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Había una vez una pareja de cuervos que tenía su nido en un chopo de Pearblossom.

En un agujero al fondo del árbol vivía una serpiente de cascabel muy grande y muy vieja y cada vez que hacía sonar sus cascabeles, el ruido era tan fuerte que llegaba a los oídos de los niños de la escuela de Littlerock.

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Todas las tardes el señor Serpiente dormía hasta las tres y media, luego se arrastraba fuera de su agujero, subía al árbol y echaba un vistazo para saber qué había en el nido de los cuervos.

Si había un huevo en el nido, como generalmente sucedía, se lo tragaba de un bocado, con todo y cáscara. Luego volvía a arrastrarse hasta su agujero y se dormía.

Cuando la señora Cuervo regresaba de la tienda, a la que iba todas las tardes a comprar comestibles, y encontraba vacío el nido, se decía: “¿Qué le pudo haber sucedido a mi querido huevito?”, mientras buscaba por todos lados. Pero como nunca lo encontraba, después de tomar el té, ponía otro.

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Desde hacía tiempo que esto pasaba, hasta que un buen día, la señora Cuervo volvió a casa más temprano de lo habitual y encontró al señor Serpiente en el momento en que éste tragaba el último huevo.

—¡Monstruo! —le gritó ella llorando—. ¿Qué estás haciendo?

—Estoy desayunando —respondió la serpiente con la boca llena, para luego deslizarse por el árbol hasta su agujero.

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Esa tarde, cuando el señor Cuervo volvió a su casa desde Palmdale, donde trabajaba como ayudante del gerente en la farmacia, encontró a su esposa muy pálida, fuera de su nido, paseándose por las ramas de arriba abajo.

—¿Qué te sucede, Amelia? Pareces enferma —le dijo—. ¿No te habrás empachado otra vez por comer en exceso, verdad?

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—¡Cómo puedes ser tan grosero e insensible! —estalló ella, fuera de sí—. Aquí me tienes, me mato trabajando para que el nido esté bien y además pongo un huevo por día. Todos los días claro está, salvo los domingos y los feriados. Eso quiere decir que he puesto doscientos noventa y siete huevos en un año y no ha salido del cascarón ni un solo pichón. ¡Y todo lo que me preguntas es si he comido de más! ¡Cada vez que pienso en esa terrible serpiente, no puedo dejar de temblar!

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—¿Una serpiente? —dijo el señor Cuervo—. ¿Qué serpiente?

—La que se comió todos mis queridos huevitos —dijo la señora Cuervo, y una vez más estalló en lágrimas.

Cuando por fin pudo explicar lo que había pasado, el señor Cuervo agitó la cabeza.

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—Esto es serio —dijo—. Alguien debería hacer algo.

—¿Por qué no bajas hasta el agujero de la serpiente y la matas? —le preguntó la señora Cuervo.

—No creo que esa sea una buena idea —contestó el señor Cuervo.

—¡Abraham, tienes miedo!

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—¿Miedo? —repitió el señor Cuervo—. Nunca dije que tuviera miedo. Todo lo que dije fue que creo que esa no era una buena idea. Debo agregar que raramente tus ideas son buenas. Por eso iré y hablaré con mi compadre el Búho. Él es un pensador. Sus ideas siempre son buenas.

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Luego de decir esto, voló hasta un alto álamo en el jardín del señor Yost, donde el compadre Búho tenía su casa. El compadre Búho trabajaba de noche y por eso dormía todo el día. Justo se levantaba cuando el señor Cuervo llamó a su puerta.

Entra, Abraham —le dijo—. Perdóname por estar todavía en pantuflas.

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El señor Cuervo tomó asiento y, mientras el compadre Búho se afeitaba y peinaba sus plumas, le contó toda la historia.

—Bien —dijo el compadre Búho, una vez que terminó de escuchar el relato—, es evidente que sólo hay una cosa que podamos hacer.

—¿Qué cosa?

—Espera y verás.

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Luego el compadre Búho abrió la puerta y voló hacia el sembrado de alfalfa del señor Yost, que todavía estaba húmedo pues ese mismo día lo habían regado.

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—¡Oh, todo está lleno de barro! dijo el señor Cuervo cuando aterrizó al lado de su amigo.

—Abraham, hablas demasiado —dijo el viejo Búho. Mantén tu pico cerrado y haz exactamente lo que yo haga.

Mientras decía esto, tomó un montoncito de barro entre sus alas y comenzó a darle la forma de un huevo.

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El señor Cuervo hizo lo mismo y, cuando los dos terminaron, el compadre Búho voló hasta la casa de Olivia, justo donde la chimenea se asomaba por el tejado. Como la estufa estaba encendida, la chimenea estaba muy caliente. El compadre Búho dejó caer los dos huevos en una lata vieja y la puso en la parte más alta de la chimenea.

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Los dos amigos regresaron volando a la casa del compadre Búho y cenaron. Cuando terminaron de cenar, lavaron los platos y escucharon el concierto nocturno por la radio. Ya eran las diez y se veía una luna brillante sobre las montañas.

—Supongo que esos huevos ya estarán cocidos —dijo el compadre Búho.

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Ambos volaron hasta la chimenea y descubrieron que, efectivamente, los huevos de barro se habían requetecocinado y estaban tan duros como una piedra.

—¿De qué color son los huevos que pone tu esposa? —preguntó el compadre Búho.

—Verde pálido —dijo el señor Cuervo—. Con manchitas negras.

—Bien, tenemos suerte. Siggy ha estado pintando aquí —dijo el compadre Búho.

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Y, tomando la lata con los huevos, voló hasta la mesa que estaba cerca de la puerta de la cocina, donde había varios pinceles y latas de pintura.

Cuando terminó de pintar los huevos y éstos se veían iguales a los huevos reales, el compadre Búho y el señor Cuervo los volvieron a poner encima de la chimenea. Más tarde, cuando casi era medianoche y la pintura ya estaba seca, volaron al viejo chopo, donde la señora Cuervo los esperaba con impaciencia.

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—Y bien —dijo ella llorando— ¿quién de ustedes ha decidido bajar al agujero y matar a la serpiente?

—Ninguno de los dos —dijo el señor Cuervo.

—¿Ninguno de los dos? —gritó la señora Cuervo—. ¿Entonces mis doscientos noventa y siete queridos huevos merecían ser comidos por esa serpiente malvada? ¿Mi corazón debe seguir roto, día tras día y para siempre?

—Amelia —dijo el señor Cuervo—, hablas demasiado. Mantén tu pico cerrado y sal del nido.

La señora Cuervo le hizo caso y el compadre Búho sacó los huevos de la lata y los puso en el nido.

—¿Para qué ponen allí esos huevos? —preguntó la señora Cuervo.

—Espera y verás —dijo el compadre Búho que se fue volando hasta el llano, donde lo esperaba un amigo para ir a cazar ardillas.

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La tarde siguiente, la señora Cuervo fue, como de costumbre a la tienda para hacer sus compras. Mientras estaba ausente, el señor Serpiente se despertó y, como estaba hambriento, se deslizó desde su agujero por todo el árbol hasta llegar a la rama en la que estaba el nido.

—¡Mmm! Hoy hay dos huevos dijo el señor Serpiente mientras se relamía, su madre había descuidado mucho su educación y por eso tenía tan malos modales. Luego alargó el cuello y se tragó los dos huevos, primero uno y después el otro.

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Después se estiró a lo largo de la rama y se puso a entonar una cancioncita:

No puedo volar, pues no tengo alas;
no puedo correr, pues no tengo piernas;
pero me arrastro hasta el nido del pájaro negro
oh oh y me como un huevito, un huevito ajeno.

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De repente dejó de cantar.

—¡Qué cáscaras más duras tenían esos huevos! —se dijo a sí mismo—. Normalmente se rompen antes de llegar a mi estómago. Pero esta vez parece que no es así.

En ese momento comenzó a tener un terrible dolor de estómago.

—¡Ay! —se quejaba—. ¡Aaaaay!

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El dolor era cada vez más y más fuerte.

—¡Ay! ¡Aaaaay! ¡Ay!

El Señor Serpiente comenzó a torcerse y retorcerse.

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Y se torció y retorció tanto, que no se dio cuenta que su cuello se iba anudando a una rama sin poder desatarse. Su cola todavía estaba libre y seguía golpeándola contra el árbol mientras cantaba:

No puedo volar, pues no tengo alas;
no puedo correr, pues no tengo piernas;
pero me arrastro hasta el nido del pájaro negro
oh oh y me como un huevito, un huevito ajeno.

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Agitaba la cola con tanta violencia que se enroscó y desenroscó en complicadas volteretas y terminó por anudarse la cola alrededor de un clavo que estaba en otra rama del árbol. Cada vez que intentaba soltarse, se anudaba más fuerte a la rama. Mientras tanto, los huevos de barro que estaban en su estómago le provocaban el dolor más insoportable.

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Cuando la señora Cuervo regresó de la tienda, vio a la serpiente y al principio se asustó. Pero cuando notó que estaba bien anudada al árbol, la invadió una sensación de valentía y comenzó a darle un largo sermón sobre lo feo que es comerse los huevos de los demás.

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Desde aquel momento, la señora Cuervo puso muchos otros huevos de los que nacieron con éxito sesenta y ocho cuervitos, cuatro familias de diecisiete cuervitos cada una. Y ahora la señora Cuervo usa la piel de la serpiente como lazo para tender los pañales de sus pequeños.

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Los cuervos de Pearblossom es el único relato para niños que escribió Aldous Huxley, el famoso novelista, ensayista y crítico inglés.

Huxley imaginó este cuento para su sobrina, Olivia de Hauville, quien pasó largos períodos con Aldous y su esposa María en su casa de Llano del valle de Antílope, en pleno desierto de Mojave, California. Los Huxley realizaban largos paseos en compañía de Olivia, y disfrutaban contándole historias a la pequeña de cinco años.

Cuando la familia de Olivia se mudó a Pearblossom, a seis kilómetros de Llano, el escritor y su esposa pasaron la Navidad con los de Hauville e hicieron excursiones a su amado desierto.

Aldous escribió Los cuervos de Pearblossom durante la Navidad de 1944. En el cuento se menciona a los vecinos de Olivia y su hermano Siggy, el señor y la señora Yost.

Por fortuna los Yost guardaron una copia del cuento, cuando el manuscrito original ya había sido devuelto a Aldous con la petición de los editores para que lo ilustrara. El fuego que destruyó su casa pocos años después, y la muerte del escritor, en 1963, dejaron este relato en el olvido durante muchos años.

Olivia vive en la isla griega de Hidra, está casada con Yorgo Cassapidis y tiene dos hijos: Melina y Michael.