Capítulo Cincuenta y Seis

La traba se abriría. Sabía que sería así. Solo necesitaba un poco de tiempo. Simon intentó de nuevo, retorciendo de un lado a otro el pedazo de metal que había encontrado tirado. Por Dios, si solo dejara de temblar. El sonido de un disparo lo dejó paralizado.

Se tiró de rodillas, lleno de terror y triste al suponer que ese ruido se llevaba el último respiro de Greg. Nunca antes se había sentido tan solo. El ruido de la puerta principal al abrirse, hizo eco. Se tiró al suelo de inmediato. Pudo ver salir a dos hombres. Mierda. ¿Dónde está el jefe? No tenía tiempo de especular. Los hombres se dirigían en su dirección. Simon supuso que el guardia les había dicho dónde estaba antes de que lo mataran.

Miró hacia todos lados. Detrás de él, un grupo de árboles le ofrecían su única opción. Las ramas de los pinos estaban muy unidas, y formaban un túnel oscuro debajo. Se metió, pero sabía que una vez que los hombres llegaran a ese lugar, sería el primer escondite que mirarían. Moviéndose lo más rápido que podía, se metió en el túnel. El sudor le entraba en los ojos, y su boca estaba seca como carbón.

Haciendo las ramas a un lado, llegó hasta un espacio abierto. Un muro de tres metros de alto costeaba el jardín hacia su izquierda. Frente a él se veían un ordenado y decorado jardín. A su derecha, cerca de doscientos metros de distancia, se veía la imponente mansión. Entre él y la casa, en el centro del jardín, vio lo que podía llegar a ser su salvación. Un laberinto.

El crujido de hojas le indicaba que sus secuestradores estaban cerca. Un grito le hizo saber que lo habían visto. El susto lo hizo correr a una velocidad parecida a la de un atleta profesional, haciéndolo llegar al laberinto en segundos. Se apresuró y se adentró en las profundidades de la vegetación. Luego de atravesar varios caminos, Simon se quedó quieto. Podía escuchar a los hombres en la entrada del laberinto, debatiendo que hacer.

—¿Lo seguimos o volvemos a decirle al jefe?

—¿Estás loco? Ya sabes lo que dijo. No podemos volver sin él. Vamos, no puede haber ido lejos.

Simon tragó. No podía moverse. Intentó descifrar que camino habían tomado.

Se escuchaban pisadas por el camino de piedras. Luego solo hubo silencio. No hablaron, pero Simon se dio cuenta por el cambio de sonido, que se habían separado.

Una vez más, su pequeña contextura lo ayudaba. Pegándose al angosto camino de césped, avanzaba casi por las raíces cubiertas. Siguió avanzando por el laberinto hasta que encontró un hueco en el seto perfectamente simétrico. Era un pedazo que había sido arrancado, probablemente por alguna infección de la planta. Sin importar cuál era el motivo, esto le daba oportunidad de trepar y buscar una salida. Una vez arriba, planeó su camino. Un par de giros, y estaría afuera.

Un par de segundos más tarde y estaba afuera. Se quedó unos minutos escuchando cual era el progreso de los hombres. Escuchó como se llamaban entre ellos. Sus voces sonaban lejanas.

—Ramón, ¿Dónde estás?

—¿Cómo mierda voy a saberlo?

—Por Dios. Nos matará por esto. Somos hombres muertos.

Simon rio por lo bajo. Malditos estúpidos.

Intentó ir hasta el Volvo, rogando que las llaves estén todavía puestas. Pero el tercer hombre, quien él creía que era el jefe, estaba apoyado sobre el capó. Gracias a Dios no me vio. Simon cambió la dirección y rodeó la casa hacia la parte trasera. ¡Mierda! ¿Qué carajo hago ahora?

Luego vio las viejas ventanas francesas. Se acercó y entró de un salto a la casa. De espaldas a la pared, comenzó a cruzar la habitación, con las manos detrás buscando cualquier obstáculo. De pronto, sus pies chocaron con algo. Tropezó y cayó de espaldas, amortiguando su caía con algo. Al girar la cabeza a un lado, vio el desastroso y sangriento escenario con la cabeza de Greg en primer plano. Tenía vomito atorado en la garganta. Simon se alejó de un salto y escupió un líquido que tenía sabor a bilis.

El horror de estar rodeado por tres cadáveres lo hizo temblar como un bebé. Su miedo se había convertido en desesperación. Pero, de algún lado, le nació coraje. Este podría ser su último día en la Tierra, pero al menos les complicaría el día a estos tipos. Entre el terror que sentía, se obligó a sí mismo a pensar con lógica.

Antes que nada, debía demorar su búsqueda todo lo posible, por lo que debía cerrar con llave cada puerta que pasara. Se apresuró por el pasillo. La puerta contigua tenía colgando una llave antigua. La cerró y la trabó. Mirando a su alrededor, vio una puerta al final del pasillo, la cual tenía que ser la puerta principal.

Simon sabía que el coche y el jefe estaban allí afuera, por lo que tenía que trabar la puerta, pero sin la llave. Eso haría demasiado ruido. Y, como no estaba puesta en el cerrojo, tampoco tenía tiempo de buscarla. Trabó un pestillo que tenía la puerta, intentando hacer el menor ruido posible. Volviendo en la dirección que venía, miró en busca de un teléfono. Vio uno sobre una mesa tallada en el medio del hall, pero decidió no usarlo. Si entraron por las ventanas, ¿cuánto tiempo les llevaría tirar abajo la puerta?

Miró hacia las escaleras. Seguro haya teléfonos allí arriba también. Se dirigió hacia el piso de arriba, subiendo de a dos escalones.

***

—Está bien, escuchen.

El jefe superior Roberts llamó a silencio en la sala. Lorne se sentó derecha. Ya había terminado su charla con el equipo acerca de la información que tenía de Reynolds y ya habían sugerido varias estrategias de donde partir. Ella tenía la sensación de que era todo para nada.

Roberts miraba a cada uno mientras hablaba.

—Tenemos el lugar donde se encuentra nuestro rehén. Dios sabe cómo, logró escapar de su captor, pero todavía está en peligro. Aun así, encontró un teléfono y llamó a su padre. Le dijo que está en la casa del juez Winwood.

En respuesta a los ruidos de asombro, agregó:

—Sí, ya lo sé. Las complicaciones son varias, teniendo en cuenta que soltamos al juez hace media hora y probablemente esté llegando a su casa, si es que ya no está allí. Intentamos contactarlo al número que nos dio, pero no atiende nadie. Rastreamos el teléfono y pudimos ver que recibió y contestó una llamaba apenas salió de aquí. La llamada fue de su esposa. Por lo tanto, asumo que ya sabe que tiene invitados. Ya divulgué su número de patente, solo nos queda rogar que alguna patrulla lo interfiera en el camino.

—¿Nos hemos perdido algo? ¿Está más involucrado de lo que pensamos? —preguntó Lorne.

—Podría ser, o quizá deba algunos favores. Según el interrogatorio, no tiene ningún otro tipo de conexión, salvo el de utilizar sus servicios para satisfacer sus deseos con niñas menores. Pero hay algo más. El Unicornio no fue solo en busca de un favor y un lugar donde quedarse. Simon Clovelly informó tres homicidios —Roberts habló de la supuesta identidad de las víctimas— en este preciso momento no sabemos qué tan seguro está Simon. Puede haber encontrado algún lugar donde esconderse. Si lo encuentran, esperemos que lo usen como un pase de salida.

—Parece que tiene todo bajo control, señor —Lorne esperaba retarlo con su tono, él tenía todo bajo control aunque era trabajo de Lorne eso. Roberts se vio avergonzado— ¿Por qué no nos quitaron el caso? ¿No debería ser preocupación del servicio de inteligencia secreto el primer ministro?

Roberts se sintió aliviado. Fue suficiente para Lorne que Roberts se diera cuenta que la había sobrepasado al tratarla como una más del equipo en vez de la inspectora a cargo.

—Quizá el comisario nos recomendó y confió en nosotros, ¿Quién sabe?

—Sí, claro, ¿alguien vio pasar un cerdo volando por la ventana? Todo lo que escuchamos de él es, “llevan ocho años detrás este tipo y nunca ni siquiera estuvieron cerca de arrestarlo”. De todos modos, —dijo mirando a todo el equipo— el caso es todavía nuestro, así que tomemos el reto. Revisemos el pasado del juez, al igual que el de otros invitados de la fiesta. Parece ser un jugador. No pasemos nada por alto. Revisen sus casos más recientes, su estilo de vida, sus cuentas bancarias, todo. Quiero toda la información —ella se detuvo y miró alrededor— este es el último tramo, chicos. Lo presiento. Ya sabemos dónde está el Unicornio, y gracias a la rápida acción del jefe Roberts ya hay patrullas en camino. Pronto lo tendremos encerrado en una pequeña área. Un esfuerzo más ¿Está bien?

La sala se llenó de energía. Los oficiales se ubicaron de inmediato en sus computadoras. Todos tenían el mismo fuego dentro, y las inmensas ganas de atrapar de una vez por todas al bastardo.

—Hay algo que podría ayudarnos —gritó AJ— El juez Winwood recientemente estuvo a cargo del caso terrorista de Abdul Mansaud, el hombre que intentó bombardear el vuelo que iba desde Heathrow a los Estados Unidos en mayo del año pasado. A pesar de un buen montón de evidencia, el caso fue catalogado como “sin comprobar” y Mansaud quedó en libertad.

—Sí, recuerdo vagamente ese caso. Esta tiene que ser la conexión que necesitábamos.

—Me pareció importante, por eso la resalté… pero no sé bien por qué —dijo AJ.

—Bien, analicémoslo. ¿Qué pasaría si el juez fue a la fiesta, pero no a formar parte de ello? —Lorne caminó hasta la pizarra y escribió: “Juez – interesado fiesta”

Uno de los oficiales más jóvenes interrumpió:

—Pero él se unió a la subasta y pagó para acostarse con una menor.

—Exacto, lo que puede indicar que solo el Unicornio sabía de sus intenciones, y solo pagó para que nadie se diera cuenta —pensó por un momento y luego volvió a anotar en la pizarra.

—Uno: el Unicornio le paga al juez. Dos: el juez recibe una ganancia de la subasta. Tres: a cambio, los terroristas quedan libres. Cuatro: El juez queda vulnerable al chantajeo.

—Pero, ¿Qué hay del jurado? —preguntó AJ.

—Bueno, digamos que se arriesgó. Un juez de su calibre tiene mucha influencia en el jurado.

Todos estuvieron de acuerdo en que la teoría de Lorne podía funcionar.

—Bien pensado, Lorne —dijo Roberts— Si es así como dices, el juez queda a disposición del Unicornio. Él podrá utilizarlo cuando y como quiera. Y ese momento es ahora.

—Vaya, tienes que ser un viejo retorcido para pensar algo así —agregó el oficial que había interrumpido anteriormente.

—Es exactamente a quien estamos enfrentando —le contestó Lorne— un hombre con una lista interminable de crímenes. Pero por ahora concéntrense en el hecho que este hombre mató a uno de nosotros y le hizo cosas terribles a mi hija. Esto es personal. —miró a Roberts— Señor, creo que deberíamos ir a la residencia.