Capítulo Seis
El unicornio pasó sus dedos por el muslo desnudo de la chica. Una prostituta, de clase alta, pero aun así una puta, ya había cumplido su propósito por ahora. Él tenía mejores cosas planeadas para el futuro cercano…
El teléfono comenzó a sonar. Era la melodía que le había asignado al ruso. La interrupción al placer que tanto había anticipado hizo que su paciencia se perdiera en un segundo. Mientras atendía el llamado, le ordenó a la chica que se marchara.
—¿Sergei?
La participación de los rusos como conexión en su plan, pronto acabaría.
—La policía acaba de irse. Saben que usaste mi coche el martes-
—Cálmate. Sergei. ¿Qué dijeron exactamente?
Sergei Abromovski describió detalladamente la conversación que había tenido con los oficiales y le comentó cómo un llamado inesperado hizo que la reunión se terminara.
—Entonces…¿Exactamente de qué estas preocupado?
—¿Qué sucede? ¿Me estás escuchando? Pareces desinteresado. Me implicaste en tu maldito juego. Exijo saber qué piensas hacer.
—Confía en mí. Mi plan está a punto de ponerse interesante.
—¿Qué carajo quieres decir con eso? ¿Acaso me implicaste intencionalmente?
El Unicornio mordió suavemente el extremo de un habano y lo encendió con el encendedor de oro puro que tenía sobre la antigua mesa de noche. Un par de horas más, y todo habría valido la pena. Mañana sería el comienzo para él. Pensó en el yate que compraría y como navegaría hasta Mónaco, donde viviría rodeado de gente rica. En cuanto al ruso, sería su último día...
—Sergei, ¿Crees que te haría algo así? ¿A ti, mi buen amigo? Fue un accidente honesto, puedo asegurártelo.
La mentira sonó lo suficientemente convincente. Luego de unos instantes, el ruso le creyó y colgó el teléfono. El Unicornio se reclinó sobre la cama, con una sonrisa dibujada en su rostro. Mi padre estaría tan orgulloso de mí.
Pensar en su padre lo llevó a recordar alegremente su cumpleaños número dieciséis. Ese día había saboreado el dulce gusto de la venganza de todas las lecciones de ‘uso y abuso’ que habían penetrado su alma, luego de años de ver como los puños de su padre, gigantes como melones, golpeaban a su madre a cambio de sumisión. Luego, cuando ella se encogía de miedo a sus pies, de repente y sin motivo, le pegaba a él, su único hijo. Parecía ser a modo de advertencia de lo que le esperaba si sobrepasaba el límite.
Pero su día de venganza había llegado. Eutanasia, dirían algunos. Su padre había rogado piedad. Rogó a gritos, fuerte, con voz ronca, más profundo de lo que se podría imaginar, ahogándose de dolor mientras sus robustos dedos, uno por uno, eran quebrados en dos.
Inhalando profundamente el humo, el Unicornio largaba anillos de humo al aire, viendo cómo se desintegraban. Su mente reproducía la imagen de las entrañas de su padre, chorreando como gusanos gigantes. Gotas de sangre se filtraban por los ojos, gotas rojas cayendo por su horrible rostro. Él había ahogado y despedazado al bastardo.
Describir este incidente de manera gráfica y cruda siempre había ayudado a mantener a los asociados ambiciosos encaminados. Lo pensarían dos veces antes de intentar clavarle un puñal en la espalda.
Comenzó a pensar en el ruso. Reemplazó la imagen de su padre con la de Sergei Abromovski y dejó que su imaginación recreara la tortura una vez más. Experimentó un placer mucho más profundo que el que cualquier puta podría llegar a darle.