me culpan de la suba del precio del petróleo.

Lorne ignoró su pobre intento de humor. —Señor, ¿Dónde se encontraba el martes por la tarde?

Él tragó saliva y se dirigió hacia la ventana. —Creería que estuve aquí todo el día. Debería chaquear en mi agenda —dijo, pensando.

Lorne se paró a su lado. Forzada a observar la vista, no pudo evitar sentirse sorprendida. Desde allí se veía el palacio de Westminster. Cualquier duda de que este hombre podría ser un testigo inocente, desaparecerían pronto.

—Gracias. Me gustaría ver su agenda. ¿Tuvo alguna reunión ese día? — Cuando volvió su mirada a él, encontró sus ojos examinando detenidamente su cuerpo. Ella frunció el ceño, y una sensación de intranquilidad la recorrió por dentro. Él desvió la mirada, dejándola aliviada y acomodó unos papeles mientras respondía su pregunta.

—Sí. Soy un hombre muy ocupado. Estoy constantemente en reuniones.

—Necesitaremos una lista —el ruso se veía confundido, y levantó una ceja— ¿Qué tipo de automóvil conduce, señor?

—Puede elegir, inspectora. Soy un hombre muy rico.

—El martes, ¿Qué auto condujo al trabajo?

—Déjeme pensar. Ah, así es, mi chofer me trajo en mi limusina negra. La blanca estaba en el taller para un mantenimiento. Para ser honesto, prefiero el modelo blanco. Es mucho más elegante que el color negro. Y mucho más sexy, ¿no lo cree?

—La verdad, no me interesan los autos, señor Abromovski. Suelo verlo como un reflejo del ego del hombre.

Él se rio. —Inspectora, soy un hombre muy ocupado. Dígame de qué se trata esto.

—¿Usted es dueño de una cuatro por cuatro de patente UNI 123?

—Así es.

—¿Se la prestó a alguien o notó que no esté el vehículo el martes de esta semana? —Lorne se acercó al ruso, quien se iba retirando. Este era un viejo truco que su padre le había enseñado al comienzo de su carrera, uno de los tantos que había escrito en su cuaderno. Su padre había dominado el arte de tratar con personajes desagradables que tenían algo para ocultar. Funcionó. Abromovski se alejó y se sentó en su asiento.

—No… no… Si no recuerdo mal, el coche estuvo en casa.

El sonido del celular de Lorne interrumpió la conversación. Sin quitar los ojos de encima de Abromovski, Lorne atendió el llamado.

—Soy Storey, señora. Estuve investigando a Abromovski y creo que sería mejor que por ahora lo evite en lo posible y regrese de inmediato a la estación.

—¿Puedes detallarme algo?

—Ya está bajo vigilancia. Podríamos estar entrometiéndonos en otra investigación.

—Comprendo. Ya estamos en camino.

Al alivio de Abromovski se notó enormemente.

—Ha surgido un imprevisto. Tendremos que dejarlo aquí, señor —ella no podía dejarlo con el control de la situación— Volveremos. No me convencen sus claros intentos en desviarme de tema.

Pudo ver a John dándole una mirada de advertencia. Cuando dejaron la sala, Lorne podía sentir la mirada penetrante de Abromovski detrás de ella.

—Tipos como ese me dan asco.

John no comentó.