Matrix

No eres lo que haces, eres tu manera de ser.

NEALE WALSCH

A pesar de los nervios que lo atenazaban, al día siguiente Malow llegó muy temprano a las oficinas de XSoftware. Para su sorpresa, Marie-Odile lo estaba esperando en la puerta de su despacho.

—¡Tiene la mano morada! —observó con preocupación.

—No pasa nada —la tranquilizó él—. ¿Qué hace aquí? Le dije a Matthieu que la convenciera de que se quedase en casa hasta que estuviera recuperada. ¿Cómo se encuentra?

—Bien, y todo porque usted me defendió. Quería darle las gracias, Malow. Ahora, venga conmigo, tiene que curarse esa mano —ordenó la directora de Recursos Humanos en un tono que no daba opción a réplica.

Marie-Odile lo obligó a sentarse y sacó un botiquín que guardaba en un cajón de su escritorio. Sacó unas gasas y una pomada, que aplicó con cuidado en la mano dolorida del joven. Malow la dejó hacer. Nadie cuidaba de él con tanta dulzura desde hacía años. Los gestos de Marie-Odile le recordaron a los de su madre, cuando de niño le curaba las heridas. Aquel recuerdo hizo que se le volvieran a empañar los ojos. Mientras lo sujetaba con firmeza para cerrar el vendaje, Mao le puso discretamente un pañuelo en la mano y se alejó hacia la puerta.

—¿Todavía le duele? —preguntó antes de salir.

—No, no —respondió Malow un poco cortado—. Es que no estoy acostumbrado a que...

—No se preocupe. A cualquier trauma le sigue una emoción, y hay que dejarla salir. Es muy sano.

Cuando la directora de Recursos Humanos se marchó del despacho, el joven ya no intentó contener el llanto. Desde la sentencia del médico, la angustia se había apoderado de él. Las escenas más dramáticas de su vida, que creía sepultadas en lo más profundo de su ser, emergían a la superficie sin avisar. Dormía mal, poco, a ratos. Tan sólo las palabras de Phueng y sus virtudes tranquilizadoras habían conseguido calmarlo, al menos un rato, la noche anterior. Algo lo empujaba a aferrarse a ella, por mucho que dudara de su eficacia. ¿Qué era lo que le había dicho? Algo así como que tenía que aprovechar el tiempo que le quedaba para actuar movido por sus propios valores. Pero ¿cuáles eran esos valores? Y ¿qué quería decir con aquello de «tratar de ser la mejor versión de uno mismo»? Las frases de Phueng se repetían en bucle en su cabeza, como para tratar de convencerlo: «Todavía no sé cómo todo lo que me está ocurriendo podría ser un regalo; todavía no sé por qué tendría que estar agradecido, porque estoy sufriendo, pero sí sé que algún día podré dar las gracias. Y espero poder dárselas a la vida antes de morirme». No pudo evitar ese último pensamiento, empezaba a hundirse en reflexiones cada vez más siniestras, cuando, de repente, sonó el teléfono.

—¿Malow?

—Sí.

—Soy William, de K-Invest. He hablado con Bertrand. Me ha informado acerca de su ingreso en el hospital...

—Sí, yo también lo iba a llamar.

—Nos lo ha contado todo.

—Lo siento muchísimo.

—Pero ¡si tú no tienes ninguna culpa! Sin embargo, entenderás que ahora que no hay nadie al mando contemos contigo para coger el relevo. Vas a tener que quedarte unos meses más...

—¿Unos meses más? Imposible. Según los médicos, es sólo cuestión de días —replicó Malow.

—Eso no es lo que me ha dicho Bertrand...

—¿Cómo dice?

—No está en su mejor momento. Y ahora mismo no se ve capaz de volver a su puesto. Le han dicho que, a raíz del mareo que le provocó la caída, deberá ir a rehabilitación durante varias semanas.

Malow dedujo que Bertrand no había contado la verdad acerca del episodio tan dramático que había tenido lugar. Aunque llegó la conclusión de que, en realidad, esa versión de los hechos ya le iba bien. No le apetecía nada tener que justificar su arrebato de violencia ante la persona que lo había contratado.

—Eres el más indicado para replantear la estrategia y volver a encarrilar la empresa —continuó William—. Te damos tres meses y carta blanca. Es más de lo que necesitas.

—Pero es que no...

—Luego seguimos, que me llaman por la otra línea. Es sobre un nuevo proyecto que igual también podría interesarte... ¡Cuento contigo!

William colgó sin añadir más y dejando a Malow estupefacto. En ningún momento se había planteado permanecer más tiempo en Asia. Estaba previsto que su misión allí terminara al cabo de una semana, y tenía muchas cosas que hacer antes de que la enfermedad empezara a manifestarse con mayor virulencia.

No quería pasar un segundo más en aquel despacho. No le quedaban fuerzas para soportarlo. Así que salió de allí decidido a no dejarse torear. ¿No era eso lo que Phueng le había aconsejado? Que retomara las riendas de su vida. Deambulaba un poco perdido por los pasillos de la empresa cuando, al pasar por delante de la cafetería, sorprendió a Matthieu gesticulando ante un coro de trabajadores.

—¡Keanu se reencarnó en Neo! —gritaba—. ¡Y dejó fuera de combate a Bertrand de un solo golpe! Fue como ver un remake de Matrix en directo. ¡Una auténtica pasada!

Malow no podía creérselo: Matthieu estaba pormenorizando la escena de la víspera para el resto del personal, que se aglomeraba a su alrededor.

—¡Empieza a gustarme el nuevo jefe! —apostilló Zoé, conteniendo una risita.

—En cualquier caso, ese alcohólico pervertido tuvo su merecido. No seré yo quien lo eche de menos —soltó el director de Tecnologías de la Información, mientras introducía una cápsula en la máquina de café.

Aquellas palabras provocaron un gran murmullo de aprobación. Pero el grupo se dispersó rápidamente cuando vieron a Malow al otro lado del cristal. El asesor retuvo a Matthieu, Marie-Odile y también a Éric, responsable de Investigación.

—Quiero hablar con vosotros en la sala de reuniones. Es importante.

Zoé, a la que no había convocado, se coló con discreción en la sala so pretexto de servirles unos cafés. Ralentizó tanto los gestos para permanecer ahí el mayor tiempo posible que Malow, irritado, acabó invitándola a sentarse, cosa que ella aceptó sin rechistar.

—Bueno, ahora que estáis al corriente de la situación gracias a Matthieu, intentaré ser lo más transparente posible: Bertrand necesita descansar y, sobre todo, una buena cura de desintoxicación. Me han pedido que tome el relevo mientras él está de baja.

Los cuatro rostros se iluminaron con idénticas sonrisas. Ahora bien, si Malow se sintió halagado, no dejó que se le notara.

—Sólo el tiempo que tarde en encontrarle un sustituto y en asegurarme de que el relevo se desarrolla correctamente —precisó.

—¿Un sustituto? Pero ¿por qué? El equipo estará encantado de tenerlo a usted como nuevo capitán al mando —se apresuró a decir Matthieu para convencerlo.

—No he venido aquí a tomar las riendas de la empresa, aunque haré todo lo necesario para garantizar una correcta transición.

Malow se dirigió al responsable de Investigación en un tono más pragmático.

—He visto que la nueva versión del programa no está disponible online y, sin embargo, según la hoja de ruta, tenía que haber salido ayer. ¿Hay algún problema?

—Necesitamos otras cuarenta y ocho horas —contestó, incómodo, Éric.

—Malow, el equipo está agotado. La mayoría lleva un año sin tener vacaciones —intervino Mao—. Y hace ya varios meses que Bertrand los obliga a trabajar bajo presión, sin ninguna directriz clara. Necesitan bajar un poco el ritmo, si no van a reventar o acabarán dejando la empresa. No son pocos los que ya se han ido.

—La verdad es que es una buena idea.

Marie-Odile bajó la mirada, más acostumbrada a los reproches que a los halagos.

—No estoy bromeando, me parece una idea excelente, Marie-Odile —insistió Malow—. Podríamos tomarnos todos un descanso. Yo el primero, que también estoy agotado. Podríamos buscar otro tipo de escenario, uno más agradable, para volver a unir al equipo. ¿Qué les parece? No será por falta de islas... Trabajaríamos por las mañanas en grupos reducidos y nos relajaríamos por las tardes.

Zoé soltó un gritito de entusiasmo. Se le acababa de ocurrir una idea.

—Uno de mis mejores amigos, Théo, acaba de abrir un complejo turístico en una de las playas más bonitas de la bahía de Phang Nga. Está a apenas dos horas de Bangkok.

Malow compró la idea al instante.

—Y ¿cree que su amigo podría recibirnos a todos en su hotel? Le estaría muy agradecido.

Estupefacta, la joven no se lo acababa de creer.

—Por supuesto, señor —se entusiasmó.

Matthieu tosió discretamente y frunció el ceño. El rostro de la joven se ensombreció.

—A ver, es cierto que el hotel no está del todo a punto, aunque de aquí a entonces...

—¿No está a punto? ¿A qué se refiere?

—Digamos que el personal todavía no está muy rodado. Tampoco funciona muy bien la conexión a internet, pero justo acaban de terminar las habitaciones y el entorno es de verdad mágico. ¡Está en plena naturaleza!

Para acabar de convencer a Malow, Zoé añadió con mucho aplomo que ella se encargaría de negociar el precio, cosa que hizo sonreír al nuevo jefe.

—Muy bien, me parece todo perfecto —concluyó Malow—. Zoé, compruebe las condiciones y el presupuesto con Matthieu, así como la logística y las actividades que podamos realizar allí. Marie-Odile, usted se encargará de planificar las reuniones de trabajo, que no durarán más de dos horas al día. Ya va siendo hora de aprovechar las ideas y las habilidades de los trabajadores de esta empresa. Y, ya para finalizar, quiero que todo el mundo se tutee.

—Sí, señor —se apresuró a confirmar Zoé—. ¡Exceptuando a Diplodocus, por supuesto!

—Entonces, ¡me llamo Malow, y no señor! Me gustaría que todos hicierais un esfuerzo.

—¡Eres genial, Malow! —gritó Zoé entusiasmada por tantas buenas noticias.

Marie-Odile y Matthieu estaban pasmados.

El nuevo director general sonrió.

—Bueno, saldremos la próxima semana, para dar tiempo al equipo de lanzar el nuevo programa, y para que todo el mundo pueda organizarse. ¿Os parece?

Todos se mostraron encantados con la idea, salvo Matthieu, que se mantenía escéptico. Mientras los demás miembros del comité abandonaban la sala de reuniones, Malow retuvo al director financiero.

—Ya sé que el hotel no está listo, pero tampoco creo que nuestro equipo necesite un cinco estrellas. Hace tiempo que los observo y creo que, como dice Marie-Odile, necesitan descansar un poco. Les irá bien, y eso nos permitirá a todos conocernos un poco más.

Matthieu asintió en silencio. Malow se acabó el café de un trago y añadió:

—Además, estoy convencido de que nos hará bien ayudar a Zoé y a su amigo. ¿Acaso no tenemos al mejor equipo de informáticos? La solidaridad es eso, ¿no?

Matthieu se relajó, y sonrió.

 

 

Una vez que el director financiero lo dejó solo, Malow se sintió extrañamente ligero. De todo él emanaba una felicidad que nunca había sentido. Al menos no desde el día que supo que su vida se había acortado dramáticamente. Contempló la espectacular vista que ofrecía el trigésimo quinto piso de la torre Norton. El sol se reflejaba en el Chao Phraya, el río que bajaba del norte y cruzaba la capital, para desembocar unos kilómetros más allá, en el golfo de Tailandia.

Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen de un hombre sereno, sonriente. Phueng ya se lo había advertido: en cuanto empezara a hacer las cosas bien, se daría cuenta enseguida.

«¡Phueng! Tengo que avisarla.»

Se había comprometido con ella, pero ahora también lo estaba con sus empleados, ¡y no podía permitirse el lujo de decepcionar a nadie!