CAPÍTULO 12

 

 

El padre de Iago no vendría hasta por la noche y por eso el chico decidió quedar con sus amigos en casa. Tomarían unas cervezas y trataría de poner las cosas claras. Estaba muy sorprendido con la beligerancia de su amigo Roi; no acababa de entenderla. ¿A santo de qué se ponía así con la profesora nueva? Si hace unos días parecía muerto de remordimiento por lo que le había pasado a Viruca. No tenía sentido. Nerea fue la primera en llegar y a los cinco minutos ya estaba Roi llamando al telefonillo de ese adosado de lujo en el que vivían Iago y su padre. El adosado pertenecía a toda una calle construida por la empresa del padre y que a duras penas habían conseguido terminar. No estaban todos vendidos, pero al menos en esta urbanización habían salvado los muebles. Lo malo había ocurrido en la otra, en una de las afueras del pueblo. Se empezó a construir justo en el estallido de la burbuja inmobiliaria con consecuencias catastróficas. Los precios se desplomaron, no había compradores, y la empresa se fue al tacho. La construcción se paró, dejando empantanados a los pocos que habían pagado ya una parte. Menos mal que Tomás, el padre de Iago, tenía otro tipo de ingresos y cero escrúpulos para poder hacer frente a los pufos que le dejó el maldito estallido de la burbuja inmobiliaria. Negocios que más o menos eran vox pópuli entre la gente del pueblo, aunque había mucho de rumores y muy poco que se pudiera comprobar. Tomás era inteligente y sabía cómo moverse para no pillarse los dedos legalmente.

Los amigos de Iago estaban ajenos a esa situación, aunque algo habían oído. Pero entre ellos no hablaban de esos temas. Allá se las compusiera su padre y mientras su amigo mantuviera el chaletazo adosado, con su piscina, a ellos se la traía al pairo.

Iago, que ya llevaba tres rayas en menos de una hora, las había tratado de compensar con una de ketamina y tenía preparado un poco de marihuana por si las moscas. Para Iago hoy era un día complicado, mucho. Y sabía que iba a necesitar tirar de todos los recursos que tuviera a mano para soportarlo. Y por si fuera poco quería aclarar las cosas con sus amigos.

—¿Cerveza, Roi?

—¿Tu padre no las tendrá contadas?

—Qué va, si pillé yo del súper.

Se tomaron un par de cervezas hablando de banalidades, Iago quería introducir el tema como si se tratara de una cosa casual, como si hubiera surgido al hilo de la conversación. Y cuando por fin vio la ocasión de mencionarlo sin que quedara muy forzado, la aprovechó.

—Oye, menuda caña le estamos dando a la nueva, ¿no?

—¿A la de literatura? —preguntó Nerea—. Tampoco. Bueno, este tal vez, el otro día se pasó un poco con lo de Facebook.

Nerea le lanzó una mirada a Roi entre el orgullo y la admiración, que el chico agradeció ufano.

—La visteis, ¿no? Casi se caga encima —apostilló Roi.

—¿Y digo yo, no nos podríamos relajar un poco?

—Si tampoco hemos hecho nada —dijo Nerea—. Ponerla en su sitio, que vienen muy subiditas las sustitutas. Y hay que dejarles claro quién corta el bacalao.

—Bueno, pues yo creo que ya ha quedado claro. Mejor pararlo ahora y que se quede ahí.

—¿Y eso por qué? —preguntó Roi—. Si fuiste tú el primero que le dio caña a Viruca.

—Coño, y bien que lloriqueaste al final... que si habíamos llegado muy lejos, que si por nuestra culpa se había matado... Por eso no entiendo por qué te da ahora por atacar a esta.

—Pensé que te molaría —contestó Roi—. Y que solo era para unas risas.

—¿Es para impresionar a alguien en concreto? —Iago se refería claramente a Nerea, intuía que desde hacía tiempo el chaval quería acercarse a ella, pero esta no le daba bola. Porque Nerea siempre había tenido ojitos para Iago, algo que a Iago se la refanfinflaba, porque para él Nerea era una amiga, alguien con la que podía tener un rollo si el calentón apretaba, pero nada más.

—A mí no me tiene que impresionar lo más mínimo, conmigo lo tiene jodido —contestó Nerea.

—Tranqui, que no pensaba en ti. No me va la talla XL.

—Claro, no sabrías ni por dónde empezar, enano.

—Bueno, pues si os parece lo dejamos aquí. Ya le hemos dado un sustillo, ya sabe quiénes somos y yo creo que ya.

—¿Y eso lo decides tú? —preguntó Roi.

—No, coño, lo decidimos entre todos. Entre todos.

Iago sintió el subidón de la última raya, la que se había metido hacía diez minutos. Le dio un poco de vértigo porque le estaba subiendo más de lo esperado. Y además, con el efecto de la ketamina, estaba empezando a sentirse algo desequilibrado. La keta conseguía que su cuerpo se disociara de la mente, como iniciar un viaje astral. De ahí que le gustara tanto esa droga. Aunque temía descontrolarse demasiado, temía volar de su cuerpo y no volver a él, y por eso la mezclaba con la coca para que la cosa no se saliera de madre. Para regresar de nuevo a su yo. Aunque su yo fuera una mierda. Pero era lo que tenía.

—Lo decidimos entre todos, entre todos... que para eso somos colegas —repitió, mientras tocaba los hombros y la espalda de sus dos amigos. A Roi le extrañó esa muestra de afecto y el estado eufórico de su amigo.

—¿Estás bien?

—Cojonudo. Estoy cojonudo. —Siguió adelante con lo que quería decir—: Y a ver, pensad un poquito, que hoy la entierran. —No mencionó su nombre porque temía que le causara demasiado dolor—. Que no es plan. Vamos, me parece de sentido común. Si hasta tú querías ir al entierro.

—Coño, pues para que no piensen que nosotros queríamos que se matara. Porque desde luego ninguno nos podíamos imaginar que iba a acabar ahogándose en el río —dijo Roi.

—Eso, que tampoco fue para tanto —apostilló Nerea.

—Bueno, pues ahora que ya sabemos que se pueden poner muy sensibles, mejor lo dejamos.

—Que sí, pesado, que sí, si tanto te preocupa, a partir de ahora como angelitos —accedió Nerea—. Pero que conste que yo tengo la conciencia muy tranquila.

Iago miró a Roi, esperando una respuesta, quería que el chaval también se comprometiera a dejarlo, pero este no dijo nada. El que calla otorga, pensó Iago, y decidió abrir otras tres cervezas para celebrar que habían llegado a un acuerdo. Y también sacó un poco de marihuana, la que tenía reservada para él.

—¿Un poco de verde? —preguntó.

—Dale —dijo Nerea.

—Pero no lo cargues mucho que luego me dan amarillos.

Iago sonrío ante la flojera de su amigo. Decidió agasajarlos a lo grande. Y del bolsillo sacó una bolsita de coca y otra de keta.

—¿Lo combinamos con un Calvin, os hace?

Calvin Klein, así le llamaban a la mezcla de cocaína y ketamina, CK. Nerea y Roi se miraron un tanto asombrados.

—Sí que vas fuerte tú hoy, ¿no?

—Es un día especial. ¿Preparo una de cada para los tres? ¿O me vais a dejar solo?

Roi había tomado coca unas cuantas veces, la primera raya se la había metido a los quince con algunos de clase, pero entre que no le acabó de convencer, que le daba algo de miedo y que no se lo podía permitir económicamente, no se había aficionado. Aunque con Iago sí había vuelto a tomar un par de madrugadas. Así que Roi no se tenía por un experto pero tampoco por un puritano. Pero la idea de meterse drogas diferentes y en medio de la tarde, estando sobrios, le pareció un disparate. Y sabía de la ketamina que era una droga disociativa, que te daba unos viajazos que a nada que no controlaras acababas sintiendo una experiencia cercana a la muerte, a la disolución del yo, al relativismo existencial absoluto, o al menos eso había leído en internet, y francamente, cuanto más tarde tuviera que enfrentarse a una experiencia como la muerte, mejor.

—Yo creo que paso.

—A mí ponme —dijo Nerea.

—Y a ti, Roi, por lo menos una de coca, ¿no? Entiendo que la keta te acojone, pero una rayita te va a quitar el muermo.

Roi acabó accediendo. Y aunque la keta no la probó, sí que se metió media raya de cocaína.

Con el subidón de la coca y el viajazo de la keta, Iago y Nerea empezaron a descojonarse. Estaban en las nubes, con una relajación y un subidón bien rico. Roi solo sentía la excitación que le había producido la cocaína, pero trató de estar al nivel de sus amigos. Aunque cuando vio que se besaban y se metían mano, no le hizo demasiada gracia.

Iago se dejó querer un rato, porque era Nerea quien estaba llevando la voz cantante, pero como tampoco estaba de humor como para liarse con su amiga decidió hacer un par de rayas más y poner distancia entre ellos.

—¿Te vas a meter más? —preguntó Roi.

—Tranqui, que voy bien... Estoy bien a gustito.

Y era verdad, estaba superrelajado, y su ansiedad se había mitigado. Aunque lo malo de haberse quitado esa angustia y esa tortura que le oprimía es que sus pensamientos empezaron a vagar con libertad, y algunos sentimientos que llevaba tiempo queriendo enterrar volvieron a removerle.

—¿Y si vamos al funeral? —preguntó.

—Tío, con el moco que llevamos encima no me parece lo mejor —replicó Roi.

—Yo me había vestido para ir, no sé si os habíais dado cuenta —dijo Nerea, señalando su vestido oscuro—. Por mí bien.

—Venga, pues decidido. Vamos —sentenció Iago animado.

Roi trató de convencerlos para que cambiaran de idea. Pero Iago no solo no cedió, sino que se metió una bien gorda de ketamina.

—Para el camino.

Salieron de casa los tres rumbo al cementerio. Iago pasó su brazo por encima del hombro de Roi.

—Oye, que al final te has escaqueado y no nos has dicho si te ibas a relajar con todo el asunto de la nueva.

—Que sí, pelmazo, que sí. ¿Pero no lo estarás haciendo porque quieres seguir jodiéndola y llevarte la gloria tú solo?