CAPÍTULO V

Les bastó escuchar las risas de Sebastián Larrenchea para pasar de la desesperación a la resignación. Larrenchea era comisionista y se encargaba de gestionar los menesteres legales (y los no tanto) que tuvieran que ver con el intercambio de mercancías en distintos puertos y comercios. En un tiempo cargado de credos, se las había ingeniado para no tener ideologías. Gracias a esa facultad pragmática, se convertiría en uno de los hombres de confianza de cualquiera de los gobiernos mexicanos en turno para supervisar la compra de municiones y demás mercancías bélicas europeas. Por instrucciones del Caudillo había conocido a Cipriano y a Justo dos días antes en Veracruz, donde no encontraron mejor pleonasmo que darse cita en el portal del Hotel Diligencias para acordar las minucias sobre cómo subir las pertenencias del tesoro en el barco.

La idea era simple: camuflar los contenidos en varias cajas de madera con henequén para simular una exportación a España. Larrenchea se ocuparía del papeleo en las oficinas aduanales y de la naviera Trasatlántica, mientras los primos Burgos supervisarían que las cajas fueran cargadas y acomodadas en el flete. Una vez en España, Larrenchea contactaría con su gente para que se encargara de pagar, revisar y transportar a México los pedidos armamentistas. Pero Cipriano era hombre de acción y no se pudo quedar quieto nada más vigilando, por lo que terminaron enmarañados y sin escape en medio del cargamento y la burla de su cómplice español.

Ni modo, ya estaban embarcados y a Larrenchea sólo se le ocurrió convertirlos en importantísimos hacendados henequeneros en comisión de negocios. Prestarles algo de ropa, documentación falsa y un poquito de su mundo. ¿Que por qué no se encontraban como pasajeros registrados? Ah, pues muy fácil, capitán: eran tan responsables, meticulosos y apasionados de su trabajo que por revisar su cargamento se les había pasado el tiempo para ver las minucias de los papeleos y las reservas de los billetes.

Por supuesto que no lo era, pero Sebastián Larrenchea se comportaba sin variar como el dueño de todas las ocasiones y su seguridad al hacer las cosas era lo que fascinaba a quien se le pusiera al lado. Su carisma rayaba en el contagio y sus pantalones blancos tenían un pacto con los dioses de la limpieza que generaban envidias y suspiros por igual. El capitán Domenech lo conocía de tiempo atrás y tenía una relación no sólo de cordialidad con él sino de admiración. Domenech sabía de la duplicidad moral de Larrenchea. Y bruto, bruto, no era, así que sabía también que le mentía, pero mientras sus historias hicieran sentido y le entretuvieran, no le importaba tener a bordo, si Larrenchea abogaba por él, al mismísimo Judas reencarnado… y en primera.

Si los encargados de la ley en tierra firme no decían nada, quién era él para contrarrestar sus designios en el mar donde hasta el derecho ondeaba. Además, no había mejor reto en el Mus que jugar con Larrenchea, no se iba a echar broncas si dos de los camarotes de primera los llenaban estos mexicanos mientras se pagara el billete aunque fuera a destiempo; en aquellas épocas de sequía económica en México (y casi que en el mundo entero), la popularidad de los pasajes de segunda, tercera y entrepuentes era proporcionalmente inversa a la de los de primera, por lo que los vapores en general viajaban con vacantes elitistas. Y despreciar dos precios completos hubiera sido de tontos, así que bienvenidos a bordo, mexicanos.

Los diecisiete días que duró el trayecto, Cipriano y Justo fueron bien recibidos y se les hizo fácil acostumbrarse a tener pan fresco y vino en todas las comidas; a poblar sus camarotes con salón, dormitorio y baños propios —más grandes que los hogares que toda su vida habían albergado sus sueños—; y a compartir historias y risas con su nuevo amigo y mentor. Larrenchea les enseñó un mundo diferente, impensable, lleno de lujos, trato preferencial y excentricidades… y les gustó. A Larrenchea estos dos le parecían fascinantes y disfrutaba mucho su compañía porque, si algo tenían los Burgos, era que su andar alegre por la vida les hacía ser encantadores.

Ambos rozaban el 1.80, que para estándar mexicano era acariciar el gigantismo. Y, mientras Cipriano llamaba la atención por el contraste de su piel casi morena con sus ojos claros (legado contundente de su antepasado francés), en Justo todo era armonía en ámbar; pero en realidad era en el alcohol donde más se les veía el parentesco. Altamar les sirvió para iniciar y sellar su amistad. Aunque, a decir verdad, Larrenchea desde siempre vio a los Burgos como bichos raros.

Quizá porque él trabajaba por comisión, y no por ideales, se le hacía increíble que estos dos realmente estuvieran convencidos de la honorabilidad de su causa y una parte recóndita de su ser se encendía con alguito de envidia cuando los escuchaba hablar con pasión de su misión y las bondades de su líder. Más aún, le había parecido increíble cuando se enteró de que el tesoro que estaban transportando, disimulado como henequén, bien podría haber sido usado para patrimonio personal, pero Cipriano prefirió ofrendarlo a la causa de su revolucionario. Eso, a Larrenchea, le parecía no sólo extraordinario sino una locura consumada. Tío Cipriano nunca reveló cómo había encontrado semejante fortuna, a Justo sólo le había dicho que en un paseo después de enterrar a su padre en Pinal de Amoles había visto algo que le llamaba la atención y cuando necesitó a su primo para desenterrar el tesoro, tan sólo mencionó la existencia de un cofre y dejó los otros dos resguardados bajo tierra para sus hermanos, honrando el acuerdo que tenía con Tomás y Leonor.

El vapor llegó a mediados de diciembre a Santander, donde Larrenchea conocía mejor los climas y el viento se le acurrucaba bien bajo el bigote; el tipo tenía colonizados a la perfección tanto al frío como a sus emociones, pero los Burgos empezaron a tartamudear desde que vieron a lo lejos Puertochico. Larrenchea, además, se conocía por nombres y aficiones a los encargados de las aduanas marítimas, así que antes de desembarcar ya había un par de carretas esperándoles para transportar la mercancía a uno de sus almacenes. Ya con el tesoro guardadito bajo llave de confianza, caminaron hacia la Plaza de las Farolas y consiguieron hospedaje en el Hotel Real. Era lo más conveniente pues estaba al lado del Banco Mercantil donde, por supuesto, Larrenchea no sólo presumía de su diversificación empresarial, sino que también contaba con una red de complicidades en las europas que serviría para vender los enseres del botín durante las siguientes semanas. Desde el principio acordaron que lo más apropiado era trasladar todas las piezas del tesoro a España, pues serían mejor valuadas en el mercado negro europeo que en el tumultuoso argüende mexicano. Y así fue.

Dos telegramas eran importantes y en la respuesta al primero tuvieron suerte de que no se les juzgara como desertores por haberse trepado en el barco: el Caudillo, con desvergonzado impudor, los absolvió de tal futuro y les enmarcó la misión de que, como hombres de su entera confianza que eran y dado que el destino los había colocado en aquella encrucijada, fueran ellos quienes supervisaran “la misión europea” —el eufemismo con el que adornarían las importaciones de bastimento armamentístico a México—. Para el encargo de sus recién ascendidos tenientes, caminarían junto a la guía de Sebastián Larrenchea. El segundo mensaje era para la familia que pasaría la primera Navidad sin ellos, pero al menos sabiéndolos juntos y bien.

Con los documentos falsos que Larrenchea les había organizado y la ilusión de todo lo nuevo que les pasaba, durante tres meses saborearon marmitas, cocidos y rabas mientras lograban convertir las posesiones del tesoro en moneda de uso. De igual forma, pasaban las tardes admirando y piropeando a las rederas mientras esperaban las respuestas de los pedidos de armas y municiones que habían encargado. A finales de marzo llegó el telegrama desde Bélgica y los tres encargados de la “misión europea” emprendieron camino hacia la armadora en Herstal. Los sacos con una tercera parte del tesoro de la madre Pachita estaban convertidos en moneda de cambio, claro, les habían dado unos cuantos coscorrones para sobrevivir (bueno, para vivir rebien y disfrutar con pequeños lujos su estancia española y lo que les quedara de camino). Durante esos meses de invierno santanderino, Larrenchea había convertido en hombres elegantísimos a los celayenses: ahora vestían lanas pulidas e iban con impecables chalecos y sombreros que los habían transformado en unos caballeros tan rotundos que hasta al espejo le costaba reconocerlos. Así abordaron el camino que los llevaría a recorrer en silencio el País Vasco.

Larrenchea no sólo no era profeta en su tierra, sino que vivía deseando olvidar sus arraigos. Había disfrutado sus primeros veinticinco años en Bilbao y se dedicaba al comercio hasta que una tarde regresó a casa para encontrarse el horror: una depresión postparto se había llevado, amarradas en una soga, a su esposa y a su recién nacida, y también a una parte del alma de Sebastián que jamás regresaría. Habían pasado ya más de cinco años de aquello, pero ni una eternidad hubiera sido suficiente para entender, perdonar y reconciliar sus emociones, entre ellas algo de humillación porque, en silencio y por las noches, se recriminaba todo, en especial su ausencia. Sólo durante esa parte del trayecto, los primos Burgos sintieron el cambio de actitud de Larrenchea, pero, con el tiempo que llevaban de conocerlo sabían que, a diferencia de ellos, el vasco era un hueso duro de roer y nunca expresaba sus pensamientos, mucho menos sus emociones, así que dejaron pasar la pesadumbre que despedía Sebastián y se concentraron en surcar la humedad y el frío invernal que todavía regalaba la primavera al sur del Golfo de Vizcaya.

Cuando por primera vez mi tío Cipriano escuchó a alguien hablarle en otro idioma, pensó que de plano ahora sí se le habían pasado las copas. Sabía que existía el inglés porque le habían contado que al otro lado de la frontera “los güeros” hablaban diferente, pero nunca se había enfrentado a la vorágine de Babel. Por eso enmudeció en el momento en que el policía francés, en los albores de la Gran Guerra, le pidió sus papeles en la minúscula y aterradora frontera de Irún. Larrenchea, en cambio, se comía el mundo en seis idiomas y adoptando nombres y personalidades al gusto del cliente, por lo cual rápidamente intervino y antes de que se dieran cuenta ya habían recorrido toda Francia y Valonia para encontrarse con las tantísimas FN-1910 que contribuirían al decenio de mortandad apodado “Revolución mexicana”.

Lo que hacían no era compra ilegal, pero necesitaban ser sutiles en sus movimientos para evitar levantar cejas en Estados Unidos. En México, la situación con los vecinos era tan delicada que nadie se imaginó escuchar que el tío Justo (y la custodia de una buena parte del tesoro de la madre Pachita traducido en municiones), de regreso en el Golfo de México, terminaría siendo prisionero de los gringos. Mucho menos hubieran vislumbrado a Cipriancito desaparecido en Europa, pero para entrada la primavera de 1914 así rondaban los ánimos.

Sin quererlo, la imprudencia constantemente cabalgó junto al tío Justo, quien muy a pesar de su voluntad regresó de Europa cuando México no sabía si sus puertos en el Pacífico le hacían honor al nombre o estaban en guerra. Justo y Cipriano habían acordado con los hombres del Caudillo que el primero se encargaría de supervisar la navegación a México de la primera entrega del tesoro traducido en plomo europeo, al tiempo que Cipriano hacía base en Bélgica para esperar las noticias de que ya estaba listo para ser entregado el segundo pedido de armamento, que incluía millares de cartuchos Mauser y carabinas, y que se realizaría a principios de junio en Berlín.

Larrenchea tenía otras comisiones que atender, pues el de los Burgos (y, para todo fin ulterior, el de los mexicanos) no era el único cargamento balístico del que había que encargarse, por lo que, mientras acompañaba a Justo a subirse al vapor que lo llevaría a México de regreso, dejaba a Cipriano instalado en Bruselas en manos de buenos amigos de habla hispana que le solucionarían el día a día que el dinero no le pudiera conseguir. De particular utilidad sería Héctor Huertas, un porteño afincado en Bruselas que se movía como pez en las aguas europeas. Huertas dominaba el alemán, el francés y el vino, y desde que los presentaron congenió con Cipriano y lo adoptó como el hermano menor que nunca tuvo.

Héctor Huertas tenía veintisiete años respirando el mundo y seis residiendo en Bélgica. Y, un poco en sintonía con los principios que guiaban a Larrenchea, la única política que regía la doctrina Huertas era no meterse en asuntos políticos, él se encargaba de lidiar con las armadoras sin importar para quién o para qué eran las compras, otros cuestionamientos nada más le incomodaban la existencia y ni se los planteaba. A menudo viajaba a Hamburgo, Berlín y Lieja, pero la mayor parte del tiempo vivía cómodamente en Bruselas, en un departamento a lo alto de la Rue de Dinant, entre la Gran Plaza, la fiesta y los trenes. Allí, en su espaciosa y excepcional buhardilla de tres recámaras, se instaló Cipriano con él, después de que Justo y Larrenchea hubieran partido. Allí aprendió también a cocinar, a tomar cerveza y a enamorarse.

Pasaba la medianoche cuando jalaron la campanilla de Maison Sirène, la casa de paso preferida por los extranjeros, pues se promocionaba como el lugar donde las chicas trabajaban muy bien las lenguas, ya que hablaban muchos idiomas, aclaraban. Si hubiera sido un personaje bíblico, se hubiera dicho que Cipriano aún no conocía mujer, así que Héctor Huertas le solicitó a Madame Sirène que alguna chica “tierna, paciente y cariñosa” se encargara de su amigo. Cipriano estaba nervioso, ni en su imaginación había ido a un lugar similar y tampoco había estado en sus planes. Pero no supo cómo decirle que no a Huertas sin parecer un niño asustado. Apechugó y se hizo a la idea de que de esta forma sería su primer encuentro a solas con ella.

Para su sorpresa, la muchacha que le asignó Madame no sólo fue tierna y cariñosa, sino que ni siquiera necesitó el poco castellano que deglutía para entender lo que estaba pasando y decidió que en esa ocasión sólo ella tocaría a su cliente, mientras él se limitaría a “dejarse”. Seraphine era un par de años mayor que su mexicano, pequeñita de estatura, maciza y risueña; enmarcaba los hoyuelos que le salían a ambos lados de la sonrisa con su melena lacia y negra. Ambos se cayeron bien al instante y Cipriano se enamoró para siempre de la expresión triste y la nariz continua de su Seraphine Decharneux.

La segunda vez que se vieron le sirvió a Cipriano para darse cuenta de que necesitaba estar con Seraphine más tiempo que el que medía Madame, por lo que le pidió que le ayudara a conocer la ciudad. Tío Cipriano había llegado a finales de marzo a Bruselas, pero para mediados de abril conocía poco, y a Huertas le mataba de flojera salir a ver otra cosa que no fueran tarros de cervezas. Dos visitas más a Maison Sirène bastaron para que Madame se alborotara al enterarse de que una de sus chicas empezaba a entablar una relación con uno de los clientes y que, incluso, ya había salido en un par de ocasiones con Monsieur Burgos. En medio del escandalazo y el griterío, dejó a Seraphine de patitas en la calle con todo y sus lágrimas. Huertas y Cipriano no tuvieron más remedio que acoger a la señorita Decharneux quien, a su vez, también se enamoró del mexicano porque tampoco le quedaba de otra.

Anduvieron enamorados casi toda la primavera hasta que en junio les informaron que el pedido de Berlín ya estaba listo: Cipriano tendría que volver a México, aunque sus ganas de enfrentarse al futuro le pesaran ahora que su presente lo tenía lleno de vocecita de niño pequeño, ojos de corderito y cariñitos. Mi tío Cipriano tenía ya el plan y la historia armadísima en su mente: habría que finalizar la misión europea y, en cuanto entregara las armas al Caudillo o a sus compañeros, regresaría a Bélgica para casarse con Seraphine y llevársela a México. Era cuestión de tiempo, se reafirmaba, para que su gallo ganara la guerra civil y seguro a él le tocarían las mieles que derramaría el nuevo gobierno. Seraphine no dudaba que ése era su mejor destino, pues tanto su historia más remota, casi huérfana y sombría a las afueras de Namur, como su pasado más presente, chez Sirène, no le daban incentivos para estar afincada en su país o sus recuerdos, y lo que le mantenía los hoyuelos sumergidos en los cachetes era la ilusión del futuro junto a su Cipgianó. Además, en Europa ya se empezaba a sentir la tensión pre-bélica y la idea de hacer con su cuerpo lo que el amor (y no el dinero) le indicara le sonaba a paz, a gloria pura y verdadera.

Se despidieron en medio de lágrimas, abrazos y juramentos, mientras Huertas rogaba, empalagado y fastidiado, que por fin pasara ya el tren que los sacaría de la Gare des Bogards rumbo a Berlín. Seraphine viviría en la buhardilla mientras buscaba algún lugar para ella sola, y se la devolvería a Huertas cuando regresara —en una semana, quizás algo más—. Cipriano había sido generoso con el dinero que sobraba del tesoro y, como prenda de su palabra de futuro con ella, sólo conservó para sí lo suficiente para sus viajes, así que dejaría bien acomodada a su prometida. Seraphine pasaría muchos meses en la buhardilla, saliendo poco en espera de que le regresara el amor o, de perdida, Huertas con informes de su hombre.

La esperanza es lo último que muere y, por eso, cuando Sebastián Larrenchea tocó la puerta en medio del otoño, ella ni sintió frío ni puso la cara de preocupación que ameritaba la circunstancia y con la que llevaba luchando los últimos meses. En cambio, le rogó a ese desconocido —que conocía bien a Cipriano y del que tanto había escuchado— que le permitiera acompañarlo en la tarea de búsqueda de su amor por Hamburgo.