Capítulo Ocho
La decoración en el bar ‘White Swan’ era la misma de hacía años. Lorne miró su reloj. Seis en punto.
John vio que ella y el jefe Roberts entraban y se apresuró a acercarse y ofrecerles un trago. Su lado cínico le molesta. Se preguntaba si él sería el intruso. Su invitación podría ser señales de culpa. Si le chupaba las medias a sus superiores, ellos nunca sospecharían. Santo Dios, mujer, ¿tan enloquecida estás que ya tienes paranoia?
El jefe le agradeció a John, pero rechazó su generosidad. Luego fue hasta la barra y le entregó a la mujer que atendía cincuenta libras. Todos brindaron. Alguien gritó: —¡Por Pete! Que su buen alma descanse en paz.
Todos levantaron sus copas. El silencio que siguió fue más fuerte que el brindis. Lorne miró a su alrededor. Los oficiales se frotaban los ojos, o se quedaban sentados mirando fijo, dejando que sus lágrimas cayeran. Parte de su dolor había calmado al ver al grupo pensando en Pete.
El jefe les recordó a todos que debían regresar a sus tareas en treinta minutos. Tomó a Lorne del brazo y la llevó hasta un rincón, ignorando sus quejidos. Se sentaron cerca del hogar, una nueva adquisición del bar; que por cierto, no quedaba nada bien con el entorno. El calor que emitía hacía que las mejillas de Lorne se enrojecieran.
El jefe se ubicó frente a ella, dándole la espalda al grupo. Ella los miró por encima de su hombro.
—Lorne, ¿falta alguien?
—Simon Teller no está aquí, tampoco Harry el veloz…
—¿Quién?
—Alan Jackson… lo llaman así por los coches deportivos que tiene. Se rumorea que le gustan las mujeres igual de rápidas. Todos los demás parecen estar aquí. Espera, Laura Crane… no está aquí. El otro día escuché a alguien hablando de ella… ¿De qué demonios se trataba? —se frotó la cien, intentado acomodar los recuerdos en su mente. El jefe saltó cuando chasqueó los dedos de golpe— ¡Cierto! Ella estaba hablando con uno de los hombres. Parece que su vida gira en torno al cuidado de su madre, que esta postrada a la cama. Es decir, atenderla, asegurarse de los tratamientos que conlleva la enfermedad. Creo que podemos descartarla.
—Llama a Warner y dale los tres nombres.
—No el de Laura.
—Los tres, Lorne.
Lorne empujó para abrir la puerta del baño de damas. Esperaba encontrar a Laura allí, pero no fue así. Con el celular en la mano, ingresó a uno de los cubículos del baño, bajó la tapa del inodoro, se sentó y llamó. Warner atendió al primer repique. Ella le dio los nombres y una pequeña descripción de cada uno. Su interés aumentó cuando habló de Alan y su historial con las mujeres y autos.
—¿Con el salario de un policía? Suena un poco sospechoso, ¿no crees? Nunca antes mencionaste esto.
—Tú me preguntaste por alguien que haya cambiado… Alan siempre ha sido así.
Él mostró el mismo interés por Laura. —Los calladitos son siempre los peores. Supongo que trabajarás toda la noche, ¿no? — preguntó él.
—Así es. Llámame a penas creas que tienes algo —esto último lo dijo cuándo la llamada ya había finalizado— Que divino. Que tú también estés bien.
¿Por qué los hombres siempre tienen que ser tan maleducados?