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El ala de dormitorios del MAAC se había transformado a toda velocidad en una prisión gracias a un pequeño equipo de albañiles contratados por el gobierno que instalaron cerrojos en las puertas y construyeron lavabos y salas de interrogatorio. Como en las auténticas prisiones, los carceleros sabían que la televisión era un instrumento muy efectivo de pacificación. Los entrenadísimos agentes del MI5 reconvertidos en guardias combatían el aburrimiento contemplando a Alfred y a los otros tres habitantes del Infierno retenidos cuando miraban la televisión. Ninguno de esos tipos había vivido después del siglo XVIII y mostraban una fascinación propia de los simios ante las pantallas, tratando de coger las imágenes de comida, masturbándose en cuanto aparecía alguna mujer ligera de ropa y encogiéndose de miedo ante la visión de coches, aviones o cualquier escena de acción con explosiones y fuego.

Tras solo unos días de interrogatorios, Ben llegó a la conclusión de que Alfred y los demás presos tenían escaso valor. Eran analfabetos y primitivos y se habían pasado toda su estancia en el Infierno en los alrededores de Dartford. No habían estado jamás en Londres ni tenían la más remota idea sobre asuntos de Estado. Estaban sin embargo un poco por encima de los vagabundos, una observación que anotó en su informe. Mitchum, un auténtico vagabundo, todavía se estaba recuperando en el hospital, pero no tardarían en instalarlo en una de las celdas del MAAC.

Ben se paseaba nervioso por el muelle de carga de mercancías, esperando las nuevas incorporaciones procedentes de South Ockendon, Rix y Murphy, y los dos intrusos que se habían colado en la depuradora de Iver North. Se dirigió hacia el césped cuando distinguió el retumbar del rotor de un helicóptero que se acercaba y se protegió los ojos cuando el aparato tocó tierra. Los oficiales del MI5 que bajaron con los prisioneros esposados y con cadenas en los tobillos llevaban mascarillas quirúrgicas, guantes y ropa de papel, lo cual a Ben le pareció curioso, ya que no se había dado una alerta de peligro bioquímico. Parecía más bien una protección ante el hedor que despedían esos tipos.

Reconoció a los dos expolicías, a los que ya había visto por las cámaras de seguridad. Había decidido realizar el gesto estratégico de darles la bienvenida como a colegas en las fuerzas del orden con la esperanza de crear una sensación de camaradería que podría utilizar en su beneficio.

—Soy Ben Wellington —se presentó—, del servicio secreto. Siento que no podamos darnos la mano. Son los protocolos de seguridad, oficiales.

Rix lo repasó de arriba abajo.

—¿Eres el jefe de todo esto?

—Soy el jefe aquí. Tengo superiores.

—¿Ya tienes edad para afeitarte? —le preguntó Murphy.

—Acabo de empezar. Seguidme.

—Es increíble que estemos aquí —añadió Rix, dejando que el sol le calentase la cara.

—No puedo estar más de acuerdo —replicó Ben.

Dentro, ofrecieron a los prisioneros el lujo de una ducha caliente y se les animó a echarse encima cantidades industriales de colonia antes de ser conducidos a celdas individuales, donde fueron sometidos a una revisión médica y pudieron comer. Entretanto, también los intrusos de Iver bajaron del helicóptero y los pocos segundos que les dedicó le bastaron para llegar a la conclusión de que iban a resultar tan poco útiles como Alfred Carpenter y sus colegas. Parecían lerdos, casi asilvestrados, con extremidades fuertes y cortas y unos ojos de mirada atemorizada y penetrante.

—¿Cómo os llamáis? —les preguntó mientras los conducían a las escaleras del muelle de carga del complejo.

Uno de ellos trató de liberarse de las esposas de plástico, pero no abrió la boca.

—¿Hablas inglés?

El aludido le escupió.

—¡Vete al carajo! —dijo finalmente—. ¿Qué nos ha sucedido?

—Tapadles la boca, llevadlos por ese pasillo y se los entregáis al personal del complejo —ordenó Ben a sus hombres—. Ya hablaré con ellos más tarde. Mucho más tarde.

Después de la revisión médica y la comida, Ben pidió que condujesen a Rix y Murphy a una sala de interrogatorios. En la sala contigua, sus oficiales monitorizaban el procedimiento, estudiaban a los prisioneros sobre la marcha y se comunicaban con Ben a través de unos auriculares. Los prisioneros llevaban los monos y las zapatillas que les habían entregado.

—No es necesario mantenerlos maniatados —le dijo Ben al agente que se los trajo.

Tomaron asiento y se frotaron las liberadas muñecas.

—Vayamos por orden —empezó Rix—. Primero explícanos cómo ha sucedido todo esto.

—Entonces es cierto —sonrió Ben.

—¿El qué?

—Que erais oficiales de policía. Estáis intentando tomar el control del interrogatorio.

—Pero no nos lo vas a permitir, ¿verdad?

—Estaré encantado de convertir esto en un toma y daca, así que procuraré responder a vuestras preguntas. Y quiero que vosotros respondáis a las mías.

Les explicó lo del MAAC y les dio su propia versión simplificada sobre la posible apertura de un canal entre los dos mundos. Los dos le escucharon con suma atención y cuando terminó, Ben les preguntó si estaban satisfechos.

—Cuando estaba vivo —comentó Rix—, no me interesaba ni el Cielo ni el Infierno, ni nada que no fuese el aquí y ahora. Me quedé muy impactado cuando aparecí en el Infierno, pero me acabé acostumbrando. Supongo que ahora también me acostumbraré a estar de vuelta en la Tierra.

—Muy bien. ¿Podéis, por favor, darme vuestros nombres?

Murphy levantó la mano.

—Disculpa. Mi colega ha podido preguntar sobre lo que más le inquietaba. ¿Y yo?

—De acuerdo —suspiró Ben—. Adelante.

—¿Nos vamos a quedar aquí?

—No es fácil responder a esto. Nuestra intención es enviaros de vuelta en un mes, pero nuestra capacidad para lograrlo no es infalible. Y ahora, por favor, dadme vuestros nombres completos, fechas de nacimiento y de las muertes.

Se presentaron como Jason Rix, nacido el 8 de enero de 1949, fallecido el 25 de octubre de 1984, y Colin Murphy, nacido el 16 de junio de 1941 y muerto el 25 de octubre de 1984.

—¿Fallecisteis el mismo día? —preguntó Ben con el ceño fruncido.

—¿No es lo que hacen los colegas? —dijo Murphy.

—¿El qué?

—Palmarla juntos.

Ben oyó por el auricular:

—Confirmado. Un tal Colin Murphy y un tal Jason Rix fallecieron en esa fecha en Romford. Estoy accediendo a las bases de datos de la policía.

—¿Los dos erais policías en el momento de vuestro fallecimiento? —les preguntó Ben.

—Así es —respondió Rix—. Estábamos en la metropolitana. Éramos detectives.

—¿Rangos?

—Yo era inspector. Él era sargento.

—Él tenía más rango, pero yo era más guapo —intervino Murphy.

—¿Y en qué sección trabajabais? ¿En la de Romford?

—Brick Lane —le corrigió Rix.

—¿Estabais de servicio en el momento de vuestra muerte?

Murphy se rio.

—Estábamos en plena faena, pero no exactamente de servicio, ya me entiendes.

—Me temo que no.

Murphy se inclinó hacia delante.

—Éramos manzanas podridas, ¿de acuerdo?

—Ya veo —confirmó Ben—. Os dedicabais a actividades ilegales durante las horas de servicio.

—Por fin lo has entendido, macho.

Ben fingió estar tomando notas mientras recibía un chorreo de información por el auricular.

Pasó un minuto. Los miró y empezó a leer de su cuaderno. Era evidente que hacía un esfuerzo por mantenerse impasible.

—El 22 de octubre de 1984 secuestrasteis a Jessica Stevenson, una niña de seis años, a la que sustrajisteis de su residencia familiar en Knightsbridge. Pedisteis un rescate. Al parecer desconocíais su estado de salud. Murió mientras la manteníais retenida. La noche del 25 de octubre os encontraron en el interior de un vehículo en un área de descanso de Romford, muertos por disparos junto con vuestras esposas, Christine Rix y Molly Murphy. Un cómplice vuestro, Lucas Hathaway, murió horas más tarde esa misma noche en un tiroteo con la policía. Quedó probado que su pistola fue el arma utilizada en vuestros asesinatos.

Rix ya se había percatado de que Ben llevaba un auricular.

—En nuestra época hubiera costado mucho tiempo reunir toda esta información. Tú tienes a alguien que lo ha hecho en segundos y te lo ha soplado al oído. ¿Cómo es posible?

—No os preocupéis por eso ahora. ¿La información es correcta? —les preguntó Ben.

—Sí, es correcta.

—Antes, cuando aparecisteis en la casa de South Ockendon, preguntasteis si teníamos a vuestras mujeres, Christine y Molly.

—¿Y las tenéis? —quiso saber Murphy.

—No, pero creemos que están aquí.

Rix se levantó de la silla y Ben tuvo que pedirle que volviese a sentarse.

—¿Dónde están?

—Te he pedido por favor que te sientes. —Cuando lo hizo, Ben continuó—: No sabemos dónde están. Creemos que cinco hombres que llegaron aquí con ellas las retienen contra su voluntad. Es posible que vayan camino de Nottingham.

—¿Qué hombres? —preguntó Rix, abriendo y cerrando los puños.

—Creo que los llamáis «vagabundos».

Murphy y Rix se miraron.

—¿Cómo sabes lo de los vagabundos?

—Lo que os he contados sobre el pasaje entre las dos dimensiones... ya ha sucedido con anterioridad. Ya habían llegado a la Tierra algunos habitantes del Infierno. Y algunos de los nuestros han ido allí y han vuelto. Disponemos de información.

—Si tenéis aquí vagabundos, van a hacer daño —aseguró Murphy.

—Eso me temo.

—¿Por qué crees que se dirigen a Nottingham? —preguntó Rix.

—Capturamos a uno de ellos, un tipo llamado Mitchum. ¿Lo conocéis?

—No conocemos a esa escoria por sus nombres.

—Creo que sí conocéis a uno de ellos por su nombre: Lucas Hathaway.

 

 

La habitación que Giles Farmer tenía alquilada en Lewisham era tan pequeña que apenas se podía estirar los brazos. Desde la cama tocaba con la mano la silla y desde la silla, la nevera. Los anuncios patrocinados de la web Accidentes de tráfico y los esporádicos trabajos de corrección para revistas técnicas le daban para pagar el alquiler, la conexión de banda ancha y una dieta a base de fideos japoneses, pero poco más. Su carrera, si es que se le podía dar ese toque de distinción a lo que hacía, había empezado poco después de salir de la Universidad de Leeds, en la que había sido un estudiante inquieto en la facultad de Física y Astronomía.

Los agentes del MI6 de Anthony Trotter, que se habían metido deliberadamente en el terreno nacional reservado al MI5, disponían ya de un dosier completo sobre Farmer. Sus profesores en Leeds tenían una versión de su partida algo diferente de la suya. En el apartado biográfico de su blog hablaba de su mente poco convencional y su búsqueda de «grandes respuestas a las grandes preguntas». Sus profesores hablaban de un joven muy irritante dado a las teorías de la conspiración que de manera regular interrumpía las clases con comentarios absurdos y fuera de lugar. Aunque lo bastante inteligente como para completar el curso, le animaron a tomarse un tiempo para centrarse.

El año que se tomó libre coincidió con el período en el que estaba previsto que el MAAC se pusiese a punto y empezase a funcionar. Farmer se sumergió en la blogosfera y se situó en el bando de los escépticos que veían ese proyecto como algo en lo que se malgastaba mucho dinero y que además estaba lleno de peligros, y cuando en el encendido inaugural del colisionador una caída de la tensión eléctrica provocó el fallo de los imanes, una explosión de helio y un incendio, consiguió argumentos suficientes para su cruzada. Se pasó dos años clamando contra el enorme coste de reemplazar los imanes superconductores y advirtiendo de los peligros existenciales para el planeta si el proyecto continuaba adelante.

Farmer no solía beber, pero la noche anterior se había echado al gaznate cuatro pintas en un pub de Brixton en el que se había encontrado con su colega Lenny Moore, al que le divertían sus diatribas tocapelotas. Y Lenny, con un empleo remunerado, le había pagado las rondas.

Esta mañana la cabeza le martilleaba. Comprobó su correo electrónico y su cuenta de Twitter mientras el agua se calentaba en el hervidor y después, una vez ingerida la dosis necesaria de cafeína, se dispuso a terminar el artículo que llevaba toda la semana escribiendo.

Era el más importante, el que hacía un mes que preparaba, desde que empezó a descubrir indicios de reinicios semanales del MAAC en las oscilaciones de la red eléctrica después de la primera puesta en marcha que se hizo pública. En su opinión, se estaba acercando a la acumulación de información suficiente como para obligar al gobierno a desvelar qué estaba sucediendo. Fue a buscar el bote de aspirinas para aliviar el dolor de cabeza.

Tenía el portátil en la mesita junto a la silla. Se detuvo con la mano en el aire cuando se disponía a cogerlo. Farmer tenía hábitos muy particulares. Aunque la habitación era pequeña y no estaba del todo limpia, sí la tenía escrupulosamente ordenada y organizada. De manera mecánica, después de utilizarlo, siempre dejaba el ordenador pegado a la esquina izquierda de la mesita.

Pero ahora el ordenador estaba separado del borde izquierdo unos centímetros.

Se quedó mirando el aparato unos segundos, lo cogió, dejó de lado su inquietud y empezó a trabajar con él. Revisó el texto que estaba redactando párrafo a párrafo. Iba más lejos que en sus artículos anteriores, mucho más lejos. Tras recordarles a sus lectores que entre los teóricos peligros de los supercolisionadores de alta energía estaba la posible formación de agujeros negros microscópicos y la producción de strangelets, les proporcionaba toda la secuencia de la reciente actividad inusual en el MAAC. La fisura en la seguridad que había permitido la fuga de un sospechoso al que todo apuntaba que no se había detenido. Las sucesivas caídas semanales de la tensión de la red eléctrica de la ciudad de Londres, que eran compatibles con reinicios del MAAC que no se habían hecho públicos. El incidente de bioterrorismo en South Ockendon, objeto de un total apagón informativo. La imposibilidad de contactar con la doctora Loughty, una científica que en el pasado jamás había puesto problema alguno a hablar con él. La nula disposición del padre de la doctora a aceptar preguntas sobre su hija. Y ahora, la cortina de humo, tal como él lo veía. Durante una de las caídas de tensión, Farmer había conectado la aplicación de escaneo de su teléfono y escuchó una curiosa conversación entre la centralita de la policía y las unidades de Buckinghamshire, a las que se pedía que se personasen en las instalaciones de la planta potabilizadora de Iver North porque habían entrado unos intrusos, pero de inmediato se canceló la orden porque «otro cuerpo» ya se estaba haciendo cargo de la situación.

Farmer empezó a teclear donde lo había dejado el día anterior.

 

Tal vez os preguntéis qué tienen en común una urbanización de South Ockendon, la planta potabilizadora de Iver North y el laboratorio del MAAC en Dartford. Os lo diré. Los tres lugares están ubicados justo encima de los superimanes del MAAC y en los tres han aparecido «intrusos». ¿Queréis saber lo que pienso, querido lectores? Pienso que...

 

La pantalla se bloqueó.

No podía mover el cursor con el panel táctil y ninguna de las maniobras habituales de desbloqueo funcionó.

—Mierda, mierda, mierda —murmuró antes de reiniciar el ordenador.

Pero el aparato no se reinició correctamente y no una, ni dos, sino tres veces le apareció una pantalla azul en blanco.

Alarmado, se levantó y comenzó a rebuscar por la habitación cualquier pista que corroborase el desplazamiento del ordenador del que se había percatado hacía un rato.

—Cabrones, ¿me estáis vigilando? —gritó—. ¿Lo estáis haciendo?

Sacó rápidamente el móvil y llamó a un amigo.

—Laurence, soy Giles. Escúchame, creo que me han hackeado, o que me están vigilando, o ambas cosas a la vez. ¿Quién? Ellos, claro. Escúchame. Necesito que te mantengas en línea mientras utilizo el móvil como detector de señal. Sí, tú no digas nada hasta que yo vuelva a hablarte.

Empezó a mover meticulosamente el móvil por todos los rincones del minúsculo estudio, atento a cualquier clic delator producido por la interferencia electromagnética de un dispositivo de vigilancia. Pero más allá de la respiración de su amigo, el teléfono se mantuvo en silencio hasta que lo pasó ante el extractor de la cocina.

Clic, clic.

—Laurence, voy a tener que volver a llamarte. Bueno, de hecho, no voy a volver a llamarte. Ahora ya tendrán tu número. Si desaparezco, ve a The Guardian con el material del que hablamos. Estarán encantados de recibirlo.

A diez kilómetros de allí, un operativo del MI6 instalado en uno de los pisos superiores del edificio de Albert Embankment lo observaba y escuchaba a través de un monitor mientras Farmer desatornillaba la rejilla del extractor y maldecía a la cámara al descubrirla. Cuando el dispositivo dejó de funcionar, el oficial cogió el teléfono y llamó a su jefe.

—Señor, soy Evans, de Seguimientos Especiales. Tenemos un problema con Giles Farmer.

—¿Qué tipo de problema? —preguntó Trotter.

—Ha localizado y neutralizado el dispositivo que habíamos colocado en su estudio.

—Eso no es una buena noticia, ¿verdad?

—No, señor. Por suerte, bloqueamos su blog antes de que pudiese colgar un artículo que nos comprometía. Le acabo de enviar un pantallazo.

Trotter lo leyó y gruñó.

—Bien, sigan controlando sus llamadas y no dejen de vigilarlo.

—No tenemos desplegado un equipo de vigilancia sobre él.

—¿Y por qué demonios no lo tenemos?

—El departamento jurídico no veía bien que utilizásemos estos métodos sobre un objetivo nacional.

—¡A la mierda el departamento jurídico! —vociferó Trotter—. ¿Nos enfrentamos a una amenaza nacional del máximo nivel y nos dedicamos a escuchar a nuestros abogados? Ponedlo bajo vigilancia ahora mismo y dejadme a mí a los putos abogados.

Farmer se guardó en el bolsillo la microcámara, cogió la cartera y las llaves y dejó el móvil. Diez minutos después estaba recuperando el aliento con la cabeza hundida en un periódico en un tren que lo llevaba de Lewisham a la estación de Charing Cross. De vez en cuando echaba un vistazo furtivo, preguntándose si alguno de los pasajeros del vagón lo estaría siguiendo y si su vida volvería algún día a la normalidad.

 

 

Hathaway conducía el Hyundai por las calles oscuras y desiertas de Nottingham, tratando de conectar aquellas calles y edificios con sus recuerdos.

—El barrio está irreconocible —murmuró.

—Ya, pero supongo que a ti esto te resulta más fácil que a mí —replicó Talley, que acababa de despertarse de otra cabezada—. A mí todo este mundo me resulta irreconocible. Tengo la cabeza como un bombo.

—Lo comprendo —concedió Hathaway—. Yo me siento descolocado con solo treinta años de cambios. Tú tienes trescientos por medio.

—Todas estas máquinas infernales y edificios altísimos —se quejó Talley—. No logro digerirlo. —Estaba a punto de lanzar su típico escupitajo para recalcar su malestar, pero recordó que la ventanilla tenía un cristal.

—¿Quieres decir que preferirías volver al Infierno?

Talley se frotó los ojos.

—No, creo que le voy a dar una oportunidad a este mundo. Hay de todo. Y montones de mujeres. ¿Ya estamos cerca?

—Sí, si logro encontrarlo.

—¿Quién es el tío al que vamos a ver?

—Harold, es mi hermano. Si sigue aquí, tendrá ya sesenta y tantos.

—¿Habrá mujeres?

Hathaway no respondió.

Por fin dio con el camino hacia Sneinton, el vecindario en el que había crecido y en el que sus padres seguían viviendo cuando él murió. Si conocía bien a Harold, un perezoso sin estudios, era más que probable que siguiese viviendo allí, en la misma casa, en la misma calle, en el mismo vecindario.

Para alivio de Hathaway, Holborn Avenue estaba igual. Las mismas largas hileras de casas de ladrillo visto de dos plantas a ambos lados de la calle sin salida. Los mismos caprichosos arcos de aire árabe que daban acceso a puertas un poco retiradas de la vía pública. Las mismas apretadas filas de coches aparcados con dos ruedas subidas a la acera. La única diferencia que constató fue que los ladrillos de algunas fachadas se habían pintado de blanco o de marrón y que la mayoría de ellas tenían unos curiosos discos grises con cables atornillados en las paredes de la segunda planta.

—Es esa —les dijo Hathaway a los demás, señalando la casa más deteriorada de todo el bloque. Los ladrillos necesitaban un revoque y la pintura de las molduras se estaba desconchando.

—¿Salimos ya de este cacharro? —preguntó Youngblood.

—Todavía no —respondió Hathaway—. Primero iré yo a echar un vistazo. Veamos si recuerdo cómo se aparca.

Había un hueco estrecho pasada la casa y se las arregló para embutir allí el Hyundai. Les ordenó a los demás que no se moviesen de allí y no se dejasen ver. Con el coche parado, Chambers por fin se relajó en el asiento trasero.

La mayoría de las casas estaban a oscuras, igual que la que era su objetivo. Hathaway, nervioso, golpeó con suavidad la puerta. Había dejado el cuchillo en el coche, seguro de que no lo necesitaría. Había aprendido a destrozar a una persona con las manos, los pies y los dientes.

Dejó pasar unos instantes y volvió a llamar, esta vez con más ímpetu. Surgió un resplandor por encima de su cabeza y, cuando dio unos pasos atrás hasta salir del arco, vio que alguien había encendido una luz. Se iluminó la ventana de la planta baja y a través de la puerta se oyó una voz amortiguada.

—¿Quién es?

—¿Eres Harold? ¿Harold Hathaway? —preguntó.

—Sí. ¿Quién anda ahí?

El corazón le latía a todo trapo.

—Si te lo dijese no te lo ibas a creer.

—Vete al carajo. Dime quién eres o llamo a la policía.

Hathaway respiró hondo y dijo:

—Soy Lucas.

No hubo respuesta, un silencio absoluto.

—He dicho que soy Lucas. Tu hermano.

—Muy bien, tienes tres segundos para largarte o de lo contrario te voy a dar una paliza.

—Nuestra gata se llamaba Agatha. Nuestros peces de colores, Ronnie y Reggie. La comida favorita de mamá eran las patatas fritas con salsa Daddies. Papá se pasaba la mayor parte del día borracho con cerveza de cebada.

Tras una larga pausa, la puerta se entreabrió primero un poco y después un poco más. Apareció un hombre calvo y gordo en calzoncillos, con una prominente panza bajo una camiseta sin mangas. Solo cuando la puerta se abrió de par en par la luz procedente del recibidor iluminó el rostro de Lucas y su hermano tomó completa conciencia de lo que estaba viendo. A la instantánea expresión de horrorizado desconcierto le siguió un desmayo cuando la sangre dejó de regarle las piernas y cayó de espaldas en el vestíbulo.

Desde el piso superior, una voz de mujer lo llamó por su nombre y le preguntó si todo iba bien.

Para evitar que llamase a la policía, Hathaway gritó:

—No pasa nada. Solo se ha desmayado. Soy un colega.

Una mujer también sesentona apareció en lo alto de la escalera. Su cuerpo redondeado parecía haber sido fabricado con el mismo molde que el de Harold.

Bajó con pasos torpes y llegó junto a su marido cuando este empezaba a recuperar el conocimiento.

—Tráigale un poco de agua —pidió Hathaway.

—No le conozco de nada —replicó ella mientras le levantaba la cabeza a Harold—. ¿Quién es usted?

—Ya se lo he dicho, un amigo.

—Él no tiene amigos de su edad. ¿Qué le ha hecho? Voy a llamar a la policía.

Harold intentó ponerse en pie, pero solo logró sentarse. Se quedó mirando a su hermano.

—¿Eres tú?

—Sí.

—¿Quién? ¿Quién es, Harold? ¿Llamo a emergencias?

—¡No! Solo ayúdame a ponerme de pie.

Hathaway tenía una fuerza descomunal. Levantó a su hermano como si se tratase de un niño y lo acompañó hasta la sala de estar. Algunos de los muebles le resultaron familiares.

Harold se fue recuperando del impacto.

—¿Cómo es posible? —preguntaba una y otra vez.

—¿Cómo es posible el qué? —inquirió su esposa.

—Es Lucas, mi hermano.

—¿Qué quieres decir con que es tu hermano? Tu hermano lleva treinta años muerto.

—Estás igual —dijo Harold—. Tal como te recuerdo.

—Tú, en cambio, pareces diferente.

—¿Estás muerto? —le preguntó Harold en un susurro con voz rasposa.

—Si quieres que te diga la verdad, no sé cómo estoy. Es una historia muy larga.

—Hueles como si estuvieses muerto.

—Y tú hueles a alcohol.

Harold le pidió a su mujer que le sirviese un trago largo de ginebra.

—Tráeme un vaso también a mí —pidió Hathaway—. Escucha, he venido con unos colegas que están esperando en el coche. ¿Te importa si les digo que pasen?

—¿Son como tú?

—Diría que similares.

 

 

Molly y Christine atravesaron el bosque hasta llegar a unas tierras de cultivo. Saltaron una valla de alambre y oyeron a poca distancia los mugidos de unas vacas en la oscuridad.

—Esperemos que por aquí no haya ningún toro —susurró Molly.

Christine le cogió la mano.

—Mejor un toro que vagabundos.

Caminaron más de un kilómetro antes de divisar el tejado de una granja silueteado contra el cielo estrellado.

—No hay ninguna luz encendida —comentó Christine—. O están dormidos o no hay nadie en la casa.

—¿Estás segura de que es una buena idea? —preguntó Molly.

—Tenemos hambre, necesitamos un baño, estamos agotadas. Sí, tenemos que intentarlo.

Todas las ventanas estaban completamente a oscuras y no había ningún coche aparcado junto a la casa. Estuvieron unos minutos debatiendo en susurros antes de decidirse a romper el cristal de una ventana con una piedra. Al partirse, hizo más ruido del que esperaban, de modo que se escondieron detrás de un edificio anexo. Una vez comprobado que no se encendía ninguna luz, volvieron a acercarse a la casa, abrieron la ventana del salón metiendo la mano y entraron por ella.

Armadas con lámparas metálicas que desenchufaron, recorrieron con paso lento y prudencia toda la casa a oscuras, planta tras planta, en busca de posibles ocupantes. Solo después de acabar de revisar los pequeños dormitorios de la tercera planta se relajaron y empezaron a regocijarse con la idea de disponer de una habitación para cada una.

No sabían a qué distancia estaban de posibles casas vecinas, por lo que no se atrevieron a encender las luces. En lugar de eso, encontraron velas y cerillas en el salón y se fueron directas a la nevera. Para su sorpresa y deleite encontraron un pollo asado, cuencos de puré de patatas y verduras, y varias tarrinas de helado en el congelador.

—Esto no es la Tierra —susurró Molly—. Esto es el Cielo.

Cuando ya no fueron capaces de ingerir ni un bocado más, dirigieron su atención al siguiente objeto de su deseo: las bañeras. Cada una se llenó la suya con agua caliente y, en cuanto se metieron, el agua se volvió marrón y después negra por la mugre que acumulaban. Christine decidió vaciar su bañera y volver a llenarla con agua limpia. Se pasó allí una hora entera de absoluta dicha, con la piel arrugada y la mente sosegada por primera vez en treinta años. Pero mientras se secaba con una toalla maravillosamente suave, contempló su cuerpo en el espejo y rompió a llorar.

Ya no quedaba ni rastro de su aspecto pícaro y su frondosa melena. La mujer del espejo era un saco de huesos, desdentada y con los pechos caídos. Resultaba increíble que Jason todavía la desease, aunque tampoco es que él hubiese escapado a los estragos de la dura vida que llevaban. Christine se recompuso, encontró un frasco de colonia y se echó una buena cantidad encima para tratar de enmascarar el hedor. No se sintió capaz de volver a ponerse su mugrienta y raída ropa, de modo que rebuscó en los cajones y armarios del dormitorio, pero la señora de la casa usaba ropa de una talla mucho más grande que la suya.

Molly había hecho lo mismo, pero había tenido más suerte en el dormitorio de una hija, donde encontró varios vestidos encima de la cama. Las dos mujeres se pasaron media hora como un par de adolescentes, eligiendo ropa entre risas, pero pronto recobraron la conciencia de su situación y decidieron meter ropa, productos de higiene y comida en una mochila deportiva que hallaron en uno de los armarios y, reticentes, salieron de esa casa maravillosa y rebosante.

A Molly se le ocurrió echar un vistazo en los edificios anexos para buscar algún vehículo. En el granero encontraron un Cooper Mini verde bastante nuevo. Las llaves no estaban en el coche, así que volvieron a la casa y descubrieron un llavero colgado de un gancho en la cocina.

El funcionamiento del coche les resultó difícil de descifrar e, iluminadas por el resplandor del cuadro de mandos, leyeron el manual de instrucciones hasta deducir cómo se arrancaba.

—¿Necesitas un mapa? —le preguntó Molly a Christine mientras se alejaban de la casa.

—A menos que hayan cambiado las carreteras, conozco el camino.

—¿Estás segura de que debemos ir allí?

—No conozco muchos más sitios a los que podamos ir.

Christine les había dejado en la cocina a los propietarios una nota escrita con letra titubeante. Era la primera vez en tres décadas que utilizaba papel y bolígrafo.

 

Sentimos haber tenido que utilizar su casa y haberles sustraído algunas cosas. Ha sido la mejor noche que hemos pasado en mucho tiempo. Por favor, perdónennos.

 

 

Estaba a punto de empezar una telecomunicación de emergencia. Ben conectó con el MAAC y enseguida la pantalla se llenó de participantes que se incorporaban desde Londres y Estados Unidos. Ben hizo un preámbulo antes de abrir la sesión para recordarles a todos que las reglas del juego habían cambiado. Se seguían produciendo los intercambios de una persona por otra, pero ahora eran geográficamente dispersos por todo el circuito oval del MAAC. La apariencia de los moradores del Infierno de Iver era especialmente perturbadora.

Leroy Bitterman estaba en la embajada estadounidense en Grosvenor Square, desde donde había informado al presidente sobre aspectos de la seguridad. Levantó la mirada del mapa del Gran Londres extendido ante él y dijo:

—A mí me parece que el asunto es muy serio. Cada reinicio del MAAC está alterando los campos dimensionales de una manera que no entendemos. Antes, las conexiones entre ellos y nosotros eran a través de un pequeño agujero. Ahora diría que se trata de un portal. No tenemos modo de saber qué alteraciones se producirán con el reinicio dentro de cuatro semanas. Me preocupa que el nuevo uso del colisionador agrande las dimensiones del portal. No queremos encontrarnos ante una esclusa. Por suerte ya hemos tomado la decisión de reiniciarlo una única vez más.

Trotter, conectado desde su despacho en el MI6, se aclaró la garganta para anunciar que se disponía a hablar.

—Que conste en acta. Yo me mostré en contra de nuevos reinicios del colisionador. Deberíamos haber cerrado ese portal de golpe, ponerle un candado y tirar la llave.

—Y condenar a doce inocentes a un destino atroz —añadió Bitterman.

—Lo que me preocupa es el destino de sesenta millones de británicos.

—Eso es una hipérbole —le afeó Bitterman.

—¿En serio? ¿Nos puede garantizar el blindaje?

—Por supuesto que no. En este asunto nos movemos a ciegas.

Smithwick intervino desde su despacho en Whitehall:

—No me gusta que nuestros esfuerzos se reduzcan ante el primer ministro a «movernos a ciegas».

—¿En el 10 de Downing Street se desalienta la sinceridad? —contraatacó Bitterman.

Smithwick se mordió la lengua y cedió la palabra a Trotter.

—A la luz de los intrusos de Iver, que el doctor Bitterman acaba de describir como un inquietante salto adelante, y dado que carecemos de garantías científicas, creo que deberíamos recomendar a nuestros respectivos gobiernos cancelar cualquier actividad futura del MAAC.

—Acabamos de enviar un equipo de rescate compuesto por cuatro personas muy valientes —les recordó Bitterman alzando la voz—. El gobierno de Estados Unidos no va a permitir que se les abandone y, en cualquier caso, estamos a un mes del nuevo reinicio. Ni siquiera hemos convocado la primera reunión de los asesores científicos seleccionados para ayudarnos a controlar la situación en la que nos encontramos. Tenía entendido que esta videoconferencia se había dispuesto para abordar los aspectos prácticos más urgentes. Señor Wellington, creo que usted tiene que hablarnos del primer punto del orden del día.

Ben minimizó en la pantalla la imagen de Trotter, pero incluso reducido, la sonrisa de autosuficiencia en su rostro le desconcentraba. Informó al grupo de la situación de todos los prisioneros que en esos momentos tenían retenidos en el MAAC y de la falta de nuevas informaciones sobre los intrusos del Infierno de South Ockendon, y a continuación hizo un repaso detallado de los perfiles biográficos de Jason Rix y Colin Murphy.

—Pese a esta inesperada novedad de la dispersión geográfica —continuó—, hasta el momento el principio de paridad en los intercambios parece mantenerse. Dieciséis personas han atravesado el portal desde nuestro lado y hasta donde sabemos dieciséis moradores del Infierno han llegado a nuestro mundo. Por lo tanto, es fundamental que para manejar las mejores opciones en la recuperación de nuestros dieciséis conciudadanos de aquí a un mes, localicemos a los intrusos del Infierno que siguen desaparecidos. Después del interrogatorio a Rix y Murphy hemos deducido que es altamente probable que dos de esas personas sean sus esposas, Christine Rix y Molly Murphy.

Colocó las fotografías de los cuatro ante la pantalla. Las habían localizado en crónicas periodísticas publicadas en 1984 sobre sus asesinatos.

—Todo apunta a que estas dos mujeres viajan con un grupo de vagabundos que incluye a este individuo, Lucas Hathaway.

Colocó otra foto de un periódico en la pantalla.

—Hathaway fue quien los asesinó. Decir que todos ellos tienen las manos manchadas de sangre sería ser en exceso sutil. El motivo por el que informo sobre este asunto al grupo es que dado el pasado como policías de Rix y Murphy y teniendo en cuenta su empeño por encontrar a sus esposas, me gustaría aceptar su ofrecimiento de ayudarnos en nuestras investigaciones.

—¿Y cómo pretenden hacerlo? —preguntó Trotter, llenando de nuevo la pantalla con su rostro.

—Quieren implicarse en la búsqueda. Nosotros los acompañaríamos en todo momento con agentes armados y no les daríamos ningún margen de libertad de movimientos sin vigilancia.

—Yo voto que no —cortó Trotter— y sugiero a los demás que hagan lo mismo. Es demasiado arriesgado. Si se escapan, tendrás dos fugados más a los que perseguir. Si poseen alguna información relevante sobre el posible paradero de los otros moradores del Infierno, sonsácasela en las celdas.

—Han rechazado la opción de colaborar desde las celdas —dijo Ben—. Eran detectives acostumbrados a patear las calles y aseguran que solo podrán ser efectivos si les permitimos seguir el rastro en persona, y debo decir que estoy de acuerdo con ellos.

—¿Estás seguro de que puedes mantenerlos controlados? —preguntó Smithwick.

—Lo estoy —aseguró Ben.

Votaron; Trotter fue el único que votó en contra. Y durante el resto de la reunión se mantuvo en silencio, apretando las mandíbulas, y no pudo sacar el tema de Giles Farmer.