CAPÍTULO X
Hay quienes creen que los fantasmas son energías que se quedan detenidas en sus traumas; para otros, las apariciones son sólo fantasías de quien las percibe y entiende más como un fenómeno psicológico que paranormal. Para mi tía Leonor los espíritus con los que hablaba mi abuela Teresa no podían ser sino lo segundo y, entonces, se inventó eso de que a su mamá le gustaba convivir más con las ánimas que con las personas en la vida real. De todas formas, siempre había pensado que su madre veía espectros porque no tenía problemas serios, culparla le alivianó un poquito el sufrimiento de ya no tenerla. Además, se creyó la historia de que la muerte era un extremo dicotómico para darle sentido a la vida. Mejor desechaba el pensar que los espíritus se quedaban aquí porque el solo planteamiento la llenaba de contradicciones: si un muerto seguía merodeando, la única conclusión viable es que nunca había vivido y tantán.
Todo el asunto de despedirse de su mamá, además de pesadilla, a mi tía Leonor se le hizo decepción. Ella se creía eso de que uno podía controlar sus emociones y, por ende, sus dolencias físicas. No vio, ni siquiera percibió el empeño que traía su madre por domar su enfermedad, por aferrarse a este plano; mi tía, en el aturdimiento por el deceso, fue capaz tan sólo de asociar la noticia del no estar de Cipriano con el no estar de su mamá y se le hizo fácil acomodar su duelo irresoluto a la etapa del enojo: contra su madre, por no luchar más por ella, por ellas. Era como si mi abuela hubiera perdido sus virtudes al no haber “combatido” lo suficiente a la enfermedad y sentía que no le había echado suficientes ganitas, o yo qué sé; como si Teresa, voluntaria y conscientemente, se hubiera dejado vencer por el tiempo y esas cosas dependieran de uno y no de los bichos y el azar. Después de la neumonía, se imaginó a su mamá con poca determinación para ganarle al padecimiento. Sintió la partida de su madre como una afrenta personal porque en realidad estaba confundidísima: tal vez, nada más, a pesar de haber tenido a la muerte tan cerca, seguía sin entenderla.
En cierta forma, el enojo de mi tía era justificado: después de la corroboración de la muerte del tío Cipriano, a mi abuela se le escapó el don de estar en contacto con su cuerpo y sus sensaciones (vamos, hasta dejó de hacer sesiones espíritas con el General). Y, si sintió a la muerte persiguiéndola, no se vio que hiciera mucho para barrérsela de encima. Mi tía la lloró, claro, desde antes de que dejara de respirar y cuando todavía sentía su pecho moviéndose de arriba para abajo en los terribles momentos finales cuando su presencia era ya una ausencia dolorosa. Porque cuando perdió a su papá sintió el dolor más grande, con Cipriano la soledad, pero con su mamá la angustia aquiescente le había abatido hasta la razón. Recordaba a su mamá repitiendo que huérfano de padre una vez, pero de madre mil veces y la pesadumbre se le afincó a perpetuidad en el recuerdo, por eso quiso abolirse el pasado. Para colmo, lo generoso de su mamá no se le quedó ni en la palabra porque en sus genes no fue capaz ni de perdonarla por el pecado que ella misma le asignó después de haberla enterrado.
En fin, que a mi tía Leonor la muerte de mi abuela le enseñó que la vida no es un ancla y que uno tiene que continuar, porque el pasado es tajante y no regresa ni en lamentos. El enojo y el coraje contra su madre le durarían un buen rato y le servirían de impulso para continuar porque, de lo contrario, toda su existencia hubiera sido una nube llorosa. Pero qué se le va a hacer, luego a los hijos nos da por tener esta mala costumbre de trasladar la responsabilidad a los padres y reclamarles casi todo y cualquier cosa; por eso, quizá, la pobre tía (por dedicarse a culpar a su madre de su orfandad prematura y por los rencores contra su estrella que se le instalaron y le desajustaron la moral) dejó las riendas de su destino sueltas para que otro se le montara al futuro y le dirigiera los pasos. Ese otro, claro, fue el General.
En cambio, mi mamá, a sus nueve años, se convirtió de facto en la hija que no tuvieron Ventura y Consuelo. Tomás viajó desde la capital, donde estaba comisionado, y decidió llevarse a Pinal de Amoles únicamente a su hermana Leonor y a la procesión que depositaría el cuerpo de Teresa junto al de Fortunato. El entierro fue tan categórico como el regreso al Convento, a donde no volverían nunca más: con esa despedida se llevarían para siempre lo que restaba del baúl que le correspondía a Leonor por el acuerdo que tres años antes, después del otro funeral familiar, habían hecho con Cipriano.
Fuimos seis, y ya nada más somos tres, la abrazó Tomás y, como fueron pudiendo, sacaron gran parte de las posesiones del segundo baúl enterrado; la primera tarde que buscaron las cajas se dieron cuenta de que Cipriano se había llevado con él su baúl, y ambos se medio rieron entre nostalgia y afirmación: se lo habrá tomado en alcohol, suspiraba Tomás. No, diría Leonor, se lo gastó en sus creencias, se lo regaló a sus ideales. Y ambos sonrieron con la certeza de que así había sido. Pero la sobriedad les regresó al cuerpo cuando Leonor preguntó las dudas que venían atormentándola durante tantos años de guerra y vejaciones: ¿crees que si hubiéramos empeñado más de esto hubiéramos podido salvar a mamá, irnos a otro lado y que no se enfermara? Una eternidad tardó Tomás en contestar. Creo que mamá, en voz de la madre Pachita, nos entregó las pistas del tesoro, pero no hubiera aceptado nada para ella. Cómo lo íbamos a justificar, y cómo se iba a salir ella de su tierra, de sus costumbres. No, mamá no era de las que viajaban. ¿Te acuerdas cuando papá le sugirió que fuéramos a Veracruz y cómo sufrió con la idea siquiera, o de aquella vez que fuimos a las aguas de Apaseo, cómo odió el salirse de su casa? No, mamá no hubiera aceptado irse a otro lugar, si lo que más le pesó en la vida fue no poder traer a esta tierra el cuerpo de Cipriano. Creo que no está bien seguirse atormentando, vamos a dejar a mamá descansar ya.
—¿Y Alicia? ¿Qué voy a hacer yo con ella, Tomás? Quiero irme a México y hacer mi vida allá, no soporto siquiera la idea de pensar en regresar a vivir a Celaya. Y yo con ella en México… no voy a poder, Tomás, no puedo —le suplicó a su hermano: quizás en la capital podría aspirar a tener sueños de nuevo.
—Alicia estará mejor con los tíos, a ella, tal vez, sí debamos darle tajada de esto.
Cuando Tomás le planteó siquiera la obligación moral de compartir el tesoro con su hermana, algo se le desencajó a Leonor y le dio como un patatús en la conciencia porque ya estaba cansada de sentir que Dios se la había agarrado de su puerquito. Días antes se había puesto seria y había hablado con Él para pedirle que ya se ensañara mejor con alguien más, y hasta sintió que fue tal su fervor que había convertido el monólogo en conversación. Se compró toditito su argumento de sentirse con la libertad de apropiarse del tesoro sin remordimiento, como para autoresarcirse de los daños que le había apuntalado la vida. Estaba tan enojada con su presente que ni se había planteado siquiera compartir “sus bienes” con su hermana y algo de corajito le dio en el codo. A regañadientes tuvo que hacerse responsable de ella, aunque fuera económicamente.
Con ayuda bien remunerada de dos campesinos de una ranchería cercana, bajaron con los tremendos sacos a los montes píos de cuanta ciudad se les puso en el camino, aunque sabían que sólo podrían canjear por moneda los menesteres menos religiosos. Fueron haciéndose de su fortuna para dejarle una buena cantidad a los Burgos que les sobrevivían, en especial a su hermana quien, llorando, no pudo siquiera despedirse de ellos pues no comprendía tanto dolor. Los nueve regordetes años de mi mamá se refugiaron en la no menos voluptuosa figura de su tía Consuelo quien, envolviéndola en caricias, liberó un brazo para acercarse a sus otros sobrinos y darles, sin saberlo, el último quediosmelosbendiga que ellos escucharían de sus raíces, pues los hermanos tampoco volverían ya a Celaya. Habían decidido que Tomás, mientras realizaba una residencia en la capital, apoyaría a su hermana durante la temporada de instalación; en una decisión excluyente donde ellos eran los únicos que se reconocían como sobrevivientes del núcleo familiar.
Iniciaba la primavera en la Ciudad de México, que no era una sino cientos de miles y que los recibía con las luces abiertas. Todavía olía a que la guerra había estado encima, a que el miedo había circundado las almas de sus habitantes que, por pura costumbre y poco a poco, regresaban a sus sonrisas persistentes, pero también empezaban a sentir la libertad y las nuevas ganas de rehacerse. De pronto algún grupo revolucionario cortaba suministros de agua y había escasez de otras vitalidades, además de que la ciudad se había convertido en el espectáculo donde cualquiera entraba a anunciar que ya había ganado la revolución, aunque no fuera cierto, pero a fuerza de forzarse a imaginar que ya no había lucha, la gente creyó de verdad que ya no había guerra. Y ya no hubo tanta, olía feo, sí; la pobreza en general se había resaltado, sí; habían surgido algunos nuevos ricos, sí; pero, por lo demás, casi nada había cambiado.
Para Leonor, en cambio, todo en la ciudad era nuevo; había emigrado desde el norte hacia el azar y eso la hacía más resistente al frío y a las inclemencias del destino, intentaba darse ánimos. No es que Celaya fuera un pueblito, qué va, era urbe en forma y mi tía no hizo una real migración revolucionaria campirana. Pero igual era en la Ciudad de México donde se originaba todo —menos las guerras—. Y allí estaban todas las posibilidades que Leonor jamás había soñado. Adoró su nuevo destino porque sí, porque aquí podía ser ella sin serlo. Le gustaba la colonia Americana y amó a primera vista la nueva colonia Roma llena de palmeras y árboles indecibles, las inmensas casas de cantera que eran un remanso seguro en la inseguridad que se le ocurría cuando aspiraba el futuro, las tiendas del centro, los restaurantes. ¡Qué cosa tan monumental caminar bajo ahuehuetes, en pavimento continuo y sin que las carrozas la rozaran! Leonor jamás había siquiera pensado en el teatro y, cuando fue por primera vez a una función, supo que ésa era la ciudad en la que quería vivir, construirse y quedarse.
Al llegar a la ciudad, los hermanos abrieron cuentas en el Banco Americano y el Hotel Génova, por su parte, alojó a Leonor con las camas bien puestas después del pago por adelantado de seis meses. El Hotel Génova era el único en el país —y de los pocos en el mundo— que aceptaba hospedar a mujeres solas; pero veía medio feo a las mujeres mexicanas que viajaban solas. Igual, bajo un generoso arreglo económico, Tomás había logrado que su hermana se instalara sin mayor aspaviento argumentando la orfandad y su salvoconducto eclesiástico, eso la elevaba a la condición de gente decente y, pues, listo. Claro, este convenio funcionaba si y sólo si Tomás estaba cerca y pudiera hacerse responsable de su hermana, lo cual era conveniente pues vivía en un seminario del centro. Leonor no daba crédito al ver que podía iluminar su cuarto con sólo subir una palanquita, o tener un baño dentro con agua que fluía, ¡agua caliente sin hervir cazos! Por primera vez se bañó sola y nunca le quedó claro si había soltado lágrimas de felicidad o si eran las gotas tibias que le masajeaban la cabeza. Hasta hacía poco tiempo, la imaginación no le hubiera dado para esos lujos, entonces sus momentos más felices consistían en sentir el calor impensablemente constante descendiéndole por la piel, abrazándola y haciéndola sentir que la elevación de esta altísima ciudad hacía el aire menos complicado.
Tía Leonor deseaba con todas sus ansias encontrarse al General, demostrarle que ya estaba lista para él. Tenía la ilusión efímera pero exclusiva de que, en cuanto la viera, independiente, libre, con los mejores vestidos y peinados, le pediría matrimonio a la de ya. Estaba lista para dedicarse a él, y estaba también segura de que, estando en la ciudad, podrían iniciar una vida nueva, completa, juntos. Mientras tanto, Tomás la incitó a iniciar un voluntariado en la iglesia de San Jerónimo, donde tendría a su cargo el cuidado de ancianos. Además, era importante asentarse como Dios mandaba, y en el voluntariado podría hacerse de contactos interesantes que pudieran asesorarla mejor. Y así fue. En San Jerónimo Leonor hizo amistad con María Ferrol, una colombiana hija de un exportador de sombreros. María era un par de años mayor que Leonor y, a sus diecinueve, tenía el imperativo familiar de encontrar marido mexicano; quesque así le iban a resultar más cómodas las andanzas empresariales a su padre. María era huérfana de madre, por lo que sin mayor compañía femenina —de buena clase— en el horizonte de su hija, al señor Ferrol se le hizo interesante la idea de que hiciera amistad con esta mexicana de provincia que se veía de buena familia (tenía dinero y un hermano padrecito), además de que estaba hospedada en el hotel donde se cerraban muchos tratos comerciales. Como todo pasaba en la terraza del Génova, el tiempo de estas dos amigas también se fue a instalar allí.
María Ferrol era simple y banal al exterior, y no le daba para ser otra cosa que no fuera lo que era. Y, aunque ante el mundo aparentaba tener un giro de piedra cuestionable, en la vida real tenía suficiente inteligencia como para saber cuándo hacerse idiota. El cariño de las amigas fue sellándose con los desayunos que compartían en la terraza antes de iniciar sus labores de caridad. La casa que alquilaban los Ferrol estaba a tan sólo cinco minutos del Génova, que estaba casi recién nacido, y así fue como las conversaciones, acompañadas de media toronja y huevos rancheros, les fueron formando fuertes lazos.
Con la compañía de María, Leonor caminó por primera vez por las calles de la colonia Roma y se enamoró de sus banquetas, de sus olores y de sus aspiraciones europeas. María era buena gente, frívola como las medias en primavera, pero noble y parrandera. Además, era la mejor compañera de compras y de la vida de la Leonor de ese momento. A diferencia de mi tía, María no era nada bonita y ambas lo sabían. Nunca se enfermó de niña y por eso creció poco, se justificaba; pero lo que tenía de bajita en el cuerpo, lo compensaba en generosidad en el alma. A María la quemaban las palabras y a veces era difícil que su cerebro siguiera el camino de su boca, y era costumbre abrirla nomás porque Dios se la había regalado. Entonces, Leonor recordaba a su mamá diciéndole que siempre lo más fácil era aporrear la lengua y que era de mala educación hablar con la cabeza vacía, y le entraban ganas de decirle algo, pero su nueva amiga la distraía y le hacía la vida más soportable, por lo que mejor se callaba sus prejuicios y soltaba una risita por aquí y otra por allá para no polemizar. Eso sí, María hablaba hasta por los abanicos y ese lenguaje le enseñó también a Leonor. Iban todos los sábados a los mediodías de caballos en el Hipódromo junto con Perlita (la fiel acompañante oaxaqueña de la colombiana) a ponerse el abanico casi todo el tiempo cerca de la oreja o de la mejilla izquierda porque aún no había hombre que le llenara el ojo a María, mientras Leonor lo mantenía con la mano derecha en movimiento, pues ya se sentía comprometidísima con el General.
En compañía de María —y de la misma terraza del hotel—, Leonor empezó a tomar clases de francés bajo insistencia del señor Ferrol. Su tutora, Madame Gerard, había padecido México por más de cuarenta años y, a sus sesenta, ya no tenía mayor destino que el maíz, las azucenas y el piano que pudo conservar en su departamentito, pequeño e ileso de toda conflagración, en el centro de la ciudad. Les daba clases de francés, pero les regañaba las malcriadeces en español: los modales parecen bufonadas, pero son una forma de demostrarles a los demás que los reconocemos y que forman parte de nosotros. Los modales y los idiomas, niñas, son una forma de enseñarles a los demás que nos preocupamos por ellos; son cosas que se crearon para llevarnos bien, les refería mientras se enojaba con María porque qué chiquillada era ésa de no comer todo lo que había en el plato, “permíteme recordarte que nadie, nunca, es suficientemente rico como para tener restricciones alimenticias”. Pero por mucho sermón, y a diferencia de mi tía que casi siempre comía como si siguieran en guerra, a María el café con leche le olía a pobres y la barbacoa a caspa, y no había ya poder humano que le quitara la superstición que una nana folclórica le había injertado en el cerebro y que le prohibía comer frijol porque, argumentaba, si lo hacía se le iba a olvidar el inglés. María detestaba las tardes de Madame porque era necia hasta en sus hábitos alimenticios, pero para Leonor esos momentos eran una novedad que agradecía tanto como al presente que la distraía de su pasado.