CAPÍTULO III

El reloj marcaba la hora más cálida del año cuando Leonor lloró por primera vez. Había nacido y todo era raro: vamos, ni sus lágrimas conservaban la humedad; los pulmones, esos sí, eran tan enérgicos como sus piernas. Leonor nació mujer en un mundo de hombres —en sentido literal y metafórico—. Con sus dos hermanos mayores y los ocho primos Burgos, vivía rodeada de testosterona. Fue, eso sí y quizás a consecuencia de, irrestrictamente consentida.

Cuando tocó bautizar a la niña, mi abuelo se enneció: así como con sus primeros hijos, Antonio Tomás Fortunato de Jesús y José Fortunato Renato Cipriano, su primera hija tendría que perpetuar el nombre de sus ancestros, y para tal deber qué mejor que portar el de su abuela paterna, o sea, su madre. A mi abuela Teresa la simple idea le desajustó la visión, no sólo porque no había tenido en el mejor concepto a su suegra, sino porque al nombre de Escolástica nomás no le entendía. El sacerdote, ya algo fastidiado por la indecisión, minimizaba la escena: independientemente del onomástico secularizado que quisieran, el que era en realidad importante lo indicaba el santoral. “Radegunda”, correspondió el calendario ante el horror espasmódico de mis abuelos. Entonces la camaradería se les regresó y entre ambos suplicaron si existía otra opción, padre. Bueno, claro, también se celebra a san Hipólito, así que llamemos a esta criatura del Señor, bajo su petición, María Hipólita Radegunda Escolástica, sentenció.

Y salieron de la iglesia sin volver a mencionar el asunto.

Mi abuelo siempre llamó Maríaesco a su primogénita, pero para el mundo, por costumbre e insistencia de mi abuela, la tía Leonor usufructuó un nombre que jamás tuvo. Tal vez, sin saberlo, ése sería el destino que le tenía marcado la vida: hacer uso de lo que realmente nunca fue suyo. Quizá porque mi abuela se conocía bien la historia le puso el nombre de una santa dudosa, con fama de serlo, pero sin milagros ni martirios ni canonizaciones: la santa menos santa de la historia, casi casi. En realidad, a mi abuela le gustaba el sonido y el significado del nombre, y creía que llamándola de esa forma podría programar a su hija para que tuviera honor y fuera audaz (pero ya se sabe que las expectativas de los padres en general son injustas y que, en ocasiones, los intereses cambian de una generación a otra).

Para 1906, el afán evolutivo que llevó a mis tíos Ventura y Consuelo a concebir a once varones ya se les había consumado; en un lapso de una década habían llorado, también, la muerte de tres de esos once hijos, y ya no albergaban la esperanza primitiva de engendrar a una mujercita, por lo que mejor mantenían suficiente distancia entre ellos para evitar que la vida se les pusiera creativa. Mis abuelos, que con sólo tres hijos buscaban agrandar la familia, encontraron en la llegada de mi mamá la resignación con el último respiro generacional. Los años felices se les cumplieron y la vida fue suficientemente injusta como para no advertirles que aquélla sería su mejor época: 1912 se fue llevándose consigo al abuelo y lo único que supo hacer la abuela Teresa fue transportar, a su vez, el cuerpo de su marido y a sus cuatro hijos a Pinal de Amoles, a las montañas que vieron nacer a Fortunato y que habrían de ser destino de su último viaje biológico. Le pagaron al muertero para que, junto con Cipriano y Tomás, en turnos de tres, ayudaran a cargar en el petate franciscano el peso muerto del abuelo. La peregrinación duró un tanto de largos días y amargas noches en un par de posadas y acampadas en algún resquicio del camino, haciendo fogata, decenarios y recordando al fundador de la familia.

Dicen que una vida bien vivida da para una partida igual, y que al final todos, pero todos-todos, morimos del corazón, pero él sí en serio de eso se murió. Quiso pocas cosas patrimoniales el abuelo, y a lo mejor en su mediocridad económica radicó el éxito de su riqueza: tuvo escasos asuntos materiales, pero aún menos necesidades. Sus glorias nunca fueron públicas y su única filosofía consistió en que amando a sus hijos era como mejor festejaba el recuerdo de sus padres. No había para él mayor proyecto existencial. Perteneció a esa especie rara de seres humanos que le encuentran sentido y compromiso a lo que hacen, a lo que aman, incluso a sus diversiones que se englobaban en reírles las banalidades a los niños y a su mujer; y en agradecer, todos los días, el tener techo, trabajo y cariños. Como vicio: el pobre, mientras más agradecía, más tenía qué agradecer. Aristotélico hasta en sus pasiones, moderado en su moderación, constante y fiel a su régimen moral: el abuelo era un tipo aburridísimo.

Se fue dormido, soñando que se quedaba. Era tan responsable y sentía tanta obligación con su familia que, de haber sabido que esa noche se moría, no se hubiera muerto; pero como ni supo cuándo se le fue la respiración de este plano, pues ya no pudo hacer nada. Su cara no mostraba rictus de dolor y ya se sabe que no hay mejor muerte que la que cae de sorpresa y en medio de las ondas delta. Teresa estaba convencida de que su Fortunato había estado orgulloso de su vida y se había ido con la certeza de que sus padres estarían satisfechos de su legado pues, quienes se habían quedado añorándolo, siempre lo evocarían con una sonrisa en el corazón. Incluso yo, que ni lo conocí, lo pienso como una figura alegre de mi pasado.

Mi abuela hablaría poco los días posteriores a la partida de su esposo porque había estado completa con él. La felicidad que habían compartido no había sido de tener sino de ser, juntos. La vida de su matrimonio se había tratado de eso, de superar las propias expectativas y de compartir sueños. Y, aunque ahora ella se había quedado sola, no podía siquiera pensar en el dolor que estaban sintiendo sus hijos, por lo tanto se le hacía injusto seguir mostrándoles el duelo que se le desbordaba del pecho y mejor se lo tragó. Para Teresa pensar esto de que sólo se vive una vez hubiera sido una insensatez; para ella esta vida era transicional a la verdadera y, por mucho que le dolía haber perdido a su compañero de noches y conversaciones, le agradecía a Dios que ya lo tuviera junto a Él. Ésa era la única certeza que le surcaba el pensamiento.

Enterraron el cuerpo de Fortunato junto al de sus ancestros, desangrado en reminiscencia franciscana con encomienda para no resucitar. Fue una mañana de frío otoñal que no sólo de forma metafórica, sino que físicamente despertó, a sus cuarenta y cuatro años, una ancianidad precoz en mi abuela que desde entonces empezó a verse cascadita. Sus hijos, de igual manera, tuvieron que hacerse mayores, aunque dos de ellos ya llevaban unos buenos años siéndolo.

Después de la misa de preces para el eterno descanso del alma del finado, mi abuela volteó hacia ellos: “Dentro de todo qué bueno que se fue antes que yo, si Dios me hubiera hablado primero, yo mejor me hubiera quedado nomás del pendiente de cuidarlo, así estuvo mejor. Y ahora, como siempre en la vida, tenemos opciones, o nos quedamos llorando su ausencia o sonreímos sus recuerdos. Va a estar trabajoso, pero es mejor sentir cómo su amor sigue llenando nuestros días que andar pensando en los vacíos que andamos sin su presencia. Estuvo bien estar achicopalados estos últimos días, pero la tristeza profunda también llega a su fin y estoy segura de que a él le gustaba más cuando andábamos contentos que echados para abajo”. Y dejó zanjados futuros diálogos mientras se ceñía en el brazo encogido de su hijo mayor.

Para entonces la presencia del tío Tomás en la vida familiar se había hecho casi una nostalgia, pues ya le pertenecía más a los deberes terrenales de su dios que a los de sus personas; ingresó desde los dieciséis años al noviciado de León —más por comodidad que por vocación—. Le interesaba leer y vivir plácidamente, así que la idea del sacerdocio le permitía soñar en ambas posibilidades; además, tampoco es como que saltara de la emoción cuando se planteaba la posibilidad de formar familia, y no le hacía ilusión el prospecto de convivir con una pareja. Mi abuela estuvo contenta con la decisión sacerdotal de su primogénito porque, a diferencia de su descendencia, ella sí estaba orgullosa de ser católica y pertenecer a su fe. La muerte de Fortunato, sin embargo, acercó por un tiempo a Tomás con su familia, por lo que pidió ausencia del seminario por unas semanas para emprender el viaje sepulcral con sus hermanos. Así, mi abuela supo que era un buen momento para que, veintiocho años después de haberse despedido de sus monjas, sus hijos conocieran el mundo donde ella había crecido en el convento de Bucareli, a 1 300 metros de donde los restos de su marido terminarían por convertirse en el polvo de nubes, montañas y estrellas que somos.

El convento seguía igual que en sus recuerdos, pero era totalmente distinto: más ruidoso y menos grande. En la calidez de Mariana, su gran amiga de la infancia que decidió hacerse religiosa por resignación, y las queridas monjas (salvo la madre Benedicta, que había muerto dos años antes), Teresa y sus hijos encontraron un cobijo temporal para recargar pilas y volver a creer en el día a día sin el abuelo. Desde que llegaron, la medicina de la sierra empezó a hacer efecto en mi abuela: le gustaba la neblina, el monte, el fresco. Y los pinos que eran el puente al cielo y le recordaban a un Fortunato sonriente bromeándola: yo no puedo bajarte las estrellas, pero sí las nubes. Mi abuela nunca iría a una playa, pero se formó en medio del mar de niebla que se resguardaba en los tejados rojos y en la cúpula de la capilla.

A mi tía Leonor, en cambio, le costó trabajo enamorarse de los paisajes, las cascadas, el canto de los tecolotes y los bosques que colindaban con el convento, ella era más gente de sol y con el frío se le fruncía hasta el carácter. Mi mamá, con sus seis años a cuestas, era suficientemente grande como para intuir la muerte y lo terrible que les había pasado, por lo que ver feliz a su propia madre después de tanta sufridera con la partida de mi abuelo le daba un respirito a su alma. Además, le gustaban las monjas con sus abrazos inaplazables y el consentimiento empalagoso al que se hacía acreedora simplemente por su edad. Mis tíos también gozaron esos días y estaban un poco relajados debido al impasse que les permitía postergar la inminente labor varonil que se les venía encima como irremediables jefes de familia; lo agradecían aun a pesar de que les tocaba dormir en las celdas del claustro menor, las que estaban antes de los corrales de los borregos, justo después de las alacenas. No había forma de que hubiera hombres alojados en el claustro mayor, de ninguna manera, se escandalizó sor Inés con la simple sugerencia de mi abuela, que miró con resignación a sus hijos convertidos en rebaño.

Cada quien respiraba su momento cuando, en uno de los paseos por el bosque rumbo al río, mientras mi mamá tomaba una siesta en el convento, mi abuela, para desconcierto de sus tres hijos mayores, nuevamente fue a dar con el espíritu necio de la madre Pachita quien, en remembranza de su primera comunicación, le recordó a la amable concurrencia que rezara por su alma e hiciera buen uso del tesoro. Sin embargo, en esta ocasión y quizá porque sus interlocutores no interactuaron con ella en vida, los presentes no se intimidaron ante las comandas etéreas y entonces Pachita descansó: “Bajo el sotol de medianoche, entre cobijos de pochotes, se arrullan sus luces y refulge su esencia; podrán hacer uso de los bienes profanos, pero lo sagrado al dios del templo ha de tornar”. Y, pa’ pronto, la agotada alma de la madre Pachita pudo al fin descansar con la conciencia enmudecida y la confianza ciega de que alguien obedecería su ultimísima voluntad.

Treinta y siete vueltas le había dado la tierra al sol desde que dos sacerdotes beligerantes, Fray David y Fray Eugenio, huyendo de las llanuras belicosas queretana y guanajuatense, habían traído consigo un cargamento de pertenencias diocesanas que corrían peligro bajo la posible —si no es que inminente— confiscación del gobierno anti-clerical del presidente Lerdo de Tejada. Es cierto que algunos mozos se habían partido el lomo con la cargadera y demás, pero los padrecitos emanaban suficiente autoridad en tantos ámbitos que ni quién les cuestionara los cómos, los qués y los demases, porque nadie se atrevería a preguntar por qué cargaban lo que llevaban a cuestas y por qué lo enterraban con tanto apremio.

Cuando empezó a materializarse el miedo de que se confiscarían los bienes eclesiásticos, Fray David no encontró mejor solución que pedirle el favor a la madre Pachita, y ella, que muy en el fondo se sentía en deuda porque el sacerdote ya no le había hecho tan de tos el asunto del orfanato, sin dudarlo le ofreció alojamiento para las riquezas en las coordenadas subterráneas allegadas a su circunscripción. Fue así como el tesoro religionero, en taciturna fortuna, quedaría olvidado hasta nuevo aviso debido a la imprudente coordinación mortífera de los dos sacerdotes y la madre Pachita. Había pasado menos de un mes de haber sido escondido el tesoro cuando a David se lo llevó una fractura de cadera y a Eugenio una indigestión tan terrible que el pobre ya nunca pudo volver a dar del cuerpo, se lamentaban sus acólitos. Pachita, en congruencia con las arrugas de su piel, simplemente se enfermó de edad. Ninguno, entonces, supo que un general Díaz derrocaría al fugaz gobierno de Lerdo, y los baúles repletos que enterraron no salieron ni en secreto de confesión.