Capítulo Cincuenta y Nueve

Lorne se puso el chaleco anti balas y sostuvo con fuerza su arma. Su corazón latía con fuerza. El Unicornio disfrutaría matándola, y ella lo sabía. Ella rogaba que las balas lo mantuvieran inmóvil así no la veía acercarse a sus hombres.

Con el sudor cayendo por su rostro y su blusa pegada al cuerpo, Lorne salió de los matorrales. Le hizo señas a los hombres. Los disparos comenzaron. El sonido le recordó aquel día en el callejón. Por Dios, Pete. ¿Todo esto pasó en solo dos días? Acompáñame, amigo. Cuento contigo.

Corriendo lo más rápido que podía, llegó hasta el laberinto y se tiró boca abajo, rodando un par de metros hasta alcanzar a los oficiales armados. Tomó su arma y dijo:

—Oficiales, soy la inspectora Simpkins. Mi plan es negociar con los dos hombres que están en el laberinto. Para que esto suceda, necesito mantenerlos dentro del laberinto. Necesito crear una situación donde no tengan posibilidad de ganar, así tendré mejor colaboración. Necesito que uno cubra la entrada y el otro de la vuelta y se ubique lo más cerca de la salida, sin perder de vista la casa.

Ambos asintieron y se ubicaron en sus lugares. Lorne se quedó tirada y escuchó. Podía oír voces que venían desde el laberinto.

—Santo Dios. Suena como si estuviéramos en una guerra. ¿Cómo vamos a salir, Ramón? Sabes que el jefe no nos esperará, debemos hacer algo.

—Tenemos que encontrar una salida. Seguramente tengan el jardín rodeado. Tú eres el más liviano. Te levantaré e intentaras ver hacia donde podemos salir.

—Yo no haría eso si fuera ustedes —gritó Lorne.

—¿Quién carajos-

—Inspectora Simpkins. Seguro escucharon hablar de mí.

—¿Dónde está?

—Muy cerca. Y tengo oficiales bloqueando todas las salidas con la orden de disparar a matar. Pero, si ellos no lo hacen, lo hará el Sr. Unicornio, así que les recomiendo que se entreguen.

Hubo un momento de silencio. Luego uno de los hombres respondió.

—No lo creo. Él nos necesita. Pero buen intento, maldita perra. No creas que puedes engañar a nuestro jefe. Él conoce cada uno de tus movimientos y seguramente ya esté apuntándote a la cabeza.

—¿Los necesita? Vamos…Ustedes son descartables para él. El Unicornio no necesita a nadie, en especial si son dos idiotas que no pueden salir de un laberinto del cual un niño salió hace media hora.

—Tiene razón, Ramón.

—Cállate la boca, Giorgio, o te mataré yo mismo, ahora.

Tengo razón, Giorgio. Y te diré algo más. No tienen opción. Porque lo primero que hará tu jefe una vez que esté en el aire, será eliminarlos. Después de todo, ustedes saben hacia donde se dirige y él no puede arriesgarse.

—Sabes que tiene razón, Ramón. Él ya mató a Gary. No le interesa una mierda nuestro estado.

—Está bien, está bien. ¿Entonces qué carajo propones que hagamos? Si nos quedamos, el jefe de mierda que tenemos nos mata. Si salimos, nos matan los policías. ¿Qué hacemos, entonces?

—Tenemos información. Información que hará que acaben con él. Tiene que valer algo-

—Un rápido pase al infierno, eso vale. Es exactamente lo que ella dijo. Por esa información es por la cual nos matará.

Lorne había encontrado la oportunidad de interrumpir.

—Yo puedo cambiar eso. Sí, están muertos si tratan de escapar. Pero si me dan la información para dar con su captura, no solo están a salvo, sino que podrán recomenzar sus vidas en un lugar donde nadie los conozca. Tener un nuevo comienzo. Todo lo que necesito por el momento es saber su próximo destino. Una vez que esté afuera, necesito todo lo que saben, más una declaración firmada y una comparecencia como testigos para presentar en la corte. Durante el proceso dispondrán de seguridad, y cuando todo termine tendrán su pase de ida hacia una nueva vida.

—¿Cómo sabemos que mantendrá su palabra?

—No lo saben. Pero de la manera que yo lo veo, no tienen otra opción.

—¿En quién prefieren confiar? ¿En mí o en su jefe? —preguntó Lorne.

—Yo lo haré. Vamos, Ramón. Amigo, sabes que lo odias. Sé honesto.

—Sí, está bien. Pero apurémonos. Se irá en cualquier momento.

—Bien, ¿Hacia dónde se dirige? —Lorne contuvo la respiración. Sabía que solo disponía de segundos, el helicóptero del Unicornio había comenzado a elevarse.

—Primero sácanos de aquí. No nos engañarás con eso.

—Ustedes tampoco. Sin información, no hay trato. Les quedan minutos de vida a menos que cooperen. ¿Hacia dónde se dirige?

Ella no solía rezar, pero esta vez fue inevitable. No lo puedo perder ahora. No ahora.

—Irá-

—Cállate la boca o te mato, idiota. Queremos salir de aquí y ahora.

—No hay trato. Que tengan una buena vida. Tenemos un helicóptero en camino. Podemos seguirlo, pero si supiéramos hacia dónde va, lo esperaríamos allí. Solo recuerden que si despega ahora, están muertos. Pero no termina ahí. Si no logramos atraparlo, irá tras sus familias. Pero antes de matar a las mujeres de su familia, ustedes ya saben lo que hace con ellas. Incluso sus abuelas, e hijas-

—Portsmouth. Va hacia Portsmouth. Allí está el barco de Abromovski. Tiene pensado ir a Europa. Ir a Mónaco. Eso es todo lo que sabemos-

Lorne tuvo un deja vú cuando el ruido del helicóptero los dejó sordos. La máquina flotaba en el aire, cubriéndolos de sombra. Lorne miró a su alrededor. Atrás de ella había un cobertizo, pero debía correr veinte metros para alcanzarlo. A toda velocidad, corrió hacia la casa de madera. Por favor, que no esté cerrado.

Sus oídos le dolían por el ruido del helicóptero y los gritos de los hombres en el laberinto.

Las balas arrancaban ramas y hojas, haciéndolas volar por el aire. La única manera de llegar a un lugar seguro era mientras él estuviese entretenido con sus hombres.

Su respiración agitada le quemaba los pulmones. Miró por encima de su hombro. Los oficiales estaban cerca de ella. Se arrojó contra la puerta. Tenía segundos antes de que el helicóptero diera la vuelta hacia ella. La puerta no se abría. No había manera de romperla. Lorne volvió a mirar a los oficiales. Estaban de pie, corriendo hacia ella. Lorne pudo verlo. Tenía la boca abierta y su cuerpo temblaba. El hijo de puta está riéndose de nosotros.

Lorne sabía que había llegado su hora. Pensó en Charlie. Pobre Charlie. Y lo peor de todo es que no había alcanzado a decirle cuanto la amaba. Me recordará como la madre que prefería trabajar antes que estar con su hija y su familia. Y Tom la alentará porque sé que él piensa lo mismo.