Capítulo Nueve
Lorne y el jefe regresaron a la estación antes que el resto.
—¿Crees que debamos revisar rápidamente los escritorios? — le dijo ella al jefe, quien estaba de espaldas yendo hacia su oficina.
—No, no. No violaremos derechos humanos.
—Está bien. Entonces solo nos queda esperar a que Warner nos llame. Mientras tanto, mejor llamo a casa. Me están esperando.
—Muy bien —dijo el jefe.
Ella sabía que la llamada haría enojar a Tom, y que sumaría más estrés del que el matrimonio podía soportar. La reciente sobrecarga de trabajo estaba llevando la paciencia de Tom al límite. Pensó en Jacques Arnaud, y se preguntó si todavía estaría con Tom si no fuera por su hija, Charlie. No lo sabía, lo que sí sabía era cuanto odiaba que su llamado haga las cosas mucho peor de lo que estaban.
—Hola, cariño. Soy yo.
—¿Qué pasó ahora? Solo me llamas así cuando me vas a decir algo malo.
—Lo lamento, Tom. No voy-
—No estás llamando para decir que no vendrás a casa, ¿verdad? —se escuchó de fondo el ruido de varias sartenes golpeando entre sí. Ella se imaginaba a Tom con el teléfono entre su oreja y el hombro, mientras seguía cocinando la cena familiar. La culpa impidió que pudiera contestar. El intenso silencio entre ellos se estiró hasta que el golpe de ollas arrojadas al fregadero lo rompió. Lorne se sobresaltó, sorprendida por su reacción.
—Por favor, no seas así, Tom. Ha surgido algo importante. No puedo darte los detalles por teléfono, pero todo el equipo debe quedarse a trabajar esta noche.
—¿Alguna vez escuchaste lo que es delegar, Lorne?
—Incluso el jefe superior se queda esta noche, Tom.
—Oh, que acogedora coincidencia para ti.
Por Dios, ¿Por qué tuve que nombrar a Sean Roberts? Justo lo que necesito, que el pasado reviva. Ella se preguntaba por qué cada discusión o desacuerdo terminaba siempre así. Sean y ella se había alistado en la fuerza juntos, habían completado el entrenamiento de la misma manera y se habían convertido en compañeros en todo sentido de la palabra. Después de dos años de relación, apareció Tom. Un mecánico que trabajaba en el garaje de su padre, era quien había ido a su rescate cuando su viejo auto se negaba a arrancar. En una hora, Tom había arreglado su auto y había conseguido una cita con ella. Cenarían juntos esa misma noche. Su noviazgo había sido breve, intenso, lujurioso y apasionado. Luego de seis meses desde el día que se vieron por primera vez, estaban caminando hacia el altar.
Sean había lidiado con el hecho de ser abandonado, aceptando el ascenso y mudándose a otra fuerza, a kilómetros de distancia. Él había reaparecido en su vida hacía doce meses. El mundo profesional de Lorne quedó patas para arriba cuando se enteró quien sería el reemplazo de su antiguo y querido jefe. Sus miedos desaparecieron cuando él la llevó a su oficina y le aseguró que su empleo estaría a salvo.
Si la noticia de que Sean volvía había sido preocupante para Lorne, para Tom había sido devastadora.
—Escucha, Tom ¿Cuántas veces tengo que decirlo? Es a ti a quien amo. No tienes nada de qué preocuparte en cuanto a Sean.
—¿A quién intentas convencer?
—Él está casado. Nosotros estamos casados. Fin de la historia, ¿está bien?
—Sí, pero-
—No. Sin peros, Tom. Escucha, ¿Charlie ya llegó a casa?
—Nop.
—¿Dónde está?
Charlie, su hija de trece años, parecía estar decidida a rebelarse sin importar que le dijeran.
—Me llamó hace un rato. Me dijo que irían con el grupo al centro de la ciudad después del colegio. Antes de que pudiera decirle que venga directo a casa, me cortó el teléfono. Cuando intenté llamarla a su celular, de pura casualidad, estaba apagado.
Genial. Una cosa más de la que preocuparse.
—Le pediré al oficial Harris que vaya a buscarla.
—Y si la encuentran, ¿vas a hacer que la encierren en una celda toda la noche?
Su actitud la hartó. —Si es lo que necesita, así será, Tom.
—No puedas hacer eso.
—Como si te importara. Has dejado en claro que no quieres saber más nada en cuanto a disciplinarla. Bueno, tengo noticias para ti, Tom. Los niños dejaron de ir a la iglesia y cantar en coros. Hace mucho tiempo. Me sacas de quicio con tu actitud de santito. Ya no sé quién es el niño en esta casa, si Charlie o tú.
El golpe del teléfono al colgar, hizo que Lorne se diera cuenta de lo que había dicho. Mierda, ahora estará enojado por semanas.
Charlie había formado cierta reputación entre los colegas de Lorne. Una reputación que la avergonzaba. Pero la manera en que Tom usaba las payasadas de su hija como arma, le dolía. Estaba cansada de que él la insultara como madre. “Si fueras mejor madre, si estuvieras más en casa, ella no sería así.”
Quizá algo de razón tenía, pero las juntas de Charlie tampoco ayudaban. Siempre alguno de ellos estaba en el juzgado de menores, si no era por una cosa u otra. Charlie había estado cerca de ir, pero los colegas de Lorne la habían rescatado. Un percance en particular se destacaba del resto. El video de la cámara de seguridad que mostraba al supuesto amigo de Charlie, había dejado atónita a Lorne. No por el contenido, sino el hecho de pensar que su hija había estado involucrada en ese vandalismo.
Su copia de Crianza exitosa tampoco la había ayudado, ya que ninguno de los consejos había funcionado con Charlie. Incluso la sesión de terapia con un profesional había terminado siendo un desastre, cuando Charlie se puso violenta, no solo verbal sino físicamente también, y salió corriendo de la sala. En esa ocasión, castigaron a Charlie encerrándola en su cuarto, pero ella escapó por la ventana, casi rompiéndose el cuello en el intento. Tom había decidido darse por vencido después de eso, y culpar a Lorne cada vez que Charlie decidía ir contra las reglas.
Bueno, que se vaya al carajo. Si tiene que depender de mí enfrentar a esta pequeña atrevida, pues así será.
Antes de que Tom llamara para el segundo round, Lorne llamó al oficial de la entrada.
—Oficial Harris, soy la inspectora Simpkins.
—Sí, señora. Ha desaparecido de nuevo, ¿verdad? Le diré a los chicos que vayan a buscar a la pequeña mocosa.
—¿Estás seguro de que no eres mi ángel de la guarda encubierto?
—¡Maldición! ¡Ha descubierto el secreto! No se preocupe señora, mis chicos la encontrarán.
—Gracias, Burt. No me olvidaré de ti en Navidad.
La charla le levantó el ánimo. Apreciaba mucho al oficial. Regresó a lo que estaba haciendo, confiada de que uno de los oficiales la encontraría y la llevaría de regreso a casa en menos de una hora.