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Eran ocho, dispersos en tres grupos en medio de un anodino campo de hierba alta. El primer grupo lo formaban dos hombres, ambos cuarentones. A veinte metros de ellos había otros cuatro hombres, cuyas edades oscilaban entre los veinte y los sesenta años, y una mujer en la cincuentena. Y otros veinte metros más allá se veía a una treintañera sola.

El día era gris y ventoso, y la hierba alta se ondulaba en un oleaje entre verde y amarillo. A lo lejos, a varios cientos de metros, se divisaba un espeso bosque. En el cielo un solitario halcón volaba en círculos. Nadie decía ni una palabra, pero todos, excepto uno de ellos, se comportaban de un modo casi idéntico. Inexpresivos y boquiabiertos, daban vueltas y aplastaban la hierba, tratando de localizar las casas y las calles que hacía solo un instante estaban allí. El único que actuaba de una manera diferente era el hombre de más edad del segundo grupo, que se dejó caer sobre la hierba con un grito desgarrador.

—Martin, ¿qué está pasando? —preguntó uno de los hombres más adelantados a su compañero—. Por el amor de Dios, ¿qué es esto?

—Tony, no tengo ni la más remota idea.

Martin era alto y apuesto, y mantenía una postura erguida resultado de años dedicados a su afición por los bailes de salón. Tony era más bajo, más musculoso y de carácter mucho más inestable.

Empezó a hiperventilar.

—¿Estamos muertos?

Para Martin la idea no resultaba tan ridícula como podía parecer, de modo que hizo lo que cualquier médico hubiese hecho en su lugar. Se buscó el pulso en el cuello. Lo tenía más acelerado de lo habitual, pero ahí seguía.

—Por supuesto que no estamos muertos. Tranquilízate o vas a acabar desquiciándote.

Tony se sentó y se agarró las rodillas con las manos para contrarrestar la creciente debilidad que notaba. Fue entonces cuando se percató de que los pantalones de licra de ciclista que llevaba habían desaparecido y los calzoncillos le quedaban muy flojos.

—¿Dónde están mis pantalones? —susurró.

Martin había tenido más suerte. Sus chinos seguían en su sitio, aunque les había desaparecido la cremallera y a su camisa tipo Oxford, los botones. Un insecto revoloteó cerca de su oreja y cuando lo apartó con la mano se dio cuenta de que el pendiente tampoco estaba en su lugar.

—Que se hayan evaporado nuestra casa y nuestro vecindario es mucho más grave que el hecho de que hayas perdido los pantalones. Ven, vamos a hablar con los demás.

Los componentes del segundo grupo adoptaron una actitud defensiva mientras Tony y Martin se acercaban. El hombre más corpulento, vestido con un peto bajo el que emergía una voluminosa panza, les señaló y les gritó:

—¡En, vosotros dos, no os acerquéis más!

—¿Por qué no? —preguntó Martin.

—Porque no sabemos quiénes sois ni cuáles son vuestras intenciones.

—Yo soy Martin Hardcastle, del número catorce, y él es Tony Krause. Nuestra única intención es averiguar qué nos ha sucedido.

—¿Sois los vecinos del catorce? —insistió el tipo.

—No puedo señalar la casa para confirmarlo, pero sí, vivimos allí.

—Nosotros estábamos trabajando en el número dieciséis.

—Ah, sois los albañiles. Llevamos desde la semana pasada oyendo el jaleo que armáis.

—De acuerdo, podéis acercaros —accedió, e hizo un gesto para confirmar la invitación—. Me llamo Jack. Soy el dueño de la empresa de reformas. Estos son mis hijos y ese de ahí mi padre. —Señaló al hombre de más edad que, sentado en el suelo, hacía un gesto de dolor.

La robusta mujer de mediana edad parpadeó varias veces, como si fuese la única que considerase que presentarse formalmente en estas circunstancias era absurdo, pero cedió.

—Yo soy Alice Hart. Trabajo para el ayuntamiento, inspecciono la electricidad.

—¿Y qué pinta tiene? —preguntó Martin.

—¿Qué pinta tiene el qué?

—La electricidad.

A nadie le hizo gracia la broma, así que se disculpó y empezaron a preguntarse los unos a los otros qué estaba pasando.

—Tiene que haber alguna explicación racional —aseguró Tony.

—Alienígenas —propuso el hijo pequeño de Jack—. Hemos sido abducidos por extraterrestres. En YouTube hay un montón de vídeos sobre eso.

La mujer que permanecía apartada del resto se acercó. Tenía el cabello oscuro y la piel muy pálida, iba descalza y sostenía una toalla contra el cuello para ocultar su desnudez. Cuando llegó a unos metros de los demás, se detuvo. Estaba llorando.

—¿No es Tracy, la del número dieciocho? —preguntó Tony.

—Tranquila, tranquila, cariño, soy Alice. Ven. Aquí todos somos amigos. Estamos intentando averiguar qué nos ha sucedido.

—Hola, Tracy —la saludó Martin—. Soy el doctor Hardcastle, del número catorce. Todo irá bien. Tiene que haber alguna explicación.

—¿Qué tipo de doctor eres? —preguntó Jack.

—Soy médico.

—¿Puedes echarle un vistazo a mi padre?

Martin se arrodilló junto al anciano y le preguntó qué le sucedía.

—Es la cadera —se quejó.

—Ya veo. ¿Le ha empezado a doler de repente?

—Sí, de repente —respondió desesperado—. Desde que me operaron, estaba perfecto.

—Ya veo. ¿Por qué le operaron?

—Para reemplazarme la cadera, claro. Hace dos años.

—¿Me permite? —Martin le hizo estirarse boca arriba y le palpó el costado derecho de la pelvis y después el izquierdo—. ¿Qué tipo de prótesis le pusieron?

—De titanio.

Martin le ayudó a incorporarse, lo sentó en el suelo y se puso de pie, murmurando para sí mismo.

—¿Qué le pasa? —preguntó Jack.

—La prótesis ha desaparecido.

—¿Qué quieres decir con que ha desaparecido? —repitió el hijo mayor de Jack.

—Que ha desaparecido, igual que todas nuestras cremalleras, igual que todos nuestros botones, que también se han esfumado. Lo mismo que mi pendiente y mi reloj.

—También me han desaparecido los puentes —se lamentó el anciano, señalándose los huecos entre los dientes.

—Yo también tengo huecos entre los dientes —comentó Jack—. Y tampoco está mi reloj.

—¿El que te regaló mamá? —le preguntó su hijo pequeño mientras se palpaba el bolsillo trasero—. Eh, me ha desaparecido la cartera.

—Yo en cambio tengo la mía —anunció Martin después de comprobarlo. Sacó la cartera de cuero y descubrió que estaba vacía, las tarjetas de crédito y el dinero habían desaparecido—. ¿De qué material era la tuya?

—Supongo que de nailon —respondió.

Tony empezó a hiperventilar otra vez.

—Esto es muy raro. Es demasiado.

—¿Dónde están mis hijos? —inquirió Tracy aturdida.

—¿Estaban en la casa? —le preguntó Alice.

—No, en el colegio.

—Mejor para ellos. Estoy segura de que allí están sanos y salvos.

—¿Y si no los vuelvo a ver nunca más?

—No digas eso —replicó Alice—. Saldremos de aquí y volveremos a donde deberíamos estar.

—Quizá nos están gastando una broma pesada —sugirió el hijo pequeño de Jack—. Para un programa de televisión o una película.

Su hermano entornó los ojos.

—Pensaba que tu teoría era la abducción por alienígenas.

—No me recrimines que piense en todas las posibilidades. Nadie está proponiendo ninguna idea mejor, ¿verdad que no?

—Bueno, es una idea estúpida. Ni siquiera David Copperfield es capaz de hacer desaparecer una urbanización entera.

—¿Pueden habernos drogado? —planteó Tony entre dos respiraciones aceleradas.

—¿Quieres decir que nos hayan dado algo que nos provoque una alucinación colectiva? —inquirió Martin—. No me consta que exista una droga capaz de lograr algo así.

—Quizá sea un arma del ejército. Alguna mierda secreta que están probando con nosotros —apuntó el hijo pequeño de Jack.

Martin le dirigió un gesto de asentimiento.

—Parece que eres el que tiene más imaginación de todos nosotros. Sigue pensando opciones. ¿Cómo te llamas?

—Charlie.

Su hermano mayor también se presentó:

—Yo soy Eddie.

Martin les estrechó la mano a ambos.

—El hombre que está hiperventilando es Tony. Con lo que ya solo queda por conocer a nuestro paciente.

—Jack sénior —graznó el hombre sentado en el suelo.

—Bueno —continuó Martin—, dudo que encontremos alguna respuesta si nos quedamos plantados en mitad de este prado. Quizá deberíamos dividirnos en dos grupos. Uno que se quede con Jack sénior y el otro que intente encontrar ayuda.

Jack se ajustó el peto hasta que consiguió que los pantalones no se le cayesen y dijo:

—Creo que deberíamos mantenernos juntos.

—Puedo cargar con el abuelo a caballito —propuso Charlie.

—De acuerdo —accedió Martin, que de forma tácita había asumido el liderazgo del grupo—. Tenemos que elegir qué dirección tomamos. Creo que estamos frente a donde antes estaba nuestra calle; el este está en esa dirección. Hacia el este, el oeste y el sur no hay más que prados. Hacia el norte, se divisa un bosque. ¿Alguna sugerencia?

Nadie abrió la boca.

—Esperad un momento. —Algo había captado la atención de Martin, que avanzó varios metros en solitario antes de regresar con el grupo—. Allí la hierba está aplastada. Hay un sendero que conduce hacia los árboles. Creo que deberíamos dirigirnos hacia allí. Tal vez encontremos ayuda en esa dirección.

Sin más, emprendieron el camino.

La temperatura era suave, el aire estaba cargado de humedad y empezó a lloviznar antes de que llegasen a los árboles, por lo que se apresuraron a buscar refugio. Una vez dentro del bosque, la densa capa de hojas retenía la mayor parte de la tenue lluvia y pudieron permanecer secos en la penumbra. Aunque Tracy iba descalza, el suelo era mullido y la gruesa capa de hojas en descomposición lo hacía todavía más esponjoso. Charlie dejó a Jack sénior en el suelo y estiró los músculos de los hombros.

—¿Por dónde seguimos? —preguntó Tony.

Martin les pidió que esperasen allí mientras él hacía un rápido reconocimiento del terreno y desapareció entre la frondosa vegetación. Pasaron varios tensos minutos antes de que regresase y anunciase que había dado con un sendero.

—Al menos creo que es un camino. No he visto ninguna huella, pero parece que por ahí pasa gente.

Durante este nuevo tramo fue Eddie quien cargó con su abuelo. Siguieron a Martin hasta el estrecho sendero en el que las hojas caídas parecían incrustadas en el suelo. Con los dos jóvenes hermanos turnándose para llevar a Jack sénior, caminaron durante una hora, sin dejar de pensar en ningún momento si habían hecho bien adentrándose en aquel bosque.

—No entiendo cómo es posible que todo lo que conocemos haya desaparecido —comentó Jack—. Tengo la sensación de estar en un sueño.

—Esta mañana no me encontraba muy bien —dijo Alice—. Me dolía un poco la garganta y he estado a punto de avisar de que no iba a trabajar, pero tenía que hacer la inspección, así que he decidido ir a pesar de todo. Ha sido la peor decisión de mi vida.

—Quizá seamos los que hemos tenido más suerte —aventuró Eddie.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Charlie.

—Quizá seamos las únicas personas que quedan en el mundo. Quizá todos los demás han muerto y somos los únicos supervivientes.

Tracy empezó a lloriquear.

—Mis hijos. ¿Me estás diciendo que han muerto?

Alice intervino para cortar de raíz esa idea.

—Dejad de decir tonterías. Por supuesto que no están muertos. Nadie ha muerto.

—Sí, cierra la boca —regañó Jack a su hijo—. No seas cenizo. ¿No ves que esta mujer lo está pasando mal?

Martin se detuvo y se llevó la mano a la oreja.

—¿Lo habéis oído?

—¿Oír el qué? —preguntó Tony.

—Un curso de agua.

Cien metros más allá, el sendero desembocaba en un río poco profundo de agua transparente. Martin se acuclilló en la orilla y recogió agua con las manos. La probó, decidió que era potable y todos bebieron. Mientras descansaban, Martin atravesó el río y comprobó que el camino continuaba al otro lado. Cuando regresó, inició un debate sobre si seguir adelante o regresar por donde habían venido. Nadie parecía tener ganas de volver atrás, pero Martin dejó claro que quería que las decisiones se tomasen de un modo democrático.

—No tengo ninguna intención de convertirme en el líder —aseguró.

—Mejor que lo seas tú y no mi hermano —comentó Eddie—. Con sus ideas sobre alienígenas y programas de televisión nos acabaría haciendo ladrar mirando a la luna. Tú eres médico. Eres una persona con una buena formación.

—Tony es arquitecto —dijo Martin—. Ha ido a mejores universidades que yo.

—Puede ser, pero no es una persona a la que calificaría de sólida como una roca —expuso Jack—. Te prefiero a ti, doctor.

—Desde luego, escuchad a Martin —corroboró Tony sin atisbo de resentimiento—. Yo no tengo ni idea de qué debemos hacer. Ni la más remota. Dios mío, daría cualquier cosa por una taza de té.

—De acuerdo. —Martin aceptó el liderato—. Vamos a seguir adelante.

Eddie ayudó a Jack sénior a encaramarse a la espalda de Charlie y cruzaron el río en fila india.

Se oyó un sonido agudo, como el zumbido de un insecto de gran tamaño.

Después otro.

Y otro más, pero esta vez el sonido acabó con un golpe seco y un quejido.

Jack sénior dejó de agarrarse al cuello de Charlie y cayó al río. El agua transparente se tiñó de rojo.

—¡Abuelo! —gritó Charlie.

Martin se volvió y vio al anciano boca abajo con una larga flecha clavada en la espalda. El instinto de supervivencia del médico prevaleció por encima de su deber profesional.

—¡Corred! —gritó—. ¡Corred por vuestras vidas!