CAPÍTULO II

Le gustó que le llevara un trío huasteco el día que había acordado con su padre y con sor Benedicta la formalización del noviazgo; le gustó verlo quitarse el sombrero y entrar al salón del fondo del claustro mayor; le gustó que se conocían las miradas de toda la vida, aunque nunca las hubieran puesto a hablar; le gustó que llevara con decoro los pantalones remendados; le gustó que nunca la hubiera visto como la rara de cabellos dorados sino que debajo de sus párpados su imagen se reflejaba como el paraíso mismo; le gustó la adrenalina de las expectativas de su próxima aventura, aunque igual se inundaba de miedos cuando pensaba en su futuro lejos de las paredes naranjas, el olor a naftalina y los hábitos clarisos que la habían criado. Mi abuela Teresa parecía frágil e insegura, pero sólo de fachada porque aun así como estaba, llena de vacilaciones y de infancia, toda su existencia estuvo en primera fila de su vida. Eso, quizás, era lo que más le gustaba a él de la persona que estaba a punto de convertirse en su familia.

Teresa apenas había cumplido dieciséis años, pero ya sabía las faenas necesarias para ser una mujer-de-bien, así que las monjas aceptaron despedirse de ella para que se casara con Fortunato Burgos, el hijo de uno de los mozos de labranza que tenía como máximas posesiones el alma bien puesta y la risa abundante: era suficiente. Si no había amor, al menos existía el compromiso que les duró veintiocho años hasta que una noche de fibrilación ventricular en el pecho de mi abuelo le rompió el corazón a Teresa al dejarla viuda. El ataque fulminante se llevó a un sonriente Fortunato mientras soñaba, satisfecho de haber tenido una buena vida.

Los padres de mi abuelo repitieron hasta siempre que su hijo había sonreído nada más de entrar al mundo. Su mamá se lo achacaba a que, en la madrugada de su nacimiento, la luna creciente los iluminaba desde su mueca feliz y eso había influido en el carácter confiado y contento de su único vástago. Veinte años después, el joven alegre que sería el abuelo que no conocí, se casó con los ojos buenos y el porte despreocupado con los que yo recuerdo a mi madre. Al abuelo Fortunato le llamaron así por si acaso. Era tradición familiar, desde hacía cuatro generaciones, la de nombrar de esa forma al primer varón Burgos. Pocos honraban la designación y la inmensa mayoría desfavorecía el nombre muriendo antes de que el mundo le diera una vuelta al sol. En cambio, abundaban los Renatos quienes, de acuerdo con la misma usanza, representaban al segundo, tercero, cuartoquintosexto… en fin, al siguiente hombrecito que sobreviviera en cada familia. Mi abuelo no se malogró, vitoreaban orgullosos los bisabuelos; pero fue el único retoño que se les dio, bajaban la estéril mirada al declararlo.

Mi abuelo Fortunato era trabajador porque no había de otra, y se ocupó en lo que fue pudiendo. Así fue como pasó una década cuidando y acomodando a los animalitos hasta para el sacrificio. Teresa, su esposa, estornudaba antes de que Fortunato entrara a la casa, y lo obligaba a quitarse las ropas que enseguida ponía a hervir. Si por ella hubiera sido, también habría puesto en la olla a su señor pues su alergia no le daba para abrazar al hombre si no se quitaba cualquier residuo de animal que le hiciera susceptibles los mocos. Mientras mi abuela detestaba que su marido trabajara con sus alérgenos, él los procuraba, los cepillaba y alimentaba, les contaba historias e incluso les limpiaba las legañas distraídas.

Pero apenas llegaba la orden de la hora de la carnicería, continuamente era lo mismo: Fortunato temblaba y les contagiaba la pesadumbre a los bichos. Los cerdos eran los más difíciles, pues no se controlaban ni con caricias, ni con canciones, ni con mirarlos a los ojos. Sin variar gritaban y se retorcían en sus premonitorias histerias colectivas; los borregos, en cambio, con sólo tocarlos atrás de las orejas, mientras se les susurraba un rezo, de a poquito cerraban los ojos y aceptaban su destino de barbacoa; la reacción de las vaquillas, quizás, era el punto medio: de allí los sabores de sus carnes, deducía el abuelo. No le gustaba su faena, que ni siquiera implicaba destaces porque él sólo acomodaba, pero sus remordimientos no dejaban de atormentarlo porque tanto peca el que mata a la vaca como el que le coge la pata. Se flagelaba y, como corolario de su zozobra, se tomó la licencia vitalicia de evitar comer mamíferos.

La joven pareja de recién casados, a falta de recursos propios y con la intención de ahorrar, había aceptado vivir compartiendo el techo con los ancianos padres de Fortunato. La idea fue buena mientras lo fue, pero apenas devino en acción y aquello resultó un desastre monumental. Teresa nomás no pudo agarrarle la onda a su suegra, y doña Escolástica fue incapaz de gobernar sus celitos que la hacían sentir que todo lo que tenía que ver con su nuera estaba mal: que si tenía el pecho débil por tanto estornudo, que si le echaba poca sal al caldo de gallina, que si a ver si no por tanto chocolate no era capaz de encargar, que si las monjas no le habían enseñado a barrer como Dios mandaba, quesi, quesi, quesi. Mi abuela no hallaba el modo de caerle bien a la señora, le decía mamá Escolástica, pero no la sentía así, y lo que la carcomía era que de plano no había rezo que le iluminara la veladora y no había forma de ir junto a ella con el perfil bajo porque cualquier cosa daba pie a la crítica. Lo que más odiaba mi abuela era llamar la atención, entonces su día a día con la familia política era asfixiante pues tenía que vivir con alguien juzgándole los pasos que ni había dado.

Teresa sabía que no había forma de cambiar su físico, pero trató de adaptarse a las indicaciones que la señora le daba, sin lograr congraciarse con ella. Le molestaba que trajera la religión metidísima en el rito, pero que no diera visos del espíritu cristiano que madre Pachita predicaba. Con doña Escolástica entendió que se puede, aunque no se deba —coreaba como para que no se le olvidara—, ser católico sin ser universal. No le bastó mucho tiempo de convivencia para darse cuenta de que, quizá por su tono de piel y su estridencia capilar, doña Escolástica encontraba a su nuera horrorosa y sentía que su hijo merecía algo diferente, una mujer más adecuada a la sierra y con un par de tonos más altos. Total, que no la pasaban bien, y para mi abuela esos tres años de luna de miel fueron los más amargos de su matrimonio.

Fortunato tampoco bailó de felicidad durante esos tiempos: no era sencillo vivir en medio de las quejas de sus mujeres que lo tenían entre la espada, la pared y la falta de privacidad. Su existencia estaba un poco atormentada, además, por el trabajo que a veces se le hacía nudo en la garganta durante los días de matanza —que no eran siempre pero siempre que eran, eran horribles—. Así que, el mismo año agridulce en que se quedó huérfano de madre, al mes siguiente de padre y se enteró de que traería por primera vez vida a este mundo, Fortunato decidió que su circunstancia ya había tenido mucho olor a muerte en ese pedazo del universo. Le propuso a Teresa iniciar de cero en otro lugar y, sin más alboroto y sin siquiera detenerse a escuchar la opinión de su mujer, en cuanto pudo abrazó a su incipiente familia lejos de la inmensidad verde y húmeda de la Sierra Gorda que había sido, junto con sus eternas nubes, testigo de sus veinticuatro años. Emprendieron el impensable peregrinaje de 200 kilómetros a la tierra llana y llegaron casi una semana después a una Celaya creciente y de color castaña.

Su primo Ventura, a quien llevaba cerca de una década sin ver, lo recibió como si se hubieran saludado esa mañana, en un vínculo de cotidianeidad forjado con fibras de recuerdos de infancias, camaradería y boberas compartidas. Ventura trabajaba como pailero en los talleres de fundición para las vías de los trenes y tranvías que le empezaban a inyectar una energía aún más ruidosa a la ciudad. La nueva industria era tan generosa que también pudo conseguirle trabajo a Fortunato, que era bueno con los animales y los números. Su labor consistía, para regocijo de su presente, en cobrar el pasaje de los tranvías a tracción de mulas que circulaban por la avenida Hidalgo y le daban vueltas al Centro. Teresa, mientras tanto, vivió horrorizada las primeras semanas de su nuevo destino semidesértico y de su incipiente condición de modo de familia. La ponía de mal humor el malhumor con el que constantemente vivía y el no poder contener el hambre invariable que le rugía en las tripas. Su estado de gracia no le causaba nada de eso, milagros sólo en la Virgen María, se repetía, no en las mortales primerizas que, si no vomitaban, vivían la gravidez o su estar en estado —como le decían— con agruras e hinchazón. Para colmo, el calor la sofocaba y se le salía de a poquito el alma cada que veía una cucaracha. Vivir en una ciudad en trance a la modernidad la sumía en un arcaísmo soporífero y como que la vida sin montes se le hacía que quedaba relejos de Dios. Pa’ colmo, no le ayudaba al ánimo ni a la salud esfenoidal el que el marido siguiera trayendo en la ropa pelos de los animales que movían los tranvías.

Sin embargo, poco a poco fue agarrándole cariño a su presente: ya no vivía con la suegra sobrecargándole la existencia y resaltándole los defectos. No le importaba, de hecho, ver todos los días el retrato colgado en su habitación y hasta le daba los buenos días cada mañana. Con cada respiración Teresa se iba sintiendo más y más segura en su propia piel que, con ironía, cambiaba, se estiraba y le daba una comezón con propósito. También le había tomado un cariño especial a la iglesia de San Francisco, que sonaba a risa de aves y tenía columnas de cantera y paredes naranjas que la remontaban al convento que la vio crecer y había sido su casa del pasado. Esas asociaciones le daban fuerzas para sentir que allí podía hacer un hogar del presente y, con suerte, también del futuro.

La animaba ver feliz a su marido y no se privaba de disfrutar los domingos de paseo en la Alameda, tomando raspados de horchata y comiendo esquites en el jardín Hidalgo, o, cuando se podía, pasear en bote por el Rillito, como le llamaban a la Ciénega del Río Laja. Además, nunca perdonó la hora semanal que dedicaba a escribirles a sus monjas y a Mariana. Religiosamente llevaba el carterío al correo una vez al mes y, de igual forma, recibía sin variar sus correspondientes respuestas que, empalmadas o coordinadas, le iluminaban la circunstancia. Jamás dejó perder el contacto con sus raíces porque eso la estabilizaba, ni siquiera muchos años después, cuando se encontró postrada, enferma y a punto del adiós, olvidó escribirles a sus mujeres de la sierra.

Consuelo, la esposa de Ventura, desde el primer segundo estuvo feliz de tener a “su prima” en casa con ella o atestiguando sus andares. A mi tía Consuelo le gustaba hablar y adoraba ser escuchada, así que mi abuela Teresa, que le tiraba más a la timidez que a la extroversión, le resultaba la mejor compañía. Un año atrás, Ventura Burgos había ganado en el juego a su esposa. El papá de Consuelo, ahogado en su propio destino, no supo qué más posesión ofrecer con tal de que siguiera la partida y antes de que se le fuera lo único que medio le quedaba puesto: el orgullo. Así que se le hizo fácil prometer a su hija, como la cosa y propiedad que no era; y a Ventura, que tampoco estaba en sus cinco sentidos, se le hizo fácil aceptarla.

Ya estaba todo arreglado para que se casaran al día siguiente, en medio del mar que habían formado entre su madre y ella, cuando la cruda regresó a la realidad a Ventura: así no, dijo. Sí me la quedo —pues porque ya la gané en el juego—, pero me la voy a ganar deadeveras, le advirtió a quien sería su futura suegra. Y, antes de irse a su casa a cambiar, le informó a la sorprendida Consuelo que se quitara las lágrimas y se pusiera un vestido porque al rato pasaba por ella para llevarla a pasear. El noviazgo les duró el mes en que pudieron mantener sobrio y silenciado de vergüenza al papá de Consuelo —no fuera a ser que la volviera a apostar—; el matrimonio les duró cuarenta años, nomás porque la muerte les vino a hacer mal tercio.

Consuelo era un metro y medio de distracción, carnes rebosadas y alegría. Toda su vida la había vivido en Celaya, así que tener a alguien que miraba todo con novedad era lo más refrescante que le había pasado, y no pensaba escatimar un segundo de la compañía de la nueva familia que les había caído del monte, en particular de la prima política que adoptó al instante como la hermana que toda la vida habían añorado sus deseos. Cada que tenía oportunidad, emocionada, le tocaba el vientre y jugaba a adivinar, “¡faltan sólo cuatro lunas, primita!, ¡ya faltan tres… dos!”, y una de las primeras tardes del verano de 1888, quedando un día para que mi tío Tomás naciera, mientras descansaban bajo la inestable sombra de un pirul, mi abuela Teresa volvió a sentir el cosquilleo en los pies.

La segunda intervención del más allá fue masculina, no mencionó tesoros y tuvo como única testigo a la lívida Consuelo quien, después de presenciar semejante espectáculo, no encontró alivio ni en su nombre. Tenemos que marcharnos ya, le ordenó a Teresa en cuanto mi pobre abuela, que cargaba los dieciséis kilos de más —cortesía de su primogénito— pudo medio recuperarse. Se dirigieron a san Agustín para pedir por el descanso de Miguel Iturralde, un indigente inmaterial que, al ser ahorcado bajo aquel árbol durante las turbas que continuaron tras los saqueos de la intervención estadounidense, sólo pedía que se reconociera su vida con alguna oración y una vela encendida. Después de concluida la misión, Consuelo pudo por fin interrogar a su prima política. Nada de mentiras, Teresita, tienes que contármelo todo y no me levanto de esta mesa hasta que lo hagas. Pero a mi abuela no le gustaba lo que le pasaba, si de por sí ser el centro de atención de los vivos le producía malestar físico, ser atracción de los muertos le daba ñáñaras en la mente.

Mi abuela Teresa era muy controlada. Sabía dominar sus pasiones y era difícil entenderle las emociones, por lo que ir por la vida ofreciendo estos espectáculos se le hacía indigno hasta de sí misma. No, por supuesto que no era algo que ella buscara, si ya se sabe que donde menos se piensa salta la liebre. Sí, ya había sucedido una vez y tampoco había estado consciente como para contarle detalles, sólo le podía decir lo que las presentes le habían relatado, y era un susto que ni san Bartolomé les hubiera quitado. Bien, estaba de acuerdo en que, para costumbre del hábito, no les mencionarían nada a sus maridos —si no se trataba de preocupar a todo el mundo, ¡faltaba más!—, pero qué se le va a hacer porque pues ni modo, Consuelito, si cuando Dios quiere con todos los aires llueve.

Sí, se repetían en autoconvencimiento sincronizado de cabeza. Y estipularon, a sorbos de tila, que tampoco entre ellas hablarían más del asunto, al fin que con seguridad esos encuentros extrañísimos no volverían a suceder. Mi abuela, que toda la vida había asociado al té con la enfermedad o, por la influencia de varias de sus monjas españolas forjadas con costumbres de finales del XIX, con los ingleses (que para ellas eran también sinónimo de malestar), asumió el pacto con quien sería su comadre como eso: un padecimiento. Pero ya está escrito que esos compromisos son tan frágiles que sólo hace falta un estornudo para romperlos.

La vida personal de los Burgos les fue transcurriendo sin prisa, caminando apacible al ritmo de la del país. A Ventura y Consuelo les dio por tener fe en la humanidad y procrearon, en un lapso de cuatro años, a los primeros cinco de sus once hijos; al tiempo que Fortunato y Teresa veían, tranquilos, crecer a su primogénito: mi tío Tomás. Mi abuela abrazaba a su bebé y lo miraba como el milagro que era, no como el de san Ponciano; jugaba cantándole, que con tierra y agua hacía barro. Lo cierto es que, sin percatarse, a mis abuelos esos años les pasaron con poca novedad; se habían independizado de la generosidad de sus primos y alquilaban su pequeño hogar de dos cuartos diminutos en las afueras de la ciudad: resquicios de las casas de los peones de un rancho colonial venido a menos —abandonado, descuartizado y repartido en pedacitos entre múltiples familias—, pero les bastaba y sobraba. No alcanzaba para más y al menos estaba cerca del pozo, del arroyo y la tranquilidad, pero ya se sabe que viento, amor y fortuna son mudables como la luna, y así como no hay tristeza que dure cien años, tampoco hay felicidad que aguante un milenio.

El mundo todavía no se acostumbraba a 1894 cuando mi tío Cipriancito hizo su aparición y mi abuela Teresa tuvo su tercera ocupación espiritista. En esa ocasión el embarazo se le había hecho toda bondad y el crimen gestacional le llegó en forma de migrañas que no le permitieron levantarse de la cama durante los tres meses después de su segundo parto. Consuelo decidió, entonces, que como su prima traía actitud de almohada, sus tardes las pasaría con ella, en su casa, ayudándola mientras los niños jugaban cerca. Uno de esos días custodiados, mientras Teresa estaba postrada, víctima de las punzadas en la sien, un alma sin antecedentes se le incrustó para advertir que el esqueleto estaba relleno de peluconas y que la buena fortuna, si se gastaba mal, se hacía adversidad. Cual si le hubieran hablado en lenguas, Consuelo le repitió a Teresa lo que había dicho en su trance, pero como ninguna entendió el propósito que el espíritu sin nombre o referencia había intentado transmitirles, prefirieron seguir su día sin mayor aspaviento, eso sí, con los rezos consabidos a favor de quien se dejara, y un fomento en la frente de la pobre mujer que, inflamada de todo el cuerpo, sólo aliviaba su ansiedad cuando el nuevo hijo le succionaba el alimento y el frío le adormecía el presente.

Ni Teresa ni Consuelo vivirían para saber qué era eso del esqueleto y de las peluconas, pues fue hasta que mi abuela tenía medio siglo de haber muerto cuando las monedas, de una en una, empezaron a despedirse de su escondite y a caer encima de la cama donde los nuevos dueños de la “casa” se disponían a cerrar el día. Pasado el asombro, el susto y la incredulidad, el techo se les desbarrancó por completo, dejando al descubierto los bolsones con varias piezas de plata, de cobre y, sobre todo, con las monedas de ocho escudos de oro del siglo XVIII que mostraban a Felipe V con peluca. Aquella pareja, tiempo después, sería recurrencia en los periódicos alarmistas por la lucha de herencias que su divorcio generaría y que derivaría en asesinatos envueltos en rumores de parricidios con tufo de avaricia; pero ésa es otra historia.