CAPÍTULO VIII

Quince años estrenaba el siglo y, mientras el tío Tomás estaba de misiones en el sur del país, mi tía Leonor, mi mamá, la abuela Teresa y la familia de Ventura y Consuelo empezaron a sufrir la guerra. Por esos días la lluvia sonaba a balas y los truenos a cañones, pues a la naturaleza le dio por imitar lo que oía en el campo de batalla en que se había convertido el Bajío. Las milpas ya no olían a verde sino a pólvora y hambre, y los ojos de la gente veían, como espejos desganados, desidia y miedo por doquier. El costo de los alimentos —que en sí era un problemón— no era tan grave como el desabastecimiento. El uso de los cachitos del tesoro (que sus hijos le habían entregado a mi abuela como sus ahorros laborales y tenían traducidos en reservas de emergencia) no servía de mucho cuando no había insumos que comprar. Los trenes pasaban cada vez con mayor frecuencia, pero transportando bastimentos de guerra mezclados con mano de obra para la muerte, gritos y juergas eufóricas de sus tripulantes listos para matar o morir, pero las provisiones alimenticias ya no llegaban ni en anhelos.

A todos, como en mecanismo de defensa, empezaron a entumecérseles las aprensiones; como que no terminaban de entender que en serio se les venía encima el cataclismo y enmudecieron su presente negándose a creer la evidencia de la guerra desbordándoseles. Mejor omitían el futuro mientras volteaban los ojos a su pasado feliz porque no había forma de visualizar un optimismo. La revolución se les albergaba en la nariz, los ojos y los oídos, pero se rehusaban a darles crédito a sus sentidos porque eso no podía estar pasando, porque era menos útil pero más fácil ser complacientes con la negación. Sí, la desolación se les desbordaba por cualquier poro público, por todos los rumores y los gritos de la calle, pero también les recorría en la privacidad y prefirieron silenciar las aprehensiones y las sorpresas porque sólo omitiendo el terror podían darle forma a la esperanza de cualquier inhalación venidera.

La gente, incluida mi familia, le veía cara de manjar a todo animal que se encontrara en su senda, incluso a los terribles gorgojos que morían de calor cuando las lentejas hervían más que la sangre que les corría por los nervios. El caos era tan intenso que se acabaron los perros, los gatos, los sapos, las aves y hasta las ratas callejeras (que, la verdad, fue bueno y malo porque se evaporaba el alto riesgo de las mordidas sorpresivas y la plaga se fue de la vista, pero terminó en los intestinos de las personas y las enfermedades culminaron el proceso de catástrofe que no parecía tener fin).

Muchos sobrevivieron lo que continuaría del conflicto en la zona a base de absurdos como alimentarse de suelas de zapato zarandeadas para que dieran de sí en el perol que en otros tiempos había sazonado las carnitas; o con gorditas de aserrín y manteca refrita, pues incluso el campo en esos tiempos andaba en beligerancia hasta con el pasto. Mi abuela había aprendido en el convento a plantar y a cuidar huertos, y tenía el suyo que daba para poco, pero al menos entretenía las ansias de sus hijas y de los sobrinos. Para los “adultos” quedaba el aire y el miedo cuando las vocecitas menores se quejaban de tener hambre. Mi abuela se recriminaba por haber sembrado los tomates cuando la luna menguaba, y los ajos cuando crecía. Si lo hubiera hecho al revés, se atormentaba sin mucho sentido, porque igual nada era suficiente cuando había tanto odio en el aire que se iba colando hasta por la tierra. Se las ingeniaban como iban pudiendo, pero a veces ganaba el dolor intenso que les recordaba que tenían estómago y que al final se mitigaba cuando se llenaban de indiferencia por el presente y lo que siguiera. No se dieron cuenta: cerraron los ojos y cuando los abrieron tenían la guerra en la puerta, en los oídos y en la panza.

Mi abuela nunca perteneció al grupo de quienes se temían el fin del mundo a la vuelta de la esquina, jamás creyó tener tanta suerte (buena o mala, asegún el humor) como para vivir el cambio de glaciación o el apocalipsis. Por eso no perdonaba llevar a sus hijas diario a la iglesia, a pedirle a santa Catalina que les hiciera el milagro de enseñarles sus trucos para poder sobrevivir en ayuno, como ella lo había hecho por casi dos décadas. Al principio el sacerdote en turno les ofrecía algo que otros parroquianos le llevaban, y aunque mi tía y mamá miraban con aprensión los quesos podridos que extendía el hombre de dios, mi abuela les recetaba con los ojos en reproche que a buen hambre no había mal pan y que en todo caso, al revés: a pan duro diente agudo. A veces el retortijón era inmediato, cuando tenían suerte la comida sí las nutría, pero siempre eran volados que lanzaban en mero afán de sobrevivencia.

También había zozobra, pues los hurtos y los ataques violentos a transeúntes no se habían hecho esperar y esas noticias llenaban más las bocas de los vecinos que el aire que sustituía la falta de alimento. Salir a la calle, además, se convertía en un verdadero suplicio, pues en el camino era pura encontradera de muertos de hambre o plomo y de sus olores; entonces iban con cales y repartían puñados al suelo con una mano que garabateaba la señal de la cruz mientras con la otra trataban de colapsar sus sentidos con los pañuelos sumergidos en lavanda y añoranzas de tiempos mejores. La mañana en que vieron el cadáver maltrecho, colgando del tren y de los vítores de sus asesinos, se convirtió en la noche en que menos durmieron. La guerra, que se les había metido de a poquito, les había entrado a los ojos como era: cruda, burlona y oscilante de una cuerda en el cabús. Con las imágenes que se les agolpaban en la angustia costaba trabajo mantener la fe. Era difícil encontrar un rezo al cual asirse porque cuando había balazos y descuartizados en la tierra, parecía que hasta los dioses se habían ido a refugiar al cielo. Si san Dionisio siguió andando sin cabeza, nosotras podemos sobrevivir este turno, Señor, decretaba mi abuela cuando tenía que enfrentarse al presente y se quejaba con Consuelo, que no hallaba otra misión vital que la de mantener a su prole alejada de los trancazos.

Fortunato Ventura, Renato de Jesús y Artemio, los tres mayores, se habían salvado de la catástrofe pues llevaban ya tres años viviendo su destino manifiesto en los campos de California, donde decían que hasta la tierra era güera; Ángel, el cuarto, había muerto de hipo al año de nacido, y, a un día de haberse ido, nacía su hermano Justo, quien, después de su aventura europea y de no tener a Cipriano solapándole las emociones, había decidido estabilizarse en Celaya, ayudando a su padre en el taller de pailería. Al final, la industria bélica seguía requiriendo contenedores y vías de transporte; Adolfo y Bernardo, los únicos gemelos de los que se tuvo noticia en la familia, habían muerto de parto, uno tras otro, veinte años atrás; pero eran los menores, Carlos, Alfonso, Gerardo y Trinidad, quienes le hacían el presente angustioso a tía Consuelo debido a que sus edades los colocaban en susceptibilidad de leva o de afiliación voluntaria en las huestes. El mayor de ellos no llegaba a los dieciocho y el menor si acaso rozaba los catorce.

Teresa se angustiaba con su comadre así que, ni tarda ni perezosa, antes del encuentro con los espíritus que la iban a visitar esa mañana, le clamó la petición de ayuda a su único cliente. Ya ve, General, que luego a los jóvenes les da por andar matando pulgas a balazos y ni se enteran contra quién o a favor de cuál van. Usted que está en todo ha de saber mejor que yo que la opción de hacer el mal se encuentra mil veces al día, pero la de hacer el bien, ésa nos llega muy de vez en cuando. Écheles la mano a los muchachos en algo que no sea pararse frente a la muerte. El General, como el buen político que empezaba a ser, mejor ya no se comprometió a nada y espetó un veré-qué-podemos-hacer que a Teresa le supo a callarse el tema.

Como mi abuela no salía más que a la iglesia, ni permitía que sus hijas salieran mucho de casa, compensaba llevándolas a los lugares más comunes cuando les susurraba, en los momentos de mayor desesperación, que para darle sentido a la noche era necesario soñar. Alguna entonación les iba meciendo y, aunque su voz no era de exportación, era capaz de tranquilizarlas a las tres porque entre tanto gorgorito luego hasta ella terminaba dormida. Esto tiene de bueno lo malo que se está poniendo, les advertía, y así, entre las risas nerviosas del trío, la expectativa de que eso también pasaría era lo poco que las mantenía de pie, junto con las visitas del General, que se había convertido en su esperanza. Fue hasta bien entrada la primavera cuando el hombre se instaló una temporada en la región, dispersándoles algo de protección, alivio y su obsesión por mi tía Leonor. Les llegó con los brazos y la sonrisa cargados de víveres y el buen humor que necesitaban casi tanto como al oxígeno.

El General también le vino como bálsamo a la prolífica tía Consuelo pues les consiguió, a sus cuatro hijos menores, trabajo de oficina en las oficialías de partes del ayuntamiento, alejados de los cañones de las batallas y acercados a las letras de los telegramas y los oficios que venían del norte o de la capital. El General, que no ponía las manos al fuego ni por él, a fuerzas del trato y la confianza que le habían depositado, se había visto conmovido por la familia Burgos y se encumbró en su magnánimo protector. Incluso, en las premoniciones de Teresa y para dejarla tranquila, el General le juró que velaría por un buen futuro para sus hijas si ella no podía hacerlo. Tanto que, cuando la guerra estuvo más cercana e impertinente y más efectivos se requería en batalla, se mantuvieron las órdenes de tener un custodio perpetuo protegiéndolas como prueba de que, en efecto, las Burgos eran prioridad en la vida del hombre.

El amor le llegó por primera vez a mi tía Leonor en esas fechas cuando el General estaba radicando en la región. Se le había asomado atrás de las cejas tiempo antes, pero se le materializó entre la panza y la espalda un día en que, después de la sesión, Leonor salió rumbo al pozo con una cubeta vacía. El General, después de acompañar a Teresa a su cuarto por el cansancio luego de su lucha paranormal de ese día, corrió tras Leonor y no permitió que siguiera cargando el tambo.

—Yo la acompaño, mija, no tiene por qué cargar si aquí ando yo.

Los soldados que venían protegiendo al General se quedaban resguardando la entrada de la ex-hacienda durante las sesiones y el lugar básicamente estaba vacío todo el tiempo, salvo el área de dormitorios de peones que ahora servía de casas de muchos; el resto del terreno era un desierto de almas y el mejor escenario de privacidad. A mi tía el General desde siempre se le había hecho guapo; y al General le gustaba mi tía porque aprendía rápido y de todo, como él, ventajas de una buena avena en la infancia, decía. Y esa tarde le dijo mucho a mi tía: que estaba hecha a mano, que se merecía todo, que quién fuera el suertudo de poderla besar. A Leonor, cuando estaba junto al General, le temblaba todo menos las piernas y se le desorbitaban sobre todo el corazón y la moral.

—¿Quién le dijo que soy tímida? —se envalentonaron los quince años de mi tía, que siguió retando al destino—. Si lo que pasa es que si le doy un beso luego no se lo va a poder quitar.

Y así fue. Después de ese beso le siguieron más y más hasta que esas sesiones carnales después de las espiritistas le fueron generando jurisprudencia sobre él, sobre SU General que ahora no sólo se le hacía guapo, sino que se le hacía suyo y la hacía sentir hasta el universo. Cuando estaba junto a él se sentía libre, a escondidas, emancipándose poco a poco de la niña que había sido y que ya no quería ser, quitándose cualquier traje de monja que acarreara su pasado. Asoció, como dogma, el albedrío al nombre del hombre que la iba esclavizando beso tras beso.

La revolución, que había sido una arrebatinga de todos contra todos, ya se había graduado de la teoría a la práctica en sólo una lucha entre dos bandos: el comandado por el General y el otro ejército que le llevaba una significativa superioridad de huestes que al final terminarían sucumbiendo ante la efectividad de las técnicas ingeniosas de guerra del hombre que supo hacerse del destino del país y de mi familia. Pero igual el General le confesó a Teresa, como para hacerse el sensible con ella o vetetú a saber, que desde siempre su verdadero enemigo había sido el Caudillo, porque se había metido a hacer la revolución para dejar que las cosas siguieran como antes de que llegara. Entonces, en cuanto supo que el tipo había abandonado el porvenir de Cipriano quién sabe dónde, su rencor contra él se había convertido en algo más que odio profesional. Si Teresa decía palabra, él mismito se encargaría de echarse al tipo que estaba exiliado en la frontera de Estados Unidos. Mi abuela lo miró como sin entender y le sentenció que no viniera trayendo esas peticiones, que al final Cipriancito había tomado la decisión de entrarle a la guerra y con esas apuestas continuamente hay riesgos, que lo importante era encontrar al muchacho y no andar generando más odio al matar por pasatiempo. Quiso decirle, también, que quien siembra vientos cosecha tempestades, pero recordó que hablaba con quien hablaba y se calló cualquier sermón para sí misma y para su hija, que empezaba a caminar sin pisar el suelo, a pensar sin el cerebro y a papalotear por sus sueños.

—Mira, mi niña, yo sé que el General impone y, aunque a veces me arrepienta de haberlo metido a la casa, al pasado hay que dejarlo descansar en paz que casi suenan igual, pero escúchame bien que el que con leche se quema hasta al jocoque le sopla y más sabe el diablo por viejo que por malo. Ya tienes edad y estamos solas, sin hombres que nos cuiden, pero el General es de otro mundo y acuérdate que pájaro viejo no entra en jaula. Tú eres preciosa, y estoy segura de que cuando acabe este desastre podrás encontrar el verdadero amor, tal vez con el General, uno nunca sabe, o con quien tú quieras —ya tendrás que medirles el agua a los camotes—, pero ahora él estará enfocado en otras cosas y ¡sea por Dios, mijita, tú debes de hacer lo mismo para dejar de andar papaloteando en seriedades! Andando la carreta se acomodan las calabazas y a ver si a los dos les empieza a entrar algo de cordura porque no me gusta pensar en cómo puede terminar esto, y lo que menos quiero es verte llorando por algo que se puede evitar; ándale, mi niña, no le andes agregando estrellas al cielo.

Mi tía no supo responderle a mi abuela porque se había echado amor en los ojos y no podía ver bien. Silenció cualquier defensa que pudiera haberse inventado, pero de igual forma esparció la primera semillita del enojo que fue tejiendo en contra de su madre. Nunca quiso analizar bien su disgusto, pero quizá se le generó porque no le encantaba la idea de que le prohibieran cosas, o tal vez porque su secreto ya no lo era tanto y sentía que su mamá no la dejaba crecer. Quizá la parte más primitiva y la más analítica de su ser sabía que lo que le decía su madre era toda la verdad del universo que su romanticismo se negaba a asimilar. El chiste es que desde aquel monólogo que le propinó Teresa, a Leonor se le empecinó cada vez más la obsesión por el hombre que le llegaba a la vida con avisos y sin mediciones.