Epílogo

 

El camino que Geneva tendría que recorrer era una alfombra blanca entre dos grupos de sillas, en el jardín. Desde su posición bajo un almendro, recién plantado sobre el alfiler y el contrato, caminaría con Wade hasta el borde del lago donde el oficiante los esperaba. Pero antes tenía que convencer a su madre para que se sentase.

–Mamá, ya es la hora.

–Sí, es verdad. Y todo está patas arriba –dijo la mujer, intentando contener las lágrimas–. Todo esto es tan poco convencional.

–Papá no está aquí para acompañarme, así que lo más lógico es que Wade y yo vayamos juntos.

La mujer no dijo nada, pero se dedicó a quitar invisibles motas de polvo del vestido blanco de su hija.

El bordado que había aplicado al vestido de novia de su cliente le había gustado tanto que decidió usarlo para su propio vestido. Pero utilizó un hilo verde claro, el color favorito de Wade y casi el color de sus ojos, porque se sentía rara vestida toda de blanco.

–Le has dicho a Sean que no le dé más caramelos a Jacob, ¿verdad?

–Sí, mamá. No te preocupes, la tía Helen está vigilándolo.

–¿Dónde está tu ramo?

Si no conseguía que su madre se sentara, aquella boda no iba a terminar nunca.

–No te preocupes. Está en…

Demasiado tarde. Su madre había salido corriendo hacia la casa.

Geneva sintió que alguien le pasaba un brazo por la cintura y cuando se volvió vio al futuro marido más guapo de Kinnon Falls.

–Date prisa. Quiero que hagamos esto antes de que cambies de opinión.

Ella sonrió, feliz, sintiéndose adorada.

–No pienso escaparme. Pero no estaría mal casarnos antes de la siesta de Jacob.

Wade le guiñó un ojo.

–A mí tampoco me importaría echarme una siesta cuando termine… mientras tú estés conmigo.

Geneva sintió que algo cálido la recorría entera. Estar en sus brazos era una de las razones por las que quería terminar de una vez con la ceremonia. Porque cuanto antes dieran el «sí, quiero», antes podrían empezar una vida llena de felicidad.

Su madre volvió con el ramo en una mano y Jacob en la otra. Geneva no pudo evitar una sonrisa al ver lo guapo que estaba su hijo con el traje que le había hecho. Para no tener que llevar en la mano el almohadón con los anillos, el crío se lo había colocado entre los tirantes. Parecía Santa Claus.

–Cuando vayas a tirar el ramo, dirígelo hacia el nido. Eso da buena suerte.

Geneva asintió y su madre, después de besarla a ella, al novio y al niño, corrió a buscar su asiento. Justo a tiempo, además. Segundos más tarde, el músico que habían contratado se sentó frente al piano y empezó a tocar los acordes de la marcha nupcial.

Como habían planeado, Wade la tomó del brazo y empezaron a caminar por la alfombra, con Jacob unos pasos delante de ellos. Pero al niño se le ocurrió una idea: sacándose el almohadón, lo dejó en el suelo y apoyó la cabeza en él.

Los invitados empezaron a reírse y la risa se convirtió en una carcajada cuando Jacob fingió un ronquido.

Con una sonrisa en los labios, el novio tomó al niño en brazos y lo llevó con ellos hasta el oficiante que los convertiría en una familia.

Cuando se acercaban al «altar», colocado al borde del lago, Tim, el golfista más afamado de Kinnon Falls, levantó un hierro 7. Y Sean levantó una muleta para formar un arco.

Wade sonrió, alegre. Unos segundos después, los fotógrafos empezaron a hacer su trabajo. Incluido el fotógrafo del periódico.

A Geneva no le importó. Mejor. Que le mostrase al mundo, o al menos a Kinnon Falls, que ella no era la última conquista de Wade Matteo. Y que su nuevo marido había dejado de ser un soltero de oro.

–Mi madre tenía razón –le dijo al oído–. Esto no es nada convencional.

Wade dejó al niño en el suelo y le puso un dedo en los labios.

–Yo tampoco soy convencional y eso no ha sido un problema para ti.

Geneva pensó en hombres más convencionales que, en algún momento, le habían parecido posibles candidatos para el matrimonio. Un diácono, un pediatra y un ejecutivo. Todos muy convencionales. Y ninguno de ellos el hombre perfecto para ella.

El amor de Wade por ella era poco convencional, pero inmenso. Y estaba segura de que sería un padre poco convencional, pero fantástico.

–Me alegro de que no haya sido un problema. Me alegro mucho, Wade.

Y entonces, rompiendo la tradición por enésima vez, se besaron antes de que empezara la ceremonia.