Wade se inclinó cuando Jacob empezó a correr hacia él como un bólido. Aunque se había preparado, el pequeño huracán lo dejó sin respiración.
Wade cayó de espaldas sobre la hierba, levantando las manos en señal de rendición, y el niño empezó a reír alegremente.
Cuando Wade pudo recuperar el aliento, miró al crío que lo había tenido corriendo de un lado a otro durante dos horas mientras Geneva buscaba un nuevo sitio para vivir. Entendía que quisiera marcharse, antes de que se convirtieran en indispensables el uno para el otro. Solo deseaba… aunque no debería pensar en sus deseos. Debería estar preocupado por lo que era mejor para Geneva. Y para Jacob.
–Hazlo otra vez –gritó el niño, saltando arriba y abajo, con la energía que le ponía a todo.
–Vamos a parar un poco.
Geneva lo había advertido de que no se pasara con los juegos o Jacob no sería capaz de dormir la siesta.
–¿Por qué?
Wade decidió distraerlo con algo menos «dinámico».
–Mira esto –dijo, tomando una hoja del suelo y colocándosela en la boca. Wade sopló y el chirriante sonido hizo que Jacob se tapara las orejitas. Pero, inmediatamente, el niño tomó otra hoja del suelo e intentó imitarlo.
–No puero.
–Espera, póntela así –lo ayudó Wade. Aquella vez, cuando el niño sopló, el sonido salió perfecto. Jacob soltó una carcajada y salió corriendo.
–¿Dónde vas?
–A enseñárselo al tío Sean.
El inocente comentario fue un impacto más fuerte para Wade que el golpe que había recibido antes.
–¿Quién te ha dicho que lo llames así?
–El tío Sean –contestó Jacob tranquilamente.
Después de eso, se dirigió hacia el objeto de la discusión, que acababa de salir al porche. Como si supiera que no podía lanzarse sobre él como solía hacer con Wade, Jacob se paró en el último momento y le dio un abrazo.
–¿Qué es ese ruido?
–Mi pito –contestó el niño, mostrándole la hoja.
Los dos amigos estuvieron unos minutos comentando qué hacía más ruido, la hoja o la tetera. Después, Jacob le pidió que fuera con él al patio para enseñarle un gusano que había visto antes.
Wade los observaba, sabiendo que sería difícil para Sean separarse del niño. Madre e hijo habían entrado en sus vidas solo un mes antes, pero ya eran miembros de la familia.
Cuando Sean se dirigía al patio, el ruido de las muletas sobre la madera despertó a los polluelos de herrerillo, que empezaron a piar como locos.
Alertado por el coro, Jacob empezó a tirar de los pantalones de Sean.
–¡Quiero verlo! ¡Súbeme!
Su hermano miró al niño, deseando poder complacerlo. Pero su respuesta fue levantar una muleta.
Fue entonces cuando Wade decidió intervenir.
–Jacob, no puedes pedirle a Sean que deje sus espadas de la suerte –dijo, tomando a Jacob en brazos–. El ogro podría robárselas.
El crío pareció entusiasmado con la historia, pero antes de que pudiera pedir sus propias espadas de la suerte, Wade lo levantó para que pudiera ver a los polluelos.
–No los asustes porque si intentasen echarse a volar se caerían. Sus músculos aún no son lo suficientemente fuertes.
–Cuando los músulos del tío Sean se hagan fuertes… ¿se pondrá a volar?
Sean y Wade soltaron una carcajada.
–Espero que no.
El niño parecía sorprendido, así que Wade decidió darle otra explicación.
–Los pájaros tienen alas. Por eso vuelan. Pero los seres humanos no tenemos, así que no podemos volar.
–¿Y el tío Sean tampoco?
–No.
Su hermano parecía encantado con la explicación. Y, sobre todo, con la carita del niño. Desde luego, iban a echar de menos a aquel pequeñajo.
–¿Qué le pasa a ese polluelo? –preguntó Sean entonces.
–¿El grande?
–Sí, parece diferente.
Aunque tenían un color parecido, uno de ellos tenía pintas marrones, mientras los demás eran de color gris.
–No lo sé. Podría ser de otra especie. Quizá este nido fue reclamado por dos parejas diferentes y, al final, se lo quedaron los más fuertes.
–Qué bien. Entonces, es adoptado –dijo Sean.
Jacob puso la mano en la barbilla de Sean para que lo mirase.
–¿Qué?
–Adoptado –repitió Wade. Pero el niño era demasiado pequeño para entender aquella palabra–. No es hijo de los mismos papás. Lo dejaron ahí por error –explicó. El niño empezó a hacer pucheros–. Pero sus nuevos papás lo quieren como si fuera su hijo. Ni siquiera se han dado cuenta de que no era suyo.
Jacob pareció contento con aquella explicación. Cuando uno de los herrerillos adultos empezó a piar, enfadado, desde un árbol cercano, Wade y Sean se apartaron. Unos segundos después, voló hasta el nido con comida en el pico. Y al primero que dio de comer fue al polluelo adoptado.
Jacob, cansado de estar en brazos, empezó a moverse, inquieto. Wade rio al comprobar que empezaba a mover los pies incluso antes de tocar el suelo.
Si las circunstancias hubieran sido diferentes, habría deseado tener un hijo exactamente igual que Jacob. El niño era un cielo y la casa iba a quedarse muy silenciosa cuando se fuera.
Wade intentó recordar cómo vivía antes de que Geneva llegara allí y se sorprendió al comprobar que la memoria le fallaba. Recordaba que iba a trabajar todos los días, recaudaba dinero para el hospital y salía con chicas… pero no recordaba cómo se sentía antes de que llegara Geneva. Lo único que sabía era que se sentía mucho mejor desde que ella entró en su vida. Era como si madre e hijo hubieran estado siempre allí. Y supo sin duda que siempre estarían en su corazón.
Entonces, con una certeza tan sólida como el pedaleo de Jacob en el triciclo, supo que no podía dejarlos marchar. Quería a aquel niño como si fuera de su misma sangre. Lo quería como aquellos pájaros querían al polluelo adoptado… pero mucho más.
Persiguiendo una mariposa azul, Jacob giró a la izquierda y el triciclo estuvo a punto de volcar. Wade se lanzó hacia él para sujetarlo pero, afortunadamente, el niño recuperó el equilibrio y siguió pedaleando como si nada hubiera pasado.
Wade se dejó caer en el banco. Sean tenía razón. Era demasiado protector. No solo había subestimado la capacidad de su hermano, también había subestimado la capacidad de amor de Geneva. Había intentado protegerla del dolor que habría creído que sentiría si no tenía más hijos.
No le había dado el crédito que se merecía. Si una madre con plumas podía amar a un polluelo que no era suyo, Geneva podría hacer eso y más. Con repentina claridad, Wade supo que ella aceptaría encantada un niño adoptado. Había sido muy injusto.
–Soy un idiota –murmuró, golpeándose la frente.
Sean soltó una carcajada.
–Sí, lo sé, pero te quiero de todas formas –le dijo. Después, se despidió levantando una muleta–. Tengo que irme al club. Hasta luego, Geneva.
Wade volvió la cabeza. Perdido en sus pensamientos, ni siquiera la había oído llegar.
Gritando de alegría, Jacob se lanzó sobre su madre y Wade tuvo que hacer un esfuerzo para no hacer lo mismo.
Después de cumplir con el ritual de saludos y besos, el niño fue a jugar con el cajón de arena.
Geneva se apartó el pelo de la frente y apretó el documento que llevaba en la mano y que pondría fin a los recientes acontecimientos de su vida. A las esperanzas y sueños que había construido. Y al amor que había nacido entre Wade y ella.
No, eso era un error. El amor que sentía por Wade nunca desaparecería. Pero quizá, con el tiempo, sería capaz de olvidar. Tendría que hacerlo… por Jacob y por ella misma.
Wade se levantó del banco. Estaban mucho más cerca de lo que un casero y su inquilina solían estarlo.
Si Geneva hubiera tenido fuerza de voluntad, se habría apartado de aquellos ojos que parecían atenazarla. Pero no se movió, como si quisiera grabar aquellas facciones en su mente y en su alma, porque sabía que el recuerdo era lo único que le quedaría después de poner en marcha su plan.
–¿Has encontrado algo?
Ella asintió.
–Es mío en cuanto firme el contrato. Puedo mudarme este fin de semana.
–Tan pronto.
Una nube pareció oscurecer el rostro del hombre y Geneva se preguntó si le preocuparía quién iba a cuidar de Sean.
–Tu hermano puede cuidar de sí mismo. He estado preguntando y hay un servicio en Kinnon Falls que se encarga de cuidar a gente con minusvalías. Tienen terapia, entrenamientos y la oportunidad de conocer gente con problemas parecidos.
–Muchas gracias.
–Voy a hacer las maletas.
Jacob y ella tenían un ritual de saludos. ¿Qué ritual hacía falta para marcar el final de lo que podría haber sido una relación maravillosa?
–Antes de que te vayas, necesito tu ayuda. Tenemos que hacer un agujero.
Jacob salió del cajón de arena con su palita en la mano.
–¡Yo quiero!
–Claro que sí –sonrió Wade, tomando al niño en brazos–. Tú eres parte de la razón por la que quiero enterrar una cosa.
Wade puso al niño a trabajar y se volvió hacia Geneva.
Después, se quitó el alfiler de Soltero de Oro, un objeto que le recordaba diariamente la mentira que se había contado a sí mismo durante años.
–No quiero seguir viviendo así.
Geneva miró el alfiler, atónita.
–Pero…
–Mi libertad no merece el precio que pago por ella.
Geneva creía entender lo que estaba diciendo, pero temía equivocarse de nuevo. Negándose a torturar su corazón con falsas esperanzas, no se atrevía a creer que su decisión tenía algo que ver con ella.
–Wade…
–Y ya que vamos a enterrar el alfiler, ¿qué te parece si también enterramos ese contrato de alquiler?
Con la mano extendida, Wade esperó que Geneva le diera el papel.
Ella miró el documento que representaba una vida separada del hombre que amaba… del hombre que la amaba lo suficiente como para sacrificar su libertad por ella.
Wade seguía esperando el papel, esperando que ella se entregara simbólicamente. Pero Geneva no podía hacerlo. Aún no. No hasta que estuviera segura…
–¿Y el síndrome de Joubert?
No era un tema que pudieran ignorar. Si él quería que su familia se redujera a tres personas, eso sería suficiente. Estar con Jacob y Wade era todo lo que necesitaba para ser feliz. Pero debían hablarlo antes de que pudiera dar ese paso.
–Sigue estando ahí y no sabré seguro si soy portador del gen hasta que los médicos lo estudien. Eso podría tardar meses o años –dijo Wade, acariciando su cara–. Si no te importa esperar hasta entonces para tener un hijo mío, será un honor para mí pedirte que seas mi esposa. Mientras tanto, adoptaremos tantos niños como quieras.
Geneva intentaba controlar sus emociones. Eso era lo que había soñado, pero no podía dejar de pensar que aquel repentino cambio de opinión era demasiado bonito como para ser cierto.
–¿Estás seguro? Dijiste que yo no sería feliz…
–Me equivoqué. Era mi actitud, no mis genes ni tu amor por los niños lo que nos mantenía separados –la interrumpió Wade–. No tenía derecho a tomar esa decisión por ti. Si puedes perdonarme por ser tan idiota, hazlo diciendo que sí… que te casarás conmigo.
Jacob le dio con la palita en la pierna.
–Es un bujero muy grande.
Wade sonrió, antes de inclinarse hacia el «cráter» que Jacob estaba construyendo. Mientras lo hacía, no dejaba de mirar a Geneva, con una pregunta en sus ojos. Ella aún no había contestado y Wade seguía esperando.
Sin decir nada, Geneva hizo una bola con el contrato y se lo dio. Una enorme sonrisa iluminó su rostro y su alma se llenó de felicidad ante la idea de pasar el resto de su vida con aquel hombre maravilloso. Él le devolvió una sonrisa igual o más brillante.
–Es un agujero tremendo –le dijo Wade a su futuro hijo–. Pero tendremos que seguir cavando –añadió, mirando a Geneva–. Estas dos cosas tienen que quedar enterradas para siempre… que es casi el mismo tiempo que yo voy a quereros a los dos.