—Mamá, ¿dónde estamos?
Al no obtener respuesta, Sam, de cuatro años, repitió la pregunta con insistencia.
Su hermana, Belle, un año menor, empezó a llorar.
Arabel, la madre de ambos, desconocía la respuesta, y se limitaba a mirar a su alrededor en estado de shock sin decir palabra; un momento antes se hallaban en la cafetería de las instalaciones del colisionador de partículas del MAAC en Dartford, Inglaterra, con la esperanza de reunirse por fin con Emily Loughty, la hermana de Arabel, y un instante después se encontraban en un lugar muy diferente. Sin embargo, la otra mujer que estaba con ellos tenía un mal presentimiento sobre adónde habían ido a parar. Delia May tomó en brazos a toda prisa a Belle y le susurró que fuese una buena niña y no hiciese ruido.
Estaban en el interior de una casa diminuta, no mucho más grande que un cobertizo. Con el suelo de adobe, una pequeña chimenea en la que ardían unos exiguos troncos y un ave cazada colgada de un gancho, era mucho más rústico que la mayoría de las cabañas que conocía. El humo que flotaba en el ambiente hizo toser a Sam, y Delia le hizo callar de inmediato. Fuera se oía a gente hablando en voz alta. Delia sostuvo a la criatura y se arrastró hasta la ventana en la que los postigos cerrados pero no fijados repiqueteaban sacudidos por el viento. Abrió una de las persianas unos centímetros y echó un vistazo al exterior. Pese a que creía entender lo que estaba sucediendo, contuvo el aliento ante lo que vio. A poca distancia de allí, en medio de un camino embarrado, distinguió a Duck, el joven al que había estado vigilando durante el último mes. Permanecía desnudo frente a un hombre mucho más corpulento, que enseguida reconoció como Brandon Woodbourne, que le estaba gritando. Otro joven empezó a golpear a Woodbourne por la espalda con un palo y al punto se concentró a su alrededor un variopinto grupo de personas y Woodbourne salió corriendo, maldiciendo y gritando.
En ese momento Sam descubrió el pájaro colgado, dio un paso para acercarse y se echó a reír.
—Mira, mamá. Se me han caído los pantalones.
Tenía los vaqueros por los tobillos y los calzoncillos, de los que había desaparecido el elástico, comenzaban también a deslizarse por su cintura.
Arabel se palpó su ropa. La falda no le ajustaba y la cremallera se había desvanecido, tenía la blusa medio abierta porque le faltaban los botones y el sujetador, sin ganchos, colgaba debajo. Con voz temblorosa, preguntó:
—Por favor, ¿puedes decirme qué está pasando?
—Tenemos que evitar hacer ningún ruido —respondió Delia mientras se apartaba de la ventana—. Creo que hemos ido a parar al lugar en el que estuvo tu hermana.
—No sé de qué me hablas —le aseguró Arabel—. Quiero saber qué está ocurriendo. ¿Dónde está la cafetería? ¿Y el laboratorio? ¿Nos han drogado?
—Baja la voz —le imploró Delia, pero no había manera de tranquilizar a Arabel.
La puerta estaba cerrada únicamente con un pasador de madera. Arabel se dirigió hacia ella. Cuando Delia trató de impedírselo, la apartó de un empujón, movió el pasador y abrió la puerta con tantísima fuerza que golpeó estruendosamente contra la pared.
Arabel contempló el exterior desconcertada y repitió la pregunta que había hecho su hijo pequeño.
—¿Dónde estamos?
Delia tiró de ella para volver a meterla en la casa y cerró la puerta. Sabía dónde estaban, pero era incapaz de verbalizarlo. Era incapaz porque hacerlo significaba convertirlo en real.
Era incapaz de decir: «En el Infierno».