Capítulo Sesenta y Seis
Henry, el collie de Lorne, se le abalanzó encima en el momento que pisó el hall de entrada.
—Hola, bonito mío. ¿Me has extrañado?
Él saltó y giró corriendo hacia la puerta trasera que daba a su abandonado, pero amado parque. Sin tener el corazón ni la energía para retarlo, Henry hizo sus necesidades sobre la planta de lavanda. Ella apoyó la cabeza contra el marco de la puerta y miró hacia el cielo. Observó las estrellas brillantes en el cielo negro, y mientras le caían lágrimas por su rosto, le habló a su mejor amigo.
—Te voy a extrañar, grandulón. Espero que me cuides en los momentos difíciles. Espero ansiosa el momento en que seamos compañeros de nuevo, pero no todavía, ¿te parece?
Se asombró cuando vio pasar una estrella fugaz. Se preguntó si sería una señal de Pete, demostrando que estaba allí. Eso espero.
Unos minutos más tarde, Henry decidió que era suficiente y que estaba listo para volver al calor que le brindaba la casa. Él le lamió la mano. Ella sentía cierta nostalgia en dejar las estrellas.
Su copa de vino Chardonnay y el omelette lograron que se relaje. Su cuerpo estaba demasiado cansado como para dormir, y su mente no paraba de interrogarla. ¿Murió Baldwin? Aunque las señales eran buenas, ¿Cómo se recuperaría Charlie de todo esto? ¿Seremos felices de nuevo con Tom? Lorne tomó el celular.
Él contestó en el primer repique.
—Allo, chérie. Estaba preocupado por ti. ¿Ca va?
—Estoy bien, Jacques. Solo necesitaba escuchar una voz familiar.
—¿Dónde estás?
Le contó que estaba en casa y que Tom se quedaría en el hospital.
—Necesito hablar contigo, Jacques. Estoy confundida —se le cerró la garganta, le era difícil tragar— Jacques, necesito verte.
Las palabras se le escaparon más rápido de lo que pensó. Su silencio la mataba.
—¿Jacques?
—¿Cuándo? —susurró él.
Ella se aclaró la garganta.
—El funeral de Pete es mañana, ¿Te veo allí? —luego de su silencioso “sí”, ella agregó— Pensé que quizá después… Iré al hospital a ver a Tom y saldré de allí cerca de las siete. Conozco un pequeño pub, en la otra punta de Hyde Park. ¿Podríamos tomar un taxi y encontrarnos en la esquina de Speakers?
—Por supuesto. Pero cruzaré el parque caminando. Me encanta ese lugar, y tomar aire puro me hará bien.
—Está bien. El pub está solo a unas cuadras de allí. Podemos ir caminando. Nos vemos mañana, Jacques.
—Pero, chérie ¿A qué se debe todo esto?
—No puedo hablarlo ahora. Como te dije, estoy confundida. Es acerca de mi futuro. Necesito consejos, o quizá que me ayudes a decidirme. Oh, no… quizá he malinterpretado las señales y estás sorprendido por esto…
—No. Puede ser que estés confundida, pero no has malinterpretado nada, mi chérie, si te refieres a las señales acerca de cómo me haces sentir.
—Oh, Jacques…
—Suenas agotada, mi chérie. Deberías descansar. Hasta mañana. Que descanses.
Al terminar de hablar, Lorne sentía emoción por haber tenido el coraje de decirle a Jacques que sentía por él, pero a la vez sentía tristeza y culpa por Tom. Pero la felicidad que sentía la llenaba al escuchar que Jacques sentía lo mismo.
***
Parada fuera del crematorio esperando por que llegue el ataúd de Pete, Lorne sentía que estaba en otro lugar. Observó a sus compañeros del equipo. Todos elegantes, queriendo tener el honor de ingresar el ataúd al edificio. Al final de cuentas fue la contextura de cada uno la que eligió a quienes llevarían los restos de Pete.
Lorne intentó repasar lo que había escrito para honrar a Pete en su funeral, pero no lograba leer más allá de la tercera línea. Tendría que improvisar. Tengo material suficiente como para escribir un libro tuyo, Pete, así que no creo que decir un par de palabras sea difícil.
Alguien tosió a su lado e hizo que dejara sus pensamientos atrás. John Fox estaba parado junto a ella.
—¿Se encuentra bien, señora?
—Tanto como puedo en un día como este, John. ¿Cómo lo llevas?
—Más o menos, señora. No me había dado cuenta todavía cuanto lo iba a extrañar, hasta hoy. Hay algo bueno, por lo menos la máquina expendedora no quedará sin chocolates tan rápido.
Ambos sonrieron. Como un rayo, la imagen de Pete obteniendo chocolates, y ella bromeando acerca de su obsesión por ellos, vino a su mente. Siempre le decía que si eso fuese un juego olímpico, él se llevaría la medalla de oro.
John se movía nervioso. Ella se dio cuenta que había algo que quería decirle.
—¿John?
—Quizá este no sea el momento… pero, ¿escuchó lo que sucedió con el comisario?
Se había olvidado de él. ¿En qué diablos andaba ahora?
—No, John, sorpréndeme.
—Mientras usted y el jefe perseguían al Unicornio, él trajo a un viejo amigo de él para ser interrogado.
—Ni siquiera sabía que tenía amigos. ¿De veras lo hizo? ¿Quién es?
—¿Le suena conocido el nombre Glen Waverley?
—Claro, el maldito que tuvo que ser trasladado, y además fue uno de los invitados en la fiesta de Abromovski.
—Ese mismo. Ha estado cantando como un pajarito por horas. El mismo comisario lo está interrogando.
—¿De veras? ¿Alguien está escuchando el interrogatorio?
—Yo me metí un par de veces. Me imaginé que usted querría información al respecto. —levantó una ceja y sus ojos color avellana brillaron.
—La pregunta, John, es ¿Entraste en un buen momento?
—Por supuesto. Waverley dice que el Unicornio lo chantajeaba. Insiste en que fue obligado a asistir a la fiesta. Revisando los videos de la fiesta, se ve que él está disfrutando bastante como para no querer estar allí.
—¿Dijo por qué lo estaban chantajeando?
—Algo relacionado con drogas. Por el caso que hizo que lo trasladaran.
—No me digas. El envío de drogas del Unicornio falló, y decidió no involucrar a Waverley. Luego llegó el momento de pagar.
—Así mismo.
—Bueno, creo que esa parte del caso está resuelta. ¿Dijo algo relacionado con los demás invitados?
—La historia casi siempre es la misma. Asistieron a una de estas fiestas. Les tomaban fotos, lo que significaba que debían asistir a las futuras fiestas, quieran o no; o las fotos serían publicadas por la prensa. Pasó lo mismo con el jugador de futbol. Ya sabes como es. Tienen tanto dinero que no saben qué hacer con él. No piensan en las consecuencias, y aquí los tenían agarrados de las pelotas.
—¿Y qué hay del juez Winwood? ¿Tiene algo que ver el caso del terrorista Abdul Mansaud con su futura corrupción y chantajeo?
—Mansaud era muy buen amigo y socio de-
—No me digas, Baldwin. Entonces probablemente fue así: el juez recibió la invitación a la fiesta, quedó comprometido, luego fue chantajeado por un puñado de dólares, ganancias de la subasta. Luego de eso, fue chantajeado por doble motivo: las fotos de la fiesta, y el caso del terrorista.
—Exacto. Supongo que escuchó sobre los DVD’s que se encontraron en la casa del juez.
—Me enteré. Nada que esté en la lista de preferencia para ver antes de morir. Para él ni para su mujer.
—No, señora. Aquí están el comisario y el jefe, señora.
—¿El jefe sabe lo de Waverley?
—No que yo sepa. Pero supongo que sí, ya que estuvo toda la mañana con el comisario.
—Claro. Iré con ellos. Nos vemos luego. —dijo Lorne.
—Volveré a la oficina luego. Hay muchos cabos por atar. La mayoría a decir verdad.
—Los cabos sueltos pueden esperar. Pete tendrá solo un velorio. Quiero que todos estén allí. Y si alguien se niega, me lo haces saber. Me encargaré de ellos, ¿está bien?
—Inspectora, ¿Cómo está hoy? —interrumpió Roberts como si le estuviese hablando a un paciente psiquiátrico.
Su traje le quedaba perfecto.
—Estoy muy bien, jefe, gracias. Pero a decir verdad, preferiría estar en cualquier otro lugar.
—Buen día, inspectora. Debo coincidir con usted. Odio los funerales, pero tener que asistir al de un colega, es todavía peor. Espero que usted lo esté llevando lo mejor posible. Sé cuánto significaba Pete para usted —dijo el comisario.
—Gracias, señor. Estoy haciendo lo posible. ¿Acaso el comisario está siendo amable conmigo? ¿Por qué?
Era tan extraño de su parte. Lorne siempre había creído que carecía de cualquier sentimiento que no sea negativo. ¿Qué demonios está sucediendo?
—Me alegro. Sabía que sería así. Luego del funeral, ¿Nos acompañará a la oficina? Hay un par de cosas para revisar con respecto al Unicornio.
El velorio pasó en un abrir y cerrar los ojos. Lorne sentía dolor al intentar no parpadear para que no cayera ninguna lágrima. Las guardaría para la privacidad de su hogar.
Había sido una buena despedida. Pete habría estado orgulloso.
Lorne volvió a la oficina. Se encontraba sentada junto al hombre que ella siempre sintió que la odiaba. Ella se mantenía en silencio.
Por los siguientes diez minutos, los hombres discutieron su caso y se felicitaron uno a otro por como ellos habían logrado resolverlo. Ella encontró la escena como una maldita tomada de pelo. Un resumen de cómo había sido toda su carrera. Mientras ella se rompía el lomo trabajando, sus superiores masculinos se llevaban el crédito. Que se vayan a la mierda.
Era momento de terminar con toda esta mierda y el resto de basura que jodía toda su vida. Empezaría solucionando su situación sentimental. Esa misma noche lo haría. Sentía nervios y algo de miedo. Tom había cambiado últimamente. Se parecía al Tom del que se había enamorado. Decidiría eso más tarde.
Pero por ahora, había algo más: su carrera. Ya estaba cansada de luchar con los egos de los hombres. Ahora que Pete se había ido, no había nadie que la apreciara o valorara.
—Siéntase libre de unirse a la conversación, inspectora —dijo Roberts, incluyéndola por primera vez.
Ella se encogió de hombros, se disculpó brevemente y salió de la oficina. Ninguno de sus superiores intentó detenerla. Se dirigió a su oficina, la cabeza le explotaba. El jefe la llamó cuando iba por el pasillo.
—¿Lorne?
—¿Señor?
—¿Te gustaría contarme qué demonios sucede?
Ella se cruzó de brazos. Tenía dos opciones. Podía echarle la culpa del mal humor a lo que recién había sucedido, o podía contarle realmente como se sentía.
—Sé que fue un día muy duro para ti, Lorne, pero no estás sola. Pete era querido y respetado por todos sus compañeros. Toda la estación está llorando la pérdida de un oficial tan excepcional como lo fue él.
Lorne se mordió el labio. Enojada, se acomodó el cabello detrás de su oreja, extendió los brazos a los costados y estiró su espalda, en lugar de contestarle.
—Esa es mi chica —dijo el jefe sonriendo. La confusión que tenía el jefe le causó gracia a Lorne.
—Para su información, señor, esto no tiene nada que ver con Pete. Bueno, quizá un poco… a decir verdad, mucho. —dejó de hablar. No digas nada, Lorne, no hasta que tengas tiempo de pensarlo bien. Su conciencia le advirtió, pero ella eligió no seguir la lógica.
—Voy a limpiar mi escritorio. Me he dado cuenta, de una vez por todas, que no me valoran en este oficio apoderado por hombres. Creía que las leyes de igualdad de trabajo ya estaban vigentes. Parece que me equivoqué. La fuerza tiene sus propias leyes para tratar con mujeres. Parece que nos ascienden para luego ignorar todo lo que decimos y así volver a dominar ustedes. Puede discutirlo todo lo que quiera, señor, pero está a la vista. Acabo de pasar los últimos diez minutos escuchando como dos hombres recargados de ego hablaban idioteces, y eso a mi criterio es un puto insulto. Da la casualidad que yo creo que hice un trabajo maravilloso las ultimas cuarenta y ocho horas. Trabajé bajo circunstancias extremas, ¿y qué reconocimiento recibo? Nada. Absolutamente una mierda. ¿Realmente puede decirme que si lo mismo le hubiese pasado a usted y su triste vida, hubiera sido capaz de lidiar con eso como yo lo hice? Lo dudo mucho.
Allí estaba, la verdad completa. Excepto que no había salido de la manera que ella hubiese querido.
El jefe dio unos pasos para atrás. Estaba anonadado. Parecía que el mismo Mike Tyson le había dado un golpe en la mandíbula.
—Estás enojada. Han sido unos días de mierda, por un u otro motivo. Luego del velorio, ¿por qué no te tomas unos días para cargar las pilas? Lo hablaré con el comisario. Estoy seguro que entenderá.
—No me importa un carajo si él entiende o no. Ya te dije cuál es mi decisión, Sean, y te aseguro una cosa, no voy a cambiar de opinión. Ni en unas horas, ni en unas semanas. Tuve suficiente. He cumplido mi ciclo. Atrapé a mi enemigo. Perdí a mi compañero por circunstancias innecesarias. Quiero irme. Quiero recuperar mi vida. Quiero una vida. Y sé que nunca podré disfrutar de una vida que pueda llamar propia si sigo trabajando en un lugar donde no valoran las horas y esfuerzo que invierto.
—¿De dónde diablos sacas esa idea?
—Acabo de pasar diez minutos escuchando como tú y el comisario se felicitan entre ustedes. En todo ese tiempo, mi familia y todo lo que les hice pasar no fue ni siquiera mencionado. Eso resume todo, Sean. Ustedes son una manga de idiotas felicitándose cuando todo lo que quieren es ver que pueden sacar de todo esto. En cambio yo, veo las cosas desde una perspectiva distinta. Siempre consideré mi rol como un privilegio. Siempre me sentí honrada por la confianza que depositaron en mí al haber sido elegida para proteger a los ciudadanos. Sin embargo, los criminales elevaron las cosas a otro nivel, y creo que la fuerza se está quedando atrás. Algunos incluso dirán que los criminales tienen comprados a los policías. Si no hubiese sido por la ayuda de Tony, este caso no hubiese sido resuelto. Pero escucharlos a ustedes dos allí dentro…
Ella dejó de hablar. Había sido suficiente. Ya estaba harta de decir siempre lo mismo. ¿Cuál era el fin de seguir? Si no la entendía ahora, nunca lo haría.
—Oh, Lorne. Estas tan equivocada.
—Oh, Sean —ella imitó su tono, siendo sarcástica y luego arrojó el último golpe— No lo creo. De todos modos, tengo el presentimiento de que tú y el comisario se están felicitando demasiado pronto.
—¿Por qué lo dices? No es que crea que lo estábamos haciendo…
—Como dije, tengo un presentimiento. Lo lamento, olvidé que no eres Pete, siempre supo lo tonto que era ignorar mis presentimientos, o el peligroso sexto sentido de una mujer, como le decía él. En algún lugar del mundo, Baldwin está planeando su próximo golpe. Él no murió en esa explosión.
—No de nuevo con eso. Debemos esperar que dicen los forenses. Te ruego que consideres lo que vas a hacer. Hoy no es el día para tomar decisiones tan drásticas.
—Yo diría que hoy es el día ideal para hacerlo. Dejaré el escritorio limpio en una hora y mi nota de renuncia en su escritorio.
Ella dio media vuelta y se largó.