Primera parte

Los soles de noche se encendieron en una explosión. El vaho del kerosén se desparramó por el ambiente. El desconcierto podía medirse en los pasos descalzos de las viejas que no alcanzaban, que no lograban hacer pie en la noche. Iban y venían las sombras, sin distinguir qué dictaba ese murmullo, creciente en los oídos, desparejo. Los cuerpos, carcomidos por la costumbre, no entendían que fuera la hora de ser arrancados del sueño ni de las imágenes de aquella infancia remota, en la que los bailes todavía no habían sido castrados y la sangre cubría los pezones oscuros, los abdómenes tensos de las negras bajo el lechoso favor de una luna africana. Tampoco los caballos que afuera se inquietaban, encendiendo el ladrido de los perros, sentían que fuera la hora de echar a andar las piedras de los ojos.

Milagros, una de las esclavas, gritaba entre jadeos: “vértigo calla la ciudad su amarillo en noches de vidrio el punzón la fiebre profanan la lengua enfundada con trapos desnudos pozos boca arriba arrancan los pechos atenazan hijos al silencio”.

El médico entró y miró el cuerpo volado por la fiebre sobre un colchón de paja en los establos. Abrió con los dedos la boca reseca. Le miró los dientes, las encías hinchadas, casi blancas. Alrededor se juntaron los esclavos. Rezaban, sosteniendo los amuletos entre los dedos transpirados.

—¿Ya tuvo cría? —preguntó.

Correa negó con la cabeza. Sabía que eso le bajaba el precio al ejemplar.

—A simple vista parece fuerte. ¿No pensó en venderla?

El médico metió la mano en el escote de la mujer y apretó.

Los esclavos se pararon de inmediato y quedaron estáticos, mascullando, ante un gesto de la fusta levantada de Correa. El médico continuó:

—Va a tener mucha leche. Piénselo. Con lo que saque de la venta puede comprar dos o tres. Siempre es mejor tener tres malos sanos que uno bueno enfermo —dijo sonriendo.

Revolvió con la mano dentro de su maletín y sacó un frasco de vidrio. Miró su interior. Le dio suaves golpes con la punta de los dedos. Dos largos parásitos se desperezaban con vapores de siesta.

—Habrá que extraerle sangre —advirtió.

Al salir, las lombrices se vieron más flacas de lo que parecían tras el vidrio.

—Acá están mis bellezas —exclamó mientras sostenía de la cola con una pinza una y después la otra lombriz, que se contorsionaba en el aire.

Apoyó los parásitos sobre un brazo de la esclava.

Los bichos se introdujeron lentamente en la carne. Dejaron sobre la piel un aceite brillante. El médico pasó un dedo por el pocito que se cerraba y se lo chupó. Los esclavos fruncieron las bocas de asco.

—Bien, en la medida en que mis animalitos crezcan, la fiebre comenzará a bajar. Que nadie se impresione, llegan a tamaños sorprendentes —dijo remarcando las consonantes, para después continuar—: Solo puede tenerlos tres días adentro. Contrólela. ¿Comprendió?

Correa asintió con la cabeza, después lo despidió en la puerta del establo.

El médico se fue cabalgando y a lo lejos, parecía que iba suspendido sobre el polvo que levantaban los cascos de su yegua.

Milagros durmió toda la tarde.

Vivi, que aquella noche la cuidaba junto a Amador, le pasaba la mano por la frente. En el ejercicio, parecía leer con sus dedos en la profundidad del sueño. Rezaba.

Amador la miraba con la cabeza hundida entre los hombros. Con los ojos un poco inquietos por el miedo.

—Hay que curarle el sueño —dijo la vieja, lagrimeando, entrando a un lugar vedado para el resto, frotándose el sentido. Y empezó a blanquear los ojos, que ya no tenían mirada.

El sueño de la vieja

—Muncho —decía la vieja.

Los ojos entrecerrados de ratona, tratando de fijar un límite y agregaba con la consonancia una cifra desconocida a la capacidad de la palabra.

—Mame —sugirió, y estiró la trompa al aire, oliendo o buscando.

Después levantó el trapo que la cubría y sacó una teta enorme que dejó correr de su pezón un blanco goterón de calostro.

El hombre sintió que viajaba subido a la gota. Caía con un peso de muerto.

—Basta —advirtió la vieja, y pasó la mano extendida por delante de su cara.

Corrió la sábana que colgaba como una cortina y un nuevo ambiente se abrió con fuerza.

La última vez que la visitaron, la vieja pidió que él escribiese su nombre en un papel. Luego lo tomó y pasó rápidamente sus dedos sobre lo escrito. Algo se desaforó como un libro abierto. La vieja se tomó un tiempo y ese tiempo pasó ensombrecido.

Él se desvanecía, viajaba encima de la gota, volvía opaco como una luz vacía.

Ahora estaban ahí, la vieja le observaba el rostro de fragmentado, se sobaba las manos. Tarareaba unos sonidos acordonados. Puso yuyos a quemar. Después cerró los ojos y volcó la cabeza hacia adelante, eructando. Un charco se formó en medio de sus pies, abastecido por un hilo de baba que le caía desde la boca entreabierta.

El hombre quebró los eructos de la vieja, se derrumbó y cayó al piso.

En un giro del cuello, la vieja salió del trance y clavó los ojos blancos, vacíos, en los de Amador y habló gruesamente:

—La arena... la arena lo cubre... —dijo alucinada.

Los fragmentos de luz que entraban por las ventanas se convirtieron en un cristal filoso. En la casa se preparaban para recibir a los invitados de la cumbre.

Correa, sentado en su sillón, fumaba y meditaba sobre los comentarios que harían sus invitados cuando se enteraran de los gritos, de la locura de los esclavos por la noche. Y en cómo iban a tener motivos para pensar que ese seguía siendo un lugar donde solo vivían unos miserables. Recordaba el desprecio sufrido tantas veces desde que se inició en el comercio. Cuando su padre lo llevaba a las grandes reuniones y él se pasaba las noches tomando whiskys que le quemaban la garganta, siempre escapado de la risa de los otros. Reuniones en las que, después de discutir el nuevo precio del tasajo o el trigo, se festejaba descorchando los mejores vinos, atando mujeres a las camas, cazando cuerpos a caballo.

En una de esas reuniones mordió por primera vez el hueso del amor. Después lo buscó, sin saber, vaciando su deseo, con la culpa ardiéndole la lengua.

Siempre llegaba en una imagen deforme, aquella mano que una vez lo rozó en el centro, ahora oscuro, ahora muerto de la inocencia.

Vivi hizo un fuego, tomó su amuleto y agradeció. Puso a calentar agua. Partió una galleta y despertó a Amador.

Tomaron mate, impresionados por lo sucedido durante la noche. Después se largaron a hablar, poco a poco.

—Hay que irse de acá pronto —dijo Vivi—. Lo que está pasando no es bueno.

Amador chupaba la bombilla de la calabaza estirando la trompa. Cuando terminó, siguió jugando con ese ruido tan particular del mate vacío.

Afuera el aire se sostenía con una rítmica cardíaca. La vieja que lo observaba en silencio le dijo:

—Dame el mate para acá, si no querés que te dé... —hizo un movimiento con la mano como si le fuera a pegar.

El negro, imperturbable, estiró el cuello para atrás y le ofreció el mate vacío. Vivi se lo arrancó de la mano y continuó:

—Te estoy enterando de algo importante.

Amador la miraba sin decir nada.

—Hay que llevarse a Milagros de acá, algo terrible va a pasar, necesito que nos ayudés.

Al fin el esclavo se rascó la cabeza y después de desperezarse largamente, habló con la lengua lenta, con la boca llena de ronquidos graves.

—Pero usted se volvió loca o qué, ¿dónde?, ¿eh?, digamé dónde vamos a ir ni con Milagros ni con nadie nosotros. Si en derredor de esto, ¿qué hay?

—Cimarrón, no sé para qué te dejé crecer a vos, mirá que sos... Si no me querés ayudar no me importa, me la voy a llevar igual. No voy a dejar que le hagan nada de lo que dice el mata hombres ese. Lo único que quiere es quedarse con ella, tan bonita que es... tenemos...

En ese momento entró Correa. Los esclavos hicieron silencio.

—¿Le bajó la fiebre?

—Y un poco le ha bajado patrón, por lo menos no mencionó palabra mientras dormía —respondió Vivi mirando al suelo.

—Bueno, ustedes dos terminen de haraganear, lávenla un poco. Después vuelvan al trabajo.

—Gracias, patrón, gracias —dijeron al unísono la vieja y el negro y se retiraron.

Al principio los esclavos fueron arriados desde distintos puntos. Los traían a pie, encadenados, kilómetros y kilómetros. Muchos morían de hambre. A otros se les blanqueaba la piel, se les cubrían los cuerpos de llagas, el pus se les volcaba por los poros, la fiebre les vaciaba los intestinos. Los sacaban de los Quilombos, los asentamientos que armaban en los montes. Los ejércitos del gobierno central iban a perro, machete y pólvora, contra facas, gomeras y tambores. Se desató una guerra que duró mucho tiempo. Eran poblaciones poderosas.

Los asentamientos que al principio eran casi invisibles en la inmensidad del monte se convirtieron en verdaderas fortalezas con el paso de los años. Cuentan que cuando terminó la resistencia, el gobierno mandó a quemar todo. Algunos grupos quedaron desparramados a lo largo del territorio, pero casi sin conexión unos con otros. Ya no representaban un peligro y estaban más bien absorbidos por las haciendas cercanas.

Vivi era una de las sobrevivientes de los primeros grupos que trajeron. Perdió a su marido y a su hijo en una revuelta. Tenía el cuerpo bordado por los costurones de los latigazos. Cuando llegaron Amador y Milagros, que estaban huérfanos, los crió. Todos la respetaban, por su edad y por ser la encargada de curar al grupo.

Ahora era difícil que cualquier cosa llegara hasta esos pueblos y ni siquiera a Dios se le perdonó la espera. Cuando murió el cura, a la iglesia de a poco se la fueron tragando la vegetación y la mugre. Las ratas corrían entre los bancos buscando comerse las hostias que quedaban, como si trataran de salvarse del hambre que ya venía a azotar aquellas tierras. Observadas por la impotencia del cristo léprico que coronaba la nave central.

Las imágenes fueron saqueadas y vendidas en las ferias o simplemente destruidas. Solo en algunas fiestas, como las pascuas o la navidad, un grupo de viejos de silueta espectral se acercaba hasta la capilla cargando las pocas imágenes salvadas y una chueca cruz de palos. Prendían algunas velas y rezaban, disputando el espacio a palazos y mordiscones con sus nuevos habitantes.

El viento corría por las calles del pueblo, rodeado de nada, sin llevar voces en su lomo, chocándose con las paredes de las construcciones abandonadas sin premeditación, con las cosas dejadas a medio uso, puestas, suspendidas en lo cotidiano, como si alguien un día fuera a volver por ellas.

Los únicos que se atrevían a circular por aquellos rumbos eran los cazanegros. Pero igualmente, cuando eran sorprendidos y atacados por los capitanes de los Quilombos, los esclavos no tenían piedad con los sobrevivientes del ataque. Se podía escuchar cómo el viento sonaba a flautas al jugar con los huesos, brillosos por el trabajo incansable de los pájaros, ahuecados por los insectos.

Los parásitos crecieron hasta alcanzar un tamaño importante. Se ubicaron debajo de las axilas de Milagros. Durante la siesta, Vivi se acercó a las parras donde los esclavos recolectaban uvas.

—Amador... —susurró en voz baja.

El negro escuchó lejos, como en otro mundo. Despegó la mente de las cavilaciones que todavía le despertaban los miedos de la noche anterior. Estaba empapado en sudor.

El clima cambiaba constantemente y dejaba en los esclavos una mueca trágica y exagerada.

—Amador... —volvió a llamar la vieja.

El negro se sobresaltó y después recorrió con los ojos lo inmediato, buscándola.

—¿Vivi? —exclamó entre asustado y sorprendido—. ¿Qué hace acá, mujer? ¿Qué quiere, que nos despellejen?

—Hablá más bajo negro, no vaya a ser por tu culpa. Tenemos que sacar a Milagros lo antes posible, si puede ser hoy mismo.

Correa ordenó que llevaran a Milagros al tambo.

Los rayos solares que entraban por las rendijas coronaban la cabeza, de forma tal que el cuerpo, recostado en un soporte de madera, parecía un sacrificio ofrecido a una deidad.

El viejo entró y miró a su alrededor, en silencio.

—Tambera… —llamó—. Tambera…

Un chillido muy leve se escuchó a lo lejos.

—Baje la luz —dijo una voz detrás de él.

El viejo Correa dejó el recinto en penumbras. Miró con los ojos entrecerrados. Una sombra que parecía deslizarse sobre el aire, salió desde uno de los rincones, se acercó hasta el cuerpo de Milagros.

—Hermoso ejemplar —carraspeó.

Después ajustó los cordones sobre las piernas. Tomó un brazo, lo olió. Agarró una aguja y pinchó la carne.

—¡Dulce!… —dijo mirando al viejo—. Venga.

Correa caminó hacia la sombra, y sintió cómo una mano huesuda, precisa, le tocaba el rostro con cariño.

—Mi señor… mi sufrido señor —dijo, y con el dedo cubierto de sangre untó los labios del viejo.

Correa chupó lentamente. Estaba por comenzar a decir algo, cuando la tambera le puso la palma de la mano sobre los labios.

—La sombra escucha —dijo— y cuenta.

Milagros volvió a abrir los ojos. El cuerpo, como una hoja blanda, se movía con lentitud entre el sueño y la vigilia. Balbuceó algunas palabras y pidió agua. La tambera se acercó y le humedeció los labios con un paño.

—Sin miedo… —dijo la vieja.

Le cerró los parpados con la mano. Con dos dedos rígidos golpeó la carne. Las venas se hicieron visibles bajo la piel, turquesas. Tomó una de las mangueras y la clavó al brazo. El cuerpo se estremeció con un gemido. Se escuchó un zumbido de piezas aceitadas. El oro rojo comenzó a subir por la manguera como un ánima.

La tambera

Doménica era el nombre de una de las esclavas más lindas que habían llegado hasta la hacienda. La trajeron en el mismo viaje que Vivi y se hicieron amigas, pero cuando Correa la vio, la separó para que formara parte de su corte. Así, una pasó a las plantaciones y los trabajos pesados y la otra a ser carne de cama. Al principio la tambera ayudaba a la vieja, consiguiéndole comida para Milagros y Amador, que eran chicos. Pero cuando Vivi observó cómo trataba a los demás esclavos y le reclamó, Doménica se sintió traicionada. Así convivieron durante mucho tiempo, bajo un odio mutuo que cada vez era más grande. Los esclavos respetaban a Vivi porque con sus curas y oraciones aliviaba días y dolores. Hay que soportar la siembra y la cosecha, las manos llenas de espinas y el cuerpo duro de no comer, no dormir, no tener. Pero también le temían a la tambera, porque decían que era hura, que su bicho era la oscuridad.

Desde el principio, Doménica se interesó en ganarse los favores de Correa entre las otras esclavas que estaban en su condición. En su apogeo llegó a tener ajuares de seda, anillos de oro, dos negros de moño al cuello a su entera disposición. Se paseaba por los campos bajo una sombrilla dando órdenes a los que como ella, habían sido traídos hambreados y enfermos. Varias veces hizo que se latigueara gente por pura diversión. Una medida de ácido disuelto en agua y dos manos que se lo baldearon encima, alcanzaron para que se convirtiera en algo indeseable, para que tuviera memoria de su comercio. El fuego líquido hizo que la piel se contrajera como un papiro, que el mundo quedase reducido a una casilla.

Ahora, todas las tardes, con estopa húmeda, drena la porquería de las ampollas diseminadas por la carne. Las llagas tienen un brillo de flama insuperable, de expresión que vuelca todo el caudal por los poros. Como si la carne fuera un bloque donde el dolor dejara sus estrellas preciosamente grabadas. Habla con voces que solo ella escucha. Fuma, recorre los deshilvanados anillos del humo sumergida en una misa oscura. Allí se pierde como una sacerdotisa que procura ensanchar su plantel de incorporaciones y así se queda dormida, a veces sonriendo, otras con los ojos pegajosos de lagañas de tanto recordar. Y en su distancia, en la caridad mancillada en sus palabras, agujas aturdidas, en ese, su reino de castigo, su espacio de apagarse, la hura, novia de lo invisible, espera.

La tarde derrumbó su bloque. El olor del tabaco que los esclavos fumaban hacía que la lluvia fuera más dulce, que todo se impregnara de nostalgia. El humo los hacía nadar en una náusea bamboleante.

La lluvia caía con una constancia irremediable. Afuera, sobre los campos, el ácido de la polución que el cielo descargaba lograba que las cosechas tuvieran un tamaño sorprendente.

La intensidad de la cortina de agua se engrosaba como si respondiera a un mecanismo. Marcaba su virtud sonora en los techos de chapa de los establos. Allí los esclavos se juntaban a compartir las tardes. Entraban en el trance del gris. Fumaban con los ojos lagañosos y tristes, mientras los pulmones se les desinflaban en suspiros. Chocaban las palmas de las manos y cantaban dibujando en las melodías, las duras infancias, las vejeces duras, las impotentes juventudes.

Los perros que se echaban al piso y escuchaban atentos, lanzaban al aire de vez en cuando un aullido.

Recién al cerrarse la noche, los esclavos pudieron hablar. Amador trató de disuadir a Vivi de lo que él consideraba una locura, diciéndole que no sobrevivirían en el campo abierto ni un día y menos en el estado en que se encontraba Milagros.

—Sobreviví al campo sin una gota de agua, engrilletada, arrastrada a latigazos. Sufrí la fiebre de las cuatro lunas. No voy a dejar que nadie la toque —dijo la vieja con bronca, refiriéndose a Milagros—, ya tengo unas bolsas de comida y el rengo Agustín, nos va a ayudar a salir. Solo falta un buen caballo.

Siguieron comiendo en silencio.

—Amador... —dijo la vieja y buscó los ojos del otro, pidiendo misericordia.

El negro dijo que estaba bien, que saldrían a la madrugada, cuando todos durmieran. El rumbo era la capital. Cuando Amador escuchó el destino, la polenta se le congestionó en la garganta.

—Pero... pero ¿qué vamos a hacer nosotros ahí? Nos van a comer cruditos, vieja.

La ansiedad se comió las horas de Correa. Al pasar el mediodía todo fue una quemazón brillante. Las esclavas más viejas organizaron la cocina.

Con la caída de la noche las voces fueron llenando el salón.

El viejo mostró su débil capacidad oratoria, frente a esa corte de mentirosos que al final del discurso aplaudió sin entusiasmo.

Entre el tumulto de gente que se acercó para saludarlo pudo ver al tratante al que el año anterior le ganó una partida de esclavos. El hombre comentaba con alguien los nuevos precios de las negras. Pausaba estratégicamente las palabras y movía las manos haciendo ademanes afeminados. De su muñeca colgaba una gruesa pulsera de oro.

El brillo del metal encandiló los ojos de Correa por un instante, como un faro que atravesaba la espesura de aquel mar neblinoso.

Avanzó, tocó fríamente el hombro del tipo con sus dedos.

—¡Señor Correa! —se sorprendió el otro al darse vuelta.

—¿Cómo está? —contestó el viejo entre desabrido y ansioso.

—Estuve escuchando atentamente su discurso y he quedado muy impresionado con el enfoque que le ha dado. Creo que está en todos nosotros, y no solo en usted, tratar de hacer algo para que esta hermosa zona no caiga en el vacío comercial en la que ya han caído, lamentablemente, tantas otras.

—Mire, realmente me interesa poco lo que usted vaya a hacer para que eso ocurra, de lo que estoy seguro, es de que no voy a permitir...

—Señor Correa —lo interrumpió el hombre con su voz persuasiva—, entiendo que esté un tanto sensible con lo que pasa por aquí, pero no creo que sea conveniente generar, digo, entre nosotros, una situación que nos va a traer inconvenientes a todos. —Y continuó—: sabemos bien lo que nos está permitido y lo que no.

Agarró dos copas de una bandeja, ofreció una al viejo y dijo en voz alta:

—Brindo por el anfitrión de esta cumbre, el señor Correa y también por que entre todos encontremos los medios necesarios para apoyar a esta región que está inmersa en una crisis, de la que yo voy a hacer todo lo que esté a mi alcance para que salga.

Tomó un trago mirando fijamente al viejo. Todo el mundo levantó la copa y aplaudió la ocurrencia con sarcasmo.

—Ahora, si quiere saber algo, le tengo una sorpresita —dijo el tipo y chasqueó los dedos de su mano.

De inmediato entró envuelta en telas transparentes una esclava a la que presentaron como Zoe.

Los hombres no podían creer lo que veían. La exhuberancia del cuerpo, los pezones oscuros, la dureza de la carne. Todo explotó en un aplauso.

Alguien pidió silencio para que el sujeto continúe:

—Zoe es la belleza que le hago entrega a nuestro anfitrión de este año. Espero que podamos seguir disfrutando de estos encuentros, que tanto agilizan y benefician nuestro trabajo.

Tomando la mano de la mujer la cedió al viejo, que sin salir de su asombro llamó a uno de sus sirvientes y le pidió que la acompañara a sus habitaciones.

Después la noche pasó con música y todos siguieron bebiendo y charlando.

Vivi y Amador caminaron hasta el tambo. Era una construcción enorme de ventanas tapiadas con tablones. Adentro solo se escuchaba el suave succionar de la ordeñadora. Al estar conectada a los cuerpos por mangueras que caían desde el techo, la máquina parecía una araña enorme. Los esclavos deambularon como sonámbulos entre las mesas sin creer lo que veían. Era el nuevo negocio al que se entregaban los dueños de la carne. No solo vendían sangre, también se dedicaban a faenar cuerpos para vender los órganos. Los que estaban conectados al artefacto tenían un color grisáceo, como si estuvieran revestidos por una película velada.

Siguieron caminando, pero no lograban ver a Milagros por ningún lado.

Dentro de las heladeras había riñones, hígados y córneas de todos los tamaños.

A un costado encontraron la entrada de un sótano.

—Deberíamos buscar allí —dijo Amador, apuntando con la cabeza hacia la puerta, más temeroso que convencido.

Vivi encendió el sol de noche que llevaba en las manos. Comenzaron a bajar alumbrados por la luz que desprendía el farol.

El olor a orina y excrementos era cerrado y fuerte. Ardía en los ojos.

Al llegar a lo que parecía un primer nivel, se encontraron con una serie de pequeñas construcciones de madera con una reja como puerta.

—Por todos los mandingas —dijo la vieja—. ¡Qué es esto!

—Parece que acá es donde los tienen cuando no están enchufados a la máquina —dijo Amador, tapándose la nariz y la boca con la camisa para poder respirar.

Las paredes de los cuartos estaban llenas de manchas oscuras, de sangre vieja. Y la madera tenía inscripciones hechas como con uñas o piedras, que ellos no podían descifrar porque casi no sabían leer, aunque podían reconocer algunas letras. Con gran esfuerzo, entre los dos, lograron armar unas pocas palabras.

—ddd-iii-ooossss —pronunció la vieja como si estuviera estornudando, avergonzada y con un poco de dificultad.

También leyeron “sonrisa” y “despertar”. Y una serie de signos que sí podían leer y que reconocían como propios y que eran los símbolos de los estandartes de los Quilombos. Vivi sacó de su bolsa de tela una flor roja y la dejó debajo de uno de los dibujos. La pequeña flor se prendió a la pared, se contrajo y soltó un perfume que se elevó, ocupando todo el cuarto.

Estaba claro que el sujeto ya no era el pobre tipo que se iniciaba como tratante el año anterior. Correa quiso averiguar algunas cosas con quienes conocían al personaje más de cerca. El hombre ahora tenía aspiraciones políticas muy altas.

Cuando se encontró otra vez con él, la actitud de Correa cambió completamente. Con una sonrisa que le ocupaba todo el rostro le dijo:

—Señor Radicce, disculpe la actitud estúpida y poco cortés que acabo de tener hace un rato.

El otro lo interrumpió.

—Señor Correa, sé apreciar su prudencia. No debe hacerse ningún problema. Sé perfectamente, y usted parece que también, con qué bueyes aro. Así que, olvidado el incidente, voy a tratar de divertirme y espero que usted haga lo mismo —dijo retirándose hacia otro sector de la reunión.

El viejo se trató de estúpido y se sintió desamparado, como un perro al que le ofrecen una patada bajo la mesa cuando pretende un hueso o una caricia.

Los esclavos continuaron buscando a Milagros dentro de las celdas contiguas.

En medio del asombro, Amador tropezó con una pierna. La vieja iluminó el suelo y pudieron ver el interior de una cámara donde estaba la esclava dormida, engrilletada y bastante desmejorada.

—¡No la toques! —se escuchó gritar desde un rincón.

Al oír ese carraspeo, Vivi giró lentamente.

El sonido metálico de aquella voz la transportó a otro mundo, a otra época.

—¿Doménica? —preguntó la vieja.

El nombre golpeó los oídos de la tambera como un mazazo. Por unos segundos las imágenes se sucedieron en una catarata.

—Doménica, ¿estás ahí? —insistió la vieja—. Amador andate, dejame sola.

—Pero, Vivi…

—¡Andate!

Amador se alejó rápidamente.

Desde la oscuridad se escuchó una serie de gemidos. Algo hizo retumbar el piso, como si la voz se moviera en un cauce subterráneo.

—Vivi —carraspeó la tambera—, qué sorpresa.

Vivi no podía distinguir con precisión de dónde salía la voz. Una respiración ocupó el espacio como si lo que respirara fueran las paredes. El aire se calentó. El sonido creció obligando a Vivi a taparse los oídos. La vieja un poco mareada se arrodilló en el piso y lo tocó con la frente. La respiración cesó.

—Como verás, todavía estoy acá —dijo con ironía la tambera.

Vivi se paró con dificultad, la respiración encabritada.

—Pero la Doménica por la que preguntás no, esa ya no está en ningún lado.

La tambera agarró a Vivi del pelo y acercó la cara hasta uno de los cuerpos que estaba en el piso.

—¡No! —gritó la vieja con terror.

—¿Ves? El miedo no le hace bien a nadie, Vivi. A mí, ustedes me obligaron a convivir con el miedo de tocarme la cara, con el asco de acariciarme el cuerpo. Con el miedo de morirme sola como un perro.

—Los perros tienen privilegios de perros —contestó la vieja.

La tambera apretó más su pelo. Acercó la mano a la cara y con la uña le hizo un corte en la mejilla.

—Puaj —dijo después de chuparse el dedo ensangrentado y darle un escupitajo al piso—, sangre vieja. Sabía que algún día nos íbamos a volver a encontrar. —Y le tiró del pelo, empujándola y haciendo que se revolcase por el piso.

—Nadie puede encontrarse con un fantasma —dijo Vivi entre jadeos.

La tambera se acercó y habló con una voz que comenzaba a engrosarse:

—Durante años esperé como si fuera una cosa que dejan de usar, en la oscuridad, con todo el silencio ardiendo alrededor, con los recuerdos quemándome, como el ácido que me tiraron encima, ustedes que fueron unos perros odiosos y traicioneros. Durante años tuve que aprender a hablar conmigo misma, amaestré mi alma, le di paso a la fuerza de la magia que me aprendía. La magia me llevó a vivir nuevamente.

Mientras hablaba los ojos se le tornaban verdes. El cuerpo de la tambera comenzó a crecer y a dar vueltas a una velocidad abismal. Se infló, amarillo, como un ganglio. Amador que se había quedado a un costado mirando la escena como fijado al piso, corrió para ayudar a la vieja, pero el viento que se había levantado clavó al negro contra la pared, dejándolo ahí, desmayado por el golpe. Vivi se esforzaba por no tocar la masa gelatinosa. Sin embargo la fuerza era tal, que no podía soportarla por más tiempo. En un momento cedió y fue inevitable. La fuerza la acercó hasta tocarla. El cuerpo de Vivi cayó al piso. La vieja sintió que entraba a un sueño de agua, que caminaba por un jardín, verde y sedoso. A lo lejos una mujer de mucha belleza comía los frutos de una planta viva. Lo que iluminaba todo era esa belleza. La mujer, a medida que Vivi se acercaba, se cubría de una tinta negra. Era Doménica. Se rascaba la piel, desesperada. Vivi se acercó hasta tocarla, tomó uno de los frutos de la planta y después de partirlo lo trituró con los dientes y lo frotó por esa piel marchita. Después cantó de forma clara. Decía con dulzura pero con la fuerza de un mandato, con la palabra única del mundo. El ganglio comenzó a disiparse. El canto de Vivi era tan dulce, tan apacible, tan silencioso, que rompió la burbuja de la nube y la dejó caída encima de las cosas igual que una baba gelatinosa y fría. Afuera el campo brilló bajo la lluvia.

Pasó el momento de la cena y algunas conversaciones se pusieron tensas con el desacuerdo entre los que intentaban algún negocio. Los más demandados eran los cazanegros, que cerraban tratos con la mayoría. Luego se generó un silencio incómodo que Correa cortó a tiempo. Llamó a quienes pasarían la noche con los invitados. Entraron primero las esclavas semidesnudas, los cuerpos resbalosos de aceite y los hombres con el miembro untado de una tinta que brillaba en la oscuridad. Comenzó una fiesta que duró hasta la madrugada, continuando más tarde en las habitaciones. Podía verse a las mujeres agarradas por grilletes a las mesas, haciendo equilibrio arriba de las tablas, mostrando sus orificios de manteca a merced de dedos, bocas o botellas. En los jardines las más delgadas eran echadas a correr, desnudas, con una cornamenta de ciervo en la cabeza, perseguidas con lazos y látigos. Algunos pagaban y podían utilizar punzones o ballestas. Después de herir a algún cuerpo, los cazadores desmontaban y lo penetraban. Arremetían como salvajes respirando sangre. Otras veces se amontonaban, infligían pequeños cortes en los genitales hasta que el cuerpo se desvanecía, entonces lo dejaban a la deriva de los perros que lo desmembraban a tarascones. Pero el juego más famoso seguía siendo el del escorpión. Encerraban a un hombre adentro de un armazón con forma humana, que tenía un agujero por el cual sacaban el pene. Por una abertura a la altura del hombro introducían un escorpión. Una mujer comenzaba a chupar el pene que colgaba de la armadura. La apuesta era a ver si el hombre llegaba a eyacular. Un cambio en el ritmo de la respiración bastaba para que el pequeño arácnido comenzara a dar fuertes piquetazos inoculando el veneno en el cuerpo del enjaulado.

Correa, antes que se apagaran las luces, se retiró hacia su habitación en compañía de un esclavo de espalda ancha y músculos marcados. Zoe lo esperaba desnuda en la cama de bronce. Correa y el hombre se desvistieron. El esclavo penetró a Zoe toda la noche mientras el viejo los latigueaba desde los bordes de la cama, los acariciaba con electrodos que daban leves descargas. Sudado, tomando whisky, saltando con una máscara de mono. Hasta que su cuerpo lo abandonó a un costado y se quedó mirando, con los ojos encendidos en la semioscuridad, cómo los cuerpos se absorbían en un deporte lento, tocándose, completamente drogado de memoria.

Cuando Correa despertó, fue por los golpes que se metieron progresivamente en sus oídos, como insectos que hacen de su zumbido, un aviso. Estiró la mano y tocó el cuerpo de la negra que dormía con un sueño pesado pero señorial, de gata.

Lentamente se puso los pantalones y ajustó los tiradores. Luego se calzó los zapatos.

Al abrir las puertas se encontró con un rostro que no esperaba. Los gestos duros que se dibujaban en la penumbra del recinto, dejaban ver la silueta del “Capitán” Muñiz. Un sujeto desagradable que manejaba la seguridad de aquella zona y que no había pasado de ser cabo y alcahuete de los estancieros. Tenía bigote crecido y desparejo y andaba con el uniforme apolillado, con la nostalgia de un azul descolorido por el sol de la pampa. Para Correa, su actitud era molesta, de hombre de cuartel que no tiene referencia de otra cosa que no sean caballos y desorden. Y además, pensaba el viejo, tenía esa presencia barata, que perfumaba el aire de un olor estomacal.

Se pasaba los días tomando mate, deschinchando colchones, preparando falsas rifas, sin saber en qué más estilizar su ocio.

—Don Correa —dijo el militar, con el miserable amparo del matón a sueldo.

—¿Muñiz? —contestó el viejo con la voz empastada.

—Don Correa... hemos hecho el correspondiente relevamiento de la zona y estamos seguros de que los insurrectos están prontos a caer en alguno de nuestros rastrillajes.

—¿Perdón? —dijo el viejo—. ¿De qué habla Muñiz?

—Ah sí, me olvidaba —contestó el otro—, el hecho se dio lugar a altas horas de la madrugada. Señor, tres de los esclavos escaparon en cobarde actitud. Seguramente recibieron ayuda desde afuera. —Mientras relataba, buscaba perfiles y ensayaba poses, prosiguió—: El ejército, señor, está enteramente a su disposición.

El viejo lo apartó de inmediato con un movimiento del brazo y salió hacia el lugar donde estaban los mayorales. No encontró a nadie.

Las batarazas se pinzaban con las patas al alambre de los gallineros con ojos de mala sombra. Los esclavos se agolpaban en las puertas, protestando, vociferaban insultos de todo tipo, reivindicaban los Quilombos.

Correa atravesó el cordón a fuerza de brazos, mientras el mayoral Medina repartía latigazos para mantenerlos a raya. La víbora de cuero se ensañaba en un cuerpo postrado en el piso, subía y bajaba dibujando sobre la piel. El viejo frenó el brazo de Medina en el aire cuando estaba por golpear nuevamente. En la confusión, Medina levantó la mano que tenía libre y tiró el puño cerrado, con fuerza. El viejo dio un paso atrás y el golpe quedó en el hambre del aire.

—¡Medina! —gritó el viejo y los esclavos bajaron los insultos.

—Señor Correa... perdón... pensé...

—Me importa un carajo lo que pensó... ¿Por qué nadie está trabajando?

—La vieja y Amador, señor, se escaparon esta madrugada, se llevaron a Milagros. Prohibimos las oraciones de la mañana y estos negros de mierda... —dijo.

El viejo levantó al joven que lagrimeaba en el piso y lo empujó adonde estaban los demás.

—Llévenlo. Después vuelvan a las actividades —les gritó de mala manera.

Los esclavos se fueron lentamente, protestando por lo bajo, consolando al golpeado que trataba de enderezarse mientras caminaba.

—Medina, vaya a ver que los invitados estén cómodos y con todo lo que necesiten —dijo el viejo—, no mencione de esto ni una palabra a nadie.

Correa pidió un caballo y acompañado por Muñiz y el otro mayoral salió a recorrer la zona. Desde la loma podían verse los ejes de vehículos desguazados, los campos vaciados, las mallas de alambre carcomidas. Esos campos que en otros tiempos maduraron la promesa de ser la despensa del mundo, ahora eran un vientre abultado por la peste.

A medida que avanzaban y se internaban más en el camino, algo zumbaba en el aire.

Los caballos se inquietaron. Avanzaban a pequeños saltos. La brisa traía olor a animal muerto. De repente el aire quedó suspendido, como si su manto estuviese fijado al mundo, como si la venganza de esa muerte fuera que el mundo quedara bajo la conjura de su olor.

—Ese animal insoportable —dijo el viejo llevándose la mano a la nariz.

Al avanzar pudieron ver un cuerpo metido por la mitad en una zanja.

Muñiz bajó del caballo y con el pie trató de ver la cara del muerto. En la nuca se abría el hoyo de un disparo.

—Tiene un par de días —dijo, y volvió a montar.

A lo lejos a gran velocidad se acercaba un jinete. Muñiz sacó el pistolón de su cartuchera y paró su bayo delante de los otros dos con la mirilla en alto, apuntando hacia el que venía. En poco tiempo lo tuvo a una distancia fácil como para hacer blanco, pero decidió bajar el arma cuando intuyó entre la nube de polvo, la capa negra del que cabalgaba un caballo de gran porte.

Los tres hombres se quedaron mirando al extraño que tenía el rostro tapado por el sombrero que traía puesto.

—¿Señor Correa? —gritó el jinete.

—Soy yo —contestó desconfiado, el viejo.

El otro sacó algo de entre sus ropas, Muñiz mantenía preparada el arma para disparar. El caballo del extraño daba vueltas intranquilas.

—Usted debe ser Muñiz... ¿verdad? —dijo el forastero, con gesto de entender—, me comentaron su eficacia —y soltó una carcajada.

—Identifíquese, antes de que lo tenga que identificar otro —contestó Muñiz, nervioso.

El extraño arrojó una tela sucia a los pies del caballo del viejo. Una nube enorme cubrió el sol.

—¿Sabe a quién le pertenece? —preguntó.

—Mejor me lo dice usted —contestó Muñiz.

—Parece un pañuelo de esos que llevan las esclavas en la cabeza, ¿verdad? Vengo cabalgando hace unos días desde el sur, lo encontré a la entrada del campo, lo que espero es que la dueña esté donde tiene que estar. —Y después de sacarse el sombrero y secarse el sudor de la frente, continuó—: represento al gobierno central en misión de revisar ciertos casos que están dándose a lo largo de toda la provincia, y uno de los casos es el de una esclava que, según tengo entendido, está entre sus sirvientes, Correa. ¿Es así?

—No voy a contestarle a nadie que no sepa quién es.

—Mi nombre es Pablo Barredo. Tengo el grado de teniente inspector y como dije trabajo para el gobierno central. Vengo hace tres semanas bordeando la costa, y no tengo tiempo para tanto trámite. Acá están mis credenciales.

Estiró unos papeles polvorientos. Muñiz enderezó la mirada y se llevó la mano recta a la sien. El otro lo miró con gesto de burla y al fin dijo:

—Baje la mano, Muñiz.

—Per-dón Se-ñor... A sus órdenes Se-ñor —sonó grave Muñiz, inflando el pecho.

—¿Sabe escribir?

—Algo, Se-ñor.

—Necesito un informe de lo que pasó. Trate de ser breve pero no se olvide de nada, interrogue a toda la gente que haya estado en la casa en los últimos cinco días.

El viejo devolvió las credenciales después de observarlas con detenimiento. No quería que se mezclaran las cosas y mucho menos que se interrogara a sus invitados.

—Inspector Barredo –dijo tratando de conciliar—, estimo su interés por ayudarnos, pero no creo que sean necesarios sus servicios aquí, nosotros solos podemos manejar perfectamente la situación. ¿No es así, capitán Muñiz?

Muñiz miró al viejo sin animarse a contestar.

Barredo miraba hipnotizado el cuerpo descompuesto tirado en la zanja. Después preguntó:

—¿Y ese?

El olor subió como un río.

Muñiz levantó los hombros.

—Mire, Correa —concluyó Barredo—, le voy a ser sincero. Mi interés precisamente no tiene que ver con que usted resuelva nada. Los problemas que pueda tener con sus esclavos poco o nada le importan al gobierno central. Por lo demás, los negocios que mantenga con el capitán Muñiz son, efectivamente, suyos y del capitán Muñiz y tampoco me interesan, pero le voy a decir algo: mientras yo este acá trate de no meterse en los asuntos del gobierno, porque en ese caso mi interés va a estar entretenido con más cosas. Espero me comprenda. —Y al terminar agregó—: Muñiz, puede empezar a elaborar el informe, ya dije que no tengo tiempo. Y a usted Correa, lo espero en una hora en el hotel del pueblo. Venga solo y refrésquese la memoria.

Barredo salió a galope rápido en dirección al lugar del que había llegado y en pocos minutos se perdió en el desierto inmenso.

—Hijo de puta —dijo el viejo y le pegó un escupitajo a la tierra.

Cuando los comerciantes y cazanegros se enteraron de la llegada de Barredo al lugar, no le auguraron buena suerte al viejo.

Barredo era un oficial en retirada. Había llegado a La Ciudad desde su pueblo. Conoció al coronel Bisso, un alto mando del ejército que no había podido tener hijos y que enseguida se dio cuenta de que tenía adelante a un tipo sin escrúpulos y le ofreció apadrinarlo y becarlo en el liceo. En realidad, Bisso necesitaba generar oficiales que lo apoyaran en una futura carrera política que pensaba llevar adelante cuando se retirara del ejército. Barredo cumplió el trato con creces. Se convirtió en una joven promesa. Su carrera fue en ascenso hasta que el presidente del gobierno central lo llamó personalmente para que investigue una serie de casos que comprometían a Víctor, su hijo menor. Un adicto que había pasado los últimos diez años de su vida al borde de la cárcel. Se le ordenó su custodia personal y así conoció a la mujer que lo llevaría a la ruina. Marie, esposa de Víctor. Una extranjera que había llegado en viaje de estudios a La Ciudad, sin procedencia demasiado clara, cosa que a nadie le importaba cuando desplegaba sus cualidades sexuales. Se formó un triángulo que terminó con Víctor muerto de una puñalada en medio del pecho, en el baño de una habitación de hotel en Madrid. Y con Barredo primero sospechado y luego acusado de asesinato. Después del escándalo, Barredo se refugió en Bisso, que lo protegió nuevamente y lo mandó a una delegación de frontera hasta que se volviera invisible. Pasaron diez años en los que Barredo se dedicó a hacer todo tipo de negocios. Se volvió un alcohólico, un jugador, un prostibulario. En la frontera era la Santísima Trinidad: la aduana, el punto y la banca. Varias veces se enriqueció y varias veces hizo desaparecer sus pequeñas fortunas de la noche a la mañana.

—Y qué voy a hacer acá —se excusaba frente a Bisso, las pocas veces que el coronel lo fue a visitar y le llamaba la atención por la “desprolijidad” de su comportamiento—. Lo único que hay son putas y whisky barato. Lo tengo metido al viento hasta en el pelo —se quejaba.

Un día, alguien preguntó por qué un hombre tan valioso para el ejército, estaba destinado a una delegación de frontera donde no pasaba nada. Pero ya nadie se acordaba. Así fue que volvió al ruedo. En el ejército era una flor rara, una suerte de leyenda negra. Por eso a medida que fueron interrogados por el capitán Muñiz, los invitados de la cumbre desaparecieron de inmediato. Pronto se los tragó la tierra inmensa, entre ruidos de motores y caballos latigueados, levantando una cortina de polvo que disminuyó la visibilidad durante un rato largo. Mientras Correa regresaba con el mayoral hacia la casa, se cruzó con los coches de las patotas que pasaban esquivándolo, dando alaridos y tocando las chillonas bocinas que duraban una luz en el silencio de la nada.

El viejo maldecía con la mano levantada a medida que pasaban, como un Papa sombrío, traicionado por sus obispos.

Una carreta que venía en sentido contrario a ellos, los pasó y paró pocos metros después. Una voz llamó desde el interior. El viejo cambió el rumbo del caballo y se acercó.

—Señor Correa —dijo Radicce desde el interior donde tomaba champán con dos esclavas—, lamento mucho lo que está pasando y tener que partir tan abruptamente, pero entenderá que no se logra una buena imagen si uno se ve envuelto en estas cosas de negros... le recomiendo que elija mejor los ejemplares que compra. —Sonrió, hizo un toc-toc en la puerta de la carreta que arrancó y se perdió en el horizonte.

Correa abordó el mejor caballo que tenía y salió con destino al pueblo. Hacía años que no iba. En las vidrieras rotas de los viejos comercios convivían maniquíes descabezados y propagandas de cosas que ya no existían. Los bulevares mostraban las matas de pasto crecidas.

Los cascos del caballo del viejo retumbaron a lo largo de las calles. No podía recordar dónde quedaba el hotel. Paró el animal en un cruce y respiró profundamente. El olor de los eucaliptos le calmó la tos en los pulmones. Muy lejos escuchó el sonido de una radio mal sintonizada. Se quedó escuchando un momento. Cerró los ojos y cuando los volvió a abrir las calles estaban llenas de gente. Mujeres comprando en las tiendas, familias paseando.

Saliendo de una esquina, tomó la calle una procesión. A distancia, escuchó la música y de a poco se fueron haciendo sólidas las imágenes que a lo lejos parecían espejismos. Payasos, músicos, bailarinas. Se mezcló con ese bloque de personajes que venían bailando en una foto ambulante y sus labios tuvieron memoria de las viejas canciones y un locutor de blancos dientes que cegaban y moño al cuello, presentó a la reina de no sabía qué y el papel picado flotaba en el aire sin caer nunca y se abrazó con sus padres que parecían muy felices y estaba Amalia. Aquella Amalia que él tanto deseó y que luego incubó lo rancio en los huesos.

Correa no podía parar de mirar ese núcleo que lo absorbía y escuchar esas voces como un eco y su padre que le decía algo que no lograba entender.

Alguien lo llamó desde el fondo de una calle. El viento le zumbaba en los oídos, estaba aturdido. El caballo se fue acercando con lentitud. Cuando estuvo a pocos metros vio que era Barredo que le preguntaba algo:

—¿Qué pasa Correa?

—No sé —dijo el viejo, dubitativo.

Barredo lo observaba desde la puerta del hotel, después se lo tragó la oscuridad del edificio. Correa ató el caballo y con los ojos húmedos cruzó la puerta.

Desde la sala lo saludó el médico, al que también le habían dado cita allí. Estaba nervioso, respiraba con dificultad. Correa se acercó adonde estaba sentado, Barredo no aparecía.

—¿Qué es lo que quiere este hombre? —preguntó en voz baja.

El médico tosía y se llevaba a la boca un pañuelo salpicado con sangre.

—No sé, Correa, pero sea lo que sea no me gusta nada —dijo con esfuerzo.

Se quedaron en silencio.

La sala del hotel estaba habitada de un frío que ocupaba todos los espacios. Correa había pasado allí su noche de bodas, después nunca volvió a pisar el lugar. Todavía venían a su mente las imágenes de aquella noche en la que parecía poder ser feliz. Se vio subiendo las escaleras con Amalia, el eco de las risas hacía los techos más altos. Después restó lo que todos recuerdan: las convulsiones nocturnas, el amarillo impregnado en la mirada. El olor de los antibióticos que infectaba los pasillos. La visitaron los mejores especialistas, pero nadie supo. En dos meses, Amalia perdió la mitad de su peso. La casa se tornó un lugar de silencio en donde se caminaba en puntas de pie. La luz dejó de entrar, todo estaba signado por el olor de los medicamentos, de los lavativos y el rezo lloroso de las viejas. Se convirtió en un cadáver. Cuando murió hacía tiempo que no reconocía a nadie. Cuando murió todos sintieron un profundo alivio, pero varios años transcurrieron en esos dos meses. Una mañana Correa desapareció. Alguien dijo que lo había visto en un viaje a la capital, pero otra persona para la misma época se lo cruzó también en un fumadero al otro lado del Río Grande. Lo cierto es que un viajante se lo encontró meando a la vera del camino. Solo, masticando una chicharra, medio desnudo, alucinando con los puños cerrados como garrotes, la comisura de los labios llenas de ampollas. Y así lo trajeron en una carreta, duro, igual que un embalsamado. Se lo dejaron primero al médico que no sabía qué hacer y lo dejó en la sala de espera. Después al cura que lo bañó noches enteras con whisky y agua bendita, mientras él era un testigo mudo de sus encames con los pupilos del seminario. Por último, cuando ya nadie creía que pudieran hacerlo volver, se lo dieron en cuidado a Vivi, que con paciencia y pequeñas oraciones y cantos, le curó las ampollas de la boca con miga de pan y leche de mujer: lo fue sacando de ese autismo y lo volvió a la vida.

—Caballeros, disculpen la demora —dijo Barredo.

Las voces rebotaban en las paredes, el sol caía.

—Esto es muy simple, contestan unas preguntas y vuelven a su casa.

El médico tosía y miraba con gesto adusto.

—Lo que necesito saber es qué fue lo que pasó con la esclava... creo que se llama Milagros ¿verdad?

El viejo y el médico contestaron afirmativamente.

—¿Quiere empezar, Correa? —ofreció Barredo.

Cuando terminaron de explicar, la noche estaba entera, de lleno sobre el pueblo. Una llovizna lúgubre molestaba en los vidrios y se había vuelto barro en las calles. Barredo despidió a Correa y al médico en la puerta del hotel.

—Mañana tendré el informe de Muñiz... Espero que eso aclare un poco las cosas —dijo.

Correa lo miró desde arriba del caballo y no contestó.

Golpeó al animal con los talones y la bestia trabajosamente fue sorteando la calle patinosa. La lluvia caía alumbrada por la luz naranja, en finas agujas. El caballo de Correa se perdió en la oscuridad del pueblo. Del otro lado de la calle se podía observar la silueta del médico, aturdida por el ladrido de un perro. Trataba de llegar hasta su casa esquivando los charcos que se abrían sobre el piso.

—Buenas noches —dijo Barredo

El pueblo le respondió con más silencio.

La esclava levantó el dedo y apuntó al rengo Agustín.

—Hija de puta... todos los mandingas se te vengan encima —jadeó el rengo mientras lo tomaban de los brazos.

—Prepárenmelo, que ahora lo voy hacer hablar a este desagradecido —gritó el viejo con rabia y escupió el tabaco masticado.

Agustín no contestaba ninguna pregunta. Los ojos se le disolvían en dos mundos de agua. Los poros se abrían a los latigazos, como bocas de besos nunca dados. La piel que se empezaba a cuartear. Siempre había vivido con pena, en eso era parecido a Correa. La caída de los Quilombos le había llevado a su mujer y a su hija. Una vez se enteró que estaban en la casa de una familia muy bien posicionada. Ese día parecía que caminaba derecho de la alegría, de solo pensar que estaban vivas, de que quizá las podría volver a ver. Y ese día empezó a planear la fuga. Logró irse “pero los perros tienen buena ñata, saben” decía el rengo. Después lo ataron a dos caballos y lo arrastraron un par de kilómetros campo adentro. “No murió por esto”, se comentaban los esclavos, haciendo un gesto con los dedos, y por las curaciones de Vivi. Eran primos de sangre. Había sufrido tanto Agustín, no iba a hablar ahora.

—¿Dónde están, negrijoeputas…? —latigazos.

— ...

—¿Dónde se metieron? —latigazos.

—...

La boca solo pronunciaba oraciones y alabanzas. Esto enfurecía más a Correa, que cuando se cansaba pasaba el látigo a alguno de los mayorales o a Muñiz, que observaba la escena tomando mate, y se sentaba arriba de un eje de carreta que había a uno de los costados. Sacaba su pan de tabaco y masticaba mirando al horizonte. Silbaba. Después volvía a tomar el látigo. Así estaban hacía cuatro horas. Agustín se desvanecía, le sumergían la cabeza en agua helada, y otra paliza. A la quinta hora se desmayó y no se despertó más. Ataron el cadáver por las muñecas a dos palenques puestos a cada lado, arrodillado con la cabeza mirando al suelo, la noche de frente.

Los esclavos murmuraban, los ojos encendidos de bronca, de pena apretada. A Correa no le gustaba que lo desafiaran. Se latigueó a tres hombres más, nadie abrió la boca.

La noche pasó con su silencio ficticio. La delatora del rengo amaneció con el cuello tatuado de sogas, como un recuerdo de los códigos.

Cuando Correa se enteró de la situación era tarde. Se chocó con el cuerpo de uno de los mayorales que agonizaba colgando del ombú a la salida de los establos. Los esclavos estaban apostados en los tambos y otros se preparaban adentro del molino. Mandó a buscar a Muñiz. Cuando llegó al lugar donde estaba Correa, los esclavos tenían de rehén al mayoral Medina, ese que se divertía violando negritos.

Vieron a lo lejos a alguien que venía cabalgando.

—Barredo... —murmuró el viejo entre contento y sorprendido.

—¿Qué es lo que pasa, Correa? —le gritó Barredo desde el caballo.

—Estos negros de mierda… —respondió con desprecio, pero tratando de mostrar tranquilidad y esperando que el otro lo ayudara a buscar una solución.

—Muñiz, ¿dónde está el informe que le pedí? —preguntó Barredo, sin mencionar nada sobre lo que pasaba.

Muñiz le alcanzó unos cuantos papeles arrugados.

—Bueno, espero que no nos tengamos que ver pronto, Correa —dijo.

—Pero ¿cómo? ¿No va a hacer nada? —el viejo empezaba a desesperarse.

—Pensé que había quedado claro que lo que pase entre usted y sus esclavos al gobierno no le interesa, Correa. Creo además que el capitán Muñiz está a la altura de las circunstancias, ¿verdad, capitán?

Pegó un grito, taloneó al caballo y desapareció tras la cortina de polvo.

Como en las batallas del pasado, los esclavos llevaron al más viejo y le quemaron los ojos con un cuchillo. El ciego tocando un instrumento de lata de una sola cuerda, debería narrar la pelea. Si el cantor no podía tener visiones, la cuerda se cortaría y serían castigados con la derrota. Si dominaba el trance, la victoria estaba asegurada. El ciego comenzó a hacer sonidos con la boca en tono telegráfico:

Bailan los negros, brazos en alto, filo del día un fuego.

Queman basura, vuelven los llantos de los que no murieron.

Ahora que el ciego cantaba los esclavos se lanzaron al ataque. Se peleó cuerpo a cuerpo toda la tarde de aquel día frío, calentado por la sangre y el tumba tumba de los tamboriles. El oro rojo dejaba su pulso marcado en el piso, como si fuera una caligrafía de los brazos, orejas y manos que caían cortados de cuajo.

Cuchillo rompe carne de tiento. Cuchillo mata miedo.

La voz del ciego llegaba en murmuraciones, pero alcanzaba para acompañar el ritmo de la batalla, sostenida por el crepitar del fuego.

Después de muchas horas de combate, se veía a algunos hombres deambulando como sonámbulos entre los caídos. Alguien, luego de cortarle la cabeza, terminó de atravesar un cuerpo que corrió durante unos segundos con una erupción líquida que escupía lo que le quedaba adentro desde su cuello.

Rito de los muerteros. Rito de los muerteros. Rito de los muerteros.

Cuando terminó de cantar, los esclavos sacrificaron al ciego. A Correa, que quedó tendido en la tierra, lo ataron de pies y manos y lo dejaron apoyado contra un árbol. Un perro le lamía la sangre que le chorreaba de los facazos. Cuando cayó la noche, las ratas, que parecían oler las catástrofes a lo lejos, se acercaron dando corridas cortas, con estómago amistoso.