Brian tomó el timón de la gabarra y los llevó río arriba con suma destreza. Emily se escondió entre la carga cuando se cruzaron con un barco de pesca que descendía en la dirección opuesta, y los marineros del pesquero no parecieron percatarse de lo extraña que era la tripulación de la gabarra.
Desde la distancia, John reconoció la silueta de la casa de Solomon Wisdom dibujada en lo alto de la colina. Prepararon sus armas al acercarse al embarcadero, pero no había nadie en los alrededores. El barco de Wisdom estaba allí amarrado. Brian maniobró la gabarra hacia el otro lado del muelle y les lanzó cuerdas de amarre a John y Trevor. Tenían un montón de espadas para repartir, pero Emily rechazó coger una.
—Supongo que tú dispones de tus propias armas —bromeó John, mirándole el pecho.
—Espera a verme utilizar la cabeza —respondió ella.
—¿Cuál es el plan, jefe? —preguntó Trevor.
—La última vez que estuve aquí no vi guardias armados —explicó John, mirando hacia la casa—. Pero nunca se sabe. Creo que deberíamos acercarnos dando un rodeo y comprobar si hay caballos y carros detrás de la casa, o tiendas de campaña o cualquier signo de tropas acampadas.
—¿Y si las hay? —insistió Brian.
—Ya nos ocuparemos de eso si llega el caso.
Hacía calor pese a la ausencia de sol, y después de rodear la colina hasta situarse en la parte trasera de la mansión de Wisdom todos sudaban. No se toparon con nadie por el camino y por lo que se veía no tendrían que librar una gran batalla.
—¿Y ahora qué? —preguntó Trevor.
—Llamamos a la puerta —respondió John.
Dieron la vuelta hasta la parte frontal de la casa y John golpeó en la puerta principal con el mango de la espada. Al cabo de un rato la puerta se abrió y Caffrey, el criado, asomó la cabeza. Intentó cerrar cuando descubrió a John, pero él empujó con el hombro y lo derrumbó.
Caffrey trató de sacar un cuchillo del cinturón, pero John le puso la punta de la espada en el esternón y le ordenó que se levantase. Trevor le quitó el arma con un gesto rápido y Brian, siempre listo para intervenir, le ató de pies y manos con un pedazo de cuerda de cáñamo del barco.
Wisdom llamó a Caffrey desde el gabinete para preguntarle quién había llegado y, cuando John y Emily se colaron en la sala, se levantó de un salto del escritorio y comenzó a buscar algo con lo que protegerse. Al ver entrar además a Trevor y Brian, pareció asumir su derrota.
—Siéntate —le ordenó John.
A Wisdom le fallaron las rodillas y su trasero se desplomó sobre la silla.
—Qué alegría volver a veros —afirmó con un tono nada convincente.
—A nosotros no nos gusta tanto volver a encontrarnos contigo, cabronazo baboso —le respondió John.
—Para sobrevivir en este mundo cruel, uno debe hacer cosas cuestionables. Aquí, en mayor o menor medida, todo el mundo ha perdido el norte moral; yo no soy ni mucho menos el peor.
—Puede ser —reconoció Emily—, pero ocupas uno de los puestos más altos en la clasificación. Me vendiste como esclava al duque de Guisa, ¿recuerdas?
—Por no mencionar que a mí me mentiste sobre Emily y me vendiste a Enrique VIII —añadió John.
Wisdom trató de sonreír como si no fuese con él.
—¿Qué puedo decir? Por fortuna los dos parecéis personas fuertes y resistentes ante la adversidad. ¿Quiénes son vuestros amigos y cómo es que últimamente aparecen tantas personas vivas en esta tierra dejada de la mano de Dios?
—Eso no es de tu incumbencia —le cortó John—. Hemos venido a hablar de dos mujeres y dos niños.
—¿Qué me dices?
John pidió a Brian y Trevor que agarrasen a Wisdom.
—Verás, Solomon, podemos resolver esto por las buenas o por las malas. La elección es tuya. No estoy para tonterías. Cada minuto, cada día cuenta. Dentro de veintisiete días tenemos que regresar a Dartford con ellos para poder volver a casa. Sabemos que pasaron por aquí y sospecho que ya has movido la mercancía. Porque eso es lo que son para ti. Nos vas a decir adónde han ido de un modo u otro. En diez segundos te cortaré la mano izquierda. Diez segundos después, la derecha. Luego, bueno, utiliza tu imaginación. Y yo personalmente te meteré en ese pudridero que me enseñaste colina abajo. De manera que empezamos: diez, nueve, ocho...
Wisdom trató de liberarse de las firmes manos de Brian y Trevor, pero acabó desistiendo.
—Detente. Acepto. Han partido hacia lugares distintos.
—Maldito hijo de puta —gritó Emily, lanzándose sobre él.
Incluso John se sorprendió; nunca la había oído decir palabrotas, pero coincidió del todo con la descripción que hizo de ese individuo huesudo vestido de negro. La contuvo y le susurró algo al oído que la tranquilizó.
—¿Dónde están? —preguntó John con frialdad.
—Los niños y la mujer llamada Delia han ido a la corte de la emperatriz Matilde. La mujer joven, Arabel, a la del rey Pedro de Iberia.
Ahora llegó el turno de Trevor.
—¿Me estás diciendo que has separado a una madre de sus hijos?
Como la única respuesta de Wisdom fue asentir con gesto contenido, Trevor lo soltó y le arreó un puñetazo en la boca que dejó el escritorio salpicado de sangre y con un diente amarillento encima.
Trevor se disculpó por haber perdido los nervios, pero Emily le dio las gracias por haberlo hecho.
John sacó un pañuelo del bolsillo de la levita de Wisdom y le permitió que se cubriese la boca con él.
—Si quieres permanecer fuera del pudridero, nos vas a decir todo lo que necesitamos saber para dar con ellos. Si no me convences de que nos has proporcionado hasta el último detalle, esto no acabará bien para ti. Puede que seas un mentiroso de primera, pero yo tengo un sexto sentido muy refinado para detectar embustes. Empieza a hablar.
Wisdom miró desolado el diente sobre el escritorio y empezó a cantar como un pajarillo. Cuando terminó, miró a John del mismo modo que los gladiadores debían contemplar al emperador que decidiría su destino.
—Muy bien, Solomon. Voy a creerte. Vamos a permitir que conserves todos los dedos de las manos y los pies. Pero lo que has hecho va a tener consecuencias. Muchachos, sacadlos fuera a él y a su lacayo y atadlos juntos. Nos uniremos a vosotros en unos minutos.
Emily y él revisaron la casa. Se toparon con la cocinera de Wisdom junto a los fogones y le ordenaron que saliese de allí si sabía lo que le convenía. Ella abandonó la casa con andares de pato cebado y, cuando vio a su señor maltratado sobre la hierba, siguió caminando. John encontró una caja fuerte en el gabinete y la golpeó varias veces contra el canto de la chimenea, hasta que la abrió y descubrió en su interior una pila de monedas de oro y plata que se guardó en la mochila. Después encendió una vela con las brasas del fuego y prendió con ella muebles y cortinas.
En el exterior, el humo empezó a salir por las ventanas abiertas mientras Wisdom, atado espalda contra espalda con Caffrey, comenzaba a gritar al ver su preciosa casa convertida en una tea.
—También vas a necesitar un barco nuevo —le dijo John.
—¿Me vas a perdonar la vida? —gimoteó Wisdom, estirado de costado en el suelo, sujeto a Caffrey.
—Eso parece.
—¿Por qué?
—Porque no somos como tú. No somos una escoria maligna.
Mientras descendían por la colina, no dejaron de oír a Wisdom lamentándose por lo que había perdido. Una vez en el muelle, John dijo lo que los demás estaban esperando.
—No me gusta, pero sabíamos que podía suceder. Tenemos que dividirnos. Emily y yo iremos al palacio de Hampton para rescatar a los niños y a Delia. Brian y Trev, vosotros tenéis que encontrar el modo de llegar a Iberia para traer de vuelta a Arabel. No va a ser fácil.
—Estamos preparados —aseguró Trevor—. La encontraremos, Emily, no te preocupes. Os enviaremos un mensaje cuando lleguemos allí.
Emily le abrazó y se le humedecieron los ojos.
—Bueno, Brian —añadió Trevor—, ¿crees que sabrás llegar a España?
—En circunstancias normales pararía un taxi para que me llevase a Heathrow.
—¿Un taxi? —bromeó John—. Di más bien un coche con chófer.
Brian resopló.
—Tienes razón. Está en mi contrato. En nuestras circunstancias actuales, tendremos que llegar al estuario, poner rumbo al sur por el canal de la Mancha y navegar hasta el golfo de Vizcaya. Una vez que toquemos tierra, improvisaremos. ¿Os importa si cogemos el barco más apto para navegar por mar?
—Vosotros elegís.
—En ese caso la gabarra en la que hemos venido. ¿Vosotros os apañaréis con el otro?
—Ya me las arreglaré. No es necesario que te recuerde que disponemos de tres semanas y seis días. No hemos podido pasar ningún tipo de reloj, de manera que tendremos que ir contando los amaneceres y sumar cuatro horas para situarnos en las diez de la mañana. Nos encontraremos de vuelta en Dartford en cuanto podamos, pero que nadie se pase de la fecha límite. Vosotros dos sois buenos luchadores y ya disponéis de vuestras armas. Dejad que os dé algo para ayudaros en el camino.
Abrió la mochila y les entregó la mitad de las monedas. Después meditó durante unos instantes y al final eligió uno de los libros para ellos.
Brian lo ojeó y se lo guardó en la mochila.
—Espero que sepan leer en inglés.
Se abrazaron, se desearon buena suerte y se separaron. El viento era favorable para la travesía río arriba de Emily y John, pero la corriente fluía a favor de la gabarra de Brian y Trevor.
Mientras los barcos se alejaban, intercambiaron tristes saludos de despedida.
—¿Volveremos a verlos? —preguntó Emily.
John subió la vela mayor y respondió:
—Las posibilidades no son muy altas. Pero ambos son hombres fuera de lo común.
Su llegada a Hampton Court no pasó desapercibida. Los muelles del palacio bullían de actividad, con estibadores descargando provisiones y material militar de la campaña francesa. John no era un marinero tan consumado como Brian y lo máximo que su pericia le permitió hacer fue embestir el muelle con la proa de la gabarra de Wisdom y lanzarle una cuerda para amarrar a uno de los perplejos soldados.
Al desembarcar, John anunció que querían ver al rey o a Cromwell.
El soldado que tenían más cerca, un mutilado cojo y tuerto, los olfateó alarmado y proclamó que eran personas inusuales.
—Por eso ellos querrán vernos —le explicó John.
—El rey no está, pero volverá pronto.
—¿Ha sobrevivido a la batalla de Francia?
—¿Cómo sabes lo de esa batalla?
—Estuve allí.
Un oficial se abrió paso entre la multitud que se había congregado en el muelle para contemplar a Emily. Ostentaba una herida de guerra reciente, con el brazo vendado con una tela que había adquirido una tonalidad marrón por la sangre seca.
—Apartaos, apartaos. Vosotros, decidme vuestros nombres.
—John Camp y Emily Loughty.
El joven oficial lucía una elegante melena rubia, pese a la suciedad del cabello enmarañado.
—¿De dónde sois?
—Del mismo sitio que tú, amigo. Pero nosotros no estamos muertos.
—¿Cómo es eso posible?
—Por favor, no nos hagas repetir la historia —suspiró Emily.
—El monarca lo sabe todo sobre nosotros —añadió John—. Y Cromwell también.
—En ese caso, entregadme vuestras armas y la mochila.
—Las armas de acuerdo, la mochila no. Puedes echar un vistazo al interior, pero nada más. Créeme, al rey no le va a gustar que me la quites.
El oficial inspeccionó la mochila de John. Las monedas de plata y oro le llamaron más la atención que las hojas sueltas de papel impreso. No encontró ningún libro. A hurtadillas, el oficial cogió una moneda de plata por las molestias, le devolvió a John la mochila y les indicó que le siguieran. Los estibadores hicieron ademán de seguirlos, pero el oficial les gritó de malos modos que volvieran al trabajo.
En el interior del palacio, el oficial buscó a un lacayo de la corte y le susurró algo al oído. Ese hombre los acompañó a la misma sala en la que John había esperado la primera vez que visitó el palacio. Se apoyaron contra la pared mientras el oficial se balanceaba de un lado a otro sin dejar de mirarlos con un aire despectivo que enfureció a John.
—¿Te hirieron en la batalla de Francia? —le preguntó.
—Así es. Estábamos preparados para entrar en combate contra los franceses al oeste de París. La mañana estaba cubierta por una densa niebla. Cundo se inició el combate, empezaron a caernos unas mortíferas bombas. No habíamos visto jamás nada tan potente. A mí me alcanzó la metralla. Entonces la caballería cargó contra nosotros y fuimos derrotados.
—Siento lo de la herida.
—¿Por qué?
—Porque me siento responsable. Yo fabriqué esas granadas. Tal vez incluso fui yo mismo quien lanzó la que te hirió. De hecho, es probable que así fuese.
El oficial empezó a balbucear furioso, pero en ese momento regresó el lacayo de palacio y pidió a los visitantes que le acompañasen.
John volvió la cabeza para mirar al oficial.
—Deberías cambiarte el vendaje —le recomendó—. De lo contrario se te va a infectar la herida.
Los condujeron hasta una pequeña sala muy elegante en la que un hombre bien afeitado y de aspecto demacrado les esperaba detrás de un gran escritorio. En cada una de las cuatro esquinas había un soldado armado con espada y pistola. El hombre tras el escritorio era muy pequeño comparado con los militares. El rasgo que más destacaba en él era una cicatriz que le recorría todo el lado derecho de la cara: arrancaba en la oreja, cruzaba la mejilla y llegaba hasta la comisura de los labios. Iba ataviado con una mezcla de ropa moderna y antigua y hablaba con un fuerte acento irlandés.
—Soy William Joyce, miembro del consejo privado del rey. Se me han comunicado dos cosas: una, que no estáis muertos, y dos, que ya habíais estado antes en esta corte.
A John no le gustó demasiado su tonillo de metomentodo.
—No recuerdo haberte visto la vez anterior —respondió, con la mirada clavada en la cicatriz—. Jamás olvido una cara.
Tal vez como acto reflejo, Joyce se tocó la cicatriz, aunque de inmediato apartó la mano y dijo:
—Yo también estoy convencido de que no habría olvidado las vuestras. En especial la de esta encantadora criatura. Tengo entendido que estuvisteis aquí hace un mes.
John se puso tenso ante el interés de Joyce por Emily.
—Estuve yo, ella no.
—En ese momento yo estaba en la región del interior, ocupándome de un asunto urgente de la corona —explicó Joyce—. Cuando regresé, me enteré de que el rey estaba haciendo los preparativos para atravesar el canal después de haber derrotado a los íberos. Yo me quedé aquí, guardando el fuerte, como decís los americanos.
—¿Cómo sabes que soy americano?
—Por el acento, claro, y por la arrogancia. De hecho, yo nací en Brooklyn, Nueva York, y viví allí de niño hasta que mi familia se trasladó a Irlanda.
—¿Ah, sí? ¿Y cuándo fue eso?
—A principios del siglo XX. ¿Y tú de dónde eres, querida? —le preguntó a Emily.
—Soy escocesa.
—Ya veo. —Volvió a dirigirse a John—: ¿Te importaría explicarme cómo habéis podido llegar a este mundo sin haber fallecido previamente?
—Colega, no me mires a mí. La científica es ella.
—Qué extraordinario. Bueno, pues en ese caso, señorita...
—Doctora. Loughty.
—Explícamelo, si eres tan amable, doctora. ¿Cómo habéis llegado aquí?
Joyce la escuchó con atención, mientras se pasaba un largo dedo por la cicatriz y lo apartaba en cuanto se percataba de lo que estaba haciendo. Cuando Emily terminó la ya manida explicación, él murmuró que todo eso era extraordinario, respiró hondo y expulsó el aire entre los labios apretados, produciendo un sonido similar al bufido de un caballo.
—No debería hacer esto —se reprendió a sí mismo—. Refuerza los estereotipos.
—¿De qué estereotipos hablas? —preguntó John.
—Es probable que no tengas ni idea de quién soy. Eres demasiado joven y estoy convencido de que soy una figura olvidada, pero durante la guerra, la Segunda Guerra Mundial, los británicos me llamaban Lord Haw-Haw, lo que siempre traía a la cabeza la imagen de un burro rebuznando, ya sabes, Ji-Jaw.
—¿Por qué te llamaban así? —se interesó Emily.
—Supongo que pretendía ser en tono de mofa. Me dedicaba a la propaganda y tenía un programa de radio que se retransmitía para Inglaterra desde Hamburgo. En este lado del canal no me querían mucho.
—Trabajabas para los nazis —confirmó Emily con frialdad.
—Pues sí. Y por contar la verdad sobre los judíos y los comunistas me ejecutaron en la prisión de Wandsworth en 1946.
—¿De modo que te ejecutaron por traidor? —preguntó John.
—Solo por eso.
—Lo habitual es que se sume algún motivo más para conseguir un billete al Infierno.
—Bueno, está también el asuntillo de vengarme del judío cabrón que me rajó la cara con una navaja en 1924 después de un mitin político. Ni siquiera era un mitin fascista. ¡Era conservador! Después me afilié a la Unión Británica de Fascistas de Mosley. En cualquier caso, mis amigos y yo encontramos a un par de judíos comunistas y me vengué. Les dejé con algo más que cicatrices en la cara. No diré más.
—Eres un auténtico encanto —murmuró Emily.
Joyce torció el gesto y respondió:
—Lo que soy no es de tu incumbencia.
—Me sorprende que no sigas con los alemanes. Hasta hace poco Himmler era un pez gordo por ahí.
—¿Qué quiere decir «hasta hace poco»?
—Le corté el cuello hace un par de semanas —le explicó John.
—¿En serio? Eso va a debilitar a Barbarroja, ¿no? En cualquier caso, yo llegué al Infierno en Londres. Solomon Wisdom descubrió mi talento y me vendió a la corona.
Joyce preguntó a John de qué se reía.
—Solomon va a estar fuera del negocio durante algún tiempo.
—¿También le has cortado el cuello?
—Me he contenido. Pero tiene por delante un largo trabajo de reconstrucción.
—Eres todo un agitador, ¿no te parece? Si intentas hacerme daño, mis guardias te cortarán en pedazos. Volviendo a mi historia, aunque no soy un guerrero, el rey Enrique aprecia mi capacidad organizativa y con Cromwell y otros miembros del consejo privado en el campo de batalla estoy al mando. Y ahora tengo que lidiar con vosotros y los otros.
—¿Qué otros? —preguntó de inmediato Emily.
—En los últimos días nos han caído un montón como vosotros.
—¿Los niños están aquí? —inquirió Emily.
—Estas son mis conclusiones sobre esta desconcertante afluencia de personas vivas —continuó Joyce, sin hacer caso de la pregunta y apoyándose en el respaldo de la silla—. No entendéis cuál es vuestro lugar aquí. Si hubierais seguido el rito de llegada habitual, habríais pasado por la desagradable experiencia de morir. Cuando eso sucede, no se tarda mucho en entender que este es el castigo que recibes por la bajeza moral de la que fuiste culpable. Asimilas enseguida que aquí no hay procesos de apelación, ningún modo de presionar para escapar de tu destino eterno. En resumen, estás jodido. Vosotros, en cambio, parecéis no entender que estáis jodidos y no aceptáis vuestra situación. Permitidme que os lo explique de manera sencilla: aquí mando yo. No vosotros. Sois vosotros los que tenéis que responder a mis preguntas. Yo no tengo por qué responder a las vuestras.
Emily no estaba dispuesta a dejar que la amedrentasen. Le lanzó una mirada fulminante y le espetó:
—Te lo volveré a preguntar: ¿los niños están aquí?
Joyce se incorporó hecho una furia y ordenó a los guardias que los agarrasen y se los llevasen a los calabozos.
—Esto no va a acabar bien para ti —le advirtió John, pero su indignado interlocutor no estaba dispuesto a echarse atrás.
En un primer momento John valoró positivamente sus posibilidades: eran cuatro a uno, sin contar al debilucho Joyce. Chasqueó los nudillos, listo para entrar en acción, pero en cuestión de segundos entró como un enjambre un nuevo contingente de hombres armados y, para no poner en peligro a Emily y la misión, permitió que Joyce se saliese con la suya y los soldados los hiciesen prisioneros.
En lo alto del ala del palacio destinada a la emperatriz, la brisa de la tarde se colaba por las ventanas abiertas de sus aposentos, inflando las cortinas. Una ráfaga de mayor intensidad topó con un ramo de flores, volcó el jarrón que reposaba sobre una mesa y lo tiró al suelo. En circunstancias normales, a la emperatriz Matilde una cosa así le hubiera provocado un ataque, pero hoy nada parecía capaz de alterarla. Los sirvientes se apresuraron a limpiar el estropicio, mirándola de reojo a la espera de una explosión de ira, pero ella se mantuvo imperturbable. Toda su atención estaba puesta en otro sitio.
Los niños.
Mientras contemplaba a Belle y Sam jugando con unas tazas y unos platos sobre la alfombra, su rostro, por lo general siempre hierático y severo, se había ablandado como masa de pan. La emperatriz observaba a los niños y Delia la observaba a ella, protectora como una mamá gallina, aunque por desgracia en realidad no podía hacer nada por protegerlos.
—¿Qué edades me has dicho que tenían? —le preguntó Matilde.
—El niño tiene tres años, la niña, dos —respondió Delia con sequedad.
—Una olvida... —murmuró la emperatriz, y su voz se fue disipando.
Delia simuló no saber qué quería decir.
—¿Olvida qué?
—El aspecto que tienen. Cómo se mueven. Hace ya, bueno, muchísimo tiempo...
—Necesitan a su madre.
—¿En serio?
—Sí, por supuesto.
—¿Y dónde has dicho que estaba?
—No lo sé. Tal vez debería preguntarle a Solomon Wisdom.
—Si mis recuerdos sirven de algo, yo no necesité a mi madre para otra cosa que parirme. Me criaron niñeras y sirvientes.
—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Mi cabeza no está hecha para las ciencias matemáticas y para mí el sinsentido del paso del tiempo carece de interés. No lo sé. Basta con decir que eso sucedió en el siglo XII.
—Bueno, estos niños son del siglo XXI. Y en nuestra época, las madres cuidan de sus hijos.
La emperatriz miró a Delia con el ceño fruncido y al comprobar la creciente irritación de Matilde, una de sus damas de compañía, Phoebe, una mujer bellísima de cabello negro azabache proveniente del siglo XVIII, susurró:
—Señorita Delia, haría bien en ser más respetuosa con su majestad.
Delia, a la que nadie le decía cómo comportarse, ni en su mundo ni en este, iba a continuar jugándosela cuando Belle levantó la mirada y preguntó:
—¿Dónde está mami? Quiero que venga.
La emperatriz respondió al instante:
—No te preocupes por ella. Si quieres, puedes llamarme mami a mí.
—Pero tú no eres nuestra madre —terció Sam.
—Tal vez no, pero soy vuestra emperatriz, jovencito, y harás bien en recordarlo.
—Por el amor de Dios —vociferó Delia—. Es ridículo hablarle así a un niño.
Matilde alzó la mano furibunda.
—Ya es suficiente. Encerradla —ordenó a la guardia—. Quiero verlos jugar con mi vajilla sin que nadie me moleste.
John no había estado en esa parte del palacio durante su anterior visita a Hampton Court. Rodeados por guardias, atravesaron largos y grises pasillos hasta que se detuvieron ante una pequeña puerta de roble, ennegrecida por los años. Uno de los soldados encendió una antorcha con un candil y otro abrió la puerta con una enorme llave de hierro. A la luz de la antorcha, el grupo bajó una empinada escalera de piedra hasta un sótano húmedo y frío.
—No me gusta la pinta que tiene esto —murmuró Emily.
—En cuanto alguien con más rango que ese capullo nazi se entere de que estamos aquí, ese tío va a pasearse con la cabeza debajo del brazo —le aseguró John.
—Espero que tengas razón. Cada día que pasemos aquí abajo va a ser un tiempo completamente perdido.
Recorrieron un oscuro y estrecho pasadizo que desembocaba en un espacio más amplio iluminado por antorchas, una sala de guardia rodeada de celdas. Tras los barrotes de los ventanucos aparecieron los rostros mugrientos y demacrados de individuos que los llamaron con voces lastimeras en inglés, francés, español y holandés. El soldado que sostenía la antorcha señaló una de las celdas y le preguntó a un atolondrado guardia si quedaba sitio para dos más.
—Ya tengo a cinco ahí dentro. Estarán un poco apretados, pero cuando en un mes se queden en los huesos tendrán espacio de sobra.
Movieron el cerrojo y cuando la puerta se abrió chirriando por los goznes desengrasados, John esperaba recibir una vaharada de hedor propia de un pudridero, pero resultó que no olía mal. Bajo la tenue luz de una lámpara de aceite distinguió a cinco personas aterrorizadas, tres hombres y dos mujeres, sentados sobre unos montones de paja. Aunque asustados, parecían sanos y bien alimentados, y John los dejó perplejos con su pregunta:
—No seréis por casualidad de South Ockendon, ¿verdad?
—¿Cómo lo sabes? —dijo Martin.
—Ha sido una suposición fundamentada —respondió—. Yo soy John Camp y ella es Emily Loughty.
—Me alegro de haberos encontrado —intervino Emily.
—¿Encontrado? —preguntó Alice—. ¿Nos estabais buscando?
—Sí. —John se sentó—. Erais ocho, ¿verdad?
Charlie, con actitud trastornada, balbució:
—He perdido a mi padre, a mi abuelo y a mi hermano. Ya solo quedo yo. Estoy solo. Debería haber hecho algo más por salvarlos. Debería haber muerto yo.
—Lo siento —se compadeció Emily—. Es horrible.
Pero Tony no estaba para lamentos.
—Decidme, ¿quién demonios sois? ¿De dónde venís? ¿Cómo es que sabéis quiénes somos? ¿Cómo hemos llegado a este mundo? ¡Queremos respuestas, maldita sea!
—Yo lo único que quiero es irme a casa, ¿podemos irnos a casa ahora mismo? —murmuró Tracy.
Su interrupción irritó a Tony.
—Por favor, cállate —le soltó—. Déjame hablar a mí.
—No te metas con ella —le recriminó Alice—. Esta pobre mujer ha perdido a sus hijos.
Emily se sentó junto a Tracy.
—¿Dónde estaban?
—En el colegio. Yo estaba en casa y ellos en el colegio.
—Gracias a Dios que los niños no se han visto atrapados en esto —dijo Emily, intentando tranquilizarla.
—¿Atrapados en qué? —gritó Tony—. ¿Vais a contestar mis putas preguntas?
—De acuerdo, pero relájate, colega —intervino John.
Martin estiró el brazo para tranquilizar a su pareja, pero él, colérico, le apartó la mano.
—Tony, por favor, no te hagas mala sangre —suplicó Martin.
—Antes de que respondamos a vuestras preguntas, ¿puedo por favor haceros una? —pidió Emily—. ¿Habéis visto a algún niño en el palacio?
—No —respondió Alice—. Nos han dicho que en este mundo no hay niños.
—Mi sobrina y mi sobrino sí están aquí. ¿Alguien os ha hablado de ellos?
Alice negó con la cabeza.
—De acuerdo —continuó John—. Os vamos a explicar lo que sabemos. Todo esto empezó hace seis semanas.
John y Emily compartieron la explicación, empezando con el primer encendido del MAAC que envió a Emily al Infierno y terminando con la audiencia ante William Joyce a resultas de la cual habían acabado en el calabozo. Cada vez que Tony parecía a punto de hacer una pregunta, Martin le paraba los pies con una palabra o un gesto amable. Cuando John y Emily terminaron, Tony se puso en pie, furioso.
—Qué arrogancia —espetó, dirigiéndose a Emily—. La enorme arrogancia de vosotros los científicos. Manipuláis la naturaleza. ¿Qué esperabais? Y nosotros somos los que pagamos el pato. No siento por vosotros más que desprecio.
—Lo que dices no es justo, Tony —intervino Martin—. Han venido a rescatarnos y llevarnos de vuelta a casa.
—No seas ciego —replicó Tony—. Han venido a rescatar a la familia de ella. Y se han topado con nosotros.
—Nuestra misión es llevar de vuelta a casa a todo el mundo —aseguró John—. Aunque os hayamos encontrado por accidente, el hecho es que os hemos encontrado. Bienvenidos sean los golpes de suerte.
—Pero estáis presos como nosotros —observó Charlie—. ¿Cómo vais a sacarnos de aquí?
John tenía una respuesta muy clara.
—El tipo que nos ha encerrado aquí es un gilipollas llamado William Joyce. Tengo la intuición de que cuando alguien de mayor rango averigüe lo que ha hecho, nosotros subiremos a la planta noble y él bajará aquí.
—De acuerdo, entendido —intervino Martin—. Y ahora ¿qué hacemos?
—Creo que de momento tendremos que esperar —respondió Emily—. Ya os hemos dicho quiénes somos. Para salir de esta, vamos a tener que cooperar y echar mano de todas nuestras habilidades. Me interesa saber a qué os dedicáis cada uno de vosotros.
Martin fue el primero en responder.
—Yo soy médico. Especialista. En un día normal habría estado en el hospital a las diez, pero esa mañana cancelé la cita que tenía y Tony y yo nos quedamos en la cama. Estaba siendo una mañana estupenda. Tomábamos café y leíamos los periódicos cuando de pronto...
—Sí, estaba siendo una mañana estupenda hasta que se convirtió en una mañana de mierda —comentó Tony con amargura—. El asunto es que Martin me arrastró con su indolencia.
—No era la primera vez —se defendió Martin.
—Sí, desde luego que no era la primera vez. Yo, de hecho, esa mañana tenía cita con un cliente. Pero Martin insistió tanto que llamé diciendo que estaba enfermo. Soy arquitecto. Mi despacho se dedica a una mezcla de proyectos comerciales y residenciales. El cliente al que le di largas quiere una casa muy llamativa y espectacular en Hampshire para reemplazar una preciosa casa de campo que había comprado. Yo traté de convencerlo sin éxito de renovar con gusto la vieja casa, pero él quiere algo de más nivel, más grande y muy moderno. De hecho, tampoco estaba lejos de sentirme enfermo, porque la perspectiva de una cita con él me provocaba náuseas.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntos vosotros dos?
—Diez años —respondió Martin—. Si logramos salir vivos de esto, nos casaremos.
—Si no cambio de opinión —matizó Tony.
—Estáis todos invitados.
—Yo me apunto —aseguró John—. Vaya, quizá acabemos celebrando una doble boda.
—¿Me estás proponiendo matrimonio? —preguntó Emily.
John le tomó la mano.
—Tal vez.
—Gracias, Martin y Tony, por dar ejemplo —dijo Emily con una amplia sonrisa—. Si el tal vez se convierte en un sí, habrá doble boda.
—Yo estaré encantada de asistir si encontramos una canguro —comentó Tracy en voz baja.
—Trae a los niños contigo —le propuso Martin—. Tony tiene... ¿cuántos son?, ¿seis sobrinos y sobrinas? Cuantos más, mejor. Discúlpame, pero no sé cómo se llaman tus hijos ni tu marido. Llevamos años viviendo en la misma calle. Es una pena que no nos conozcamos mejor.
—Mi marido se llama Dan. Trabaja como informático en una empresa de la City. Habéis preguntado antes sobre oficios. Yo me limito a ejercer de madre, así que no sé cómo voy a poder ayudar.
—Seguro que posees un montón de habilidades prácticas, cariño —repuso Alice—. No te minusvalores.
—Gracias, pero más allá de encargarme de la casa, la verdad es que soy un cero a la izquierda. En cualquier caso, Martin, nuestro hijo se llama Jeremy. Tiene ocho años. Nuestra hija se llama Eva y tiene diez. Me pregunto dónde estarán y qué pensarán que me ha ocurrido. ¿Creéis que les habrán contado lo que me ha pasado? ¿Lo que nos ha pasado?
—No estoy segura —respondió Emily—, pero lo dudo. Las autoridades estaban... —Iba a decir «infernalmente decididas», pero se contuvo—. Estaban empeñadas en mantener la situación en secreto. Explicaron una versión relacionada con una amenaza bioterrorista en la urbanización, de modo que sospecho que a tu marido le habrán contado que estás en cuarentena y que no se puede contactar contigo.
—Qué bien. Dan es un alma cándida. Se creerá lo que le digan. Pero aun así estará preocupadísimo.
—Seguro que sí —admitió Emily.
—Cuando regrese a casa, ¿podré contarles la verdad?
—Lo más probables es que intenten manteneros con la boca cerrada —comentó John—. Si queréis mi consejo, hacedles pagar caro vuestro silencio.
—¿Cuánto valen las vidas de mi padre, mi hermano y mi abuelo? —preguntó Charlie—. ¿Cómo se les puede poner un precio?
John asintió.
—Lo único que digo es que todos vosotros sois las víctimas y como tales tenéis derecho a una compensación. A una elevada compensación. ¿Cuál es tu historia, muchacho?
—¿La mía? —Charlie le miró—. Soy albañil. Estábamos haciendo unas obras de reforma en la urbanización. Era un día de trabajo como otro cualquiera. Abríamos un termo de té cuando de pronto todo se transformó. Para siempre.
—Muy bien —recapituló John—. Tenemos un albañil, un médico, un arquitecto, y con Tracy, una experta en la vida doméstica. —Se volvió hacia Alice—. ¿Y tú?
Alice suspiró.
—Soy inspectora de obras del ayuntamiento. Mi formación es de electricista, pero mi empresa quebró. No creo que aquí pueda hacer uso de mis habilidades profesionales. No he visto ninguna bombilla ni cables eléctricos por ningún lado. Estoy divorciada, ya no tengo hijos a mi cargo y echo de menos a mis gatos. Espero que mi vecina los esté cuidando.
—Alice, creo que te equivocas respecto a tus habilidades —le refutó Emily—. Aquí hay gente muy interesada en construir una red eléctrica, pero deben subsanar sus enormes carencias tecnológicas. De momento disponen de baterías con capacidad limitada que les permite hacer funcionar líneas de telégrafo en Britania y algunas zonas del continente.
—Querida, yo no soy ingeniera. No soy más que una electricista, pero haré lo que esté en mi mano para ayudar.
A medida que el día avanzaba, John inspeccionó cada palmo de la celda, buscando posibilidades de huida, pero las paredes estaban construidas con sólidos bloques de piedra. El suelo era de tierra muy compactada en la que tal vez se pudiera intentar cavar un túnel, pero aun disponiendo de las herramientas necesarias, habría sido una labor de semanas que los guardias podrían descubrir en cualquier momento. La puerta de la celda era robusta, pero la madera siempre resultaba vulnerable. El problema es que todo el tiempo había algún guardia al otro lado.
Los prisioneros se sentaron y pasaron las horas hablando, compartiendo los restos de comida que les quedaban de las raciones de la mañana y vigilando la oscilante llama de la lámpara, lo único que evitaba que estuviesen en una casi completa oscuridad.
Un rostro apareció en el ventanuco con barrotes y se oyó el ruido del cerrojo al descorrerse. De inmediato entraron en la celda varios guardias y uno de ellos apuntó a John con una pistola de chispa. Era obvio que lo habían identificado como el mayor peligro potencial. Todos se pusieron en pie.
—¡Tú! A la esquina.
—¿Yo? —preguntó John, con un tono que devolvía la amenaza.
—Sí, tú.
—¿Por qué?
Un guardia con la guerrera decorada con caprichosos botones le amenazó:
—Obedece o recibirás una bala de plomo en la cabeza. Y en cuanto empecemos a disparar, el resto correrá la misma suerte.
John miró a Emily. Su expresión de súplica le convenció para dar un paso atrás, hacia la esquina.
Entonces el de los botones la señaló a ella y dijo:
—Tú vas a acompañarme.
En cuando lo escuchó, John empezó a coreografiar mentalmente la manera de derribar a los soldados sin poner en peligro la vida de nadie. Lo primero sería arrebatarle la pistola con un movimiento relámpago, disparar al de los botones y después moverse muy rápido hacia los otros. Pero en un espacio tan estrecho y con tantos civiles, sería un auténtico milagro que ningún inocente acabase atravesado por un disparo o una espada en la pelea.
—¿Adónde me lleváis? —preguntó Emily.
—William Joyce desea tu compañía —dijo el de los botones con tono lascivo.
Eso era todo lo que John necesitaba oír. No iba a permitir que se llevasen a Emily.
Había llegado la hora de utilizar la violencia.
—¡Guardias! —gritó una voz desde el pasillo—. ¡Apartaos!
El de los botones reconoció al propietario de esa voz y ordenó a los soldados que se apartasen.
El hombre vestido con una levita que entró en la celda con pasos cortos y rápidos observó con atención los rostros de los prisioneros y clavó los ojos en John.
—John Camp —exclamó—. Sois vos.
—Señor Cromwell —saludó, sintiendo cómo sus músculos se relajaban—. No sabe cómo me alegro de verlo.