6

 

 

 

 

—¿Cómo se presentan las Navidades? —me preguntó Thiago con su habitual formalidad una vez sentados a la mesa.

Lo miré y vi que lo preguntaba en serio. Los mayores charlaban de sus cosas y lo lógico era que nosotros entabláramos un mínimo de conversación. Además, sabía que mi madre me miraba de reojo para ver qué tipo de relación teníamos Thiago y yo. No quería que me pillara. Pero ¿qué le podía decir a Thiago? Mis últimas Navidades habían sido una auténtica mierda. Mientras todos las pasaban en familia, yo leía a Stephen King mientras me comía una caja de galletas de chocolate.

—Como siempre —le dije un poco seca y en ruso.

No me daba la gana de que mi madre siguiera nuestra conversación.

—¿Las celebráis en casa? —respondió él también en el mismo idioma.

—No.

—¿Con la familia de tu madre?

Me estaba irritando tanta pregunta porque no era un tema con el que me sintiera cómoda, pero no quise ser borde con él porque tampoco estaba preguntando nada raro.

—Mi madre no tiene parientes aquí y los familiares lejanos ni los conozco. Mi madre no es muy... hogareña.

Me miró frunciendo el ceño y aparté la vista de él. No quería que leyera en mis ojos lo mucho que la odiaba.

—Estas son mis segundas Navidades en Madrid. No celebramos nada y casi lo prefiero. No me llevo bien con mi madre.

Era la primera vez que le explicaba cosas tan personales a Thiago y al segundo me arrepentí. ¿Por qué le contaba aquello?

—Vaya, gracias por confiármelo. Supongo que no es fácil.

Lo miré de nuevo y vi a un Thiago distinto. No era el chico irónico, ni el divertido ni el sexi... Era un chico que escuchaba y parecía entender mi situación. Pero no iba a confiar en él porque temía que usara la información para dañarme. Delante de Lea siempre fingía ser fuerte y le decía que no se preocupara por mí, que lo tenía muy asumido y que no me importaba pasar la Nochebuena sin compañía. No era cierto. No sabía por qué le había dicho aquello a Thiago, no me gustaba mostrarme vulnerable ante él.

—Debe de ser jodido —dijo sin más.

Recordé las Navidades en París, con Judith y Antxon. Aquella noche también salimos los cuatro a dar un paseo, a ver las luces de las calles, a tocar la nieve que había caído aquella mañana y a disfrutar del ambiente navideño. Quedaba todo tan lejos y difuminado que a veces me daba la impresión de que había sido solo un sueño.

—Lea me ha invitado a su casa, pero prefiero quedarme leyendo un buen libro.

—Ya...

—Pero bueno, en fin de año, por lo visto, nos veremos —le dije con la intención de dejar ese tema.

Sabía lo que estaba pensando Thiago: «Pobrecita...». Y eso me repateaba mucho porque lo último que quería era que me tuviera lástima.

—Eso parece, ¿habéis pensado qué hacer?

—La verdad es que no. Vendrán también Max y un primo suyo...

—Lo sé —respondió mirándome fijamente.

Vale, ¿por qué lo sabía? Iba a tener una charlita con Lea porque estaba segura de que Adri le pasaba toda aquella información de primera mano a su amigo.

Aparté la vista de él para servirme un poco de ensalada de langostinos. Estaba todo buenísimo, eso no hacía falta decirlo, pero además los platos estaban presentados con un gusto exquisito, como si estuviéramos en un buen restaurante.

—¿No te gusta? —preguntó Thiago viéndome remover la comida.

—Sí me gusta —respondí apartando mi vista de esos ojazos.

No era necesario estar mirándonos durante toda la cena. Además, así le dejaba claro que no estaba cómoda con él. Representaríamos el papel delante de nuestros padres, pero tampoco era necesario hablar más de la cuenta.

Él estaba cabreado conmigo y tenía razón, porque lo cierto es que no había leído aquella carta y yo lo había acusado falsamente. Pero yo me justificaba pensando que en aquel momento actué de ese modo llevada por una serie de circunstancias. Realmente la culpa de todo era de mi madre, para no variar. Le eché un vistazo y me dio rabia verla hablando tan animada con el padre de Thiago. Pero... ¿me lo parecía a mí o lo miraba con demasiado interés? Empezaba a desvariar y a malpensar de todo lo que hacía mi madre. Era lógico después de la última putada que me había hecho con el tema de la carta.

Quizá aquella cena era mi oportunidad para pedirle disculpas... Si se lo decía en otro idioma y delante de ellos, sería más fácil porque Thiago no podría tratarme como a una pirada. Estaba casi segura de que él había pensado que no andaba bien de la cabeza. ¿Qué debió pasar por su mente cuando lo eché de casa a gritos y sin razón? Lo había pensado más de una vez; seguro que creía que estaba loca de remate.

Durante el postre decidí coger el toro por los cuernos y echarle valor. Total, ¿qué podía perder? Si estaba ya todo perdido con Thiago. Nuestra historia había durado apenas una noche y dudaba que pudiera solucionarse.

—¿Me miras así por algo en concreto? —preguntó Thiago al sentir mi mirada en él.

Parpadeé un par de veces al oír su voz y entonces sí lo miré analizando sus rasgos.

Ojos verdes y rasgados que se achinaban cuando sonreía. Unos ojos increíbles que, aparte de su llamativo color, parecían hablarte y brillaban cuando algo le gustaba mucho. A veces pensaba que quizá era un poco más callado que el resto de los chicos porque con sus ojos te lo decía todo.

Su nariz recta y de tamaño proporcionado resultaba perfecta en su rostro ovalado, donde sus labios carnosos eran los protagonistas indiscutibles. Daban ganas de besarlos y morderlos a pellizquitos. Y yo los había catado...

Justo en ese momento pasó una de sus manos por aquel pelo denso que llevaba siempre peinado de manera informal. No pude evitar pensar que mis manos también lo habían acariciado y que mis dedos se habían perdido en el principio de esa nuca.

—Vas a acabar poniéndome nervioso —me dijo interrumpiendo mis pensamientos.

Seguíamos comunicándonos en ruso y parecía que a nuestros padres les daba igual. Ellos continuaban enfrascados en sus cosas.

—Perdona —le dije intentando quitarle importancia a mi repasillo—. A veces se me va la cabeza.

—¿Te vas a tu mundo?

—Eso es.

—¿Y cómo es?

—¿El qué?

—Tu mundo —respondió con gravedad.

—Mi mundo ideal es muy distinto del mundo real —repliqué con rapidez.

—Cuéntame más —dijo en un tono muy suave.

Lo miré seria. Si no hubiera bebido vino, probablemente no le habría explicado nada, pero el alcohol que corría por mis venas hizo que me soltara un poquito con él.

—Para empezar, en mi mundo ideal mi madre es cariñosa, me adora y nos llevamos fenomenal. Eso lo primero. Compartimos nuestras vidas y ella me explica cosas de su trabajo y yo le explico... mis cosas. Nos queremos y nos respetamos..., cosa que ahora no sucede. En el mundo real, la muy bruja me ha confiscado una especie de diario donde tengo escritas cosas muy personales, ¿te lo puedes creer?

—¿En serio? —preguntó asombrado.

—Es una hija de puta —le dije con cierta indiferencia.

Thiago abrió los ojos unos segundos al escucharme y yo la miré a ella de reojo. Nada, seguía con su falsa sonrisa y charlando con los padres de Thiago.

Esto... ¿No miraba al padre del ojazos con demasiado interés? ¡Bah! Debía ser su modus operandi, no me extrañaba nada viniendo de ella. Era una auténtica arpía.

¿Seguía con mi verborrea? Pues sí, qué más daba que supiera que mi madre era una cabrona.

—Me lo pilló de mi habitación. ¿Recuerdas que te dije que nunca entraba? Pues no era cierto. Yo creía que pasaba de mí como de la mierda, pero rebuscó en mis cosas para joderme. Y...

Lo miré pensando que era el momento ideal para explicarle lo de la carta.

—Y fue ella la que abrió aquel sobre.

Thiago alzó sus cejas y no dijo nada.

—Así que te debo una disculpa enorme.

Nos miramos fijamente, yo esperando que me mandara a paseo de un momento a otro.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó en un tono grave.

Bajé la vista un segundo a mi cucharilla de postre.

—Hace días... —Lo miré a los ojos, no quería parecer una cobarde—. Quería decírtelo, pero no encontraba el momento. En la facultad apenas hablamos y, cada vez que me preguntas aquello..., lo dices con ese tono tan irónico que me cabrea darte la razón.

Thiago se lamió los labios.

—No muerdo, Alexia —dijo con poca simpatía.

—Lo sé, pero ¿qué importancia tiene ya? —Thiago parpadeó con rapidez dándome a entender que no entendía mi pregunta—. Quiero decir que lo nuestro... lo nuestro terminó en aquel momento y, vale, fue por mi culpa, pero no sabes nada de mi historia ni de lo que significaba esa carta...

Pensé en mi padre, en Judith, en Antxon... y me mordí los labios con fuerza porque sentía que las lágrimas se agolpaban en mis ojos. Y eso sí que no, lo último que iba a hacer era llorar delante de Thiago.

—Vale, entonces explícamelo —pidió con más suavidad.

Fruncí el ceño al pensar si quería contarle mi historia...

—Oye, Thiago, ¿cuándo termináis las clases? —preguntó su padre interrumpiéndonos muy oportunamente.

—En junio, ¿por qué?

Estaban todos atentos a esa conversación.

—Le comentaba a Gerardo que después del verano te marchas a Lyon.

Vaya, otro que se iba de veraneo... ¿Había dicho después del verano?

—Va a trabajar con la editorial Marinné. Es una muy buena oportunidad —dijo su padre mirando de nuevo a Thiago.

Él no dijo nada y yo entendí que antes de acabar los estudios ya tenía trabajo. En Lyon. Lejos.

Nos miramos unos segundos y ninguno de los dos dijo nada más mientras ellos comentaban el futuro prometedor de su hijo. Me daba la impresión de que Thiago no estaba igual de conforme que sus padres. ¿Por qué no se quejaba? ¿O por qué no se negaba? ¡Me jodía tanto que los padres decidieran de ese modo por nosotros! Como si no tuviéramos ni voz ni voto.

—¿Te apetece un cigarro?

Salimos con la excusa de que nos diera un poco el aire. Era diciembre y hacía un frío de cojones, pero nuestros padres estaban en su salsa, bebiendo cava y soltando risotadas. Cuando oía reír a mi madre me daba la impresión de que no la conocía.

Me subí la cremallera hasta arriba y Thiago me ofreció uno de sus cigarrillos. Nos miramos sin decir nada y me adelanté a hablar antes de que siguiéramos con la historia de mi vida.

—¿Así que te vas a Lyon?

—Eso parece —dijo con poco entusiasmo.

—¿No te apetece?

—Entiendo que es una buena oportunidad y que muchos querrían estar en mi pellejo, pero no era mi idea empezar por ahí.

—¿Y eso?

—Me apetecía ir por libre.

Lo miré con interés. A primera vista parecía más tradicional. Ir por libre significaba arriesgarse y quizá cobrar mucho durante unos meses y poco durante otros tantos.

—Pues hazlo. Es tu vida —le dije pensando que nada se lo impedía.

—Mis padres pondrían el grito en el cielo y empezaríamos una guerra que hace mucho tiempo que estoy postergando.

—Ya, bueno, entonces no te quejes.

Thiago me miro serio y le dio una calada a su cigarro.

—¿Qué harías tú?

—Estudiar bien mis posibilidades. Este año acabas el grado y eres de los mejores de tu promoción...

Thiago alzó una de sus cejas. Me entraron ganas de reír, pero me aguanté.

—Eso tengo entendido. Así que probablemente cuando termines no tendrás problemas en encontrar trabajo yendo por libre. Es más, yo que tú empezaría ya. Y así con la pasta me iría de casa si se diera el caso de que vivir aquí no fuera posible o soportable. —Thiago me miraba casi sin parpadear—. Eso sí, deberías olvidar tu vida de pijo y bajar a la Tierra. Ni pádel, ni ropa cara, ni invitar a todo quisqui, como sueles hacer.

Thiago sonrió un poco y yo le di una calada a mi cigarrillo para no mostrar una sonrisa triunfante.

—¿Y todo ese plan es para que no me vaya?

—A mí me da igual lo que hagas.

Vale, sí, mentía, pero no era solo por eso por lo que le decía todo aquello. Thiago debía luchar por lo que quería. Su vida era suya.

—Ya...

—Todo ese plan es para que veas que siempre hay opciones. Aunque todo tiene su parte negativa, deberías renunciar a una vida llena de privilegios.

—No te pareces en nada a la chica que me echó de su casa —comentó de repente.

—He crecido —repliqué con sorna.

—Ya veo. Disculpas aceptadas —dijo con rapidez.

—Gracias. Aquella carta era muy personal y cuando la vi en tus manos se me cruzaron los cables. Todavía no entiendo cómo mi madre fue capaz de abrirla, además sabiendo que era de mi padre.

—¿De tu padre?

Inspiré con fuerza.

—Es una larga historia.

—Tenemos tiempo —comentó con una sonrisa sincera.

¿Ya estaba? ¿No me iba a decir que era una cría? ¿No me iba a decir «Te lo había dicho, la cagaste»? Vale, Thiago tenía tres años más que yo, pero que se tomara las cosas con esa calma me asombraba mucho. Tal vez le importaba ya un pito todo lo relacionado con nosotros. Después de todo ese tiempo probablemente había optado por correr un tupido velo. No era tan extraño. Si yo fuera él... Conozco a una tía, parece que hay conexión, nos liamos y me echa de su casa hecha una fiera sin que me deje apenas explicarme. Después empieza a salir con otro tío, pero me sigue mirando. Madre mía, el papelón de mi vida, ¿no? Si lo analizaba bien, era para pasar de mí como de la mierda.

—Si no te importa, otro día —le dije pensando que no me apetecía ponerme a explicar todo aquello y que no creía que fuera necesario que Thiago supiera mis intimidades.

—Eres un hueso duro —dijo apagando el cigarrillo en el cenicero.

—No te digo que no —añadí con seguridad.

Era cierto, no era una chica floja o débil. La vida me había convertido en lo que era.

—¿Entramos? —preguntó casi afirmando.

Hacía mucho frío y no era plan de quedarnos ahí tomando el fresco. Apagué el cigarrillo y él me ofreció un caramelo. Sonreí por el detalle.

—¿Te dejan fumar? —le pregunté al ver que el caramelo solo era para mí.

—Saben que fumo muy poco, aunque mi padre siempre me da la brasa con el tema.

—Por el pádel —dije con contundencia.

—Exacto —afirmó abriendo la puerta de su casa.

Los mayores estaban tomando el café y no dejaban de hablar. En ese momento le sonó el móvil a Thiago y lo cogió.

—Débora...

Vaya, vaya, su amiguita con derecho a roce.

—Sí..., ya hemos terminado. En cinco minutos estoy...

¿Se iba?

—Que sí, que sí... Dame cinco minutos...

Me senté a la mesa de nuevo y lo miré de reojo observando cómo se guardaba el móvil en el bolsillo del pantalón vaquero. Thiago se despidió de todos educadamente. Sus padres ya sabían que había quedado con sus amigos. Así que me quedé sola y con un dolor punzante en el estómago que ya no me quité hasta que me fui de allí.

Thiago pasaba de mí, vale. Pero dolía, joder, ¡cómo dolía!